Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con gran autoridad, y la tierra se deslumbró con su resplandor. Y gritó con fuerte voz:
«Cayó, cayó la gran Babilonia. Y se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de todo pájaro inmundo y abominable.
Un ángel vigoroso levantó una piedra grande como una rueda de molino y la precipitó al mar diciendo:
«Así, con este ímpetu será precipitada Babilonia, la gran ciudad, y no quedará rastro de ella. No se escuchará más en ti la voz de citaristas ni músicos, de flautas y trompetas. No habrá más en ti artífices de ningún arte; y ya no se escuchará en ti el ruido del molino; ni brillará más en ti luz de lámpara; ni se escuchará más en ti la voz del novio y de la novia, porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra y con tus brujerías embaucaste a todas las naciones».
Después de esto oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre, que decía:
«Aleluya La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos. Él ha condenado a la gran prostituta que corrompía la tierra con sus fornicaciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos».
Y por segunda vez dijeron:
«¡Aleluya!».
Y el humo de su incendio sube por los siglos de los siglos.
Y me dijo:
«Escribe: “Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero”».
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R/.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre. R/.
El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que entonces está cerca su destrucción.
Entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en medio de Jerusalén, que se alejen; los que estén en los campos, que no entren en ella; porque estos son “días de venganza” para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días!
Porque habrá una gran calamidad en esta tierra y un castigo para este pueblo.
“Caerán a filo de espada”, los llevarán cautivos “a todas las naciones”, y “Jerusalén será pisoteada por gentiles”, hasta que alcancen su plenitud los tiempos de los gentiles.
Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».
En los capítulos finales del libro del Apocalipsis, se nos relata cómo, a pesar de las persecuciones y desgracias que se han cernido sobre Jesús y su Iglesia, finalmente la victoria de Cristo sobre el mundo se materializa haciendo desaparecer, según la visión del autor, a la que acumulaba todas las cosas malas que habitan en el mundo, la Gran Babilona; que se había caracterizado por su codicia, su falta de moralidad, su persecución a los cristianos, su cúmulo de todas las malas acciones que pudieran implicarse. Todo en lo que ella confiaba no le sirve absolutamente para nada, pues es precipitada a las profundidades del abismo, como reino del mal.
El autor identifica a Roma y a sus emperadores con la Gran Babilonia, causante de todas las desgracias del mundo, y, con su caída, dejará de oírse en ella música, actividades artísticas, el murmullo del agua o del molino, etc., pues a todos los que embaucó o se unieron con ella, emperadores, poderosos, ricos comerciantes, marineros… llorarán y lamentarán su caída, pues ésta será fulminante
Aparecerán grandes voces que pregonarán que se ha erigido la victoria de Dios, pues sus sentencias son rectas y justas, y ha condenado a la gran ciudad que corrompía toda la tierra, y su caída durará para siempre.
Se trata de un relato simbólico que quiere hacer patente que, a pesar de las múltiples dificultades a las que se enfrenta, acaba dominando el triunfo de Cristo y de su Iglesia, amparada por la presencia de Dios, Padre misericordioso, que cuida de todos los que han asumido en su corazón la Palabra de vida que Jesús nos ha transmitido y así anuncia: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero”, tal como repetimos en el salmo 99 que es un canto de alabanza a nuestro Dios.
Lucas nos refiere en este capítulo el discurso escatológico de Jesús, anunciando cómo será el fin de los tiempos, precedido por la destrucción de Jerusalén por los gentiles, y de estos últimos también.
Este evangelio se escribió después de que Jerusalén fuera arrasada y el Templo destruido en el año 70, entonces los anuncios que Lucas pone en boca de Jesús, ya se habían producido, por el rechazo hacia Jesús y su anuncio del Reino, por parte de las autoridades religiosas de Judea.
Enumera una serie de desastres naturales, o signos, que concuerdan más con el lenguaje apocalíptico adoptando una visión de futuro más o menos lejano.
Se relatan situaciones de venganza, donde la estructura del mundo se viene abajo, presentando como ejemplo la desgracia que se cierne sobre las que estén en cinta o criando, los que se hallen fuera que no vuelvan a la ciudad, etc. Pero, sin embargo, aquellos que han creído y esperan la llegada del Hijo de Dios con gran poder y gloria, serán salvados, por eso les anuncia que, cuando todo esto ocurra: “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”.
Ante este relato, nosotros sabemos que Dios es tremendamente misericordioso, y no toma represalias contra nadie, pero lo que sí debemos hacer es escuchar la Buena Noticia de Jesús como encarnación del Amor de Dios, y confiar totalmente en su divina bondad, seguir su ejemplo y establecer como signo definitorio de nuestra vida el Evangelio del Amor a Dios y a los hermanos.