Hermanos:
¡Dios me es testigo!
La palabra que os dirigimos no es sí y no.
Pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo, no fue si y no, sino que en él solo hubo sí. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en el. Así por medio de él, decimos nuestro “Amén” a Dios, para gloria suya a través de nosotros.
Es Dios quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros; y además nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones.
Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma. R/.
La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R/.
Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos. R/.
Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre. R/.
Asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine. R/.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Acabamos de clausurar la Pascua, solemnemente celebrada en la cincuentena. Ello no significa que quede atrás, pues la vida del bautizado está marcada por ella y tiene una proyección pascual.
Hemos comenzado a escuchar la segunda carta de San Pablo a los Corintios y en ella el apóstol nos sitúa ante la palabra pronunciada, definitivamente, en favor de la humanidad. En la fidelidad de él, de Silvano y Timoteo, se pone de manifiesto la integridad del anuncio hecho y de ello pone a Dios por testigo.
Y ante ese anuncio, un inmenso gozo llena el corazón y la vida misma del que escucha. Pues en Jesucristo solamente ha habido un sí a favor de todo ser humano. Su sí es el sí de Dios, puesto que ha venido enviado por él para darlo a conocer y por medio de su Espíritu llevarnos a reconocer que en él todas las promesas de Dios, hechas a los padres, han alcanzado su sí. Jesucristo es el sí de Dios. Y en la medida en que estamos unidos a él, por su medio respondemos “amén” a Dios.
Dios es quien nos confirma en la unidad de todos los hombres en Cristo. Dice Pablo “a nosotros junto con vosotros”. Es importante no perder de vista esta afirmación, pues no es a nosotros a costa de vosotros, sino en la unidad generada por la muerte y resurrección de Jesucristo, porque dice a continuación: “nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu en nuestros corazones”.
Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo
La petición que el salmista hace y que repite la asamblea, se cumple por medio de Jesucristo, que nos ha dado un mandamiento admirable: amaos como yo os he amado. Nos ha abierto el entendimiento para que comprendamos lo que Dios nos está pidiendo. Nos ha enseñado a poner por obra su voluntad.
Se ha comenzado el sermón de la montaña. Las bienaventuranzas abren esta enseñanza de Jesús y ahora en cuatro versículos y a través de tres símbolos llama la atención de sus discípulos: Sois la sal. Sois la luz. Sois una ciudad puesta en lo alto del monte. En medio de la corrupción, el discípulo es colocado para impedirla. Está colocado para transformar la realidad sacando todo lo bueno que hay en ella, impidiendo que sea deformada, distorsionada. Y hace una consideración y formula una pregunta: Si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán?
Nosotros no terminamos de entender lo que para los oyentes de Jesús estaba a la vista. En nuestra experiencia la sal no puede perder la salinidad. Parece, pues, sobrar la pregunta, pues si no puede dejar de ser salada, no hace falta algo que le devuelva la salinidad. No era eso lo que veían a diario los contemporáneos de Jesús, pues el fuego consumía los ladrillos de sal en el horno y el hornero sacaba ese material inútil y lo echaba al suelo. La gente lo pisaba. Además de impedir la corrupción hacía arder lo que fácilmente no ardía.
La luz ha de iluminar por su propia naturaleza y las tinieblas se deshacen cuando ella está presente. Jesús indica lo que no se solía hacer: poner la lámpara encendida debajo del celemín. Para que ilumine ha de estar colocado en alto. El discípulo iluminado por la luz de Cristo no puede ni debe ocultar esa luz, pues ha sido iluminado para, a su vez, iluminar.
No hay manera de ocultar una población edificada en lo alto de la montaña. La existencia nueva recibida en el bautismo no hay manera de ocultarla, porque se verá siempre su belleza o su ruina, pero a la vista de todos queda.
En el final del pasaje proclamando aparece lo que Jesús ha querido resaltar como enseñanza para los discípulos: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. La existencia del bautizado no puede quedar opacada y tampoco convertirse en el objetivo a alcanzar por los que miran, sino que debe alumbrar, no deslumbrar; preservar de la corrupción y mover a volverse a Dios, dador de todo bien.
¿Cómo me interpela la Palabra? ¿Cómo atiendo el clamor de la gente?
Beato Juan Domínici

Miembro de la Orden de Predicadores, diplomático y escritos, obispo de la diócesis de ragusa. Es considerado uno de los principales impulsores de la reforma de la vida religiosa tras la crisis de la claustra.
Juan Bianchini, apellidado Domínici quizá por el nombre de su padre, nació en Florencia hacia 1355. Fue el primer fraile que introdujo en Italia la observancia regular, promovida desde 1348 por el beato Raimundo de Capua, cuando éste en 1393 lo nombró vicario general de los conventos reformados. Fue arzobispo de Ragusa (Dubrovnik, Croacia) y cardenal legado de los papas Gregorio XII y Martín V. Escribió doctos comentarios espirituales y colaboró eficazmente en la unidad de los cristianos en el concilio de Costanza. Murió en Budapest el 10 de junio de 1419 y fue enterrado en la iglesia de los Eremitas de San Pablo, destruida en el s. XVI. Su culto fue confirmado en 1832.
Oración colecta
Oh Dios, que nos das
tu sabiduría y tu amor,
y que, para mantener la unidad de tu Iglesia
y restaurar la observancia regular,
llenaste de fortaleza
al obispo beato Juan Domínici;
concédenos, por su intercesión,
buscar constantemente
lo que favorece la unidad y la paz.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, con bondad
las oraciones y ofrendas de tu Iglesia,
y llénanos de un espíritu
de humildad y auténtica caridad
a quienes deseamos servirte con fidelidad.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Danos, Señor, a los que has alimentado
con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
que verdaderamente nos llenemos
de un espíritu de amor
que ref uerce en todos nosotros
la paz que él nos dejó.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.