La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, diáfano, invulnerable, amante del bien, agudo, incoercible, benéfico, amigo de los hombres, firme, seguro, sin inquietudes, que todo lo puede, todo lo observa, y penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.
La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento y en virtud de su pureza lo atraviesa y lo penetra todo.
Es efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso, nada manchado la alcanza.
Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad.
Aun siendo una sola, todo lo puede; sin salir de sí misma, todo lo renueva y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas.
Pues Dios solo ama a quien convive con la sabiduría.
Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones.
Comparada con la luz del día, sale vencedora, porque la luz deja paso a la noche, mientras que a la sabiduría no la domina el mal.
Se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto.
Tu palabra, Señor, es eterna,
más estable que el cielo. R/.
Tu fidelidad de generación en generación;
fundaste la tierra y permanece. R/.
Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. R/.
La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R/.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus decretos. R/.
Que mi alma viva para alabarte,
que tus mandamientos me auxilien. R/.
En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús:
«¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?».
Él les contestó:
«El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros».
Dijo a sus discípulos:
«Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo veréis.
Entonces se os dirá: “Está aquí” o “Está allí”; no vayáis ni corráis detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día.
Pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación».
Oyendo los piropos que esta primera lectura dirige a la sabiduría ¿a quién no le gustaría poseerla? Con ella tendríamos resuelto el problema número uno que tenemos los humanos. El problema de encontrar el camino que nos lleva a la deseada felicidad, a caminar por la vida siempre de la mano de la alegría y el sentido.
Bien sabemos que Jesús que es la Palabra de Dios es también la Sabiduría, la luz que ilumina a todo hombre que se acerca a él y no le deja caminar por cañadas oscuras.
Para ello, Jesús nos enseña a distinguir:
. lo que merece la pena y lo que no merece la pena,
. las fuentes de la alegría y las fuentes de la tristeza,
. los sentimientos que hay que cultivar y los que hay que desterrar,
. dónde está el sentido y dónde no está,
. lo que llena el corazón del ser humano y lo que le deja vacío,
. dónde se puede gastar la vida y dónde no se debe gastar…
. a quién debemos nombrar Señor y Rey de nuestra vida y a quién no
Jesús, al acercarse a todos y a cada uno de nosotros, no tiene más intención que la de enseñarnos cómo aprobar y sacar buena nota en la asignatura que todos cursamos llamada “la vida”. Enseñarnos su Sabiduría de la vida. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Unos fariseos se acercan a Jesús para preguntarle cuándo va a llegar el reino de Dios. El reino de Dios es esa sociedad de hombres y mujeres que nombran a Dios como el Rey y Señor de sus vidas. Ese reino de Dios ya ha empezado en nuestra travesía terrena, pero al lado de Dios hay otros reyes que llaman a la puerta de los corazones humanos para reinar en ellos, como el dinero, el prestigio, el placer… y de hecho reinan en bastantes corazones humanos, pero llegará un día en que solo existirá el reinado de Dios, lo que llamamos cielo. Todos los otros reyes desaparecerán de la esfera humana. En ese reino, en su segunda y definitiva etapa, solo reinará el Amor, solo reinará Dios. “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios con ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado”.
Lo cierto es que Jesús no responde con claridad a la pregunta de los fariseos: “Como el fulgor del relámpago brilla de un horizontes a otro, así será el Hijo del Hombre en su día”. Nos basta saber la promesa de Jesús de que el reino de Dios en su plenitud existirá.
San Martín de Tours

Fue monje antes que otra cosa y nos invita a mirar con ojos nuevos la vida religiosa. Como obispo, es ejemplo de cercanía y de falta de ambiciones terrenas. Su gran caridad despierta nuestra responsabilidad frente a la pobreza y la enfermedad.
Martín de Tours es uno de los santos más populares de Francia e incluso de Europa. Centenares de pueblos e iglesias (también en España) evocan su nombre. Son innumerables las vidrieras, imágenes y esculturas que representan la escena en la que un Martín, oficial del ejército, con 18 años y, siendo todavía catecúmeno, comparte su capa con un pobre desnudo, el único vestido que llevaba, puesto que el resto de sus vestidos ya los había repartido con otros pobres. Y, sin embargo, fuera de esta imagen legendaria, pocos son los que tienen ideas precisas de la vida de este hombre, cuya influencia ha sido grande en la Iglesia desde la antigüedad hasta hoy. La «Vida de San Martín», escrita por Sulpicio Severo, es la fuente fundamental en la que se han inspirado todas las biografías de San Martín, y en la que también se inspiran estas reflexiones.
Teniendo en cuenta los datos disponibles, podemos afirmar que Martín nació en el reinado del emperador Constantino hacia el 317, en Panonia. Sus padres, que gozaban de buena posición social, eran paganos. Si hacemos caso de Sulpicio Severo, Martín habría servido en el ejército de los 15 a los 20 años, siguiendo los pasos de su padre, que era oficial del ejército. Posiblemente fueron muchos más los años en que estuvo en el ejército, hasta el año 356. […]
¿Cómo fue esta despedida del ejército? Martín se negó a participar en un último combate que le habría otorgado una gran distinción militar y un donativum. Cuando el césar juliano le selecciona para una decisiva batalla, Martín le responde: «Hasta hoy he estado a tu servicio: permíteme a partir de ahora estar al servicio de Dios; que acepte tu donativum quien tenga intención de combatir. Yo soy soldado de Cristo, no tengo derecho a combatir». […]
Una vez dejada la milicia, durante la cual fue bautizado, fundó un monasterio en Ligugé, cerca de Poitiers, donde practicó la vida monástica bajo la dirección de San Hilario.
Fue elegido obispo de Tours en julio de 371, por elección popular. […] Tras un episcopado de 26 años, murió en noviembre de 397, a la edad de 81 años. Trabajó en la formación del clero y en la evangelización del mundo rural, combatiendo con habilidad y prudencia las supersticiones populares, sobre todo las paganas, logrando numerosas conversiones. Su modo monástico de vivir, incluso siendo obispo, su dedicación a la oración y contemplación, no sólo no le impedía dedicarse a la actividad apostólica, sino que ésta era tanto más eficaz cuanto que estaba motivada por una vida ejemplar que bebía en las fuentes de la oración.
Además de la famosa escena de Martín compartiendo su capa con un pobre, hay otra menos conocida, pero no menos significativa: siendo ya obispo, y yendo hacia la iglesia, se encontró en pleno invierno con un pobre semidesnudo que le pedía un vestido. Martín ordenó al archidiácono que le vistiera inmediatamente, mientras él entraba en la sacristía. Como el archidiácono tardaba, el pobre, llorando y aterido de frío, entró en la sacristía y se quejó al obispo. Martín, entonces, le entregó la túnica que llevaba bajo el alba con la que iba a celebrar la misa. Cuando el archidiácono avisó al obispo de que era la hora de la celebración, éste le dijo que no entraba a la iglesia hasta que el pobre no estuviese vestido. Efectivamente, aunque el archidiácono lo ignorase, Martín se había convertido en ese pobre, que no llevaba ninguna ropa debajo de la vestidura litúrgica. Muy disgustado, el archidiácono fue a comprar un vestido vulgar, que se lo entregó al obispo, diciendo: «He aquí el vestido, pero el pobre ya no está». Martín le hizo salir, se vistió y salió a celebrar la Eucaristía».
La bondad y caridad de Martín se manifestó abundantemente a lo largo de su existencia. En esto, como en muchas otras cosas, su vida fue una auténtica imitación de Cristo. Como Jesús, Martín «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38). Martín curó milagrosamente a muchos enfermos y expulsó a muchos demonios (o lo que su biógrafo y la gente de entonces consideraban corno síntomas de posesión diabólica). Siendo obispo empleó toda su influencia ante los poderosos para defender a los débiles y, cuando fue necesario, no dudó en enfrentarse con los grandes de este mundo.
Puesto que en los primeros tiempos de la Iglesia sólo los mártires eran considerados santos y sólo a ellos se les daba culto, Sulpicio Severo, impresionado por la santidad de Martín, se cree obligado a decir: las circunstancias actuales no han podido asegurar el martirio de Martín, pero esto no impedirá que alcance la gloria de los mártires. «Sin verter su sangre», mereció «la plenitud del martirio… Pues, por la esperanza de la eternidad, ¿cuántos sufrimientos no ha soportado: por el hambre, las vigilias, la desnudez, los ayunos, los insultos de los envidiosos, las persecuciones de los malvados, las atenciones a los enfermos, el cuidado de las personas en peligro? ¿Quién fue afligido sin que él no lo estuviera? ¿Quién escandalizado sin que a él no le doliera? ¿Quién ha perecido sin que él haya gemido? Todo esto, por no hablar de sus diversos combates de cada día, que mantuvo contra el poder del mal humano y del mal espiritual. En este hombre, asaltado por tentaciones de todo tipo, siempre triunfó el valor, la paciencia y la serenidad. ¡Cuánta bondad, piedad y caridad indecible la de este hombre! Una caridad que, incluso en un siglo frío en el que hasta los santos se enfrían cada día, él ha perseverado hasta el fin creciendo de día en día».
Su muerte, como lo fue su vida, fue ejemplar y digna de todo elogio. Ocurrió en Candes, a cuya parroquia había acudido para restablecer la paz entre los clérigos. Cuando se disponía a regresar a su monasterio, le abandonaron las fuerzas. No quiso ninguna comodidad para su cuerpo, para dar ejemplo a los suyos de cómo debe morir un cristiano. «Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no permitía que su alma invencible cejase en la oración».
Martín de Tours es un santo para nuestros días. Sin estar nunca apegado a la tierra, su vida fue una permanente búsqueda de otra ciudad, la de Dios. Su gran caridad despierta nuestra responsabilidad frente a toda suerte de pobreza y de enfermedad. Monje antes que otra cosa, nos invita a mirar con ojos nuevos la vida religiosa. Obispo, es ejemplo de cercanía, de falta de ambiciones terrenas, y nos llama a destruir los ídolos que nos encadenan. Místico, nos conduce hacia Dios, como un guía seguro, siempre a la escucha del Verbo bajo la inspiración del Espíritu.
En su vida se unen dos aspiraciones complementarias de toda espiritualidad cristiana: la oración o contemplación, que sabe hacer callar al mundo y buscar el silencio interior; y la actividad apostólica del soldado de Cristo que, como laico, monje u obispo, se compromete con sus hermanos los hombres y toma parte en todos los combates en donde está en juego el bien del prójimo.
Fr. Martín Gelabert, O.P.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.