Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis buena voluntad y de que tenéis suficiente saber para aconsejaros unos a otros.
Pese a todo, os he escrito, propasándome a veces un poco, para reavivar vuestros recuerdos. Lo he hecho en virtud de la gracia que Dios me ha otorgado: ser ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable.
Así pues, tengo de qué gloriarme en Cristo y en relación con las cosas que tocan a Dios. En efecto, no me atreveré a hablar de otra cosa que no sea lo que Cristo hace a través de mí en orden a la obediencia de los gentiles, con mis palabras y acciones, con la fuerza de signos y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios.
Tanto que, en todas direcciones, partiendo de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo.
Pero considerando una cuestión de honor no anunciar el Evangelio más que allí donde no se haya pronunciado aún el nombre de Cristo, para no construir sobre cimiento ajeno; sino como está escrito:
«Los que no tenían noticia lo verán,
los que no habían oído comprenderán».
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.
El Señor da a conocer su salvación.
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”.
El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite».
Él le dijo:
«Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él dijo:
“Cien fanegas de trigo”.
Le dice:
“Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz».
Aunque la Orden de Predicadores celebra hoy a Todos los Santos de la Orden, centramos la atención en los textos de la Palabra de Dios que se proclaman para la universalidad de los fieles.
Es natural que Pablo, que él mismo se denomina «apóstol de los gentiles», pusiera especial atención a las noticias que le llegaban de los cristianos de Roma, donde no había estado nunca cuando escribe la carta que nos ocupa, seguramente dirigida desde Corinto de Grecia, entre el fin del año 54 o comienzos del 55, o bien, al fin del 57 e inicios del 58. Se cree que la comunidad estaba compuesta por judeo- cristianos y étnicos cristianos.
Al llegar al final de su escrito confesaba que le quedaban muchas cosas por escribir, aunque sí había expuesto lo fundamental. Lo resumía con estas palabras: —«No me atreveré a hablar de otra cosa que no sea lo que Cristo hace a través de mí en orden a la obediencia de los gentiles, con mis palabras y acciones, con la fuerza de signos y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios». Pretendía avivar los recuerdos de quienes consideraba dotados de buena voluntad y capacitados para aconsejarse mutuamente.
Justificaba su atrevimiento en el ministerio recibido, a saber: «Ser ministro de Jesús para con los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios». Destacaba, sin embargo, una característica de su apostolado: la de anunciar el Evangelio donde aun no había llegado el conocimiento de Cristo. Echaba así los cimientos de las diferentes comunidades cristianas.
Cuando, hasta nuestro tiempo, han transcurrido más de 1960 años hemos de reconocer que queda aún un campo inmenso para excavar nuevos fundamentos que apoyen nuevas comunidades cristianas. El concilio Vaticano II expresaba el modo de construir en semejantes ambientes: «El que anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con confianza el misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de Él como conviene, no avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las huellas de su Maestro, manso y humilde de corazón, manifieste que su yugo es suave y su carga ligera. Dé testimonio de su Señor con su vida enteramente evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera, y si es necesario, hasta con la propia sangre». (Decreto Ad Gentes, n. 24).
Jesús recurre a la parábola del administrador que fue descubierto por su amo como infiel y por tanto, obligado a dejar el cargo, no para que sirviera de modelo de corrupción llevada a los grados más altos, sino para destacar la habilidad con que obró para el mal.
Naturalmente, el ingenio, la destreza, la imaginación hay que ponerla al servicio del bien obrar. De ello tenemos por modelo al Señor y a infinidad de santos y santas, canonizados o no. El uso de las parábolas fue un recurso que utilizó frecuentemente el Maestro. Lo mismo el modo de reaccionar frente a las argucias de los fariseos que querían cazarlo con sus planteamientos i observación de su actuar, como cuando le muestran una moneda con la efigie del emperador y le preguntan si era lícito pagar tribulo al Cesar, o no (Mc 12, 14), o cuando le espiaban para comprobar si curaba en sábado. En una ocasión les preguntó: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla?» (Lc 6, 9).
San Pablo, tal como él mismo asegura, utilizó la astucia para gastarse y desgastarse en bien de los corintios, en nada les fue gravoso, «pero en mi astucia os capturé» (II Cor 12, 16). De Santo Domingo escribían que, tentado por el diablo para quebrantara el silencio, le sorprendió el santo con su astucia: «Le respondió con audacia: “No te alegres, miserable, de esto, porque no te aprovechará. Estoy sobre el silencio y puedo, cuando me pareciere oportuno, hacer uso de la palabra”. Ante lo cual, se marchó confundido».
Destreza y fervor en la predicación reconocían entre los primeros frailes de la Orden. El siervo de Dios fr. Luis de Granada se admiraba «de la destreza con que este valeroso capitán, Domingo, no menos peleaba con la mano siniestra que con la diestra, pues tan continuo era el socorro de los prójimos y tan continuo en el trato con Dios, sin impedirse el un ejercicio al otro». De san Pedro Mártir de Verona alababan su agudo y sutilísimo ingenio para sus tareas evangelizadoras.
Todos los Santos de la Orden de Predicadores

En esta festividad se recuerda con amor “a los miembros de la Familia Dominicana que nos han precedido, dándonos ejemplo con su vida, compañía con su amistad y ayuda con su intercesión” para que “nos sintamos animados a imitarlos y se afirme el espíritu de nuestra vocación
En la fiesta de hoy, instituida por el papa Clemente X en 1647, recordamos con amor “a los miembros de la Familia Dominicana que nos han precedido, dándonos ejemplo con su vida, compañía con su amistad y ayuda con su intercesión” para que “nos sintamos animados a imitarlos y se afirme el espíritu de nuestra vocación (LCO 16; 67; LCM 16; 92).
Os ofrecemos una de las lecturas del Oficio de la Orden de Predicadores:
(Roma, 10 de marzo de 1304: BOP 11, Romae 1730, pp. 93.94)
Los sarmientos de Cristo iluminan a todos con los testimonios evangélicos
La inefable providencia del Creador para exaltar la gloria de su nombre y procurar la salvación de los fieles en los últimos tiempos hizo brotar en el jardín delicioso de la Iglesia entre sus hermosas y fecundas plantas la preclara Orden de los Predicadores como árbol de vida que, regado con la bendición de la lluvia celestial, desde sus primeros momentos ha crecido maravillosamente. Por obra de la gracia divina este árbol se ha elevado hacia lo alto y se ha extendido a lo largo y ancho de tal modo que con su altura llegó hasta los cielos y con sus ramas llegó hasta los confines del orbe terrestre.
Como excelentes sarmientos unidos a la vid que es Cristo, son aquellos frailes de la Orden de santo Domingo, que libres de las superfluidades terrenas y prendidos del peso de las riquezas, se negaron saludablemente a sí mismos y abrazados a la pobreza y profesando la vida regular, llevaron hermosas flores de honor y vida santa y frutos copiosos al banquete del Rey celestial.
Estos son de modo tan excelente ministros elegidos de Cristo, resplandecientes por su ejemplar vida religiosa y esclarecidos por su santidad de vida, que se debe reconocer fueron puestos por la sabiduría divina como luz de las naciones y como astros en el firmamento de la Iglesia, o como lámparas encendidas en la casa de Dios, que iluminan a todos con las enseñanzas evangélicas e indican con sus rayos a los hombres el camino de la vida.
Estos son insignes guerreros que luchando con el escudo de la fe, con la espada del espíritu y con las armas de la justicia, (Ef 6, 17) se han esforzado en conseguir que se acrecienten las virtudes en todos los católicos, se manifieste el camino de la salvación a los pecadores y sea destruida la locura de la deformidad herética.
Considerad por tanto, carísimos, y recapacitad atentamente sobre estos solidísimos fundamentos de nuestra Orden, en estos guías insignes, valerosos soldados e infatigables luchadores, de modo especial en muchos de ellos que están en la patria celestial y que han sido ya incluidos solemnemente en el número de los santos y son ya comensales de la mesa celeste y ciudadanos seguros de la patria eterna. Por ello, como hijos suyos auténticos, debéis ser sus fieles imitadores y caminar tras las seguras huellas que os han dejado tan ilustres y tan firmes ejemplos de una vida ordenada y religiosa. Debéis también conservar inmaculada esta Orden, que tiene en si misma el ornato de una perfecta belleza, pues por la generosidad de Dios y de la Sede Apostólica ha sido enriquecida de tantas gracias, ensalzada con tantos dones y reafirmada con tantos privilegios.
Pero dado que las tendencias del hombre son propensas al mal, procurad con todo empeño fomentar en vosotros el fervor de la religión, el celo por la justicia y la rectitud del juicio para que se mantenga vigorosa la disciplina de la corrección que desarraigue los vicios.
Procurad que en vuestras costumbres resplandezca la humildad hermosa, aumente la devoción piadosa, agrade la obediencia santa y persevere paciencia verdadera. Sed unánimes en el obrar concordes en la caridad, tranquilos en la paz, y haced con gran orden todo lo que exige la vida regular, estando en orden con Dios y con los hombres, de modo que estéis a salvo de todo mal espiritual y defendidos del astuto enemigo que ataca especialmente en la inactividad del ocio. Estad dedicados siempre al estudio de la sagrada doctrina, por la que conseguís tan gran mérito y honor; atended a la predicación frecuente y a oír confesiones y ya que habéis sido destinados especialmente a esa misión, dedicaos a ella con diligencia y gran solicitud. Así pues, ocupad vuestra vida en todo lo dicho y en otras cosas honestas o lícitas para que lo ilícito no pueda tener lugar en vosotros; vivid anclados totalmente en el autor de vuestra salvación, (Hb 2, 10) de vuestra esperanza y de vuestro consuelo. En fin, mostrad a los prelados de vuestras iglesias tan grande reverencia y honor que podáis obtener con razón su favor y benevolencia.
De esta forma podréis ser de provecho para vosotros mismos mediante los méritos de vuestra vida y para los demás mediante el ejemplo. Así, esparciendo con trabajo vuestra semilla, llevaréis con alegría densas gavillas a la era celestial; de este modo conseguiréis para vosotros y para los demás el premio debido a la santidad, la gloria de la claridad eterna.
Liturgia de la Horas. Propio O.P., Roma 1988, pp. 1133-1135.