30/09/2018
Este año ha sido para mí un año de cambios, de decepciones, de nuevos comienzos y sin duda, un año en el que me he acercado mucho a Dios.
Que naciera Hakuna en la ciudad donde estudio, ciertas conversaciones y sin duda, la providencia de Dios, hicieron que al final pudiera participar de este voluntariado, y no puedo estar más agradecida de ello.
En un primer momento iba a la India con un objetivo claro: buscar una respuesta a algo que me rondaba desde hace meses la cabeza: “¿qué quiere Dios de mi?” Llegaron las primeras misas y las primeras Horas Santas, pedía y pedía: “Dios, ¿qué quieres de mi?”, “Jesús ayúdame a saber lo que quieres, “¿Cómo sé qué es lo que me pides?”
Yo preguntaba y preguntaba, y más que querer una respuesta, yo exigía una respuesta. En mi cabeza cuadriculada no cabía la idea de que mi corazón sintiera más cosas de las que mi cabeza pudiera gestionar.
A fin de cuentas, no me daba cuenta de que ÉL es el único que puede dirigir mi vida, y que no hace falta que yo entienda las situaciones que se van dando en mi vida, que ÉL no me pone las cosas para que yo las entienda, sino para que yo viva las etapas. Y qué importante es saber vivir cada etapa de nuestra vida.
Y fue ahí, en mitad de la charla de la monja de Madrid, en su pelea constante con Dios, cuando me di cuenta de: “si de mi nada quieres, sino a mi.”
ÉL me quiere a mi, me quiere completa, todo mi ser, porque nada es mío, toda soy suya.
Entendí que no hacía falta que le diera una respuesta concreta a Dios, que bastaba con dejar todo mi ser, que bastaba con perder el miedo a entregarme, que bastaba con dejar que ÉL llevara las riendas de mi vida.
“Yo quiero hacer tu voluntad,
Señor yo te quiero agradar,
Yo quiero darte siempre el primer lugar”
A día de hoy sigo sin saber qué es exactamente lo que Dios me pide, pero he descubierto que cuando confías ciegamente en Dios y dejas todo en sus manos, te envuelve un sentimiento de paz y de seguridad total.