En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
La primera lectura nos muestra de una manera excepcional la escena más pura del corazón del ser humano, en la que puede llegar a lo mejor o a cometer atrocidades. Un escenario concreto, que por desgracia, no nos resulta nada extraño en nuestros días, cuando vemos en el mundo tantas y tantas noticias de corrupción, manipulación, violencia, muerte y sin sentido, causado precisamente por todas esas personas que se deben al cuidado de los demás.
La lectura de la profecía de Daniel, comienza dibujando un hogar y un matrimonio, sustentado en unas claves morales y éticas, con las cuales rigen su vida en la ley del Señor. La vida normal de un matrimonio que ha decidido tener un proyecto de vida conyugal. Susana, de alguna manera, le toca en suerte vivir una injusticia que le va a costar casi la vida. En más de una ocasión el inocente es víctima de muchas atrocidades por parte de aquellos que deben velar por el bien común. Lo importante de esta situación es la actitud con la que Susana afronta el juicio corrupto: «su corazón confiaba en el Señor». Algo así, es lo que expresa el salmo, cuando nos enfrentamos a los obstáculos de la propia vida: «aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo».
Sigue narrando la historia, y les toca entrar en escena a dos jueces ancianos. Precisamente, encargados de guiar al pueblo de Israel en todos sus pleitos, para que viviesen conforme a lo que decreta Dios. Hecho curioso, es que en lugar de con el tiempo haberse humanizado por tratar de ayudar a los demás en sus sufrimientos, en su interior había brotado la maldad. «Desviaron sus ojos del cielo, y así no se acordaron de las leyes justas», es decir, la corrupción, sacaron a Dios de sus vidas, y con ello, la fuerza y la inspiración del Espíritu para hacer que el pueblo camine según el Señor. Ya no puede haber, coherencia, imparcialidad, justicia, fidelidad, porque el corazón está embotado de intereses particulares. De sacar partido.
Fin de la trama, Dios, suscita el Espíritu Santo, en el joven Daniel. Dios mueve sus hijos para mandar la fuerza regeneradora de la sabiduría, entendimiento, consejo, para acabar con la trama de corrupción y pecado. Es tan sencillo, como confrontar la acción que han hecho, como volver a Dios y mirar al cielo, confiar en que el Buen Pastor va contigo y te sostiene. A los jueces les toca en suerte lo que habían decretado para la inocente Susana.
La Palabra de Dios nos muestra otro escenario en el que una mujer ha sido sorprendida en adulterio. Los fariseos aprovechan la ocasión para entablar el juicio contra la mujer y de paso con el «Mesías», con el cual no comulgan. Como se suele decir; «matar dos pájaros de un tiro». Y, de este modo, seguir con su conducta de corrupción, de cumplimiento falso de leyes y preceptos que no humanizan, que no dan plenitud, sino que esclavizan. Toda una trama de acciones turbias que de alguna manera justifican con la ley.
Los fariseos, amparándose en la ley, traen ante la presencia de Jesús en el Templo a una mujer, con la intención de que el Mesías, de su veredicto respecto del caso de adulterio. Llevan de alguna manera el caso al Dios de Jesús, para ver, qué planteamiento es el que aplica según el código de preceptos e interpretaciones de la ley, que solían hacer las distintas escuelas rabínicas del momento. Como en su día, hace Jesús, fusionando los mandatos en el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
Por ello, en esta escuela de la misericordia de Dios, el salmo 129, arroja bastante luz, sobre la escena. Jesús, está escribiendo en la arena, y no sabemos muy bien lo que redacta. Pero ese salmo dice: «Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Sal 129) ¿Quién puede mantenerse inocente ante la presencia del que es todo Santo? Sí la fragilidad humana nos lleva en más de una ocasión a tropezar y a caer bajo el pecado de nuestras acciones. Por tanto, la respuesta de Jesús es magistral: que cada uno revise sus acciones y que no esté pendiente de los errores de los demás. Mira primero tus faltas de coherencia, fidelidad, amor, honestidad, y luego podrás dedicarte a otros menesteres. Pero el juicio le toca a un Dios que es «Amor», que conoce, sondea los corazones, que sabe la intención y que de Él procede el perdón, por ello, yo puedo acercarme al Dios que me presenta Jesús, como un Padre que es misericordioso y que le importa por encima de todo el valor de la persona humana, no la gravedad del pecado. Esto no quiere decir, que entonces yo puedo hacer lo que quiera. No, de ninguna manera. Es otra cosa que no entienden los fariseos cristianos, que yo experimentado el abrazo del amor de Dios en mi vida, inmerecido, porque soy ruin, y quiero vivir en la clave que me presenta Jesús: «cada vez que obraste con amor misericordioso con uno de estos pequeños lo hiciste conmigo».
De este modo, caen las piedras de la ley de la mano de los fariseos y se ablanda el corazón insensible al darse cuenta de que todos necesitamos que Jesús tenga compasión de nuestras faltas de amor.
San Juan Bautista la Salle

Fue la figura más significativa del siglo XVII francés en referencia a la educación cristiana. Fue, por su carisma de fundador, por su intuición de pedagogo, por su cultura de teólogo y escritor fecundo, por su influencia posterior, una hermosa bendición de Dios a la Iglesia.
Presbítero, fundador de los Hermanos
de las Escuelas Cristianas,
patrono de los maestros cristianos
Reims (Francia), 30-abril-1651 – San Yon (Francia), 7-abril-1719
La figura más significativa del siglo XVII francés en referencia a la educación cristiana se llamó Juan Bautista y tuvo por apellido el de la distinguida familia de La Salle, asentada en la noble ciudad de Reims. Fue, por su carisma de fundador, por su intuición de pedagogo, por su cultura de teólogo y escritor fecundo, por su influencia posterior, una hermosa bendición de Dios a la Iglesia.
El 30 de abril de 1651 nació en Reims, en el pequeño y discreto palacete llamado «De la campana». Sus padres, Luis de la Salle y Nicolasa Móet, fueron esposos modelos de fe y de amor al hogar. Ambos pertenecían a familias distinguidas de la localidad, ricas en bienes materiales, pero más ricas por sus valores espirituales. […]
La felicidad fue la tónica de la familia en los primeros años. En la casa convivían la abuela materna y otros tíos y primos. Diversos domésticos bien elegidos contribuían al orden y a la educación de los hijos que fueron llegando como bendición divina. Siguieron al primogénito, Juan Bautista, otros nueve más.
Juan Bautista conoció, pues, un hogar numeroso, en donde el cariño fraterno y el orden dieron tono a su estilo de vida infantil. Y fue un hogar bien relacionado: las tertulias, las visitas y, en ocasiones, las fiestas al estilo de la época, impregnaron sus recuerdos.
En octubre de 1660 su padre decidió que entrara en el colegio de Bons Enfants, cercano al hogar y dependiente de la Universidad. En ese colegio, selecto y bien organizado, estuvo hasta 1669. Luego continuó su vida escolar en la Universidad, donde inició los llamados estudios de Artes y donde forjó su personalidad y su cultura elevada.
Su vocación hacia el sacerdocio se gestó imperceptiblemente durante estos años escolares. Sus piadosos padres acogieron con agrado sus deseos de orientarse al sacerdocio. Por eso, en 1662, el 11 de marzo, recibió la tonsura eclesiástica, invitación a seguir por el camino elegido.
En 1667, el 7 de enero, fue designado canónigo del Ilustre Cabildo de Reims. Admirado de sus cualidades de seriedad, piedad y juicio, el anciano canónigo Pedro Docet, familiar suyo, le cedió su lugar en el coro catedralicio. Tenía ya 16 años y fue el comienzo de una metódica vida de plegaria, de estudio y de responsabilidades sociales.
En el año siguiente, el 17 de marzo, recibió las órdenes menores y siguió su trabajo como «seminarista externo». Sus estudios en la Universidad culminaron con el título de Maestro en Artes, obtenido el 10 de julio de 1669. Y el deseo de continuar con los estudios de Teología le movió a frecuentar las clases de Teología en la misma Universidad. Pronto se pensó que resultaría mejor el ambiente abierto de París, pues no se hallaba entonces exento de naturales ambiciones.
En el comienzo del curso de 1670, la Sorbona le contó entre sus alumnos en la capital del reino. Su residencia fue el Seminario de San Sulpicio, célebre por su disciplina y por la calidad humana de sus rectores. Su vida allí se inició el 18 de octubre.
Su estancia, que prometía ser larga y fecunda, se vería pronto truncada por la muerte de sus padres. Pero los meses que transcurrieron en aquel ambiente sulpiciano de trabajo y plegaria le marcarían para toda la vida, asimilando la espiritualidad de Olier y asimilando la proyección apostólica que los seminaristas iniciaban en las catequesis dominicales de las parroquias parisinas. […]
Por esos años se fue imperceptiblemente vinculando con la obra de caridad que había iniciado su director espiritual, el hoy Beato Nicolás Roland. Este joven sacerdote había acogido a varias hermanas enviadas por el Beato Nicolás Barré, que en París había iniciado un Instituto de «Hermanas del Niño Jesús» para la educación de niñas pobres.
Los gestos y las limosnas del joven canónigo hacia la obra de su director espiritual, compañero de cabildo y amigo, se multiplicaron. Pero, de momento, no eran más que gestos compasivos. Su corazón y su tiempo estaban en otra parte. Sus ideales iban por el sacerdocio.
El 21 de marzo de 1676 recibió el diaconado y culminó su proceso académico con la licenciatura en Teología. La fecha más significativa de su vida fue la del 9 de abril de 1678. Ese día selló su entrega a Dios con el Orden sacerdotal. Y se comprometió más aún con la plegaria en el coro catedralicio y con el cuidado de sus hermanos.
Una carga especial y «providencial» le llegó cuando el 27 de abril de 1678 falleció el piadoso Roland y le dejó el encargo de sacar adelante las escuelas de las hermanas que había organizado. Entendió el gesto como guiño de la Providencia. Sin darse todavía cuenta de lo que ello representaba, ayudó a obtener el reconocimiento le
al de la obra y logró algunas colaboraciones económicas. Las escuelas se mantuvieron en pie. En febrero de 1679 obtuvo para ellas las letras patentes, o reconocimiento civil que aseguraba su existencia legal.
Fue el preámbulo para otro paso más comprometido al que Dios le empujaba sin él darse cuenta. En marzo de 1679 se encontró con el audaz maestro Adriano Nyel, que llegaba a Reims para iniciar unas ,Escuelas de Caridad para niños». El encuentro aconteció en una de sus visitas de apoyo a las hermanas. Le enviaba el padre Barré y le recomendaba en diversas cartas a personas influyentes de la villa. Ante la conveniencia de comenzar la tarea con discreción, el joven canónigo La Salle le alojó en su misma casa junto al ayudante.
Lo que parecía una obra de caridad pasajera se transformó en una atadura definitiva, La influencia y el empeño de tan oportuno protector, abrió a Nyel todas las puertas. En unión con otros maestros que se le unieron, las primeras escuelas de caridad para niños pobres se iniciaron en tres parroquias de Reims: San Mauricio, Santiago y San Sinforiano. Era la gran necesidad social del momento.
En abril de 1680, Juan Bautista obtenía el doctorado en Sagrada Teología. Su alegría estaba acompañada por la buena marcha de la familia. Profesaba su hermano Santiago José, que había ingresado en los agustinos. Su hermana María se había casado el año anterior.
Su interés por los estudios y su afán por cultivarse intelectualmente no le impedían seguir de cerca la obra de las hermanas y de las escuelas. Apoyaba a Nyel que se había establecido en una casa con los maestros reclutados. Pero comenzaron los desafíos y las urgencias. Las frecuentes ausencias de Nyel impedían el orden en las escuelas. En medio de sus afanes de canónigo, de lector infatigable, de animador y director de almas que le fueron eligiendo como guía, no faltaron los reclamos interiores para tornar en serio la obra de las escuelas. Ni siquiera las zozobras o las tristezas que le llegaron, como la que sufrió cuando el 21 de marzo falleció su hermana Rosa en el convento en el que había ingresado, le impidieron caminar con rumbo bien meditado.
El 24 de junio de 1681 se arriesgó a un primer paso fundacional, que todavía no era entendido por él como atadura definitiva, pero que iba a ser decisivo. Llevó a los maestros a su casa familiar y comenzó a dirigirlos de forma más cercana y personal y a fortalecerlos en su misión educadora con sus charlas, alientos y recomendaciones. Aquel intento, aunque no era en su mente más que una medida provisional, originó reacciones adversas en el círculo familiar más cercano.
La situación se fue haciendo insostenible, por la incompatibilidad entre la rudeza de los pobres maestros de escuela y la elegancia de vida del hogar que los acogía. Juan Bautista de la Salle se decidió a dar un paso más: un año después exactamente, el 24 de junio de 1682, se trasladó con ellos a vivir en una casa alquilada por él.
Ante una llamada al decidido Nyel para abrir otras escuelas en Chateau-Porcien y en Guisa, el buen canónigo se sintió más comprometido con los maestros. Su seguimiento de las tareas docentes se intensificó hasta no tener ya marcha atrás. Se dio cuenta de que era una llamada divina muy personal y se decidió a entregarse a aquella labor que en ese momento beneficiaba ya a un millar de niños.
El 16 de agosto de 1683 dio un nuevo paso, símbolo de su compromiso definitivo: renunció a la canonjía en favor de un sacerdote pobre y no de su hermano Juan Luis, que ya se hallaba en el camino del sacerdocio siguiendo sus pasos en San Sulpicio.
El disgusto de sus familiares se incrementó cuando, detrás de este gesto evangélico de renuncia, llegó otro más impresionante. Con motivo del hambre que se extendió por la ciudad en el invierno de 1683 a 1684 comenzó a distribuir sus bienes personales a los pobres. A nadie dijo que lo hacía de una forma muy meditada ni que sólo se desprendía de lo suyo personal, dejando todas las propiedades a sus hermanos.
Tampoco comunicó a nadie el consejo de sus directores espirituales que estaba detrás de tal medida. Había sido el buen padre Barré, a quien seguía consultando en sus asuntos más decisivos, quien le había dado la consigna definitiva: «Dios sólo… entonces todo quedará bien fundamentado». Cuando en septiembre de 1684 reunió en asamblea a los maestros que le seguían, ya tenía tres escuelas bien organizadas. Entonces pudo hablarles un lenguaje de cercanía: no era ya el sacerdote rico, miembro de una familia distinguida; era un pobre como ellos y el motor de una empresa hermosa de educación. Entonces trazaron los primeros reglamentos de las Escuelas Cristianas. Eligieron su vestido singular y uniforme. Comenzaron a llamarse hermanos. Iniciaron un hermoso instituto religioso para atender la urgente necesidad de la «educación de los pobres y de los artesanos”.
En mayo de 1686, el grupo había madurado como comunidad. A invitación suya, formularon una primera consagración en forma de un voto de obediencia. La Salle pensó que había llegado el momento de elegir un superior que no fuera sacerdote y lo logró provisionalmente en uno de ellos, el hermano Enrique Lheureux. Cuando se enteró el arzobispo, anuló tal elección y ordenó que siguiera al frente de la comunidad y de las escuelas de Guisa, Laon, Rethel, además de las de Reims. La muerte de Barré, el 31 de mayo del 1686, y la de Adriano Nyel, un año después, le dejó corno único inspirador de la obra emprendida.
Las dificultades e incomprensiones que hallaba en Reims le animaron a aceptar la invitación del párroco de San Sulpido de París para trasladarse a la capital del reino y dirigir la escuela que malvivía en la parroquia. Su llegada a la capital fue el 24 de febrero de 1688, a la escuela de la calle Princesa. Se iniciaba otra etapa en su vida de fundador.
Nuevas vocaciones, pero también nuevas dificultades, se fueron presentando a medida que las escuelas fueron aumentando. Surgieron en Reims, donde quedó de superior de los hermanos Enrique Lheureux. Y se incrementaron en París, donde los maestros calígrafos encontraron en la gratuidad de sus escuelas estorbo para sus intereses pecuniarios.
Y es que, a la escuela de San Sulpicio en la calle Princesa, siguió la apertura de otra en la calle Du Bac. Juan Bautista quiso consolidar la obra, también en el plano espiritual: el 21 de noviembre de 1691 hizo con los dos hermanos más comprometidos, Gabriel Drolin y Nicolás Vuyart, un <,voto heroico, de mantener la obra a pesar de todas las dificultades, «aunque tuvieran que vivir de limosna y comer sólo pan». Fueron los cimientos del grupo, aunque uno de los tres pronto fallaría.
Con intención de fortalecer el grupo pensó en el hermano Enrique Lheureux para superior. Le llevó a París y le orientó a estudiar Teología para que se ordenara sacerdote, a fin de que fuera su reemplazante en el gobierno de la obra sin oposición episcopal. Dios tenía otros designios y el hermano Enrique enfermó y falleció. Repuesto el fundador de su dolor, entendió en esto un signo de la Providencia y la consigna de que sus hermanos «fueran laicos siempre», se convirtió para él en evidencia y para el instituto en principio básico de identidad.
En 1692, el 1 de noviembre, organizó el noviciado en París para formar nuevos maestros. Alquiló una casa en el barrio de Vaugirard, en las cercanías de sus escuelas. Algunos jóvenes más comprometidos se fueron adhiriendo a la obra y el número de hermanos llegó a los 30.
El grupo, ya repartido entre Reims y París, se consolidó hasta tal punto que, en la asamblea del 6 de junio de 1694, doce hermanos ya emitieron sus primeros «votos perpetuos de asociación, estabilidad y obediencia». La demanda de nuevas escuelas estimulaba cierto entusiasmo, pero al mismo tiempo originaba inquietud en el fundador.
Cuando el nuevo siglo inició su andadura, los frutos conseguidos resultaban ya consoladores: sus escuelas se extendían por veinte lugares diferentes. Y los alumnos eran casi los tres millares. […]
Cuando se acercaba el año de 1717 pensó que había que organizar definitivamente la sociedad religiosa surgida. El 16 de mayo de ese año convocó una asamblea de todos los hermanos. Y fue entonces cuando consiguió dejar el cargo de superior. Fue elegido el hermano Bartolomé, director en París y que había sorteado las intromisiones externas.
Juan Bautista de la Salle se retiró a San Yon, cerca de Ruán. Allí redactó la Regla definitiva de los hermanos y retocó diversos libros de los que tenía preparados. Atendió espiritualmente sobre todo a los novicios y a los jóvenes albergados en la casa. Sus últimas obras escritas, como las Meditaciones para los domingos y fiestas y la Explicación del método de oración, juntamente con las 126 cartas que nos quedan de las miles que salieron de su pluma, completaron las 3.394 páginas que conservamos de sus 20 libros y de sus otros memoriales y escritos.
La enfermedad reumática y urémica se apoderó de él en los comienzos de 1719. El 19 de marzo celebró su última misa y el 3 de abril dictó su testamento, El Viernes Santo, 7 de abril de 1719, falleció, sin casi haberse enterado de la última persecución que se cernía sobre él: se le habían retirado las licencias eclesiásticas ante nuevas calumnias de que era objeto en la curia diocesana. Expiró después de haber dicho: «Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo».
Dejaba 42 escuelas y comunidades, de las 58 que había abierto en vida. Había 125 hermanos y entre 5.000 y 5.500 alumnos frecuentaban sus escuelas. Enterrado en la iglesia de San Severo, sus restos fueron traslados a San Yon en 1734. Ya en el siglo XX, descansaron en la casa de Lebecq-lez-Hall por motivo de la exclaustración de los religiosos de 1904 en Francia. El 26 de enero de 1937 fueron llevados sus restos a la casa general de Roma, donde hoy se veneran.
Su memoria se conservó siempre no sólo entre los suyos, sino en diversidad de institutos posteriores que se inspiraron en su carisma.
Fue beatificado por León XIII el 19 (le febrero de 1888 y canonizado por el mismo papa el 24 de mayo ele 1900. Pío XII le proclamó «Patrono de los maestros católicos», con el breve pontificio Quot ait, el 15 de mayo de 1950.
Con motivo del 350° aniversario del nacimiento de San Juan B. de La Salle, Juan Pablo II me escribía una carta, en la que decía: «El secreto de Juan Bautista de La Salle es la relación íntima y viva que mantuvo con el Señor en la oración diaria, fuente de la que sacó la audacia creativa que lo caracterizaba» (26 de abril de 2001).
Álvaro Rodríguez Echeverría
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.