Hermanos:
Recordad aquellos días primeros, en los que, recién iluminados, soportasteis múltiples combates y sufrimientos: unos, expuestos públicamente a oprobios y malos tratos; otros, solidarios de los que eran tratados así. Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes.
No renunciéis, pues, a vuestra valentía, que tendrá una gran recompensa.
Os hace falta paciencia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa.
«Un poquito de tiempo todavía y el que viene llegará sin retraso; mi justo vivirá por la fe, pero si se arredra le retiraré mi favor».
Pero nosotros no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma.
Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R/.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía. R/.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano. R/.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados
y los salva porque se acogen a él. R/.
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
La primera lectura nos habla de las consecuencias de algunos cristianos después del encuentro iluminador con Jesús. Han sufrido “múltiples combates y sufrimientos”, entre otros los de los encarcelados y la confiscación de los propios bienes, pero “sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes”.
El autor de la carta les invita a no renunciar a su valentía y a su constancia porque de esa manera tendrán “una gran recompensa”, alcanzarán “la promesa”.
Pasando a nosotros, los cristianos del siglo XXI, de alguna manera, nos vemos reflejados en la situación de estos primitivos cristianos. Tenemos alegrías y dolores. También la cruz, en sus diversas manifestaciones nos visita. Cada uno podemos decir de qué manera. Pero Jesús no nos deja solos, siempre está con nosotros. “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación”. Desde nuestra fortaleza y debilidad, apoyándonos siempre en la ayuda del Señor, lograremos vivir nuestra vocación de seguidores de Jesús. “Somos hombres de fe para salvar el alma”.
Hay que repetirlo cuantas veces sea necesario. Lo nuestro, en principio, de entrada es cosa de dos. Es trabajar en equipo con Jesús. Bien claro nos lo dice el mismo Jesús: “Sin mí no podéis hacer nada” y “trabajad mientras vuelvo”.
Nuestra experiencia nos lo confirma. Nosotros solos con nuestras propias fuerzas no podemos hacer nada. Las parábolas del evangelio de hoy insisten en el papel de Dios. Él sigue siendo el que mueve nuestra vida y nuestra actuación, después de que nosotros hayamos sembrado la semilla en la tierra.
Hay momentos en que los cristianos tenemos que parar en nuestra actividad evangelizadora, dormir de noche, sabiendo que “la semilla va creciendo sin que el sembrador sepa cómo”. Hagamos lo que nos toca a nosotros: sembrar, abonar, cuidar la tierra… sabiendo bien que Jesús hará lo que le toca.
San Juan Bosco

En él se ha visto un promotor social, un educador entregado, un catequista, un apologista, un escritor fecundísimo, un defendor del papa y de la Iglesia, un soñador, un taumaturgo. Armonizó trabajo y oración, llegando a una unificación perfecta de acción-contemplación. Por eso podemos decir que fue contemplativo en la acción.
Presbítero, fundador de la Sociedad de
San Francisco de Sales (salesianos),
patrono del cine
Castelnuovo de Asti (Italia), 16 de agosto de 1815 – Turín, 31 de enero de 1888
A Don Bosco le han admirado y querido hombres muy distintos, de muy diferente origen e ideología: hombres de Iglesia, educadores, políticos y, sobre todo, ¡los jóvenes!. Unos lo han contemplado como un “sencillo sacerdote”; otros como “un hombre leyenda”. En él se ha visto un promotor social, un educador entregado, un catequista, un apologista, un escritor fecundísimo, un defendor del papa y de la Iglesia, un soñador, un taumaturgo.
Alguien ha dicho que Don Bosco es uno de los santos más completos de la historia cristiana. En él se unen admirable y armónicamente los dones de naturaleza y de gracia, de manera que lo humano no queda anulado, sino impregnado de los divino. La impresión que produce es la de un hombre abierto, capaz de inspirar estima, confianza y afecto, capaz de amar. Es un hombre simpático y atrayente, alegre y optimista, activo y dinámico, trabajador y austero, enérgico y tenaz, manso y sencillo, prudente y audaz. Pero, sobre todo, sabe leer la historia en que está inmerso con una mirada de fe. Es un hombre de Dios.
Hoy es una convicción arraigada que Don Bosco oraba mucho. A veces, casi furtivamente, por su pretensión de no hacerse notar. Oraba solo, en su habitación, y oraba con los jóvenes. Oraba antes de predicar y de confesar, antes de afrontar situaciones delicadas. Oraba especialmente en las dificultades y en las pruebas durísimas que le acompañaron a lo largo de toda la vida. Vivía en una constante unión con Dios. Eugenio Ceria termina su estudio sobre Don Bosco aludiendo a la pregunta que se hicieron algunos contemporáneos suyos, impresionados por el inmenso trabajo que desarrollaba: «¿Cuándo rezaba Don Bosco?» La pregunta se hacía ante Pío XI, y el papa, buen conocedor del santo, no dudó en responder que sería mejor preguntar cuándo no rezaba Don Bosco. Y es que Don Bosco, hombre de acción intrépida, fue también hombre de oración profunda. Armonizó estupendamente trabajo y oración, llegando a una unificación perfecta de acción-contemplación. Por eso podemos decir que fue contemplativo en la acción.
Este estar inmerso en Dios le lleva a una confianza sin límites, a un profundo y sencillo abandono en Dios. Solía decir a sus primeros colaboradores: «Cuando nos encontremos cansados, agobiados por las tribulaciones, alcemos los ojos al cielo». Es su manera de pensar y de actuar. La actitud de fe que le abre a los males del mundo para prevenirlos y curarlos, estimula también el dinamismo de una esperanza que lo impulsa a la acción. Lo mismo que la fe y el amor, la esperanza es también omnipresente en la vida de Don Bosco. Confiando en la Providencia de Dios, se lanza a lo que humanamente parece imposible. Y entre los frutos de esta esperanza, está su connatural alegría, su optimismo, su confianza en los hombres, su paciencia inalterable, su sensibilidad pedagógica, su audacia y perspicacia.
Toda la vida de Don Bosco gira en torno a Dios; pero gira también en torno a María. Está siempre presente en su vida. Desde muy niño le enseña su madre a invocarla, a saludarla tres veces al día en el «ángelus», a rezar cada tarde el rosario; y él asimila con naturalidad esta devoción sencilla. Ella se convierte en la madre que está siempre a su lado, mientras trabaja, estudia o duerme. Aparece en el «sueño» de los nueve años dispuesta a guiarle en la misión que Dios le confía. Y Don Bosco, a lo largo de su vida, mantiene muy viva la certeza de ser conducido y guiado por la mano de la Virgen. Ella, dirá, «es la fundadora y será la sostenedora de nuestra obra».
Primero su devoción mariana se concentra especialmente en la Inmaculada y en la Consolata (Turín). Pero hacia el año 1862 cristaliza la opción mariana definitiva: María Auxiliadora. En ella reconoce el rostro de la Señora que suscitó su vocación y que fue siempre su madre y maestra. Desde entonces se convirtió en su apóstol. Guiado desde lo alto, empezó la construcción del templo de Valdocco, que es levantado en tres años con las limosnas espontáneas de los fieles. Entre sus piedras, ¡cuántos hechos portentosos! De forma muy clara se manifiesta en estos momentos, como comenta Brocardo, «ese trabajo entre dos», entre Don Bosco y María Auxiliadora, esa misteriosa cooperación, que se remontaba al primer sueño y que ahora se había hecho más fuerte,más continua y más irresistible. El instinto popular no tardó en descubrirlo: Don Bosco era verdaderamente «el santo de María Auxiliadora» y ella era, a su vez, «la Virgen de Don Bosco».
De la mano de María Auxiliadora, levanta iglesias, construye casas, colegios, oratorios para los muchachos de la calle. De su mano funda la Congregación Salesiana, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, la Asociación de los Cooperadores Salesianos. La Virgen le acompaña siempre; ella traza el programa de su vida y le ayuda a realizarlo. Por eso, al final, no puede menos de confesar: «No he dado nunca un paso que no haya sido trazado por la Virgen».
A un año escaso de su muerte, Don Bosco celebra un día la misa en la basílica del Sagrado Corazón de Roma, que él ha construido a petición de León XIII. En esos momentos siente que los recuerdos se agolpan en la cabeza. Toda su vida y su obra están presentes. En medio de la celebración prorrumpe en un llanto copioso y exclama: «Ahora lo comprendo todo». Comprende, en efecto, que su vida ha sido como un gran sueño, un sueño hermoso y fecundísimo, continuación de aquel que tuvo a los nueve años, un sueño lleno de realidades, en el que ella, la Auxiliadora, lo ha llevado de su mano, lo ha conducido paso a paso. Comprende que es ella la que lo escogió, preparó y ayudó; que es ella la que lo ha hecho todo.
Eugenio Alburquerque Frutos
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.