Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable, se detuvo y todo lo llenó de muerte, mientras tocaba el cielo, pisoteaba la tierra.
Toda la creación, obediente a tus órdenes, cambió radicalmente su misma naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos.
Se vio una nube que daba sombra al campamento, la tierra firme que emergía donde antes había agua, el mar Rojo convertido en un camino practicable y el oleaje impetuoso en una verde llanura, por donde pasaron en masa los protegidos por tu mano, contemplando prodigios admirables.
Pacían como caballos, y retozaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R/.
Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie enfermaba. R/.
Porque se acordaba de la palabra sagrada
que había dado a su siervo Abrahán.
Sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo. R/.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
En la primera lectura del libro de la Sabiduría, el autor, como en otros pasajes de este mismo libro, se dedica a mostrar cómo ha manifestado Dios su sabiduría a lo largo de la historia, especialmente en el tiempo en que el pueblo de Israel salió de Egipto: el día del paso de Señor y la liberación de su Pueblo.
Esta perícopa nos sumerge en aquella noche donde Dios manifestó todo su poder y gloria: la noche de la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo. Noche en la que Dios vino en auxilio de su pueblo y lanzó su Palabra omnipotente desde el cielo para liberar a su pueblo. Palabra poderosa capaz de vencer a los enemigos más poderosos. Palabra que hizo que la creación misma se sometiera a sus órdenes para cambiar su naturaleza y proteger al Pueblo elegido de la mano de sus enemigos, haciéndolos cruzar el Mar Rojo, convirtiendo el mar en un camino transitable.
Haciendo un paralelismo de esta lectura del Antiguo Testamento con el Nuevo, descubrimos que, en Jesús, Dios nos manifestó su Sabiduría. Jesús es la Sabiduría del Padre. La Palabra omnipotente que bajó del cielo para liberar definitivamente a todos sus hijos del poder del enemigo.
Jesús, por su muerte en cruz, ha destruido para siempre la muerte. Gracias a su Pascua, nosotros hemos experimentado el paso del Señor en nuestra vida: el paso de la muerte a la vida. Jesús destruyó para siempre el mal, el pecado y la muerte: nuestros enemigos. Él nos hizo renacer a una vida nueva, la vida del cielo: la vida eterna. Gracias a Jesucristo el mal, el pecado y la muerte ya no tienen poder sobre nosotros.
Por ello, esta palabra nos llama a contemplar la maravillosa obra de Dios para con su pueblo, donde manifestó que es un Dios de amor y misericordia. Un Dios que no es indiferente al sufrimiento de sus hijos. Es un Dios poderoso, que está por encima de todo. Un Dios que no abandona a ninguno de sus hijos bajo el poder del mal.
Dios es fiel, Él nos ama. Por ello, especialmente en los momentos en que experimentamos que el poder del mal, del pecado y de la muerte nos golpean con su fuerza, no permitamos que el maligno nos engañe, haciéndonos pensar que Dios nos ha abandonado bajo su poder.
Hoy el Evangelio es claro: Jesús nos enseña que es necesario orar siempre sin desfallecer. Porque Dios nos ama infinitamente y siempre nos escucha, aunque a veces parece lo contrario.
Para enseñarnos la importancia de la oración perseverante, Jesús nos presenta una parábola, cuya protagonista es una viuda. Una mujer que estaba en un momento difícil de conflicto y que necesitaba que alguien atendiera su caso: que le haga justicia frente a su adversario.
Esta viuda es un ejemplo para nosotros de perseverancia y constancia en la oración: de pedir lo que necesitamos. Ella, tenía todo para perder: un adversario con quien tenía un conflicto y un juez que le ignoraba, daba largas a su petición de justicia; tenía las puertas cerradas. Pero ella a pesar de todas las contrariedades y negativas que se le presentaban, siguió firme en su petición: “hazme justicia frente a mi adversario”, hasta que el juez, movido no por compasión y temor a Dios, sino por quitarse de encima a la viuda, la escuchó; y le hizo justicia.
El Señor también nos invita en este día a orar sin desfallecer, de vivir en oración continua especialmente en los momentos difíciles, duros de sufrimiento y dolor. En los momentos en que parece que nadie nos escucha, que no hay esperanza, porque todo es contradicción y las cosas van de mal en peor, que no hay posibilidad de nada.
Dios siempre nos escucha. Por ello, la invitación de Palabra es una llamada a hacer memoria. A ver y reconocer las veces en que Dios obró en nuestras vidas, especialmente en los momentos en que sentimos que ÉL se olvidó de nosotros y no nos escuchó. Él nunca nos ha abandonado. Pues Él ha enviado a su Hijo Jesucristo, para salvarnos. Él nos hizo justicia frente a nuestros adversarios: el maligno, que quería separarnos de Dios. Él nos libró de nuestras enfermedades y de toda esclavitud y nos llevó a Dios. Nos devolvió la dignidad de hijos de Dios para experimentar su vida misma, la vida del cielo. Él nos llamó a su Iglesia, nos eligió para que seamos su pueblo. Por esto, ante esta obra de amor y de todo lo que ha hecho por nosotros el Señor, ¿pensamos que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman ante el día y noche, o les dará largas?
Jesús es nuestro verdadero modelo de oración constante y perseverante. Jesús, oraba sin desfallecer. Él oraba para dar gracias a Dios. Oraba cuando tenía que tomar una decisión importante. Oraba especialmente en los momentos duros de su misión, donde experimentaba el rechazo y la persecución. Oraba en los momentos de prueba, oró en el momento más crucial de su vida: el momento de su sacrificio en la Cruz. Y si vemos, parece que la vida de Jesús fue un fracaso porque terminó en la muerte. Pero no, su Padre escuchó su oración y no lo abandonó en la muerte. Dios le hizo justicia, ha escuchado su oración, su petición y su fruto es nuestra salvación.
“¿Cuándo venga el Hijo del hombre encontrará esta fe en la tierra?”
Pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe. Porque si Él no nos concede esta gracia, no podemos.
No podemos olvidar que hoy celebramos la memoria de nuestro hermano San Alberto Magno. Hombre de oración, de gran sabiduría y contemplación. Que gracias a la contemplación, al estudio de las cosas creadas, descubrió que toda la naturaleza es una obra bellísima de Dios, cuyos reflejos muestran al creador y a Él conducen. San Alberto, por medio del estudio de las ciencias, contemplaba la presencia, sabiduría y esplendor de Dios. Pero sobre todo, la sabiduría y el poder de Dios están de manera especial en el ser humano, creado a su imagen y semejanza, con la capacidad de razonar y de amar y entrar en relación íntima con su creador. Para San Alberto, todo lo creado está llamado a un fin: manifestar la grandeza de Dios y darle gloria y alabanza.
Hoy, bajo la intercesión de nuestro hermano, pidamos al Señor constancia en la oración, y que sepamos contemplar en todo lo creado la existencia de Dios y también en los acontecimientos de nuestras vidas.
San Alberto Magno

Fue obispo de Ratisbona con el fin de organizar y pacificar aquella iglesia. Después renunció al episcopado y regresó a su convento para servir en el estudio, la docencia, la escritura y la predicación. Fue un impenitente buscador de la verdad y maestro de Santo Tomás de Aquino.
Todo hombre es creado por un acto de amor personal de Dios con un destino plenamente diseñado. Para llevarlo a cabo el Creador dota a cada uno de todos los dones de naturaleza y de gracia necesarios. San Alberto realizó plenamente el suyo, hasta el punto de ser considerado como uno de los grandes genios de Occidente, y un santo de gran utilidad a la Iglesia y a la humanidad. De ahí el apelativo de Magno (Grande), que tan sólo él ha merecido en el campo del conocimiento.
Nació Alberto en la pequeña ciudad de Lauingen, junto al Danubio, diócesis de Augsburgo. Fue su padre un caballero al servicio del emperador Federico II. De su infancia y adolescencia sabernos muy poco. Su padre, conocedor de Italia por sus viajes acompañando al emperador, le envía a estudiar a la Universidad de Padua. En 1222 entró en contacto con el Beato Jordán de Sajonia, el sucesor de Domingo de Guzmán como maestro general de la orden dominicana. En Padua escuchaba las encendidas predicaciones que fray Jordán dirigía a los estudiantes. Habiendo caído enfermo de gravedad, hizo voto de entrar en dicha orden, si recobraba la salud. […] Entró en la orden en 1223».
Terminado el noviciado [en Bolonia], fue enviado un año a Colonia y tres a París, para hacer los estudios eclesiásticos. En esta etapa, Alberto, al tiempo que desarrolló su portentosa inteligencia, templó su voluntad con la virtud. […] En 1228 se ordenó de sacerdote.
Inmediatamente, fray Alberto fue dedicado a la enseñanza, que prácticamente no abandonará hasta poco antes de morir. Seguramente inició su labor docente en el convento de Colonia. Posteriormente enseñó sucesivamente en París, Hildesheim, Friburgo de Brisgovia, Ratisbona, Estrasburgo, y de nuevo en Colonia, en donde hacia 1244 tiene como discípulo aventajado a Santo Tomás de Aquino.
Llegado a la edad requerida de 35 años y con la experiencia docente necesaria, la orden trata de promoverlo a la magistratura en Teología. Para ello le envían de nuevo a París, donde habrá de explicar las Sentencias de Pedro Lombardo en condición de bachiller. El éxito de sus lecciones fue tal que no había aula con capacidad suficiente para acoger a sus alumnos, venidos de todas las partes de Europa. Por ello se dice que tuvo que dar sus clases en una plaza. En recuerdo y honor del famoso profesor se le dio a aquel lugar el nombre de plaza Maubert. Fue en 1246 cuando obtuvo el título de maestro, que constituía la cúspide de la vida intelectual, y quien lo detentaba estaba facultado para enseñar en todas partes. Alberto siguió tres años más en París, regentando una de las dos cátedras que allí poseía la orden. Tras estos años es trasladado de nuevo a Colonia para hacer de su convento un Estudio General, una especie de facultad teológica privada, y regentarlo.
A la par de su dilatada docencia, desplegó San Alberto una ingente labor de escritor. Desde la mineralogía hasta las más encumbradas cuestiones místicas, pasando por todas las áreas del conocimiento hasta entonces cultivadas, recibieron la impronta de su genio investigador. Su labor fue tan fecunda que la última edición de sus Obras completas (en latín) que publica el Albertus-Magnus Institut era de 40 volúmenes.
Uno de los rasgos de los grandes genios del pensamiento es la persuasión de que todas las verdades se interconexionan y mutuamente se iluminan. Por eso no se puede ser un gran teólogo con ignorancia de gran parte de las restantes áreas del saber, y muy particularmente de la filosofía. San Alberto reivindicó la autoridad de la razón humana en el ámbito de las realidades mundanas, frente a un peligroso fideísmo. A causa de ello es considerado por el gran historiador del pensamiento medieval, E, Gilson, como uno de los fundadores de la filosofía moderna. Para él, propio del filósofo es decir lo que dice razonadamente. Y en esa tarea apenas encontró apoyaturas precedentes dentro de la cultura cristiana. Por eso bebió en todos los filósofos anteriores: paganos, musulmanes y, por supuesto, en los cristianos, en la medida en que reflexionaron filosóficamente.
Fue muy importante, como se ha señalado, la aportación filosófica de Alberto Magno, pero todavía más conocida es su aportación científica. No hay historia de la ciencia, por muy reducida que sea, en que no figure el sabio dominico, destacado en el dominio de casi todas las ciencias. Su primera aportación en este terreno fue establecer la observación y experimentación como el método propio de las ciencias naturales. Autores como H. Stadler, editor de su tratado De los animales, afirma: «Si hubiera continuado el desarrollo de las ciencias de la naturaleza por el camino emprendido por San Alberto, le hubiera ahorrado a dicha ciencia un rodeo de tres siglos».
Si bien en el estudio de la naturaleza, el santo doctor sigue la ruta trazada por Aristóteles, ello no quiere decir que le secunde ciegamente. En numerosos casos le corrige abiertamente. Para E. Wasmann, uno de sus principales méritos es haber dado paso a una investigación autónoma, que no se fía de la autoridad, por muy ilustre que ésta fuere. Usando el método de observación por él preconizado para las ciencias de la naturaleza, hallamos con frecuencia frases como ésta: «Yo he experimentado», «yo he visto», «yo he hecho el experimento», etc.
Miembro de una familia religiosa, sus hermanos descubrieron sus dotes de gobierno. Por ello el capítulo provincial, celebrado en Worms en 1254, le eligió provincial de la extensa provincia de Alemania. Consciente de su responsabilidad, recorrió a pie el territorio de su demarcación, corrigiendo abusos, promoviendo la observancia y animando a los frailes a llevar a cabo la misión evangelizadora desde la base de una rigurosa pobreza. Y lo hace más con el ejemplo que con la palabra.
Viendo el pontífice las cualidades intelectuales y morales de Alberto y el estado desastroso de la diócesis de Ratisbona, le nombra su obispo en 1260. A pesar de su tenaz resistencia y la del general de la orden, Humberto de Romans, Alejandro IV se mantiene inflexible en su decisión, y le exige la aceptación bajo precepto formal.
Su actividad pastoral fue de tal eficacia que en muy poco tiempo la situación religiosa cambió por completo. Se estableció un ambiente de paz entre los nobles, el clero brilló de una manera generalizada por su vida espiritual y su celo pastoral. Luego, deseoso de dedicarse a servir al Reino de Dios con su labor docente e investigadora, suplicó al papa Urbano IV que le exonerase de las tareas episcopales, con tales razones que éste se avino a ello. Vuelve a Colonia donde reasume el cargo de regente, y al mismo tiempo lleva a cabo una gran labor de pacificador, restableciendo unas relaciones normales entre el conde de Zuliers y el arzobispo de Colonia, a quien el conde había encarcelado. Alberto, con su santidad y tesón, consiguió, no sin grandes dificultades, la reconciliación y la paz.
En calidad de obispo y de excepcional maestro en Ciencias Sagradas, participa en el Concilio Ecuménico de Lyon, en que se logró, momentáneamente al menos, la unión con los griegos. Acabado el concilio, vuelve a Colonia, donde continúa su labor de profesor, escritor y gran consejero del arzobispo, entregado además a largas horas de oración.
Al genio intelectual de Alberto Magno no se le podía escapar la consideración de los temas de la mística. En palabras de San Alberto, «la perfección más sublime del hombre en esta vida, es de tal manera unirse a Dios, que toda el alma, con todas sus potencias y todas sus fuerzas, se recoja en el Señor, su Dios, para hacerse un espíritu con él, y nada recuerde sino a Dios, nada sienta ni entienda sino a Dios, y todos sus afectos, unidos en el gozo del amor, descansen suavemente en la sola fruición del Hacedor».
Lleno de méritos, muere el 15 de noviembre de 1280. Su cuerpo descansa en un hermoso sepulcro en la entrada de la monumental iglesia dominicana de San Andrés de Colonia. Gregorio XV le beatificó en 1622; en 1931, Pío XI lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia, y diez años después Pío XII lo nombró patrono de cuantos cultivan las ciencias naturales.
Vicente Cudeiro, O.P.
Más información sobre San Alberto Magno
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.