Hermanos:
Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
Alabad al Señor todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos. R/.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
En la primera lectura, Pablo describe la transformación y privilegios a los que acedemos por medio de la fe, una vez que Cristo nos ha rescatado y salvados por pura gracia.
En la primera parte de este 2º capítulo de la carta, Pablo constata la diversidad de gentes, razas, lugares y culturas que se dan en la ciudad y de donde provienen los creyentes a esa iglesia de Éfeso. Esta imagen le sirve para explicarnos por quiénes y de qué forma está constituida la iglesia. Es probable que en ella se viviera confusión en cuanto a su identidad religiosa, problemas de convivencia y unidad, sobre todo debido al diverso origen de sus miembros. Sin embargo, Pablo quiere dejar bien fundamentada a esta comunidad y les expresa quién les sostiene y les ha dado “acceso al Padre” (V18). Hijos de este misericordioso Padre son, hijos suyos somos.
¡Cuánta fuerza! nos deja Pablo con estas afirmaciones que hoy hemos escuchado, tan rotundas y esperanzadoras. (Podemos hacer una lista con ellas y dejar que nos hablen, así veremos que no hay una primera o segundas, todas son esenciales) “Por tanto ya no sois extranjeros, ni forasteros o extraños, sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”… ”Ensamblados sobre el cimiento de los Apóstoles.” (V 19-20) ¿Dónde podríamos encontrar mayores títulos?
Por supuesto, en ninguna otra institución y sin ningún mérito por nuestra parte; y, sin embargo, Pablo quiere dejar constancia, no sólo para esa comunidad sino para todos los creyentes, cuál es el plan salvífico de Dios en la historia, cuyo punto principal es la unión de toda la humanidad en Cristo y por Cristo.
Leer y reflexionar sobre este texto nos lleva a afirmar, que, en la iglesia, toda discriminación y privilegios desaparecen, si nos tomamos en serio el llamado de Dios: Vivir la responsabilidad de creyentes como miembros de la familia de Dios. Te suplicamos, haznos dóciles Señor, en la construcción de tú Reino, dejándonos modelar y ensamblar sobre los cimientos de los Apóstoles.
Hoy, en la fiesta de Santo Tomás, el evangelio nos presenta el encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos y de forma especial con el apóstol Tomás.
Todos tenemos en mente la actitud expresada por él, ante la noticia de la Resurrección contada por los discípulos que estaban en el cenáculo, cuando Jesús se hizo presente. Lo que Tomás expresa ante tal noticia, – (recordemos que Tomás no estaba en el grupo) -, lleva una carga de profundo escepticismo, quizás hasta de profundo dolor, desilusión que le impide creerlos, por el recuerdo del sufrimiento y muerte que contempló hace unos días sobre la persona del Maestro. Hay “algo” que no encaja ni en su mente, ni en su corazón.
Todo este contexto le predispone para formular su exigencia de pruebas tangibles, que reflejan una lucha interna que muchos de nosotros seguro conocemos en momentos concretos de nuestra vida.
La duda de Tomás no parece sea una muestra de incredulidad permanente, sino una expresión de lo que anida en su corazón y le lleva a “desafiar” al mismo Jesús. “Si no veo… si no toco… no lo creo”.
A los ocho días, Jesús llega y se coloca a su nivel, donde puede hablarle de tú a tú. Esta cercanía, este cruce de miradas, que no recrimina ni reprende, provoca en Tomás esa gran exclamación de fe que el evangelio nos ha transmitido y que tantas veces los creyentes repetimos: “¡Señor mío y Dios mío!” Tomás se derrumba ante tanto amor y Jesús confirma su fe.
El evangelio termina con una mirada de amor universal y una promesa de bendición para el creyente de todos los tiempos: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Es un recordatorio de que nuestra fe no depende de lo que vemos, sino de confía en las promesas de Dios.
Santo Tomás, apóstol

Apóstol del Señor, conocido principalmente por ser protagonista de un pasaje del Evangelio de San Juan en el cual primero duda de la resurreción del Señor y después lo reconoce. Según la tradición predicó fuera de los confines del Imperio romano, en Persia e India donde fundó la primera comunidad cristiana
El apóstol Tomás aparece dentro de la homogeneidad del cuadro elegido por los sinópticos y por el libro de los Hechos (Mc 3, 13-19 y par.: Hch 1, 13) con alguna variante: emparejado casi siempre con Mateo y, en una ocasión (en el libro ele los Hechos), con Felipe. Esta homogeneidad la rompe el cuarto Evangelio por dos razones: en primer lugar, porque, a excepción de Felipe (Jn 1, 43), ninguno de los apóstoles es llamado directamente por Jesús; teniendo como punto de partida aquellos dos que le seguían, procedentes del discipulado del Bautista, y acuden a él invitados unos por otros. Y, en segundo lugar, porque el Evangelio de Juan toma aparte a alguna de las figuras sobre las que hace recaer un significado especialmente importante. Esto ocurre con Felipe, a modo de ejemplo, y sucede también con nuestro apóstol Tomás, el didimo- o mellizo, que es la traducción griega del nombre hebreo o arameo ‘Tomás.
Expondremos, en primer lugar, los aspectos destacados por el cuarto Evangelio a propósito de la figura que ahora nos ocupa. Aparece por primera vez en el último tramo de la vida de Jesús, cuando el maestro se decide a subir a Betania para -despertar- a Lázaro (Jn 11, 16). Los seguidores de Jesús manifiestan su desacuerdo ante la decisión que él les acaba de comunicar: -Los discípulos replicaron: “Maestro, hace bien poco que los judíos quisieron apedrearte. y a pesar de ello, ¿quieres volver allá?” La situación embarazosa creada por la decisión tomada por Jesús y los peligros que la misma entrañaba, según la valoración hecha por los discípulos, es superada gracias a la intervención de Tomás, que dice a sus compañeros: “Vamos también nosotros para morir con él”- (In 11. 16).
Este texto merece unas observaciones que juzgarnos importantes:
Es la primera vez que el Evangelio de Juan habla del sufrimiento de los apóstoles a causa del seguimiento de Cristo. Nos hallamos ya muy próximos a los relatos de la pasión. Los discípulos deben familiarizarse con ella, al menos, oír hablar de un acontecimiento doloroso que constituirá el fin de la vida de Jesús. En los sinópticos, Jesús ya había hablado, y frecuentemente, de este final trágico; no así en el Evangelio de Juan.
¿Las palabras de Tomás tienen un sentido más allá de su apariencia, que consistiría en demostrar la lealtad y fidelidad al maestro en un momento tan difícil como el que se cernía sobre él? El interrogante se halla justificado por la interpretación que acaba de hacer Jesús de la muerte de Lázaro: Va a -despertar- -eufemismo que significa resucitar- a Lázaro y ello servirá para que vosotras creáis. No podemos suponer que Tomás comprendiese entonces lo que Jesús acababa de decir. Pero su intervención tiene una clara segunda intención, como lo demuestra el texto que analizaremos a continuación.
En el discurso de despedida afirma Jesús que ya saben el camino para ir donde él va. En este momento tiene lugar la segunda intervención de Tomás: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí…” La intervención de Tomás (Jn 14, 5-6), igual que la de Felipe (Jn 14. 8-10) y la de judas (Jn 11, 22-24), en este capítulo de despedida, es funcional. Las preguntas que hacen tienen la finalidad de obligar a Jesús a pronunciarse con toda la claridad posible sobre temas decisivos. Ahí reside su funcionalidad. Los otros discípulos no sabían ni más ni menos que ellos. Estaban todos al mismo nivel. No sabían en absoluto de qué iba la cuestión. Se trata de los interrogantes que deben hacerse todos los discípulos o seguidores de Jesús.
La pregunta de Tomás, que es quien ahora polariza nuestra atención, tiene una profundidad singular: Los discípulos o, más bien, los seguidores de Jesús, y por consiguiente también Tomás, saben dónde va Jesús. A lo largo del Evangelio se halla claramente contestada su pregunta. La partida de Jesús es su retorno al Padre.
El desconocimiento del camino, afirmado por Tomás, lo manifiesta también Pedro: -Señor, ¿adónde vas…? ¿Por qué no puedo seguirte ahora…?- (Jn 13, 36-37). Estos seguidores de Jesús, que todavía no son discípulos -el verdadero discipulado de Jesús comienza con la fe en la resurrección y a partir de ella- están en el mismo error que los judíos: -¿Adónde pensará ir este hombre…? ¿Pensará suicidarse? (Jn 35-36; 8, 22). Jesús ilumina aquella ceguera afirmando, para los que quieren ver, que la fe, el conocimiento del camino de la salvación, es el mismo que ha recorrido el Salvador. Sólo cuando el discípulo conoce el camino del enviado celeste -el retorno victorioso del mundo de los muertos a la plena luz de Dios- puede conocer su propio camino para escapar a la muerte.
El Salvador es, en su propia persona, el camino y la meta, la única posibilidad de acceder al Padre, porque él es el camino, la verdad y la vida. Fuera de él no existe ningún redentor, enviado o revelador.
Evidentemente Tomás, en el momento de la vida terrena de Jesús, no pudo entender el significado tan profundo de estas palabras. Pero la “coacción”, que hizo a Jesús para explicarse de este modo fue la infraestructura sobre la que posteriormente construyó su fe. De momento, desconcierto absoluto, como lo pone de relieve la aparición del resucitado, en ausencia de Tomás, y las exigencias manifestadas a sus compañeros cuando le contaron que habían visto al Señor.
El evangelista subraya la identidad del resucitado con el crucificado. El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en especial, las exigencias de comprobación por parte de Tomás, son de sumo interés. De ellas se deduce que el resucitado y el crucificado son el mismo, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí las exigencias de ver y palpar los agujeros de las manos y del costado: insistimos en el interés del evangelista por certificar la identidad. Era imposible reconocer al resucitado: creen ver un fantasma; un viandante cualquiera, el jardinero. Estas apreciaciones subrayan la diversidad en su nueva forma de vida. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena participación en la vida divina por un ser humano.
El contacto físico con el resucitado no pudo darse. Sería una antinomia. Como tampoco es posible que él realice otras acciones corporales que le son atribuidas, como correr, pasear, preparar la comida a la orilla del lago de Genesaret, ofrecer los agujeros de las manos y del costado para que sean tocados… Este tipo de acciones o manifestaciones pertenece al terreno literario y es meramente funcional: se recurre a él para destacar la identidad del resucitado. del Cristo de la fe, con el crucificado, con el Jesús de la historia.
También intenta poner de relieve el autor del cuarto Evangelio la confesión adecuada de la fe cristiana al citar las palabras de Tomás: Señor mío y Dios mío. Tomás es presentado como representante ele los que no quieren creer sin ver. Vencida su increencia, el evangelista nos lo presenta como modelo de fe. Son sus palabras las que recogen la auténtica confesión de la fe cristiana. En sus palabras, el Evangelio de Juan alcanza su cota más elevada: el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había hablado en el prólogo: la Palabra era Dios (Jn 1, 1). De esta forma todo el Evangelio queda -incluido- nos referimos a la figura literaria llamada “inclusión”, por repetir al principio y al fin lo que es desarrollado en el medio entre ambos- entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe. El protagonista es el Hijo de Dios, y la fe descubre esta realidad en un ser humano como nosotros. Él es la última y definitiva intervención de Dios en la historia.
En el terreno de la hagiografía legendaria merecen especial mención las Actas o Hechos de Tomás, compuestas probablemente en la segunda mitad del siglo tercero en Edesa (Mesopotamia), centro importante del cristianismo en el Oriente. Nos cuentan la predicación de Tomás en Siria, Persia y la India, donde habría sufrido el martirio en Calamina. Los actuales cristianos de rito malabar en la India se precian de haber sido evangelizados por Tomás. En dichas Actas se intentaba justificar los pensamientos gnósticos con la autoridad apostólica. En forma novelada nos cuentan la conversión del mundo material en espiritual. Las influencias gnósticas se encuentran especialmente en las partes poéticas. Pueden ser utilizadas para la reconstrucción del contexto teológico-religioso de la época.
En cuanto al Evangelio de Tomás fue descubierto en el gran complejo de una biblioteca gnóstica el año 1946 en Nag Hammadi (Egipto). Está compuesto por una colección de 114 palabras-sentencias-parábolas de Jesús. En su versión griega se remonta al siglo II. Es claramente de tendencia gnóstica y surgió sobre la base de otras corrientes literarias menos gnósticas. Entre ellas habría que contar con alguna otra colección como la atribuida a Santiago, el hermano del Señor, y otra fuente semejante a la O, presente en los Evangelios de Mateo y de Lucas, y con referencias a las padres de la Iglesia, a los evangelios apócrifos… Su contenido: bienaventuranzas, ayes o imprecaciones, diálogos, parábolas, duplicados, es interesante para la comparación con los Evangelios canónicos frente a los cuales ofrecen variantes importantes. Éstos influyeron, sin duda, en aquél.
Felipe F. Ramos
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.