Oía la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.
En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Él les replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó:
«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí.
Desde el Nuevo Testamento, desde Jesús, interpretamos mejor las palabras de Jeremías. A Jeremías no le fue muy bien como profeta, hasta sus amigos querían hacerle desaparecer: “Mis amigos acechaban mi traspiés”. Jeremías no calla y sigue proclamando lo que Dios le anuncia. Su fuerza le viene de confiar plenamente en el Señor: “El Señor está conmigo… mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”. El Señor no defrauda nunca a los que confían en él. Pero esto no quiere decir que a sus “confiadores” les salga todo bien en esta tierra. Quiere decir que Dios les va a acompañar día y noche, en todos los momentos, en su caminar por la vida. Y si “sus enemigos” les aplastan, les matan… allí está Dios con ellos y no les dejará de su mano y les resucitará a una vida plena de felicidad. Eso fue lo que hizo con Jesús, con tantos mártires, con Jeremías y con todos nosotros si depositamos nuestra confianza en él. “El Señor está conmigo”.
Las palabras de Jeremías las podemos poner en boca de Jesús. También Jesús tuvo enemigos que le acosaban constantemente. En el episodio de hoy, cuando buscan apedrearle “porque tú siendo hombre, te haces Dios”, Jesús se defiende acudiendo a sus obras. Las obras prodigiosas que nadie ha podido realizar no las hizo por pura milagrería y para impresionarnos con su poder. En todo, también en estas sus obras, fue buscando que le creyésemos que era el Hijo de Dios y… si es el Hijo de Dios no hay más remedio que hacerle caso. Que hacerle caso cuando nos dice que nos quiere hasta el extremo y hacerle caso cuando nos señala el camino que nos lleva a la vida. Si es el mismo Hijo de Dios el que nos ama, el que nos habla, el que nos ilumina… ¿cómo podemos rechazarle y… matarle? Vuelve la idea del posible rechazo a Jesús, el Hijo de Dios. Idea y realidad que se han repetido desde el siglo primero hasta nuestros días. Algo que San Pablo no podía entender: “Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado”?
San Estanislao de Cracovia

Fue obispo durante nueve años celoso de la gloria de Dios y del bien de los fieles, singularmente de los pobres. Estanislao significa la oposición de la Iglesia a los abusos del poder real y la libertad apostólica de ser conciencia crítica de los poderosos en favor de la justicia.
La historia de San Estanislao, obispo de Cracovia y mártir, ha sido objeto de polémica, basada en las fuentes contradictorias por donde llegan las noticias sobre él. Una tradición religiosa, recogida principalmente por el proceso de canonización y por el posterior historiador polaco Vicente Kadlubek (siglo XV), lo presenta como una víctima del odio del rey, cuya conducta Estanislao había denunciado y que por ese motivo lo mandó asesinar mientras celebraba la misa en la iglesia de San Miguel. Pero una crónica más antigua, firmada por Gall, atribuye su muerte a castigo o venganza del rey por haberle traicionado Estanislao. Según esta versión, Estanislao habría sido condenado a la pena de los traidores, la desmembración; según la versión que llamaremos religiosa, Estanislao habría sido sencillamente eliminado por un sicario mientras celebraba la misa.
No hay duda de que muy poco después de su muerte empezó su culto, y que éste se afirmó y oficializó en cuanto fue posible, siendo el pueblo llano el más adicto a la memoria de Estanislao, y pasando de ahí, tras su canonización, a ser el patrono de la nación polaca. Este culto solamente tiene explicación histórica si su muerte fue vista como martirial desde el principio, no pudiendo olvidarse que en la Edad Media numerosas muertes violentas eran tenidas como martirio, con criterio obviamente más ancho que el vigente ahora. Y aunque fuera verdad que su muerte hubiera sido un auténtico acto oficial de la justicia real, es decir, un ajusticiamiento en regla, no por eso se le tiene que negar el carácter martirial, ya que miles de mártires han muerto tras procesos llevados a cabo por la autoridad real, por ejemplo, los mártires ingleses. Se ha hecho hincapié en que la palabra traidor, que Gall aplica a Estanislao, no significaba necesariamente entonces alguien nefando; todos los opositores a un rey eran calificados así. Bastaba un conflicto de Estanislao con el rey para que éste lo calificara de traidor y los partidarios del rey hicieran lo mismo.
De todos modos, subrayemos un dato seguro, y es que el obispo Estanislao de Cracovia, y por orden del rey Boleslao II, el Atrevido, fue muerto violentamente, y esto indica necesariamente un enfrentamiento entre el prelado y el monarca. Y es seguro este otro dato, decisivo en una hagiografía: el pueblo vio aquella muerte corno un martirio, y la Santa Sede, canonizando a Estanislao, ratificó esta apreciación popular.
Demos los demás datos que parece pueden aceptarse como bastante seguros.
Nació en el año 1030, en la aldea de Szczepanowo, en la diócesis cíe Cracovia, de donde le vino el que se le llamara Estanislao Szczepanowski, y es la suya una familia modesta, pero de caballeros. Luego de haber hecho los estudios primarios en algún monasterio de la diócesis de Cracovia, fue enviado a estudiar a Lieja. Decidido por la vida sacerdotal, a su vuelta a Cracovia es ordenado sacerdote y nombrado canónigo de la catedral de su diócesis. Su buena preparación cultural y su piedad y buena conducta lo hicieron acreedor de este cargo.
El prestigio que se granjeó en el tiempo de su sacerdocio hizo que en 1072, a la muerte del obispo Lamberto Zula, fuese nombrado obispo por el papa Alejandro II. Así se le había pedido desde Cracovia no solamente por parte de los fieles, sino también del propio rey Boleslao y de la nobleza.
Fue obispo durante nueve años y fue un obispo celoso de la gloria de Dios y del bien de los fieles, singularmente de los pobres. Se dedicó también a extender el cristianismo a las zonas de su diócesis aún no cristianizadas. Inicialmente tuvo el apoyo del rey para su labor.
Las relaciones con el rey, sin embargo, empeoraron hasta llegarse al conflicto final, en el que el rey lo mandó matar. Su muerte tuvo lugar el 11 de abril del año 1079. Fue enterrado en el cementerio adjunto a la iglesia de San Miguel, en la que, según la tradición, el santo celebraba misa cuando fue asesinado por orden del rey.
En este cementerio reposó el cuerpo del santo hasta el año 1088 en que fue trasladado a la catedral cíe Wawel en Cracovia, y comenzó entonces el culto popular en torno a su tumba.
La fama de su martirio y de sus milagros persistió durante todo el siglo XII y provocó que en 1229 se iniciase el proceso de canonización en la diócesis, continuado luego en Roma. La canonización la realizó solemnemente el papa Inocencio IV en la basílica de San Francisco en Asís, el día 17 de agosto del año 1253.
La presencia de polacos en Estados Unidos ha llevado hasta aquel país la memoria del santo obispo, que tiene dedicadas allí numerosas iglesias, siendo naturalmente muchísimas las que le honran en su propia patria.
Estanislao significa la oposición de la Iglesia a los abusos del poder real y la libertad apostólica de ser conciencia crítica de los poderosos en favor de la justicia.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.