El día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, Porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo; pero un manantial salía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.
Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara.
El Señor Dios dio este mandato al hombre:
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir».
Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R/.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. R/.
Les retiras el aliento, y expiran,
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.
En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
Él les dijo:
«¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».
(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Es el remate de la creación. Dios ha terminado su obra y a partir de aquí es al hombre al que le corresponde cultivar y cuidar el jardín.
No hay mucha duda de que se trata de un relato mítico creado por un autor al que traen sin cuidado los detalles científicos de la realidad histórica. Para el autor, Dios ha creado el mundo y todo cuanto existe. No le importa el tiempo real de la creación: le da igual que sean segundos o millones de años de evolución. Todo eso son detalles sin importancia siempre que vayan abocados a dejar constancia de que todo, absolutamente todo lo que existe, es obra de Dios. Y Dios todo lo hizo bien.
Por alguna razón, acabado el capítulo primero de Génesis, en cuyos versículos 27 y 28 describe la creación del hombre y la mujer iguales, parece que el autor no estaba muy conforme con el relato y lo corrigió en el capítulo siguiente, donde aparecen el árbol del bien y del mal y el árbol de la vida, y, unos versículos más adelante, narra de nuevo la creación del hombre, con un matiz muy importante sobre el primer relato. En aquel Dios los creo hombre y mujer, iguales en derecho y dignidad. Sin embargo el segundo relato hace que la mujer aparezca como inferior al hombre, salida de un hueso del varón. Parece que las creencias sociales semitas sobre la inferioridad de la mujer frente al varón contaminan el relato y lo corrigen innecesariamente. Así damos valor a las escusas que, también nosotros ahora, estamos preparados para dar cuando la ocasión lo requiera: “… La mujer que me diste de compañera, me dio y comí”; “… la serpiente me engaño y comí”, inaugurando la tendencia humana de echar las culpas al subordinado, en lugar de aceptar la propia responsabilidad. Así somos y así actuamos: la culpa siempre es del otro.
Esta es la raíz de la cuestión: nada que entre de fuera en el hombre puede hacerlo impuro. El humano ha confundido con bastante frecuencia el rito, que acerca y santifica, con un feroz ritualismo, esclavo de la letra, que sigue sin abrir los ojos, sin mirar qué es lo que a Dios agrada.
La lección del evangelio de hoy es bastante clara: no es la literalidad de las prohibiciones sobre comidas puras o impuras, sino lo que el corazón del hombre siente y practica. Es evidente que lo que entra por la boca acaba inexorablemente en la letrina sin que su impureza pueda manchar nuestro espíritu. No así los sentimientos que alejan el amor al prójimo de nuestra vida. Esforcémonos por hacer de nuestras actuaciones solamente aquello que beneficia al prójimo, porque eso es lo más importante. Nadie puede hacer daño a aquello que ama y, si atendemos a los ejemplos que Jesús nos pone parece claro y evidente que malo, y que hace malo al hombre, solo son aquellas acciones, u omisiones, que dañan al hermano.
La ley hay que cumplirla porque es el camino que nos lleva a la perfección humana. Una actitud farisaica nos empuja al cumplimiento de la norma solamente “porque es la norma” el ritualismo ciego nos lleva a abandonar lo bueno, lo divino que la ley tiene, que siempre está teñido con los colores del amor. Si el amor no está presente en los preceptos, hay que dudar que vengan de Dios.
Sigamos el rito, que nos llevará a la perfección, pero huyamos del esterilizante ritualismo que no nos llevará a Dios, sino que nos conducirá el error, porque en el ritualismo no está el amor, sino una actitud farisaica, seguramente exigente e inflexible, con apariencia de ser lo bueno. Recordemos que el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado.
No nos dejemos engañar.
Beato Reginaldo de Orleans

Había enseñado en la Universidad de París y en una peregrinación en la que pasó por Roma, se encontró con santo Domingo y le admitió como discípulo. Llegó a tener tanta confianza en él, que le nombró su vicario, cuando se ausentó a España. En Bolonia su elocuencia atrajo a la Orden alumnos y profesores universitarios.
Reginaldo de Saint Gilles nació en Orléans (Francia). Entró en la Orden por la mediación milagrosa de la Virgen María y profesó en manos de santo Domingo. Era un predicador ardoroso, que en breve tiempo llevó muchas vocaciones a la Orden. Murió en París hacia el 12 de febrero de 1220 y fue sepultado en la iglesia benedictina de Notre-Dame-des-Champs, de donde su cuerpo desapareció durante la revolución de finales del s. XVIII. Su culto fue confirmado en 1875.
Oración colecta
Oh Dios, que con la intervención
de la Madre de la misericordia
hiciste que el beato Reginaldo caminase
y condujese a otros muchos
por el camino de la pobreza evangélica;
haz, por su intercesión,
que dirijamos nuest ros pasos según tus mandatos
y con corazón ensanchado
recorramos el camino de tus preceptos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Santifica, Señor, con tu bendición
las ofrendas que te presentamos
y aumenta en nosotros ese ardor de la caridad
que tuvo el beato Reginaldo
cuando lo dejó todo por el reino de los cielos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Señor,
que el sacramento que hemos recibido,
celebrando con gozo
la memoria del beato Reginaldo,
aumente nuestra fe y caridad.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Fuente: Liturgia de las Horas propio O.P.