Aborrecer el mal y a practicar el bien

Imagen Placeholder

18/03/2025

Seamos sinceros, no corren buenos tiempos para los cristianos. No nos es fácil llevar una vida conforme a las exigencias del Evangelio. La universidad, la oficina, el taller, la fábrica, incluso, el hogar, sean convertido en lugares a menudo hostiles para nosotros. En todos estos lugares parece que la verdad ha sido proscrita. Por eso damos gracias a Dios y a todos aquellos que han hecho posible que la verdad acerca del hombre y del matrimonio haya vuelto a mostrársenos con claridad

Se nos ha mostrado que: el Hombre ha sido la última de las criaturas en ser creada por Dios, aunque sin él la creación no tendría sentido. Este hombre, llegada la noche, se siente solo y desdichado: no tiene “una ayuda que se le acomode”, en quien ver el reflejo de sus propios ojos, en quien derramar sus dolores y alegrías, con quien compartir ansias y esperanzas. Hasta Adán, que puede hablar con Dios en persona, pide, al fin, un poco de compañía humana. Se presenta, pues, a la mujer, con un don divino capaz de calmar su desdicha, hasta el punto de poder exclamar: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de carne!“. Esta declaración expresa que ambos conforman una misma realidad, en varón y mujer, con la misma naturaleza y dignidad, que se convertirá en “una sola carne” en el actor físico y espiritual del amor y en el hijo que nacerá, carne única de dos personas.

Se nos ha mostrado que: “Por lo tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa”. Vemos como el amor divino perfecto se difunde y se encarna en el amor humano en la pareja, esto es, en el matrimonio, que, a su vez, sigue difundiéndose en los hijos y en el mundo. La espiritualidad bíblica del matrimonio comprende ciertamente la corporeidad, es decir, la sexualidad. Pero la sexualidad del ser humano no puede ser fin en sí misma, no puede ser ciega y cerrada en sí, no puede reducirse solo a los aspectos físicos, animales, debe estar abierta a la vida, a una vida abundante.

Se nos ha mostrado por último que: el pecado de nuestros primeros padres les “empuja a ser como Dios”, rechazando sus límites. Y surge entonces la soberbia, y la vergüenza de la desnudez. El hombre y la mujer ya no se aceptan como son, se ha roto la armonía entre ellos y con Dios. El pecado incide sobre la vida de los novios y matrimonios. El pecado dificulta ese equilibrio entre individualidad y comunión total. Puede ser fácil convertirse sexualmente en una sola carne, pero ciertamente los errores, los malentendidos, las malas palabras, las desconsideraciones, los desprecios, etc., hacen que no exista esa misma facilidad en el plano del amor profundo y verdadero. Para que esa unión se dé en ambos planos debemos seguir la enseñanza de San Pablo que nos enseña a: “Aborrecer el mal y a practicar el bien, a ser benignos el uno con el otro y a no llevar cuentas del mal”. Y si en alguna de estas cosas fallamos porque nos volvemos hacia nosotros mismos, debemos perdonar siempre, pero no de cualquier manera, sino de la manera en que el escritor J. L. Borges nos redescubre de una manera fantástica este aspecto de la narración de Caín y Abel.

Caín y Abel se encuentran tras la muerte del segundo. Caminaban por el desierto y se reconocieron de lejos, porque los dos eran de elevada estatura. Los hermanos, sentados en tierra, encendieron fuego y comieron. Estaban callados, como ocurre a la gente cansada cuando declina el día. En el cielo apuntaban algunas estrellas que aún no tenían nombre. A la luz de las llamas Caín notó en la frente de Abel la señal de la piedra y, dejando caer el pan que estaba a punto de llevarse a la boca, pidió perdón de su delito. Abel respondió: “¿Me has matado tu a mí o yo a ti? Ya no lo recuerdo: estamos aquí juntos como antes.” “Ahora sé que de verdad me has perdonado –dijo Caín- porque olvidar es perdonar.” Abel respondió lentamente: “Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.”

¿Ves algún error?