Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.
Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón,
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí».
«Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre" ? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».
Hoy celebramos la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago el Menor, los que en su andadura han podido convivir con Jesús y hacer de su aprendizaje un camino para la vida eterna.
San Pablo al escribir a los hermanos de Corinto, hace su profesión de fe y quiere traer a su memoria un elemento constitutivo de toda su predicación: El misterio pascual, Cristo murió, fue sepultado, resucitó, se les apareció a sus discípulos y también a él, considerado un “aborto” (1Cor 15,8).
Estamos en el Tiempo Pascual, Jesucristo verdaderamente ha resucitado, de ahí que San Pablo nos invite a adentrarnos en este misterio. Su experiencia con el Cristo resucitado cambia el rumbo de su vida. Lo impulsa hacia adelante a propagar la buena noticia, la verdad de nuestra fe y el origen del cristianismo. La resurrección de Jesucristo es la base de nuestra fe, y es lo que nos caracteriza como cristianos. La resurrección de Jesucristo cambió y ha sido un marco en la historia de la humanidad.
Por ello, creer verdaderamente que Cristo sufrió, padeció, murió y ha resucitado implica vivir en clave de alegría, en clave de esperanza, pues sabemos que la muerte no tiene la última palabra. La última y única Palabra es Dios, es resurrección, es vida.
Que podamos acoger esta verdad que nos trae el Evangelio y hacerla vida en nuestras vidas. Pues como bien expresaba san Pablo al inicio de esta carta al referirse al Evangelio: “os salvará, si lo guardáis” (1Cor 15,2).
En este evangelio Jesucristo se revela con los títulos muy comunes: el Camino, la Verdad y la Vida. No solamente se revela a sí mismo, sino que también da a conocer al Padre por medio de su persona. Jesucristo es la revelación, es el propio Dios, “quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).
Estamos ante el último discurso de Jesús antes de entregarse por amor a todos nosotros. Él nos da algunas claves para que, como discípulos suyos, podamos llegar a la plenitud que solo Dios puede concedernos.
Jesús es el Camino, por medio de él somos hijos de Dios, herederos del cielo y él con su ejemplo nos enseña el camino que nos conduce al Padre; centro de toda su predicación y servicio. Asimismo, Jesús nos invita a seguirlo y a vivir la vida de cara a lo trascendente, aferrada en él y en el Padre. Jesús nos llama a la intimidad con Aquel que es nuestro Camino porque toda su vida estaba volcada a la del Padre y en comunión con él.
Jesús es la Verdad y la Vida. Mirando a Jesús nos encontramos con el rosto de Dios, donde se revela toda la verdad y fuente de vida. Por ello Jesús es la Verdad y la Vida. Conocer su humanidad y divinidad, su misterio, su belleza, su cercanía nos hacen descubrir su verdadera identidad. Él es el revelador del Padre: las palabras que dice, no las dice por su cuenta (Jn 14,10). En él encontramos la verdadera vida, y la verdad sobre el corazón de Dios y su gran amor para con nosotros.
¿Cómo creerlo, si no lo vemos? Quizá nos resulte muy abstracto, es difícil comprenderlo. Hoy, también como los apóstoles, somos llamados a vivir en clave de fe en un Dios que va mucho más allá de lo que imaginamos, más allá de nuestras ideas.
Es un Dios grande, concreto, que se hace presente en nuestras vidas. Podríamos decir que es tan inmenso que no cabe en nuestra razón. Somos muy limitados, los apóstoles también lo fueron, y sin embargo acogieron a Jesús y sus enseñanzas. Entendieron, muy posteriormente, que Jesús realmente era el Camino, la Verdad y la Vida que conducía a todos hacia el Padre. Y frente a nuestra incredulidad y nuestra manera de pensar, Jesucristo viene a enfatizar el poder y la fuerza que él tiene y puede darnos. Nos deja una promesa, una garantía de vida en él.
Adentrémonos, hermanos, en la realidad y en la humanidad de Jesucristo para así ahondar en la intimidad y conocimiento del Padre y del Hijo: Camino, Verdad y Vida. Que el Espíritu Santo nos ayude y nos conduzca en nuestro camino de fe.
Santos Felipe y Santiago

Ambos fueron Apóstoles del Señor y respondieron a la llamada del Señor. Felipe fue un discípulo decidido y dedicado a la causa, preocupado por su Maestro. Santiago el Menor gozaba de gran autoridad en Jerusalén y es una especie de puente con los hermanos que proceden del paganismo.
San Felipe figura con todo derecho en las listas de los apóstoles que nos transmiten los primeros escritos cristianos (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14; Hch 1, 13). Tenía un nombre griego, que significa «amigo de los caballos». En los textos bíblicos Felipe se nos muestra como un discípulo decidido y dedicado a la causa, preocupado por su Maestro y por los oyentes del Maestro.
Era Felipe natural de Betsaida, corno Andrés y Simón. Seguramente compartía con ellos las tareas de la pesca. Y posiblemente compartía, al menos con el primero, una insatisfacción interior que parece haberle llevado a escuchar la predicación de Juan el Bautista. Allí le encontró Jesús. Se limitó a decirle: «Sígueme». Felipe es, en efecto, uno de los primeros llamado por Jesús (Jn 1, 43-44).
Pero la escena tiene una continuación interesante. El llamado por la voz de Jesús se convierte pronto en el eco de aquella voz. No puede ocultar el gozo de haber encontrado al que era la meta, más o menos consciente, de la larga búsqueda de su pueblo: «Felipe se encuentra con Natanael y le dice: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret”». Es cierto que Natanael no comparte el entusiasmo de quien le lanza ese anuncio sorprendente. Natanael no tiene prejuicios contra la persona, sino contra el lugar de su origen. Felipe se limita a responder: «Ven y lo verán Un 1, 45-46). En las listas de los apóstoles, Mateo y Lucas lo emparejan para siempre con Bartolomé, que se suele identificar con Natanael.
Más que la afinidad puntual, interesa subrayar la ejemplaridad de aquel gesto primero. Con la decisión de Felipe se nos sugiere que ha comenzado una nueva era en la historia de la salvación. En la primera alianza uno de los verbos más repetidos invitaba a «escuchar» la palabra de Dios. Ahora ha llegado el momento de «ven al que es el mensajero definitivo de Dios. Ésa habría de ser para siempre la consigna de la misión cristiana: ¡Ven y lo verás!
Hay un momento importante en el que Felipe sale del anonimato del grupo, cuando Jesús sugiere a los discípulos que den de comer a la multitud que le sigue. Una propuesta aparentemente descabellada que les lleva a preguntarse cómo van a poder gastar doscientos denarios en pan (Mc 6, 35-37). Según el relato de Juan, es Jesús quien ha calculado las posibilidades y pregunta a Felipe cómo podrían comprar panes para la multitud (Jn 6, 5). El texto añade, precavido: «Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer’.
El mismo relato nos indica que no son los discípulos, en general, sino Felipe quien se apresura a hacer cálculos sobre el costo de los panes: doscientos denarios (Jn 6, 7). Ahí parece terminar su intervención. El protagonismo lo torna a continuación su paisano y amigo Andrés. De nuevo se encuentran los dos discípulos de la primera hora en el momento de tomar las decisiones sobre el alimento de las gentes hambrientas.
También se recuerda a Felipe con motivo de la entrada de Jesús en Jerusalén, recibido como «el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» (Jn 12, 13). Entre los que llegaban a la ciudad para celebrar las grandes fiestas de los hebreos había siempre algunos paganos que cultivaban una cierta simpatía hacia la religión de los judíos. Hasta se les permitía el acceso al primero de los atrios del templo. Algunos de esos paganos, llegados para la celebración de la Pascua, se acercaron a Felipe para decirle: «Señor, quisiéramos ver a Jesús. O, tal vez, se trataba sencillamente de judíos que vivían en la diáspora y preferían expresarse en la lengua griega, que conocían mejor. Felipe les sirvió de intérprete. Comunicó aquel deseo a Andrés y, otra vez juntos, fueron a decírselo a Jesús. Para el Evangelio de Juan, aquellos peregrinos de lengua griega parecen representar a toda la humanidad que busca al Mesías, Cuando Jesús supo cíe aquel interés, pareció entrar en éxtasis. Era como si hubiera llegado para él la señal de su hora: la hora de la glorificación, Entonces pronunció la alegoría del grano de trigo: es preciso que muera en el surco para producir fruto abundante (Jn 12, 20-33).
Todavía nos ofrecen los Evangelios una última intervención del apóstol Felipe. El Maestro parece despedirse después de celebrar la cena pascual. Se presenta, una vez más, como el camino que lleva al Padre. En ese momento es cuando le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14, 8). Es ésa una petición que resume la oración de todos los cristianos de todos los tiempos.
La respuesta de Jesús parece un tanto destemplada. Sin embargo, no es tanto un reproche displicente al discípulo primerizo y celoso que vino de Betsaida, cuanto un aviso a todos los creyentes que vivan cerca del Mensajero sin llegar a aceptar plenamente su mensaje: “¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me has conocido, Felipe?” (Jn 14, 9-10).
Felipe es un modelo permanente para el discípulo. Él es el modelo del llamado que llama. El que sabe por experiencia y transmite la vivencia. Es también el que, ante la falta de panes, duda entre los caminos de la técnica y el camino del misterio. Es el que hace de puente hacia Jesús. El que anhela descubrir el rostro del Padre. El que sabe que aún no sabe lo esencial, El que busca.
Según la Leyenda Áurea, el apóstol San Felipe habría sido crucificado y lapidado a la edad de 87 años.
La reproducción artística más antigua de San Felipe lo coloca en compañía de Pedro, Pablo y Tomás y se encuentra en los capiteles de la iglesia visigótica cíe San Pedro de la Nave (Zamora), que se remontan a finales del siglo VII. También se encuentra en compañía de Bartolomé, sentado a la derecha de Jesús, en la pintura de la última cena, pintada en una de las bóvedas del Panteón de los Reyes (siglo XII), en la basílica colegiata de San Isidoro de León.
Junto a San Felipe, la comunidad cristiana celebra hoy al apóstol Santiago. En todas las listas de los apóstoles se menciona a un tal Jacob (en castellano antiguo Sant Yago), hijo de Alfeo, que curiosamente se encuentra siempre a la cabeza del tercer grupo de los cuatro que constituyen el colegio de los Doce (cf. Mt 10, 3-4; Mc 3, 18-19; Lc 6, 15-16; Hch 1, 13.25).
Ha sido habitual identificar al apóstol Santiago «el Menor», con uno de los parientes de Jesús y con el presidente de la comunidad de Jerusalén. Las referencias antiguas son muy numerosas y las discusiones sobre tal identificación continúan todavía.
Es muy atrayente la tentación de tratar de reconstruir el alcance y los nombres de las personas que constituyen su parentela. Su padre, Alfeo, podría ser el mismo personaje que Cleofás, el marido de aquella María, que el cuarto Evangelio sitúa al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25). Por otra parte, el Evangelio de Marcos recuerda en ese mismo contexto a Santiago llamado «el Menor, haciéndolo hermano de José e hijo de una de las Marías que tuvieron el valor y la compasión suficientes para acompañar a jesús hasta la muerte en cruz (Mc 15, 40). Esto hace creer que Santiago sea uno de aquellos que eran co¬nocidos en Nazaret como »»hermanos» o parientes de Jesús (Mt 13, 55; Mc 6, 3).
Hasta Pablo ha llegado una tradición oral que refiere cómo Cristo resucitado, tras aparecerse a Pedro, se mostró también a Santiago y a todos los apóstoles (cf. 1Co 15, 7). No se trata de un detalle sin importancia. Este recuerdo tradicional afirma y contribuye a consolidar la autoridad que Santiago conserva durante el resto de su vida entre los seguidores de Jesús.
El libro de los hechos de los Apóstoles constata la muerte del otro Santiago, «el hermano de Juan” e hijo de Zebedeo, asesinado por orden de Herodes Agripa I (Hch 12, 2). En consecuencia, el personaje que, en adelante, será llamado con ese mismo nombre, ha de referirse a otro personaje distinto, es decir al «hermano del Señor”, que goza de un reconocido prestigio en la comunidad. Queriendo agradar al pueblo judío, el mismo rey Herodes Agripa haría encerrar a Pedro en la cárcel por la fiesta de los Ázimos. Al ser liberado de la prisión, el apóstol pide inmediatamente que comuniquen la noticia a Santiago y a los hermanos (Hch 12, 17). Santiago parece ser ya el jefe del grupo «hebreo» de los seguidores de Jesús que permanecen en Jerusalén. Él debió de regir aquella comunidad, después de la partida de Pedro.
Pablo nos dice que al llegar a Jerusalén en su primera visita, hacia los años 38-39, no vio a ningún otro apóstol sino a Santiago “el hermano del Señor” (Ga 1, 19). Muchos suponen que si la calificación de “apóstol” ha de entenderse en sentido restringido, se trataría de aquel mismo Santiago, hijo de Alfeo, que se encuentra en las listas de los elegidos por Jesús (Mt 10, 3).
Unos diez años más tarde, en la asamblea conocida como «concilio de Jerusalén», se discute sobre el trato que hay que dar a los cristianos que proceden del mundo griego, y por tanto pagano. En esa oportunidad, verdaderamente crucial para la disciplina y la orientación misionera de la comunidad, es Santiago quien toma la voz para dirimir la cuestión: «Opino yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios, sino escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (Hch 15, 19-20). Pablo atestigua que en esa ocasión, Santiago, Pedro y Juan, «que eran considerados como columnas», aprobaron su vocación y su misión entre los gentiles, es decir, entre los helenistas que aceptaban el Evangelio (Ga 2, 9).
A la vuelta de su tercer viaje misionero, el año 58, Pablo vuelve de nuevo a Jerusalén, donde se encontrará todavía a Santiago presidiendo la asamblea de los ancianos de la comunidad (Hch 21, 18). Seguramente es él quien, ante los rumores que circulan sobre las novedades que Pablo predica entre los gentiles, le recuerda la decisión del «concilio de Jerusalén» y le invita a participar en un rito específicamente judío que va a celebrarse en el templo.
Según el historiador Flavio Josefo, Santiago sería condenado a muerte y lapidado, hacia el año 62, por orden del sumo sacerdote Ananías II. Una leyenda, que se remonta a las Memorias de Hegesipo (siglo II), dice que fue precipitado desde lo alto de la terraza del templo que se asomaba al valle del Cedrón, donde un batanero terminó por golpearlo hasta la muerte, precisamente el día de Pascua del año 62.
Desde el siglo VI, las reliquias de los Santos Felipe y Santiago el Menor se conservan en Roma, en la basílica de los Santos Doce Apóstoles. Allí se encuentra un cuadro de Muratori que los une en el martirio. Santiago se encuentra también representado en un mosaico de la capilla Palatina de Palermo (siglo XII), así como en otro de San Marcos en Venecia (siglo XIII).
Para la comunidad cristiana, Santiago “el Menor” es una especie de puente. Representa, por una parte, la fidelidad a las tradiciones de Israel y, por otra, la necesaria apertura para admitir en el seno de la comunidad a los hermanos que proceden del paganismo. Con él se hace realidad la convicción de que Cristo ha venido a derribar el muro que los separaba y a formar un pueblo único para Dios.
José-Román Flecha Andrés
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.