Hermanos:
En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche.
Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar.
Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.
Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.
Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él.
Por eso, animaos mutuamente y edificaos unos a otros, como ya lo hacéis.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. R/.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.
En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!»
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
Hemos pedido a Dios, en la oración colecta, que infunda en nosotros el amor de su nombre y que así, unidos más estrechamente con él, el bien se acreciente en nuestra existencia, solícitamente sostenidos por su providencia.
Escuchando con atención lo que Pablo ha escrito a los de Tesalónica, apreciaremos cómo recuerda la actitud vigilante, aguardando y deseando la llegada del Señor, pues a eso se refiere cuando alude “al tiempo y a las circunstancias”, sobre las que advierte que no necesitan que les escriba sobre ello. Repetidamente el Señor, ha recordado la necesidad de permanecer en vela; de escuchar, no solamente con los oídos físicos, sino con la disposición interior para acogerle en su palabra y en su presencia.
Vivir la existencia, personal y comunitaria, depositando en él nuestra esperanza y descubriendo que, únicamente así, podremos estar seguros y estables en él. Para ello el apóstol les recuerda que ya no viven en las tinieblas, porque fueron iluminados por Cristo mediante el nuevo y definitivo nacimiento. Por eso les dirá: “sois hijos de la luz e hijos del día”. Esta luz que procede del Señor y que es el Señor mismo, destruye las tinieblas y hace que la existencia, los pensamientos y las obras, el ser mismo del bautizado, deje ver a Cristo y lleve todo hacia él.
Invita a los de Tesalónica, como a cada uno de nosotros, a “permanecer en vela y a vivir sobriamente”. Permanecer en vela sin estar pasivamente aguardado, muy ocupados en no hacer nada provechoso que transforme las relaciones sociales, el orden social y el disfrute de los dones del Señor con aprovechamiento de todos. Conscientes de que todo ha de proceder de la entrega de Jesucristo en favor de todos los hombres. Todo vivido y realizado en el nombre del Señor.
Y de forma insistente, repetiremos en el salmo, nuestro deseo de gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Este salmo que se utiliza en la liturgia bautismal, expresa las experiencias vitales que brotan del bautismo:
El Señor es mi luz y mi salvación, por eso desaparece el miedo y nada nos hará temblar.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor y gozar de su dulzura habitando en su casa.
Para terminar con el salmista afirmando nuestra esperanza: gozar de la dicha del Señor; sentir su fortaleza que sostiene nuestra disposición y mantiene en la esperanza.
En Cafarnaún, ciudad a la que Jesús ha preguntado hasta dónde piensa llegar en su actitud vital, prodiga su enseñanza y realiza sus signos. Los que le oyen quedan asombrados, no sólo por lo que enseña, sino por la fuerza que revela su palabra. Estaba llena de autoridad.
San Lucas, en su relato, sitúa también en la sinagoga a un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo. El asombro y el rechazo están presentes. Mientras unos quedan sorprendidos, este hombre dice ¡Basta!, ya está bien y lanza una primera pregunta ¿qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? Este “nosotros” ¿con quién se identifica? La segunda pregunta ¿Has venido a acabar con nosotros? ¿a quién incluye? Porque en ese espacio están unos y otros y Jesús ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Ha venido a sanar a los enfermos. En una y otra situación hay que reconocerse y acudir al que puede remediar definitivamente ambas situaciones.
El endemoniado manifiesta su conocimiento: “Sé quién eres: el Santo de Dios”. Ese conocimiento por sí solo no salva. Jesús hace callar al demonio y le manda salir. Su lugar no es el hombre; tampoco es su propiedad para dominarlo. La palabra llena de luz, de vida, hace vivir al ser humano. La vida que alumbra y destruye las tinieblas, es la que transforma al ser humano liberándole de las tinieblas. Jesús levanta al ser humano en su acción salvadora. El demonio lo arroja por tierra sin hacerle daño. Ahí está el signo liberador de Jesús: ¡Cállate y sal de él!
San Lucas vuelve a destacar el asombro de la gente. Pero ahora la gente no queda en silencio, sino que se pregunta ¿Qué clase de palabra es esta? Ahora tienen el contenido de su enseñanza y además la fuerza sanadora de la misma. La autoridad y el poder que hace que el hombre quede libre y sano.
Esto es lo que toca a cada bautizado asumir, pues iluminado por Cristo y regenerado por él, está colocado en medio de la sociedad, en todas sus circunstancias, como luz que alumbra y enfoca todos los intereses realmente humanos en Cristo. Concluye el pasaje señalando cómo se extiende por toda la comarca su fama. Ello revela que la gente ha salido de su asombro para compartir lo que ellos han visto y oído. La experiencia de la sanación pone en camino hacia Dios y hacia los otros, para llevar así a los otros a Dios.
¿Cómo resuena su palabra en mi y cómo debe llegar a los demás?
Beato Guala de Bérgamo

Nació en Bérgamo (Italia) a finales del siglo XII, en una familia que provenía de Rogno. Una vez ordenado presbítero y después canónigo, fue recibido por santo Domingo en la Orden en Bolonia. Después fue enviado por él a fundar el convento de Brescia.
(1180-1244) Guala nació en Bérgamo (Lombardía, Italia) hacia 1180, de una familia oriunda de Rogno. Ya presbítero y canónigo fue recibido en la Orden por santo Domingo en Bolonia y fue enviado por él a fundar el convento de Brescia, donde estaba como prior cuando tuvo la visión de la muerte de santo Domingo. Fue religioso de gran piedad y como inquisidor de la fe actuó con gran prudencia y benignidad. Nombrado por el papa Gregorio IX en 1229 obispo de Brescia, trabajó en favor de la fe y de la paz. Al final de su vida se retiró al monasterio de Astino, donde murió el 3 de septiembre de 1244. Su cuerpo se venera desde 1896 en la catedral de Bérgamo. Su culto fue confirmado en 1868.
Del Común de pastores: para un obispo o de religiosos.
Oración colecta
Oh Dios, lleno de bondad,
que enriqueciste al obispo beato Guala
con un especial carisma
para promover en tu pueblo la paz y la piedad;
concédenos por su intercesión que,
construyendo con ahínco la paz,
alcancemos también
los abundantes frutos de la piedad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.