Hermanos:
Jesús puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.
Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre.
En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer.
Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley.
Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda:
«Mira», le dijo Dios, «te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña».
Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.
«—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean tu salvación. R/.
En aquel tiempo, Jesús se retira con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la 1ª lectura, nos presenta en sus primeros versículos una idea capital, crucial, que afecta a todo ser humano. La humanidad ha sido salvada. El autor lo expresa con una exclamación que desborda entusiasmo: “Tal es, en efecto, el Sumo Sacerdote que necesitamos. La carta va enumerando todas las características necesarias de este Sumo Sacerdote: “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores… (V.26)”, es el Cordero que quita el pecado del mundo decimos en cada Eucaristía, es Jesús, que ha asumido en plenitud la naturaleza humana, es y sigue siendo para siempre el Hijo de Dios, sentado a la diestra del Padre, “siempre vivo para interceder en favor nuestro.
La salvación es “perpetua” (V25), no es algo que se termina, no tenemos que angustiarnos por llegar a perderla, aun siendo como somos pecadores. Es importante vivenciar que es un don de Dios. No es algo que podemos ganar por nuestras propias acciones, con nuestro esfuerzo. Es algo que Dios nos da por pura gracia. En él y por Él hemos sido justificados, salvados.
Es mucho lo que esta carta nos dice acerca del sacerdocio y de Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. La idea aquí, es que Jesús no necesita hacer una y otra vez lo que hacen los sacerdotes del AT y los actuales. Todos ellos tienen que ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados y después por los pecados de los demás. Significa así que Jesús lo hizo una sola vez, entregándose así mismo en la Cruz, en Cristo coincide el que ofrece el sacrificio y lo que se ofrece como tal, y con ello realiza una mediación única y extraordinaria entre Dios y la humanidad. La Antigua Alianza es remplazada por la Nueva, el cumplimiento de la Ley por el desbordamiento de la Gracia.
El texto de Marcos que hemos escuchado, se encuentra entre una parte que va narrando varias escenas conflictivas, casi de fracaso de la misión de Jesús, dónde las autoridades religiosas buscan ya eliminarle, y la parte de después que narra la elección y envío en misión de los doce.
El evangelio de hoy, narra como Jesús prosigue la predicación de la llegada del reino de Dios. Al mismo tiempo, Marcos, de forma escueta, expresa la búsqueda y seguimiento de una gran multitud que necesita encontrarse con Jesús. Nos podemos preguntar, ¿por qué venía esa gente?
Era gente que lo hacía espontáneamente, no necesitaban ser llevados en autobuses como ocurre hoy en día en muchos mítines o manifestaciones para hacer número, para presumir de seguidores… No. Algunos llegaban para escucharle, habían oído decir que Jesús no enseñaba como los fariseos y doctores de la ley, que Él hablaba con autoridad. Otros muchos le buscan para ser curados de muchas enfermedades, “llegaban de muchos pueblos y ciudades, al enterarse de lo que hacía”. (V 8) Todos quieren tocarle y sentir que la fuerza que emanaba de Él les curara de sus dolencias.
El texto es tan explícito que pone en boca de Jesús estas palabras: encargó a sus discípulos que le prepararan una barca, -no para huir- sino para que la multitud no le aplastara, (V 9) y poder así seguir hablándoles.
Es curioso que este pasaje del Evangelio de Marcos en el que se habla de Jesús, se habla de la muchedumbre, del entusiasmo y del amor del Señor, acabe con los espíritus impuros que, cuando lo veían, gritaban: ”¡Tú eres el Hijo de Dios!” y de cómo Jesús enérgicamente les ordena callarse. Sin embargo, ¡dicen la verdad! Quizás no es la forma que Jesús desea hacerlo, no desea que su predicación sea vana. No puede haber gloria sin cruz.
Más tarde nos encontraremos con una respuesta a Pedro casi idéntica: “¡Aléjate de mí, satanás” o dicho más entendible: ”¡Ponte tras de mí, Pedro!” Solo así entenderás y entenderemos el mensaje de Jesús.
San Ildefonso de Toledo

Fue arzobispo de Toledo del año 657 al 667 y es uno de los padres de la Iglesia.Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante
De familia visigoda muy elevada, Ildefonso, nombre al parecer germano, nace a principios del siglo VII, durante el reinado de Witerico. El hecho de su vida monástica en el monasterio agaliense induce a suponer su nacimiento en la ciudad de Toledo.
En efecto, muy joven aún ingresó, contra la voluntad de los suyos, en Agali, el monasterio de San Cosme y San Damián, en las cercanías de Toledo, célebre centro monástico en la historia eclesiástica de España, aunque no hay certeza de si ya entonces hizo profesión de los votos monásticos. De todos modos, ordenado hacia el 630 diácono de la Iglesia toledana, no fue impedimento para volver al monasterio, donde no sólo se hizo monje, sino que llegó a ser elegido abad. […] Muerto el arzobispo Eugenio II en noviembre del año 657, Recesvinto decide nombrar metropolitano de Toledo, la Urbs regia, a Ildefonso, cuya consagración episcopal se celebra muy a finales del mismo 657.
[…] De nuestro personaje, destaca como primer rasgo de singular brillantez el fulgor de la elocuencia. El fervor de las páginas consagradas por San Ildefonso a defender la virginidad de María hacen, es verdad, muy verdadero el Elogio. Temeroso de Dios, lleno de piedad y religión, grave en su modo de andar, venerable por la honestidad de su vida, de paciencia singular, fiel guardando el secreto, sumo en sabiduría, de ingenio penetrante en sus razonamientos, son, entre otras, algunas de las características definitorias más salientes de su personalidad. Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante.
Duró su pontificado al frente de la sede metropolitana de Toledo, según San Julián, nueve largos años, que sirvieron para acrisolar su virtud y poner de manifiesto sus cualidades pastorales. El hecho de que durante esos años no se celebrase ningún concilio tampoco significa que fuera hombre falto de talento, como algún especialista ha llegado a escribir. Su obra literaria, en cambio, nos descubre al hombre preocupado por los problemas pastorales de su tiempo y al incansable y formidable buscador de soluciones. Flórez data su muerte en enero del año 667. Otros tiran por el 665. Sepultado en la iglesia de Santa Leocadia, de la capital de la España visigótica, su cuerpo fue trasladado en los primeros tiempos de la invasión musulmana a Zamora.
El período más importante de la vida de San Ildefonso es, a todas luces, el de su arzobispado, pues como consejero de Recesvinto influyó notablemente en los principales sucesos de su tiempo. Velando por la integridad del dogma, escribió Libellus de virginitate, obra de controversia teológica –sostiene la tradición que por entonces cruzaba los cielos y almas de España algún error mariano que Ildefonso habría querido atajar–, llena de doctrina católica y muy elegante, a la que luego volveremos. Refiere de igual modo la tradición que, cuando acabó de escribir esta obra el autor recibió en premio una casulla de manos de la Virgen. El arzobispo don Rodrigo y Lucas de Tuy son los primeros en narrarnos este hecho prodigioso inmortalizado en su día por el pincel de Murillo. Actualmente puede verse en la catedral metropolitana de Toledo el altar levantado en el mismo lugar de la aparición de la Virgen.
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.