Esto dice el Señor:
«Y tú, Belén de Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales.
Por eso los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz, el resto de sus hermanos volverá junto con los hijos de Israel.
Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor, con el dominio del nombre del Señor, su Dios; se instalarán, ya que el Señor se hará grande hasta el confín de la tierra.
Él mismo será la paz».
Porque yo confío en tu misericordia:
mi alma gozará con tu salvación. R/.
Y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. R/.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
La liturgia de este día nos ofrece la profecía de Miqueas que renueva la esperanza en la venida del Mesías. El profeta campesino, que vivió en el siglo octavo antes de Cristo, alza su voz en medio de una realidad marcada por la desigualdad social, la corrupción y un tipo de relaciones superficiales que propician la indiferencia. Desde esta realidad, la voz profética invita a no olvidar que Dios nunca defrauda, que es fiel a su promesa y que acompaña el caminar de su pueblo.
En este contexto se anuncia la venida del Mesías, desde la pequeñez y la fragilidad, para guía al resto de Israel. María, que es parte de este resto, compromete su vida en ese proyecto. Su sí posibilita la venida del Salvador. Ella al dar a luz renueva nuestras esperanzas y nos abre al compromiso de un nuevo tiempo. Tomar conciencia de esto nos hace traer a la memoria las palabras de Alberto Ares, sj: «Nuestro mundo cambiante y complejo plantea grandes oportunidades y retos a la hora de vivir nuestra fe.
En nuestros contextos de Iglesia se nos invita a vivir enraizados, a colaborar, a ser solidarios y a cuidar de forma especial el discernimiento a la hora de dar pasos en el camino. Esta manera más auténtica tiene sin duda en nuestras sociedades una dimensión contracultural y de resiliencia.»
Al celebrar la Natividad de María reconocemos como actúa Dios. El misterio divino se va entretejiendo en la cotidianeidad de lo vivido. Nada nos dice el Nuevo Testamento sobre el nacimiento de María, y sin embargo, al ser madre todo cobra su sentido más profundo y verdadero, porque su vida está íntimamente ligada a la vida de Jesús. Nos recordaba Felicísimo Martínez: « Dios se humanizó, asumió nuestra condición humana. Con todo lo que eso significa: en la persona de Jesús se aproximó a nosotros, compartió nuestra condición, conoció todas las dimensiones de nuestra condición humana, pudo compadecerse de nosotros por estar él mismo envuelto en debilidad…Ya no estamos solos en nuestro caminar.»
A José se le revela el nombre del niño: “Jesús”, Dios salva, revelando su identidad más profunda y su misión. La salvación de Dios se manifiesta en la persona de Jesús, en sus acciones, sus palabras, sus gestos, sus opciones y su entrega en la cruz, son la forma en que Dios actúa. La figura de María representa al mismo tiempo a la comunidad cristiana, llamada, como la madre del salvador, a hacerse cargo de todas las formas de fragilidad que el mundo de hoy nos ofrece.
El celebrar la Natividad de María nos ayuda a reafirmar que Jesús es el “Emmanuel”, Dios con nosotros, que nunca nos abandona, siempre está presente. Mirando a María nos preguntamos: ¿Cómo respondo hoy a la iniciativa de Dios en mi vida? ¿Me dejo conducir, ayudar y alentar por María para renovar mi encuentro con Jesucristo y compartirlo con los demás?
Natividad de Nuestra Señora

La Iglesia recuerda en este día el nacimiento de la Virgen María. La fiesta se establece en la iglesia de Occidente en el siglo VII
La Iglesia celebra hoy la Natividad de la gloriosa Virgen María, cuya vida incomparable ilumina toda la Iglesia. Natividad de Santa María Virgen, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Judá, del real linaje de David… Llamada apremiante a sumarnos al gozo de la fiesta. Con alma y corazón cantamos la gloria de Cristo en esta sagrada solemnidad de la excelsa Madre de Dios, María, a nuestros hermanos de todo el mundo y, siguiendo la liturgia, contemplemos a María brillando en la Iglesia e invitándonos a confiar en su poderosa intercesión ante Dios.
Tres sentimientos llenan hoy nuestro corazón: Tres sentimientos que llenan de amor el alma de un creyente al contemplar el nacimiento de María. Fiesta de familia… Hay que acercarse a felicitarla, y… a felicitarnos todos con ella. Es día de regocijo íntimo. Los viejos cristianos de Roma, siguiendo la costumbre de sus hermanos primeros cristianos del Oriente, encendían antorchas, marchaban en procesión presididos por el papa, a la iglesia de Santa María la Mayor, mientras cantaban letanías suplicantes rebosando cariño y amor de hijos.
«Tu natividad, Virgen Madre de Dios, es anuncio de gozo para el universo mundo», canta la Iglesia. Alegría ecuménica, universal. Gozo para la tierra. Nuestra redención alborea. Pronto nacerá el Salvador. Clarea el día. Ha pasado la noche del pecado. Amanece… Una Virgen nace con promesa infalible de redención y vida para el mundo. «Dichosa eres Santa Virgen María y muy digna de alabanza. De ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios», corearemos con emoción en el aleluya de la misa. Sí, tú eres la aurora que anuncia el sol: Cristo Jesús derrotará nuestra muerte y nos regalará la vida para siempre.
También se alegran los cielos. Con María, la tierra empezó a parecer hermosa a sus moradores. Dios no tenía dónde fijar su mirada. Tinieblas de pecado envolvían al mundo. Pero ahora brilla una estrella luminosa. Es María recién nacida. Un alma enteramente intacta, limpia, inmaculada… Y la mirada de las tres divinas personas se complace por primera vez al mirar la tierra. Momento inefable. Algo insólito. La fragancia de una ofrenda, el sacrificio de un corazón enamorado de Dios, subía por primera vez desde el mundo. Padre, Hijo, Espíritu Santo, con amor indecible, contemplan y miran a esa niña, bendita ya entre todas las mujeres… Y se deleitan y extasían… Me enseñan a mirarla, a quererla, a gozarme de su nacimiento, que me anuncia una vida nueva que nunca pasará. Jesucristo, vida divina, que se encerrará en sus entrañas purísimas para nacer un día en este valle de lágrimas. Al salir de su seno virginal «no marchitó la integridad de su madre, sino que la santificó», proclama la Iglesia en la liturgia de esta fiesta.
El día en que le impusieron el escapulario, decía un militante obrero francés: «No sé cómo explicar la alegría que siento al venme por completo bajo la protección de María». ¡Qué seguridad para un bautizado sentirse por entero bajo el cariño de la Virgen! Nace en ese sacramento para ser hermano de Cristo, Primogénito de una multitud de hermanos (Rom 8, 29), y ser hijo de la Virgen. Es el gozo que sintió Dante al llegar al paraíso y detenerse a contemplar a María. «Vi en ella tanta alegría -escribe- que la derramaba a todos los santos espíritus creados para vivir en esas alturas». La liturgia nos invita a saltar de júbilo. «Se alegre tu Iglesia, Señor, y se goce en la natividad de la Virgen María, que fue para el mundo esperanza y aurora de salvación». (orac. com.).
Felicidad y gozo en «olvido deleitoso de sí y de todas cosas» (Juan de la Cruz). ¡Madre querida! Quiero imitarte en el aniversario de tu nacimiento. Nacer para Dios. Vivir sólo para el amor. Me faltan fuerzas para desaparecer, ocultarme en olvido perfecto de gustos, criterios, afectos. Tú me lo alcanzarás. Quiero encontrarme contigo, quiero abrazarte en este día.
La mirada de Dios Padre descansa amorosa en esa niña que acaba de nacer. Enamoraba su corazón de Padre. ¡Le deleita tanto mirarla…! No dejará de hacerlo ni un instante, hasta que se la lleve con él… ¡Le gustaba tanto todo lo que hacía! Escudriñaba, sobre todo, el amor que ardía en su corazón inmaculado. EI deseo de agradarle siempre y de complacerle en los más insignificantes detalles…
Ella va a ser esposa y madre del Verbo. Virgen de vírgenes, será para todos modelo de intimidad con Cristo, de fidelidad al esposo querido. «La Iglesia contempla gozosa a la Virgen como purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser», enseña el Vaticano II en la constitución de la Sagrada Liturgia.
La Iglesia pide a Dios en la oración colecta de hoy:
«Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia. Así, cuantos recibimos las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, conseguiremos aumento de paz en la fiesta de su natividad».
Aumento de serenidad que nos haga gozar de intimidad en dulce coloquio con ella y nos haga olvidar lo caduco. El amor hacia ella nos llevará a prescindir de todo. «Tu carta me llegó -escribía San Bernardo a su amigo Guillermo de Saint-Thierry- en la mañana de la Natividad de la Virgen. Pero el amor que siento por ella me absorbió de tal forma, que no me dejó lugar a pensar en otra cosa». Este día glorioso está lleno de María. Y también llena la Virgen la vida de sus hijos.
Tomás Morales, S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.