Hermanos:
Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire.
Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.
Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pedid también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo.
Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea. R/.
Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos. R/.
Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna. R/.
En aquel día, se acercaron unos fariseos a decir a Jesús:
«Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Jesús les dijo:
«Id y decid a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!
Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.
Mirad, vuestra casa va a ser abandonada.
Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”».
Cuando miramos la creación, y en ella al ser humano, no podemos dejar de pensar en aquellas palabras del Génesis: “Y vio Dios que era bueno.” Y es que el amor de Dios se expande, se manifiesta en todo lo que crea y todo lleva la huella de su amor y de su bondad.
Y sin embargo, somos conscientes de que nuestra vida tiene muchas zonas de sombra, de oscuridad. Percibimos nítidamente la existencia del mal en nosotros y a nuestro alrededor.
Pablo, en la primera lectura de hoy nos invita a resistir al mal. Con un lenguaje militar, que la gente de su entorno entendía bien, compara la vida como un combate contra un enemigo cuya fuerza es “sobrehumana;” de esta manera nos está transmitiendo el poder del mal, su capacidad de introducirnos en caminos que nos llevan a alejarnos de Dios, de los demás y de nosotros mismos; caminos que nos llevan a la muerte.
Por eso Pablo nos exhorta a “armarnos” interiormente; y esto se traduce en la práctica en abrir a Dios el libro que es nuestra vida, con sus luces pero también con sus sombras, para poder leer con Él lo que ha ido ocurriendo en ella; en confiar en la fuerza transformadora y salvadora de su Palabra; en orar incesantemente para pedir que venga a nosotros y a nuestro mundo el Espíritu Santo que nos conduce hacia la verdad de nosotros mismos, que nos enseña a vivir en justicia, que nos pone en marcha para continuar la misión de Cristo y anunciar el Evangelio de la paz.
En estos momentos de mi vida ¿qué vivo como mal en mi vida y en la vida de nuestro mundo? ¿Qué recursos interiores de los que propone Pablo puedo ir cultivando más en mí?
De camino hacia Jerusalén, Jesús recibe una advertencia: Herodes quiere matarle. Los fariseos le invitan a alejarse, lo cual parece lo más prudente. Sin embargo, Jesús contesta a los fariseos en unos términos fuertes y valientes, incluso provocativos. Frente a los consejos de los fariseos de evitar aquello que amenaza su vida, Jesús pone de manifiesto aquello que la sostiene, que le hace fuerte interiormente y que por tanto le permite vivir esa situación amenazante no como algo que le haga temblar y que le paralice, sino como algo que está ahí y es real, pero que nunca podrá impedirle vivir aquello que es para él lo fundamental, lo importante, incluso más que la propia vida: la fidelidad a la voluntad del Padre que ha hecho suya, que es su alimento y su orientación vital. Por eso Jesús puede afirmar con toda libertad “nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente.” (Juan 10, 18)
Y es que en el horizonte de la vida de Jesús está la Vida con mayúsculas, que resitúa todo, incluso la misma muerte. Lo expresaba de forma maravillosa José Calderón Salazar, periodista guatemalteco. “Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de Resurrección”
Es esa Vida que surge del Amor de Dios, la que orienta el caminar de Jesús y la que se refleja en sus gestos de expulsar demonios y sanar enfermos. Una Vida que nada ni nadie podrá vencer, ni siquiera la muerte.
Jesús no es un iluso, conoce la suerte de aquellos que se atrevieron a cuestionar a las estructuras injustas que oprimen a las personas y a cuestionar a quienes las sostienen; intuye también su suerte. Pero no parece ser su muerte lo que más le duele, sino la incapacidad de Jerusalén para acoger la Palabra de Salvación, su actitud de cerrarse a ella y de esta forma labrarse su propia ruina. Aunque no una ruina definitiva como parece que se deduce del último versículo: una luz de esperanza se dibuja al final del camino, cuando juntos podamos proclamar: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
La experiencia de sentirse amenazado, con fundamento objetivo o no, es una experiencia que a todos nos acompaña; es la experiencia de que algo pone en peligro en mayor o medida nuestra vida, nuestra integridad personal o física.
Ante lo que nos amenaza nuestras reacciones son variadas: miedo, rabia o agresividad, vergüenza; y según ese sentimiento nuestra reacción es diferente: huimos, nos bloqueamos, reaccionamos con agresividad o violencia etc.
A veces la amenazas son reales y otras no lo son pero las percibimos como tales.
Reconozcamos en este día aquellas situaciones por las que nos sentimos amenazados y también pongamos nombre a las emociones y reacciones que provocan en nosotros. Que podamos acogerlas y vivirlas a la luz de la esperanza que nos trae siempre la Palabra de Dios porque sabemos que “ni la muerte ni la vida nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús". (Romanos 8,38-39)
San Joaquín Royo

Fraile dominico que se embarcó a Filipinas como misionero y después fue enviado a China donde permaneción durante treinta años, con una vida errante y clandestina, acompañando a los cristianos chinos hasta que fue descubierto por las autoridades y martirizado
El día 3 de octubre de 1691, los esposos Joaquín Royo y Mariana Pérez llevaban a bautizar a su hijo recién nacido, al que le impusieron el nombre del padre. La iglesia parroquial de Hinojosa de Jarque (Teruel) fue escenario de la entrada de Joaquín Royo Pérez en la Iglesia de Jesucristo, a quien dedicó toda su vida y por quien daría hasta su última gota de sangre.
A los dieciocho años dio una respuesta clara a lo que desde niño sentía como una llamada de Dios: ser religioso, sacerdote, misionero. En 1709 se dirigió al convento de los dominicos de Nuestra Señora del Pilar en Valencia, en el que pocos meses después tomaría el hábito de la Orden de Predicadores. En el corto tiempo que estuvo en su convento, noviciado y primeros estudios eclesiásticos, dio muestras de una vida llena de Dios, que se manifestaba en la oración, en la vida común y en sus crecientes deseos de ser enviado a tierras de misión en el Extremo Oriente.
El día 17 de septiembre de 1712 zarpaba rumbo a Filipinas, en compañía de San Pedro Mártir Sans, que sería obispo y compartiría la palma del martirio, y otros profesos dominicos que continuaron su formación eclesiástica durante la larga travesía marítima y la terminaron en Manila.
Después de su ordenación sacerdotal, fray Joaquín Royo fue destinado a las misiones de China, hacia donde partió en junio de 1715. Tras una breve estancia en Macao, llegaba a su misión: Fogan. No lejos de Amoi, la populosa ciudad de Chuen-Cheu, fue el primer destino del joven misionero. Allí pudo comprobar lo abundante que era la mies, y lo escaso de sus fuerzas. Y buscó en la oración la fuerza sobrenatural sin la cual nada podía. El ejemplo de su virtud, la entrega incondicional a hacer el bien a todos y su celo apostólico hicieron lo demás: conversiones de miles de paganos que daban la espalda a los ídolos y comenzaban una nueva vida de cara al único Dios y a su enviado, Jesucristo.
Las provincias de Kiang-Si y Che-Kiang estaban desatendidas desde la expulsión de los misioneros. Y allí fue enviado fray Joaquín Royo en 1717. Los viejos cristianos, que tanto deseaban la asistencia espiritual del misionero, celebraron con entusiasmo la llegada del padre Royo, y le animaron a conquistar para Cristo a muchos de sus paisanos. Allí permaneció hasta 1722, año en que fue nombrado vicario provincial de Fukien, cuando la persecución de todo lo que llevara el nombre de cristiano estaba llegando a entremos preocupantes.
Desde su llegada a la misión de Ki-Tung, fray Joaquín Royo tuvo que llevar una vida errante, en continuo peligro, escondiéndose como un malhechor. Siguiendo el consejo de los cristianos de Ki-Tung, el vicario provincial se escondía en desvanes, en alacenas, incluso en sepulcros vacíos del cementerio, de donde salía por la noche para ejercer el ministerio clandestinamente. Para las fiestas de Navidad de 1745, disfrazado de campesino chino, volvió a la misión y se alojó en casa de dos terciarias dominicas, Rosa y Juliana. Desde allí, con toda precaución, podía administrar lo sacramentos, catequizar, animar a los cristianos abatidos, informarse del estado de los misioneros, de los que era responsable, como vicario provincial. En una pesquisa que los soldados llevaron a cabo en la casa de Rosa y Juliana estuvo a punto de ser descubierto, pero logró escapar y esconderse entre dos tabiques. Allí fue descubierto por los soldados que derribaron toda la casa.
Atado con una soga al cuello, lo condujeron al capitán, a quien, respondiendo a sus preguntas, le dijo con toda serenidad que tenía cincuenta y cuatro años, de los que treinta y uno había estado en China, a donde había ido a predicar la ley de Dios.
Fue llevado a la cárcel. La oración, que había sido durante toda su vida la fuerza de su existencia, lo fue con mayor razón en la dura prisión, en la que sufrió en propia carne los famosos martirios chinos, hasta su muerte.
El día 28 de octubre de 1748, terminó su peregrinación por este mundo de la manera más cruel. Estando echado en el suelo, le taparon la cara con una pasta compuesta de papel, huevos y aguardiente, que le taponaba completamente la boca y la nariz. Un testigo relata el final: “Tiramos sobre su cara un saco de cal, nos pusimos de pie sobre su cuerpo, y sólo pudo dar seis palpitaciones. Así expiró”. Su cuerpo fue quemado el día 29 de octubre, y los restos, arrojados al osario de los malhechores. Cuando fue posible, cristianos valerosos se hicieron con las venerables reliquias del mártir aragonés.
La beatificación solemne de Joaquín Royo y otros mártires dominicos la presidió León XIII el 14 de mayo de 1893. Y Juan Pablo II, en una de las más emotivas celebraciones -no exenta de polémica- del Jubileo del Año 2000, el 1 de octubre canonizaba a ciento veinte mártires de China, entre quienes estaba San Joaquín Royo, el protomártir de China, San Francisco Fernández de Capillas y otros misioneros y cristianos chinos.
Fr. José A. Mártinez Puche O.P.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.