Hermanos:
Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.
En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.
Sentirse extranjero o forastero, experimentarse discriminado o señalado por ser de otro lugar es una situación que viven millones de personas a diario. Pues, por las guerras, la pobreza, las persecuciones étnicas, etc. la migración es hoy una realidad que azota injustamente a gran parte de la humanidad.
La carta a los Efesios presenta otra situación. Desde la experiencia de la fe, ¡nadie se siente extraño o extranjero en la Comunidad cristiana! En la Primera lectura de hoy se afirma que sobre el cimiento de los apóstoles se inaugura un nuevo modo de humanidad donde los pueblos se unen como una sola familia, la familia de Dios.
¡Qué afirmación audaz y provocadora! La humanidad, que en Babel se comenzó a dividir y a dispersar, en Cristo y por su Espíritu en la Iglesia, ¡se está haciendo otra vez una sola familia!
Como en la fe, el regalo de Dios impulsa y provoca nuestra respuesta ética. Dios nos abre a un horizonte más humanizador y, por eso, más divino y evangélico y nos desafía a ponerlo por obra con su ayuda.
En ese horizonte lo más importante del otro no es su color de piel, su lugar de nacimiento, su idioma, sino su ser templo consagrado al Señor. Templo, simplemente por ser humano y, de modo especial, por el bautismo en Cristo, en Nuevo Templo.
Por eso, nos preguntamos: esta mirada del Evangelio, ¿está permeando realmente nuestra cultura, nuestra convivencia? ¿Son nuestras comunidades cristianas el lugar donde se ensaya y se practica ese otro modo de vivir donde nadie se siente extranjero o forastero, sino una sola casa por el Espíritu?
A Jesús lo seguía mucha gente. Algunos ocasionalmente, por sus milagros o el alivio de sus palabras, pero otros lo seguían de continuo. Entre estos, Jesús elige a Doce. Como en Israel el número Doce significaba el pueblo completo, con todas sus tribus, algunos biblistas ven, en este gesto, la voluntad de Jesús de refundar el Pueblo de Dios. ¡Y qué importante que lo hace llamando a cada uno de estos Doce por su nombre!
En realidad, resulta muy significativo el hecho de los nombres personales cobren tanta importancia en la Biblia, y especialmente en el Nuevo Testamento: el nombre de los ancestros de Jesús, el de los apóstoles que elige, el de las mujeres que lo siguen, el de distintas personas que fueron expandiendo el Evangelio en los primeros años de la Iglesia. Se señala la importancia de cada persona, con su nombre, su historia y su procedencia.
Y esto tiene pleno sentido porque el mensaje de Jesús no es un paquete del que se hace servicio de reparto, anónimamente. Transmitirlo implica una relación personal con Él, es una misión en la que se involucra la vida entera… una misión que el Señor nos confía contando con nuestro modo de ser…
Desde el bautismo, a todos se nos propone la misión y el apostolado, todos estamos llamados a ser discípulos misioneros, siempre aprendices y siempre enviados… a una muchedumbre que desea escuchar a Jesús y hacerse curar.
¿Quieres ser apóstol de Jesús?… Sé su discípulo… ¿Quieres ser discípulo? … acércate a escuchar y a tocar a Jesús, a tener experiencia de su fuerza sanadora…y así, podrás ser enviado para que otros se encuentren también con Él, personalmente…, por su nombre.
Nuestras comunidades no deberían ser lugares anónimos… sino una familia de Dios, en la que todos se reconocen por su nombre… Independientemente de su color de piel y país de procedencia.
Hay tantas necesidades en nosotros y a nuestro alrededor… ¿Estás escuchando cómo Jesús pronuncia tu nombre y te envía a llevar esa fuerza suya que sana y levanta?
Señor, brota de Ti una fuerza que sana a todos, brota de Ti una fuerza que me sana a mí. Haz de mí un apóstol que brinde a todos, de Ti, Señor, la fuerza para vivir.
San Simón y San Judas Tadeo

La Iglesia festeja a estos dos santos el mismo día porque ambos fueron apóstoles de Cristo y testigos de su resurrección, predicaron el Evangelio en Egipto y en Masopotamia y juntos sufrieron el martirio
Aparece en las listas de los Apóstoles junto con San Judas. En la de Marcos y Mateo aparece primero Judas y luego Simón, y en la de Lucas y Hechos, primero Simón y luego Judas. La liturgia romana celebra conjuntamente, el día 28 de octubre, la festividad de ambos apóstoles.
El único dato cierto respecto de Simón es que es uno de los Doce Apóstoles elegidos por Jesucristo para que estuvie¬ran con él y para enviarlos a predicar (Mc 3, 13). En las listas de Marcos y Mateo aparece, al final de las mismas, después de Judas Tadeo y antes de Judas Iscariote; con el apelativo «el ca¬naneo» (Mc 3, 18; Mt 10, 4). En las de Lucas y Hechos aparece mencionado después de Santiago el de Alfeo y antes de Judas de Santiago; con el apelativo «el zelota» (Lc 6, 15; Hch 1, 13).
El «cananeo» de Mc 3, 13 y Mt 10, 4 y el »zelota» de Lc 6, 15 y Hch 1, 13, son diversas traducciones del mismo término arameo que’na’. Este término no significa habitante de Canaán (como en Mt 15, 22) sino «zelota», celoso, como traducen Lucas y Hechos. [Aunque] Difícilmente se puede concluir de la denominación de Simón como «zelota» que lo fuese en el sentido revolucionario socio-político del movimiento zelota. El término podría también interpretarse en sentido religioso: celoso por la ley y las prácticas del culto mosaico. Con este sentido se lo aplica a sí mismo San Pablo: celoso por las tradiciones paternas» (Ga 1, 14), «lleno de Celo por Dios» (Hch 22, 3). Simón podría haber sido un judío celoso por la ley y las tradiciones judaicas, celo que después transformó en ardiente celo por el Reino predicado por Jesucristo.
Nada sabemos con seguridad sobre en qué lugares predicó el Evangelio y el final de su vida. Según una tadición abisinia habría predicado en Samaria y habría sido después obispo de Jerusalén. Según la tradición recogida en el Breviario Romano habría predicado en Egipto, luego en Mesopotamia y Persia, junto con San Judas apóstol, donde habría sufrido el martirio, Murió según unos crucificado, según otros habría sufrido el martirio de la sierra. De una y otra forma lo representan las antiguas reproducciones iconográficas. La iglesia griega y copta celebran su fiesta el 10 de mayo.
Refiere la leyenda que los templos de la ciudad de Suamir estaban poblados de ídolos. Simón y Judas fueron apresados: el primero fue conducido al templo del Sol, el segundo al de la Luna, con el fin de que les prestasen adoración. Pero ante la presencia de los apóstoles de Cristo los ídolos se derrumbaron estrepitosamente. De sus deshechas figuras salieron, gritando rabiosamente, los demonios en forma de etíopes. Los sacerdotes paganos despedazaron a los apóstoles. El azul del cielo enluteció y una tempestad hizo perecer a una gran multitud de gentiles. El rey, convertido al cristianismo, levantó un suntuoso templo, donde reposaron los cuerpos de los santos apóstoles hasta que fueron trasladados a la Basílica de San Pedro de Roma.
En las listas de los Doce Apóstoles aparece: en la de Marcos y Mateo después de Santiago de Alfeo y antes de Simón el Cananeo, en ambos con el nombre de «Tadeo» (Mc 3, 18; Mt 10, 3). En la de Lucas después de Simón el Zelota y antes de Judas Iscariote (Le 6, 16) y en la de Hechos después de Simón el Zelota y cierra la lista, una vez que quedó excluido Judas el traidor (Hch 1, 13); en ambas denominado Judas de Santiago. La denominación «Tadeo» en Marcos y Mateo y la «Judas de Santiago» en Lucas y Hechos pretenden, sin duda, distinguirlo de Judas Iscariote.
San Juan refiere el único episodio evangélico en que interviene Judas (14, 22). Explicando Cristo, en la noche de la Cena, a sus discípulos que quien guarda sus mandamientos es quien realmente le ama y que él a su vez le amará y se manífestará a él, Judas, en un acto de amor al prójimo, le interrumpe con la pregunta: «¿Cómo es que tienes que manifestarte a nosotros y no al mundo?». Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. Judas tal vez pensaba en una manifestación esplendorosa que asombrara al mundo. Cristo en cambio en la que se realiza por la fe y comunión con Cristo. En la actitud de Judas puede verse grandeza de corazón y celo apostólico. Algunos códices de la antigua versión latina lo denominan Judas «zelota» o «celante», el apelativo que todas las listas atribuyen al apóstol Simón.
A Judas se atribuye la breve y última de las Cartas Apostólicas. ¿Fue él realmente el autor de la misma? Así lo creyó la antigua tradición y continúan afirmándolo exegetas de nuestros días. Pero el autor de la carta se presenta como «Judas, siervo de Jesucristo, hermano de Santiago» (v. 1). Éste no puede ser otro que Santiago el Menor, obispo de Jerusalén, conocido como «hermano» del Señor, muerto hacia el año 62 y cuya relevante personalidad deja entrever San Pablo (Ga 1, 19; 2, 9; 1 Co 15, 7). La misma carta sugiere que su autor no está entre los Doce: en el saludo no reivindica el titulo de apóstol, sino que se presenta de un modo más general como «siervo de Jesucristo». La carta atribuida a Judas es «una carta breve, pero penetrada toda ella de divina sabiduría» (Orígenes). Pretende poner en guardia frente a quienes ponen en peligro la integridad de la fe e inducen a actitudes libertinas.
Sobre su actividad apostólica, Nicéforo Calixto dice que Predicó en varias regiones de Palestina (Judea, Galilea, Samaria, Idumea), después en las ciudades de Arabia, en todo el territorio de Siria y Mesopotamia y, por último, en Edesa donde murió (Ecclesiasticae Ilistoriae, II, XL:PG 145, 864 ss.). La tradición recogida en los martirologios romanos, el de Beda y el de Ación, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, San Judas y San Simón fueron martirizados en Persia. También el Breviario Romano dice que evangelizó Mesopotamia y Persia y que murió mártir. Reliquias de San Judas se veneran en Reims y Toulouse, en Francia. A propósito de San Simón hemos referido la leyenda que une los destinos finales de ambos.
La liturgia latina celebra su fiesta conjuntamente con la de San Simón Tadeo, el día 28 de octubre. La Iglesia griega celebra la fiesta de San Judas el día 18 de junio. Se le venera en Austria y sobre todo en Polonia. También en España y en América Latina goza del favor de cierta religiosidad popular.
Gabriel Pérez Rodríguez
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.