Escuchad, reyes, y entended; aprended, gobernantes de los confines de la tierra.
Prestad atención, los que domináis multitudes y os sentís orgullosos de tener muchos súbditos: el poder os viene del Señor y la soberanía del Altísimo.
Él examinará vuestras acciones y sondeará vuestras intenciones.
Porque, siendo ministros de su reino, no gobernasteis rectamente, ni guardasteis la ley, ni actuasteis según la voluntad de Dios.
Terrible y repentino caerá sobre vosotros, porque un juicio implacable espera a los grandes.
Al más pequeño se le perdona por piedad, pero los poderosos serán examinados con rigor.
El Dios de todo no teme a nadie, ni lo intimida la grandeza, pues él hizo al pequeño y al grande y de todos cuida por igual, pero a los poderosos les espera un control riguroso.
A vosotros, soberanos, dirijo mis palabras, para que aprendáis sabiduría y no pequéis.
Los que cumplen santamente las leyes divinas serán santificados, y los que se instruyen en ellas encontrarán en ellas su defensa.
Así, pues, desead mis palabras; anheladlas y recibiréis instrucción.
Proteged al desvalido y al huérfano,
haced justicia al humilde y al necesitado,
defended al pobre y al indigente,
sacándolos de las manos del culpable. R/.
Yo declaro: «Aunque seáis dioses,
e hijos del Altísimo todos,
moriréis como cualquier hombre,
caeréis, príncipes, como uno de tantos». R/.
Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios.
Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado»
Precioso el pasaje del libro de la Sabiduría que se nos proclama hoy. La invitación a escuchar, entender y aprender, aunque va dirigida en primer término a los que detentan el poder, no puede esta enseñanza dejarse de lado por cada ser humano. Todos participamos del poder y lo ejercemos, directa o indirectamente. Nadie puede decir que esta palabra no le afecta porque se estaría engañando a sí mismo.
Desde el momento en el que ser humano es creado por Dios y lo hace a imagen suya, le da la capacidad de regirse y regir a otros. Pero no puede hacerse de cualquier manera, sino que ha de aprender y para ello, se le indica que “escuche”, “entienda” y “aprenda”. Y es necesario hacerlo por ese orden. Una escucha que va más allá de oír, para poder reconocer visualmente las necesidades de las personas y de la naturaleza. Es un clamor silencioso que aparece ante la mirada atenta del que desea realmente escuchar. Oyes el sonido y buscas el origen del mismo con la mirada. Para el servicio de gobierno esto es imprescindible. Cuando Dios en el Sinaí habla con Moisés le dice: he visto la opresión, he escuchado el clamor de los hijos de Israel y he decidido bajar a salvarlos. La determinación se sigue de lo visto y escuchado. No pueden ni deben prescindir de ello los que gobiernan naciones, sociedades, comunidades y tampoco a sí mismos.
El poder os viene del Señor, y el mando, del Altísimo. Reconocerlo como don de Dios, que no puede ni debe ser utilizado apartándolo de su fuente. Dios lo gobierna todo y lo mantiene en la existencia. Es una manifestación de su amor providente. Cuando el ejercicio de la autoridad no se entiende así, deriva hacia la dictadura solapada. Tiranía y opresión ocupan su lugar y se distorsiona de tal manera el gobierno, que sólo produce dolor y destrucción.
Señala el texto: “él indagará vuestras obras y explorará vuestras intenciones.” No se trata de una amenaza, sino de una clarificación que ayuda al ejercicio responsable del servicio de gobierno. La capacidad de reflexión y autocrítica hace posible que se puedan eliminar la tiranía y la opresión. Esto solamente ocurre cuando se tiene conciencia de la procedencia del poder y por lo mismo se reconoce quién es, realmente, el soberano. Para Israel es Dios. Para el cristiano es Dios. Pues de él procede todo.
Un ejemplo de ello es la petición de Salomón al comienzo de su reinado. No pide poder, dominio, hegemonía sobre los otros pueblos. Pide a Dios la sabiduría para poder gobernar al pueblo de Dios. Lo único que importa es ella, por eso hay que desearla, ansiarla como lo más preciado para poder servir rectamente desde la responsabilidad de gobierno.
Lo que se dice en el salmo se corresponde con la función de gobierno: Proteger al desvalido y al huérfano; hacer justicia al humilde y al necesitado. Defender al pobre y al indigente; liberar de las manos del culpable.
Jesús va de camino para Jerusalén. Allí va a acontecer la entrega de su vida, manifestando así el amor más grande y la inmensidad del amor de Dios. Por donde va pasando hace el bien. Los que se encuentran con él experimentan la misericordia. Esto es lo que señala Marcos, al narrarnos este encuentro. Diez leprosos salen a su encuentro clamando: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.” Todos son conscientes de su problema: afecta a su salud, pero también a su condición de excluidos de la comunidad. Han tenido que gritar ¡impuros! Para que se aparten de ellos. Ahora se acercan a Jesús y reciben esta respuesta a su solicitud: “Id a presentaros a los sacerdotes”
Todos han entendido lo que eso significa. Ser curados y recibir el certificado de su curación para reintegrarse en la comunidad. La curación la otorga Jesús y está relacionada con la fe de ellos. Todos se han puesto en camino, creyendo en Jesús y en el camino de fe experimentan la sanación. De los diez, solamente uno regresa a dar gracias. Los demás van a cumplir, literalmente, lo mandado. Y la pregunta de Jesús ¿No han quedado limpios los diez? No se dirige al que vuelve, sino a la gente que contempla lo ocurrido. Aquellos van con el deseo de tener el “pasaporte”, para poder llevar una vida normal. No está mal, pero es insuficiente. La segunda pregunta “¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”, revela que hay algo que aquéllos olvidan: dar gracias. Dar gloria a Dios.
La referencia a la condición de extranjero del que ha vuelto, pone de manifiesto el descuido de los otros nueve, tan frecuente en la conducta humana. Pedimos siempre, con insistencia, pero no somos prontos en agradecer. Los diez han sido curados por la palabra de Jesús que obra mientras van de camino, pero solamente este escucha de Jesús: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.” Aquellos preocupados por la legalidad parece que no han sabido reconocer lo que Dios ha hecho en ellos. Una fe formal, que no transforma la vida. El extranjero recibe la enseñanza completa: su fe le ha salvado. No solo de la enfermedad, sino que toda su existencia queda afectada por lo ocurrido. Por eso no se le dice te ha curado, sino que se afirma: tu fe te ha salvado.
¿Cómo escuchamos nosotros a Jesús?
¿Hasta qué punto somos agradecidos a los dones que Dios nos otorga?
San León I Magno

Papa de la iglesia católica desde el 440 al 461. Es uno de los padres y doctores mayores de la Iglesia latina. Durante su pontificado se celebró, en 451, el Concilio de Calcedonia que proclamó la divinidad y la humanidad de Cristo
León I el Grande, o Magno, diácono de la Iglesia de Roma bajo Celestino I (422-32) y Sixto III (432-40), elegido pontífice en el año 440, justo cuando ejercía de legado pontificio en Galia, intrépido salvador de Italia frente a la crueldad de Atila (452) y de Genserico (455), es uno de los padres y doctores mayores de la Iglesia latina. Su pontificado abarcó los años 440-61. Nacido probablemente en Roma a finales del siglo IV, tampoco debe ser desechado sin más el posible origen toscano. Su célebre Carta Dogmática a Flaviano (Ep. 28), en la cuestión eutiquiana (13 de junio de 449), es fundamental para la cristología, y a ella se debe el triunfo de la ortodoxia en el Concilio de Calcedonia (451), donde el documento fue acogido al grito de «Pedro ha hablado por boca de León». Especial interés revisten los Sermones, luminosos de forma, profundos por contenido, espléndidos de belleza latina, con estilo pontifical, si bien inferiores en genialidad a los de San Agustín y en facundia a los de San Ambrosio.
Si Gregorio Magno es el papa vuelto hacia el futuro, León Magno representa, más bien, el remate de un proceso, la celebrada y airosa cumbre de un período histórico a punto de terminar. Al adjudicarle el título de Magno se ha querido honrar en él más al heredero y ejecutor que al intuitivo e inspirador. Obispo de Roma durante los difíciles momentos de las invasiones bárbaras, impuso ortodoxia y disciplina en la vida de la comunidad cristiana, y con la predicación trató de inculcar a los fieles el profundo mensaje de la vida bautismal. Combatió la herejía, organizó la liturgia, embelleció las basílicas, renovó la vida monástica. En cuanto metropolita de Italia centro-meridional, primado de Italia septentrional y patriarca de Occidente tampoco descuidó los sínodos romanos, ni la comunión eclesiástica con los otros obispos de Italia a la hora, ya de la lucha contra el pelagianismo y el maniqueísmo, ya de la recepción de la fe de Calcedonia.
Nunca se desentendió de lo político, tal y como la situación de la Iglesia imperial de entonces exigía. Un vivo concepto de la dignidad y de la autoridad presidió siempre su hacer pontifical, requiriendo, por supuesto, que le fuera reconocida su alta misión al servicio de toda la Iglesia, aunque sin olvidar nunca la humilitas, o sea, su dependencia absoluta de Cristo, verdadero Señor de la Iglesia. Intransigente con el error en la fe y con la indisciplina, supo en cambio comprender y estar siempre dispuesto y disponible a la recuperación de los desviados. Para tan prudente moderación y cordura de espíritu, especialmente sobre el plano dogmático, le habían dispuesto la vasta cultura acumulada con el paso de los años, el profundo conocimiento jurídico que le venía de atrás y la buena formación retórica contraída en su habitual recurso a los clásicos. Con proverbial optimismo cristiano en el ser y en el quehacer, convencido como estaba de que el Señor jamás abandona a su Iglesia, persuadido de ser guiado por Cristo presente en Pedro, resulta casi lógico que defendiera las antedichas tesis primaciales.
Es la suya, sin duda, teología más bien tradicional. No brilla por reflexiones originales en torno a la fe cristiana, por ejemplo. Despliega sobre todo una pastoral común, pero él mismo es consciente de que, al defender la ortodoxia, contribuye a implantar la concordia en la cristiandad. Propenso a cierto método exegético, desarrollado sobre todo por San Agustín, con las predicaciones litúrgicas sabe conducir a sus fieles, de la realidad histórica (ordo rerum) de la vida de Jesús a una inteligencia más profunda, y a la ejemplaridad de unos hechos (gesta) efectuados de una vez y para siempre. En cuanto a su cristocentrismo, por una parte defiende con energía el dogma del único Cristo en dos naturalezas, tesis fundamental de Calcedonia, y de modo particular la encarnación, mientras que, por otra, no deja de hablar de Cristo, Señor y Salvador.
El aspecto kerigmático es, a pesar de lo dicho, más importante. Destaca sin cesar la presencia de Cristo en la comunidad cristiana, y muy concretamente en la Iglesia de Roma. Para las prerrogativas de la sede apostólica recurre a la nomenclatura política, donde es buen exponente de la transposición del concepto político de Roma aeterna, caput orbis terrarum (Roma eterna, cabeza del orbe terráqueo) en el cristiano Urbs sancta. La colaboración papa-emperador se impone teniendo en cuenta que Cristo es el Señor, ya de la Iglesia, ya del Imperio. De ahí que, según él, no sólo la salvación de las almas, sino también la salus rei publicae, derivada de la pax christiana, provienen y se fundan en la encarnación de Dios. Teología política la de León Magno, en resumen, heredada de Eusebio de Cesarea, muy discutida y problematizada hoy día en sus líneas generales, es verdad, pero cuya principal intención fue, a la postre, ciertamente religiosa.
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.