Esto dice el Señor, el Santo de Israel:
«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido: apenas te oiga, te responderá.
Aunque el Señor te diera el pan de la angustia y el agua de la opresión ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro.
Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.
Te dará lluvia para la semilla que siembras en el campo, y el grano cosechado en el campo será abundante y suculento; aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas; los bueyes y asnos que trabajan en el campo comerán forraje fermentado, aventado con pala y con rastrillo.
En toda alta montaña, en toda colina elevada habrá canales y cauces de agua el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes».
Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.
Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.
En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
La profecía de Isaías es una escuela de esperanza. La esperanza no es una vana ilusión, ni un sentimiento piadoso. No nos basta con intuir bienes futuros, es necesario un aprendizaje para no negar nuestros problemas ni quedarnos tampoco atrapados en ellos. Cuando veamos una luz “siete veces más potente que el sol”, nuestros problemas se desvanecerán.
Y esta plenitud de luz será la que traerá el Mesías, cuya profecía se cumple en el evangelio, como luego veremos. “Ya no se esconderá tu Maestro”. Aún en tiempo de crisis: “aunque el Señor os dé el pan medido y el agua tasada”, “tus ojos verán a tu Maestro” y “tus oídos escucharán una palabra a la espalda” … en situaciones precarias, seguimos confiando en el Señor. El camino ya está trazado, nos lo hizo Jesús. Si nos desviamos “a la derecha o a la izquierda” es decir, con grandes penitencias o con una vida regalada, oiremos una voz por detrás. Aquí hace alusión a los pastores que van detrás de su rebaño.
Cuando Él se manifieste enjugará las lágrimas de su pueblo: “no tendréis que llorar” “Te dará lluvia para la semilla” … habrá abundancia de bienes. La injusticia, la “herida de su pueblo” se convertirá en un bien. “Cuando caigan las torres” – el mal y el pecado- “el Señor curará la llaga de su golpe”. La esperanza cristiana pasa por la luz de las llagas; allí donde se hacen patentes los males de la crueldad y la injusticia, surgen fuentes de misericordia. Vivamos este Tiempo de Adviento con gran deseo de crecer en la esperanza del Señor.
En este evangelio vemos cumplida la profecía de Isaías: “Se anuncia el evangelio del Reino y se curan las enfermedades y dolencias”. Jesús tiene la misma preocupación que su Padre: consolar a su pueblo. Su compasión nace de ver a las gentes desorientadas. Su mirada penetra los corazones destrozados -como dice el salmo- y responde a sus necesidades. El poder de Dios se manifiesta en la debilidad.
Los discípulos de Jesús todavía no estaban muy preparados para la misión, pero “La mies es abundante y los trabajadores son pocos”. Jesús, al ver tanta necesidad quería multiplicar sus pies y sus manos para socorrer a todo el mundo, y da poder a sus apóstoles para continuar su ministerio mesiánico; el mismo poder que el Padre le entregó a Él. Jesús deposita mucha confianza en los que envía, espera mucho de nosotros. En una ocasión, sus discípulos no pudieron liberar a un poseído y luego les explicó que para esa clase de demonios se necesitaba ayuno y oración. (cf. Mt 17,21). Aquí también recomienda la oración, pero esta vez es para que “el Dueño de la mies envíe trabajadores a su mies”. Lo cierto es que toda misión se recibe en gratuidad, sin merecimiento alguno de nuestra parte.
El Reino de los cielos está cerca ¿nos sentimos enviados, movidos por la compasión de tanta gente desorientada que se acerca a nosotros? ¿Rogamos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies? El Señor está cerca. Dichosos nosotros si lo acogemos en nuestro corazón.
San Ambrosio de Milán

San Ambrosio fue un destacado arzobispo y un importante teólogo y orador. Es uno de los Padres de la Iglesia y uno de los 33 doctores de la Iglesia Católica. Es el símbolo de la Iglesia que renace después de los duros años de persecuciones. Su conocimiento de política y su autoridad de jurista, hicieron de él un consejero para los emperadores.
Tréveris (Alemania), 337/339 – Milán, 4 de diciembre de 397
El santo doctor y obispo Ambrosio de Milán nace en Tréveris, donde su padre, también de nombre Ambrosio, regía la prefectura de las Galias. La fecha de su nacimiento persiste incierta, pero los especialistas se inclinan hacia los años 337/39. Muerto prematuramente el padre, se traslada con la madre y hermanos a Roma, donde se le puede ver ya, seguro, en la Navidad del 353, cuando su hermana Marcelina recibe del papa Liberio el velo de las vírgenes en la basílica de San Pedro. Nada sabemos de su adolescencia. Consta, en cambio, sí, que estudió retórica y ejerció la abogacía el año 368 en la prefectura de Sirmio.
Nombrado cónsul de la Liguria y de la Emilia con residencia en Milán hacia el 370, su gobierno resplandece de sabiduría y prudencia hasta el punto de pensar en él para obispo de la ciudad a la muerte del obispo arriano Auxencio. En efecto: disputaban arrianos y católicos la elección del sucesor, cuando Ambrosio, que había aparecido por allí para apaciguar los ánimos, fue aclamado de pronto por ambos bandos, siendo a la sazón sólo catecúmeno. Resultó un caso de elección a la manera de los que las biografías refieren de San Paulino de Nola, San Agustín de Hipona, y hasta del mismo donatista Petiliano de Cirta. Una semana después del bautismo recibe la consagración episcopal en fecha a datar entre el 1 de diciembre de 373 y el 7 de diciembre de 374. Sabemos que, una vez obispo, pasó la propiedad de sus bienes a la Iglesia, reservando para su hermana el usufructo y para sí nada que poder llamar suyo.
Antes de hacerse a la vela en la nueva misión, se dio de lleno, bajo la guía de Simpliciano, sucesor andando el tiempo, al estudio de la Biblia, de los padres griegos y de autores hebreos y paganos como Filón y Plotino. San Agustín precisará más tarde tan intenso estudio (Gónf. VI, 3, 3), el cual, unido a la incesante meditación de la divina Palabra, habría de ser la fuente de la actividad pastoral y de la predicación ambrosiana, y el contexto en que colocar los acontecimientos históricos, políticos y sociales de los que fue protagonista, forja yunque y molde todos ellos de su pensamiento moral, ascético y teológico.
Al principio del episcopado, las relaciones con Valentiniano I, que había aprobado su elección, discurrieron pacificas, como él mismo hará saber a Valentiniano II, recordándole la conducta de su padre, respetuosa de la autonomía de la Iglesia. Se opuso desde el principio al arrianismo y así lo corrobora, por ejemplo, la petición de los restos de Dionisio, obispo católico de Milán, muerto en Armenia, exiliado por Constancio. Dos episodios vinieron a señalar su vida el año 375: de una parte, la muerte de su hermano Sátiro; y de otra, la de Valentiniano I. Las oraciones fúnebres del primero abundan en temas teológicos y pastorales: humanidad y divinidad de Cristo, lugar que ocupa en la Trinidad y denuncia de los luciferianos, que habían llegado al cisma exorbitando las fórmulas nicenas. En cuanto a Valentiniano I, su recuerdo vuelve en la oración fúnebre de Valentiniano II, en la que Ambrosio celebra la fe del padre y su resistencia a las instancias de juliano para que apostatase. […]
En su ministerio pastoral destacó por sus trabajos por combatir el arrianismo, y por sus numerosos escritos de homilética, temas de moral y ascetismo y textos dogmáticos.
[…] Falleció el 4 de diciembre del 397. Sepultado en la basílica de su nombre en Milán, empezó pronto a ser venerado como el primero entre los cuatro doctores de la Iglesia latina.
Pedro Langa O.S.A
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.