¡Ay de los que traman el crimen y planean pérfidas acciones en sus camas.
En cuento apunta el día las ejecutan, porque tienen el poder!
Desean campos y los roban, las casas, y se apoderan de ellas; oprimen al cabeza de familia y a los suyos, explotan al ciudadano y sus bienes.
Por tanto. esto dice el Señor:
«Yo también tramo contra estas gentes un mal del que no podréis apartar el cuello y no andaréis con la cabeza alta, pues serán malos tiempos aquellos.
Aquel día os dedicarán una sátira, se cantará una elegía que diga:
"Estamos totalmente perdidos, pues se reparte el lote de mi pueblo; ¿cómo se volverá hacia mí para restituir nuestros campos que ahora está repartiendo?”.
Por ellos, no tendrás quien te eche a suertes un lote en la asamblea del Señor».
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
En su soberbia el impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado. R/.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas». R/.
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente. R/.
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano. R/.
En aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles.
La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones».
Cuando escribo esta reflexión aún resuenan las palabras del Papa León en Madrid, Barcelona y Canarias para toda la Iglesia, palabras que no pueden caer en el anonimato porque reflejan de una manera diáfana lo que es la Iglesia en el mundo: propuesta de dignidad, de salvación de nuevas relaciones, propuesta de vida para todos, todos, todos…
La lectura de Miqueas nos muestra que la confabulación para el mal, no es algo propio de ciertas ideologías de esto últimos siglos, sino que siempre ha planeado sobre la humanidad y siempre han conseguido instalarse en el corazón, incluso en gente que se considera “buena”. Miqueas destapa las confabulaciones, las triquiñuelas que, desde la oscuridad de despachos y centros económicos, para hacer que su ambición se vea cumplida a costa de los demás.
Pero Miqueas no se queda callado, como ha de ser en todo hombre y mujer de buena voluntad, sino que denuncia sus malicias y afirma claramente que “no tendrás a suerte un lote en la asamblea del Señor”.
Así es y así se ha de vivir: el mal no tiene lugar en el corazón del que pertenece al Señor. Ni el odio, ni la mentira, ni el robo a los pobres, ni el racismo o la xenofobia es parte de la viña del Señor.
Pero para entender esa lectura necesitamos de la mirada de Jesús, de la Palabra del Evangelio: a pesar de que se confabularon contra Jesús, conspiraron a causa de su mensaje, por su actitud de apertura, por su vida hacia los que el poder despreciaba, porque anuncia el derecho para las naciones, por hacer el bien… él responde curando, sanando vidas, creyendo en cada uno de ellos, de nosotros, sabiendo que “el pasado no condena el futuro” (Papa León), no quiebra la caña cascada, ni apaga la mecha vacilante.
Es verdad que vivimos tiempos de incertidumbre, quizás más oscuros de los que hemos vivido en los últimos años, pero también es verdad que no podemos dejar de proclamar que todos somos cañas cascadas en algún momento de nuestra vida; todos somos mechas que vacilamos entre la esperanza y el desengaño y la Palabra de Dios, los gestos de Jesús renuevan como siempre la confianza en que, sanados y sanando, podremos seguir; la confianza de que la venganza o el odio no solucionan nada, sino que ante el dolor, la persecución o la muerte no estamos totalmente perdidos, nuestro lote nos lo ganó Aquel que lucha por el derecho de todos, por la dignidad ante todo y de todo ser humano, Aquel que, en el silencio de su amor, nunca nos abandona.
El Evangelio de hoy es amontonar carbones de vergüenza sobre la cabeza del que hace el mal (Rm. 12,20). Es recordar a los gobernantes que no es aplastando a los demás como se consigue el bien, y recordar a los poderosos que no es metiendo en Centros cerrados a aquellos que no queremos recibir. El derecho de todos y para todos de vivir con dignidad es innegociable: “Su propia historia (de España) sugiere que no es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad” (Papa León en Madrid)
San Bartolomé de los Mártires

Fraile dominico, arzobispo de Braga. Participó en el Concilio de Trento y al volver a su país organizó el clero diocesano buscando siempre la formación del clero. Fue un gran intelectual y ejemplar en su labor como obispo. Influyó notablemente en la Iglesia y la sociedad portuguesa de su tiempo.
San Bartolomé de los Mártires nació en la parroquia de Nuestra Señora de los Mártires, de Lisboa, el 3 de mayo de 1514. Era el hijo de Domingos Fernandes Correia y María y usaba el apellido del Valle, que era de un abuelo.
Sus padres eran profundamente cristianos y le dieron una cuidadosa educación cristiana y digna en todos los aspectos.
Él vino a abrazar la vocación dominicana en el convento de S. Domingos de Lisboa, profesando el 20 de noviembre de 1529. Al nombre que usaba añadió el apellido de “mártires” en memoria de la iglesia en la que fue bautizado.
Se graduó en filosofía y teología, ciencias que enseñó con notable éxito durante más de 20 años en Évora, donde tuvo por alumno a D. Antonio Prior de Crato, en Batalha, en Salamanca y en S. Domingos de Benfica, donde se encontraba cuando fue elegido obispo de Braga, entrando solemnemente en la archidiócesis en octubre de 1559. Dejó escrita una extensa obra de teología y espiritualidad.
Aceptando la dignidad de arzobispo de Braga por obediencia, participó como Primado de las Españas, en las etapas finales del Concilio de Trento (1562-1563), a donde partió en 1561. Estuvo acompañado sólo por un teólogo, su secretario, un capellán y el mínimo de familiares. En el Concilio se distinguió por su saber y por su celo por la renovación de la Iglesia, y edificó a todos por su santidad. La correspondencia del Concilio lo llamó “docto y religiosísimo Prelado’, ‘hombre de gran santidad y de religión” y S. Carlos Borromeo, dijo que él que lo tomó como ejemplo a imitar.
En los intervalos de las sesiones Conciliares, fue a Roma, donde estuvo 17 días, visitando al Papa, en una visita “ad limina”. Volvió a Trento para ver la conclusión de los trabajos conciliares. Se alegró con la feliz conclusión del Concilio y, en una carta de despedida a S. Carlos dijo que “sólo falta comprometernos con todas las fuerzas para aplicarlo”.
Visitó más de una vez su arquidiócesis, que se extendía gran ampliación de la Bragança y el cinto de la espada de Ceniza. En enero de 1560 recorrió como pastor a las tierras de Barroso, Tras-os-Montes y Alto Minho, regresando al comienzo de la Cuaresma. Encontró muchas parroquias en estado lamentable, por la falta de cultura de los clérigos y la ignorancia religiosa del pueblo, mandó traducir para uso de los sacerdotes, la Suma dos casos, del cardenal Cayetano, y compuso él mismo, para los fieles, el Catecismo de la Doctrina Cristiana, y un libro de Prácticas Espirituales.
Fundó el convento de S. Domingo, en Viana do Castelo, destinado a promover los estudios eclesiásticos en ese vasto territorio de la Arquidiócesis.
En el gobierno de la archidiócesis, fray Bartolomé de los Mártires se mostró, como ya se ha insinuado, como un pastor verdaderamente extraordinario de la Iglesia por su amor y caridad a los pobres que ayudó durante la peste de 1570.
Cansado y enfermo, Fray Bartolomé pidió a Felipe II, la renuncia al Arzobispado, que fue aceptada. Estaba en Viana cuando le anunciaron que el Papa había designado nuevo Arzobispo para la sede de Braga. Fray Bartolomé de los Mártires se recogió inmediatamente al convento de S. Domingos de Viana, envejecido y cansado. Allí murió, como apóstol y santo, el 16 de julio de 1590. En el momento de la muerte los bracarenses pretendieron llevarse a Braga su cuerpo, pero los vianenses se opusieron incluso con las armas.
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