Esto dice el Señor:
«Yo la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor».
Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor R/.
Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. R/.
Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora»
Edith Stein, nuestra santa de hoy, la de nuestros tiempos, la de la historia reciente, no sólo sabemos su vida, hemos experimentado lo mismo, somos los hijos y nietos directos y podemos comprender de qué y cómo está tejida su santidad, al fin, cómo siempre, como nos enseña la vida y la Palabra de Cristo recogiendo todo lo que constituye la santidad: dar la vida por el Amor, por ese que encontramos tras recorrer la ruta de nuestra sed y nuestra hambre de Él, del Dios de nuestros padres, de la Eternidad para la que estamos creados. ¿Las circunstancias? Cada una de las suyas tan personales como el Amor que las mueve y las sustenta, sin dudar que la Fuerza es el mismo Jesucristo que es Camino, Verdad y Vida.
Edith es una mártir y como tal, maltratada en su cuerpo al extremo y puede sorprender, por las lecturas, que lo ha vivido como la historia y aventura de Amor más hermosa y admirable; es sorprendente lo excepcional de nuestro camino cristiano y cómo combina la vida y la muerte en aras del Amor más grande tenemos muy viva y cercana la realidad de los martirios actuales y la admiración que provoca en nuestro ser ¿cómo pueden? ¿qué les invade y sostiene? El gran Amor de Cristo que lo ha vivido por y para nosotros.
Siempre Él, siempre Dios nos busca, nos persuade y nos lleva al entorno donde "obligadamente" nos tiene "a solas"; porque antes o después, los afanes de la vida, los compromisos, las relaciones, etc. nos conducen a ese vacío existencial, al desierto… entonces es cuando Él nos guía y nos habla al corazón y nos muestra y ofrece la verdadera y absoluta riqueza: Él mismo.
Porque los viñedos etc. que creemos poseer, pierden su encanto de "posesión" para sólo recordar “aquellos días de juventud” y los prodigios experimentados de su favor, del Amor primero, del descubrimiento de ser importante para Él y haber tocado y tenido el primer amor… ya nada sabe igual sino Él mismo y entrar en sus profundidades: “me desposaré contigo para siempre” contando con mi realidad, mi desnivel, mi necesidad de “justicia y derecho, misericordia y ternura” y a sabiendas, “me desposaré contigo en fidelidad” .
¡Qué inmenso beneficio de su Amor para con nosotros, qué incomparable ternura y caridad!
Dios se acerca a mi pequeñez y me funde en Él… el martirio constituye este despojo, esta locura de amor. Lo hizo Él primero con nosotros.
El Amor profundo e inmenso, personal y secreto, del que nos ha hecho partícipes Dios… ahora se manifiesta en sus consecuencias; porque ese Amor es tan superior a nosotros que nos eleva de estatus, nos hace ascender al nivel del amado “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mi” y en esa fusión me convierto en “carne de Su Carne, en hueso de sus huesos” y mucho más: soy reina consorte, se me concede por cohabitación, la belleza, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza, que sólo pertenecen a Él. Tu fama, tu descendencia, tu testimonio, te harán poner “príncipes por toda la tierra”.
Así nuestra Edith Stein, Benedicta de la Cruz, es hoy reconocida como testigo y predicadora por toda la tierra, vocera del Amor y cumplidora del mandato: “id y predicad a todos que el Reino está cerca”.
Este Evangelio expresa el camino para la unión con Dios; no es fácil ni placentero, no es descuidado ni casual, no es baladí, pues conduce a la Cima y requiere de disciplina y esfuerzo para ser consciente del Tesoro que supone el Reino, aunque todo el mérito depende de la Misericordia divina que elige, enseña, prepara para este Encuentro. La parábola de las vírgenes, simplemente enseña las diversas actitudes del propio corazón ante la elección recibida por todas igual. Todas tenían lámparas y aceite, todas iniciaron el camino hacia el Banquete… todas iban bien vestidas y…
Surge como surge en toda vida, la dilación, la situación que nos entretiene y despista del Centro. Cierto que el sueño es algo natural en todos, pero ha de mandar y dominar el amor, la Meta y ahí el ingenio para aportar los medios elementales.
Llega el Esposo y se acelera todo, su comitiva no se detiene y hay que estar presto para seguirla. Ante la siguiente escena yo me pregunto ¿dónde está la caridad? ¿por qué no las dieron de su aceite?
Es el misterio del carácter personal de la elección y la respuesta, es la implicación enormemente comprometida, de toda la vida, las potencias, las energías… que proporcionan los medios necesarios (el aceite) para poder ver la Luz. No, no hay falta de Misericordia, es el compromiso del seguimiento de cuidar el Tesoro que va en vasijas de barro… la peregrinación continúa sin descanso y se crece a cada paso y “las necias” aprenderán en la dilación, valorarán más y mejor su puesto y su lugar y volverán en condiciones a la próxima convocatoria.
“Velad, porque no sabéis el día ni la hora”. ¡Cuántas veces nos sorprende que personas allegadas, aparentemente sanas… sufren un episodio y se van, nos desconcierta y afecta y nos proporciona el sentido de lo eventual de esta vida, el sabernos a la puerta del Banquete.
Me impresiona agradablemente la relación de estas lecturas del Amor más puro, con el martirio de la santa que hoy celebramos; esta mujer inteligente y fiel a sus raíces, a su pueblo, lo cual no impidió (al contrario) unirse con el Dios de nuestros padres, que culmina su entrega en el martirio, el que ella padecerá bajo el sistema del poder injusto y enfermizo que produce tanta destrucción… y sin embargo produce tantos santos que han sabido unirse a Cristo en el sumo amor que les ofrece y culmina.
¿Realmente el Amor de Cristo te "enloquece" hasta ser capaz de entregar la vida? ¿Cómo te aplicas esta expresión "de perdidos al río"?
Edith Stein – Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Nacida en el seno de una familia judía, tras pasar por una fase de ateísmo se convirtió al catolicismo. Filósofa, religiosa carmelita descalza y mística alemana. Murió mártir durante la persecución nazi. Fue canonizada por Juan Pablo II y nombrada posteriormente patrona de Europa
El día 1 de mayo de 1987, en el estadio de Colonia, donde tuvo lugar la beatificación de Edith Stein, brotó de labios del Papa Juan Pablo II el siguiente reconocimiento: «La Iglesia del siglo XX vive hoy un gran día. Nos inclinamos ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein… Una personalidad que reúne en su vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy, pero que hombres y mujeres con sentido de responsabilidad se han esforzado y siguen esforzándose por curar síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios».
Edith Stein nace el 12 de octubre de 1891 en Bresalu (entonces Prusia; hoy es la Broclaw polaca).
De la infancia de Edith Stein hay que subrayar los elementos que van a configurar su futuro: presencia de la madre, austeridad de vida, sentido del bien y del mal, inteligencia despierta, cultivo y defensa del mundo interior, independencia en el obrar y pensar y, por lo mismo, emprendedora, carácter voluntarioso, prevalencia de lo racional, un gran autodominio, defensora de la dignidad personal, de nobles ideales, etc.
Desde los escritos propios y por las referencias de otros, cabe deducir que Edith Stein fue una niña intelectualmente privilegiada…A los doce años acudió a la escuela. Allí se le abrirán horizontes y perspectivas nuevos;… su despierto espíritu le hacía soñar y concebir esperanzas grandiosas, su yo naciente exigía ya libertad y reconocimiento…
La señora Auguste Stein, además de procurar sustento y educación para la prole, vela con diligencia por la evolución espiritual de los suyos. Los primeros pasos de la pequeña Edith, tanto en la fe como en la vida, estarán dirigidos y animados por el celo, la fuerza y el testimonio de esta hebrea convencida. Toda su existencia estuvo saturada de una apuesta inquebrantable por el Dios todopoderoso. La firmeza en la fe de esta madre, no será impedimento, sin embargo, para que la indiferencia religiosa vaya haciendo acto de presencia. Pronto advertirá Edith Stein tal descuido; ciertamente seguirán todos tomando parte en las celebraciones, fiestas y ritos religiosos, mas la falta de devoción, de interés y de convicción personal resulta palpable… A los 15 años se desligará de la, por ella denominada, fe infantil, a la que no sustituirá por una fe madura; seguramente que las primeras raíces de la fe fueron insuficientes para soportar la sacudida brusca al irrumpir la adolescencia.
Precisamente a esta edad y con este ánimo, y a muchos kilómetros del hogar materno, en Hamburgo y en 1906 —donde pasa una larga temporada en busca de descanso, de claridad interior y de no poca independencia—, quedará zanjada la cuestión religiosa. Aquí se confirma su ateísmo, o distanciamiento teórico y práctico de la fe de sus padres. La seriedad de la decisión se deja translucir en un texto autobiográfico referido a este momento: Max y Else (cuñado y hermana, matrimonio en cuya casa transcurre esta temporada) eran incrédulos por completo. En aquella casa, de religión, nada en absoluto —y continúa–. Aquí tuve conciencia completa de la oración, y la abandoné por una decisión libre».
La opción de vivir sin religión por parte de esta mujer no equivalió a renunciar al esfuerzo por hallar una respuesta a los interrogantes que el ser humano, tarde o temprano, se plantea. Aparcar a Dios no supuso cerrar el paso a toda posible interpelación proveniente del misterioso fondo de la persona, ni trajo como consecuencia un desconcierto en el comportamiento ético de la joven judía, o la caída en una especie de hedonismo larvado, o el abandono de los principios vigentes desde la infancia.
La verdad del hombre, de ella misma, tiene para Edith Stein tal fuerza de atracción, que no se ahorrará esfuerzo alguno hasta dar con la misma. El primer sacrificio que se impone será abandonar Breslau, para acudir al lado del profesor judío, Edmund Husserl, incorporándose al círculo fenomenológico de Gotinga. En esta filosofía contempla la senda propicia para el propósito que persigue: alcanzar la verdad. Además… acude a las conferencias de otro filósofo también judío, Max Scheler. Este pensador ejercerá una influencia decisiva en el camino hacia la verdad… Max Scheler por entonces era católico, y hace brillante propaganda de lo mismo. La influencia de este profesor rebasará los límites del campo estricto de la filosofía, hasta reconocer: «Éste fue mi primer contacto con este mundo hasta entonces para mí completamente desconocido. No me condujo a la fe. Pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya nunca podía pasar ciega».
En 1915 Edith Stein cumplirá 24 años. Hace un año estalló la Primera Guerra Mundial… Se inscribirá en la Cruz Roja Internacional, ofreciéndose incondicionalmente… Los libros y las especulaciones ceden el puesto a las necesidades concretas del ser humano; en este caso del hombre que sufre, y sufre físicamente, pero también padece desarraigos, soledades, desesperación, falta de afecto, etc. En 1917 Edith Stein alcanza los 26 años, es ya doctora en filosofía y se encuentra trabajando en Friburgo como asistente de su querido maestro Husserl; pero la guerra continúa arrojando desgracias, destrucción y muertes por doquier. Pues bien, una de las personas más querida de los jóvenes fenomenológicos, el profesor Adolf Reinach, cae en el frente de Flandes en noviembre de este año. De origen judío también, se había hecho bautizar en la Iglesia evangélica junto con su esposa en un permiso militar… Se le encargará a Edith Stein acudir a Gotinga en representación de Husserl y a requerimiento de la esposa del fallecido, para ordenar la producción manuscrita del marido caído. Emprenderá el viaje sin que ambas misiones le preocupen demasiado, A medida que se acerca a la ciudad va tomando fuerza una inquietud: ¿qué palabras alentadoras dirigir a una joven esposa, amiga, que acaba de perder a su marido?; ¿qué esperanza proyectar que disipe el desconsuelo de un corazón femenino?
Edith Stein halló ante sí a una mujer creyente, que acepta la muerte del marido con serenidad, rebosando esperanza y contagiándola a su vez. El intercambio de papeles desconcierta a la inteligente filósofa. En la viuda Ana Reinach descubre sorpresivamente la explicación no de la muerte, sino a la vida del desaparecido. La confianza en Dios y en la eternidad de la persona, testimoniada por la amiga en trances tan comprometidos, supera la capacidad argumentativa de la bienintencionada Edith Stein…: «Éste fue mi primer contacto con la cruz y con la virtud divina que ella infunde a los que la llevan. Entonces vi por primera vez y palpablemente ante mí, en su victoria sobre el aguijón de la muerte, u la Iglesia nacida de la pasión del Redentor. Fue el momento en que mi incredulidad se desplomó, y Cristo irradió, Cristo en el misterio de la cruz. El testimonio humano logra lo que muchos años de estudios no pudieron ofrecer. La muerte, o mejor, la postura ante la misma, dan un sentido a la vida. Dios no es una verdad filosófica, es, al contrario, algo vivo y tan personal, que forma parte del ser mismo del hombre». Su amiga Ana así se lo da a entender.
De los 26 a los 30 años, Edith Stein lleva a cabo una contienda personal nada despreciable. Se siente dividida en su ser, desconcertada y sin ayuda. Buena parte de los años 1919 y 1920 los pasa en su ciudad y con su familia, mas esto no suaviza el fragor de la batalla interior. Algo de la crudeza de esta hora se deja traslucir en textos suyos como éste: «Por aquella época mi salud no iba bien a causa del combate espiritual que sufría en total secreto y sin ninguna ayuda humana».
Es 1921 y Edith Stein cumple 30 años. Y llegó el momento de la rendición, de la entrega. Es verano; la filósofa se encuentra descansando en la casa de campo de unos amigos. Éstos han salido; atardece, se dirige a la pequeña biblioteca y agarré —son palabras de la interesada— a la buena de Dios y saqué un voluminoso libro. Llevaba por título ‘Vida de Santa Teresa’, escrita por ella misma. Comencé a leer, y quedé al punto tan prendida que no lo dejé hasta el final. Al cerrar el libro, dije para mí: Aquí está la verdad»…Teresa de Jesús, la mistagoga, halló una buena interlocutora. La maestra de los espirituales aparece ahora cual consumada psicóloga, desveladora y conocedora de mundos interiores propios y ajenos… El impacto será decisivo para el camino a emprender a partir de ahora. De ello es consciente 16 años más tarde al referirnos: «Cuando recibí el bautismo, en el año nuevo de 1922, pensé que aquello era sólo una preparación para mi ingreso en la orden».
La aceptación de Dios como Verdad, incluye la firme determinación de dejar paso a la nueva vida en ella injertada. Edith Stein padeció una auténtica regeneración bautismal; su vida cristiana, a partir de aquí, queda expresada en el lema repetido, una y otra vez, en su epistolario y conferencias: Vivir en las manos del Señor. Abandonarse confiadamente a la gracia de Dios. Así maduró su fe, y con ese mismo espíritu vivió los pocos años, pero intensos, de carmelita descalza.
El primer viernes de abril de 1933, año jubilar, asiste a la hora santa que tiene lugar precisamente en la iglesia del Carmelo de Colonia, y nos transmitirá su oración: «Yo hablaba con el Señor, y le decía que sabía que era su cruz la que ahora había sido puesta sobre el pueblo judío. La mayoría no lo comprendía, mas aquellos que lo sabían, deberían echarla de buena gana sobre sí en nombre de todos. Yo quería hacer esto, él únicamente debía mostrarme cómo. Al terminar el ejercicio tenía la más firme persuasión de que había sido oída. Pero dónde había de llevar la cruz, aún era desconocido para mí». A últimos de mayo tiene lugar la entrevista de Edith con la priora y subpriora del Carmelo coloniense, y como único móvil convincente para la decisión por esta orden expone: «Lo que vale no es la labor humana, sino la Pasión de Cristo, participar en ésta es mi deseo». Y porque sabe que el misterio del hombre —a cuyo estudio dedicó la mayor parte de sus investigaciones— se clarifica a la luz del misterio de un Dios crucificado, elige, como apellido religioso para el resto de su vida el de la Cruz. El 15 de abril de 1934 inicia el noviciado, y desde entonces será hermana Teresa Benedicta de la Cruz. No es un capricho, es una sentida necesidad; sólo desde aquí espera dar sentido a su existencia; en ella ve su vocación personal y universal en los momentos históricos que se avecinan. Tomará como maestro espiritual a San Juan de la Cruz, al doctor del todo y de las nadas, llegando a ser discípula aventajada.
A medida que el cerco externo se estrecha, la urgencia por abrazarse a la cruz aumenta. Poco a poco el peso crece, se saborea en todo su realismo, mas no se deja sorprender. Por otra parte, rechazar la cruz no es posible para quien la ha pedido y configura nombre y persona. Y cuando el entorno se vuelva tenebroso, y haya tenido que irse desprendiendo de todo, carrera, amigos, familia, comunidad de Colonia, nación alemana (el último día de 1938 sale de Alemania y es admitida en el Carmelo de Echt, en Holanda), cuando sólo le queda la fe, en 1940 escribe con no poca decisión: «No puede verse libre de la Cruz quien tiene por título ‘de la Cruz’». Su ocupación intelectual última no podía ser otra que un trabajo sobre la cruz de la mano del gran mentor en la materia, Juan de la Cruz. Teoría y praxis se confunden, se apoyan y se animan mutuamente. La Ciencia de la Cruz—así es el título de la obra steiniana— únicamente se alcanza cuando a uno se le concede sentirla en su radicalidad.
El 2 de agosto de 1942 es obligada por las fuerzas nazis de ocupación a abandonar de inmediato el convento de Echt. Será deportada, junto con otros religiosos judíos todos ellos, a diferentes campos de concentración… Desde la barraca 36 del campo de concentración de Westerbork le llega a la priora del Carmelo una nota con fecha 5 de agosto y con la firma de Benedicta. La última frase testimonia el talante grandioso de quien escribe: «Se encuentran aquí muchas personas, que necesitan un poco de consuelo y lo esperan de las religiosas»… Un agente holandés, que tuvo ocasión de observarla y hablar con ella en el campo, dejó escrito: «En el infierno de Westerbork vivió algunos días, anduvo, habló y oró…, como una santa. Eso era ella realmente». Durante una conversación dijo: ‘El mundo se compone de contrastes… (Pero) al final nada quedará de esos contrastes. No quedará otra cosa sino el gran amor…’ Yo presencié la sonrisa y la inquebrantable firmeza que la acompañaron a Auschwitz».
El 9 de agosto de 1942 llevó a cabo, a la par que muchos congéneres de raza y de fe, la consumación de su holocausto en la cámara de gas de Auschwitz. En comunión con sus hermanos y unida al Cristo redentor, recorrió el último tramo de su ascensión al martirio en silencio, orando, intercediendo, porque en palabras suyas: «Sólo los que rezan están capacitados para detener la espada sobre nuestras cabezas, y por medio de una vida santificada librar a este mundo de los poderes juzgadores».
El 1 de mayo de 1987 Edith Stein fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, con el título de mártir de la fe.
El 11 de octubre de 1998 tuvo lugar la solemne canonización de Edith Stein por Juan Pablo II en la plaza de San Pedro en Roma.
El 1 de octubre de 1999 Santa Teresa Benedicta (Edith Stein) es declarada co-patrona de Europa por Juan Pablo II, junto con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena.
La canonización de Edith Stein supone para los creyentes una palabra profética, y para el hombre de hoy un reto a la vez que un estímulo. La vida y la doctrina de tan singular mujer constituyen un legado enriquecedor digno de ser tenido en cuenta en los tiempos presentes. Merece la pena destacar algunos elementos de su mensaje por lo que comporta de actualidad y de iluminación para todos nosotros.
Fue mujer entregada a buscar lo fundamental, lo esencial, de sí y del mundo que le rodea; lo suyo es ir hasta las raíces últimas para no perderse en superficialidades; aspira a descubrir lo que es en verdad.
La fuerza motriz de tal proceder proviene de una convicción fuertemente sentida, y que referirá en su obra filosófica más importante: «La verdad es una, pero se descompone en muchas verdades que debemos conquistar una tras otra. Profundizar en una de ellas nos hará ver más lejos, y cuando descubramos un horizonte más vasto, percibiremos desde nuestro punto de partida una nueva profundidad».
De manera evidente se percibe en esta mujer su alergia a lo cerrado y a las estrecheces; no le van los reduccionismos. Es partidaria de miradas amplias y generosas. El talante universalista, rompedor, seguirá presidiendo la existencia de Edith Stein, también una vez aceptado Dios en su vida, aunque en principio no fue así; ya que, según confesión propia, «en el tiempo inmediatamente anterior a mi conversión y después, durante un cierto período, llegué a pensar que llevar una vida religiosa significaría dejar de lado todo lo terreno y vivir teniendo el pensamiento única y exclusivamente en cosas divinas. Pero, poco a poco, he comprendido que en este mundo se nos exige otra cosa, y que incluso en la vida contemplativa no debe cortarse la relación con el mundo; creo, incluso, que cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido, salir de sí mismo, es decir, adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina».
En el ser y pensar de Edith Stein aparecen elementos ecuménicos asumidos con toda naturalidad. Ella es judía y católica al unísono, sin que le suponga conflicto alguno… Estuvo muy por encima de clasificaciones y exclusivismos demasiado humanos. Esto quedará patente, por ejemplo, más tarde cuando, tras la muerte del profesor Edmund Husserl, judío y convertido al protestantismo, escribe a la religiosa que lo atendió en los últimos instantes: «No tengo preocupación alguna por mi querido maestro. He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no».
Desde joven tuvo una alta estima de sí, y de sus semejantes; se esforzó por respetar y defender la dignidad que todo ser humano encarna. Como filósofa su pensamiento se orientó de modo decidido hacia la persona, a descifrar el misterio que encierra. En este campo merece un capítulo aparte los estudios dedicados a presentar el ser de la mujer, así como su lugar en la vida civil y eclesiástica. También en estos temas procederá con el máximo rigor, buscando siempre los fundamentos racionales y teológicos. Por otra parte, la entera existencia de Edith Stein estuvo presidida por una máxima que ella misma formuló y que trató de llevar a la práctica; reza así: «Estamos en el mundo para servir a la humanidad». A ella dedicará su pensar, sus desvelos, su vida y su muerte.
Ezequiel García Rojo, O.C.D.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.