Yo, Juan, escuché la voz del cielo que se puso a hablarme de nuevo diciendo:
«Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra».
Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito. Él me dice:
«Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor.
Y me dicen:
«Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos».
Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.
Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.
¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.
Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.
Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos. R/.
En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles:
«Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».
Todos los días enseñaba en el templo.
Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.
Con el lenguaje de difícil interpretación propio del Apocalipsis, encontramos hoy un pequeño fragmento del capítulo 10. Estamos en la sección que presenta el relato de “Las siete trompetas” utilizando muchísimos elementos del A.T. En él, siete ángeles -cada uno de ellos con una trompeta-, hacen sonar su instrumento. Cada toque de trompeta supone una inmensa catástrofe para la tierra y para la humanidad. Parece que todo va a llegar a su fin.
Tras el sexto toque de trompeta el relato se interrumpe para presentar un “librillo” que sostiene en su mano otro ángel. Y el autor que está escribiendo todas estas visiones se siente llamado a acercarse al ángel y tomar el libro.
A continuación, en una acción simbólica, tomada del profeta Ezequiel (Ez 2,8-3,3), toma el libro y se lo come por indicación del ángel. ¿Qué contiene ese libro? La palabra de Dios, su mensaje para nosotros. Un mensaje que el profeta experimenta como sanador y liberador, “dulce como la miel”, pero que no puede quedarse para sí mismo, aislándose de lo que sucede en la realidad y “disfrutando” de él tranquilamente. Es preciso que interiorice y digiera esa palabra hasta descubrir que ha de proclamarla en la terrible situación que se acaba de describir. Porque esa Palabra es la que tiene poder para sacarnos del caos que los seres humanos generamos, y quien la ha recibido se siente impelido a anunciarla. Y eso no es fácil, tiene un “sabor amargo”. El ejemplo más perfecto lo tenemos en Jesús…
Acercándose Jesús al final de su vida, recién llegado a Jerusalén, sube al Templo para realizar una acción impensable, por lo osada y peligrosa. Jesús actúa con autoridad. La ha recibido del Padre, pero -además- acaba de ser reconocido por el pueblo, que le recibe y le saluda como aquel que viene en nombre del Señor. Es urgente para él poner las cosas en su sitio, purificar el Templo, liberarlo de las prácticas que impiden que cumpla su función.
Jesús esta vez realiza un gesto público inaudito, con una firmeza y una determinación que no pueden pasar desapercibidas. No puede consentir que el pueblo viva confundido y engañado con un funcionamiento del Templo que impide a las personas el verdadero encuentro con Dios, que sana, perdona, reconcilia.
La frase que aparece en sus labios está tomada de dos textos del Antiguo Testamento, de los profetas Isaías (56,7) y Jeremías (7,11). Y de esos textos podemos extraer lo que angustiaba e indignaba a Jesús del funcionamiento del Templo, y la razón por la que actúa como lo hace:
-. El Templo, lugar de oración, que incluye a todos los pueblos, es un coto cerrado que parece propiedad de unos pocos, y al que ni siquiera todos los miembros del pueblo tienen posibilidad de acceder.
-. La relación con Dios se ha convertido en un comercio: con ritos, ofrendas y sacrificios se puede comprar a Dios, obtener lo que necesitamos, tenerlo de nuestra parte… El mal, el pecado, se pueden relativizar y banalizar: todo se soluciona con dinero. Un dinero que va enriqueciendo a los que tienen sus negocios establecidos en el Templo.
-. Y ello significa, inevitablemente, discriminación de los más pobres: si no tienes dinero no tienes qué ofrecer a Dios. De ahí la clasificación de las ofrendas en función de su valor en dinero.
Todo esto y mucho más que implicaba la dinámica del Templo “obliga” a Jesús a actuar y supone su condena a muerte: todos los poderes se ponen de acuerdo en la necesidad de acabar con él. La única dificultad era que el pueblo, por el contrario, vivía pendiente de su palabra, escuchándola.
Tal vez podemos venir a nuestra realidad y preguntarnos sobre todas estas cuestiones, por las que Jesús puso en juego su vida, en relación con nuestros templos. ¿Priorizamos que ellos sean lugar en el que las personas puedan vivir pendientes de la palabra del Señor? ¿Estaría Jesús preocupado por algunas de las cosas que entonces le movieron a actuar?
Santa Cecilia

A pesar de ser una de las santas más populares sabemos poco sobre ella. Las catacumbas de Calixto consignan en una sepultura el nombre de Cecilia, cuyo culto data desde el siglo V. Se cree que nació en Roma, en el seno de una familia importante. La tradición le asigna la protección del mundo musical.
Cecilia es una de las siete mártires mencionadas en Canon romano, a quien está dedicada una basílica en el Trastévere de Roma desde el siglo V, que aún subsiste en el de hoy con varias reformas desde entonces. Su culto se difundió ampliamente a partir de la Passio (relato de su martirio), del siglo VI, en la que es exaltada como modelo de la virgen cristiana. Sólo más tarde, en el siglo XV, se le atribuye su papel de inspiradora y patrona de la música y del canto sacro.[…]
Si nos atenemos a la tardía Pasión, Cecilia, de la rica y noble familia de los Cecilios, acudía diariamente a la misa que celebraba el papa Urbano en las catacumbas de San Calixto de la vía Apia, acaso propiedad de dicha familia, que generosamente la había cedido para sepultura de los cristianos, y donde la esperaba una multitud de pobres, que conocían su generosidad.
Dada como esposa a Valeriano, Cecilia, en la noche de bodas, mientras sonaba un órgano, cantaba en su corazón «sólo para el Señor (he aquí el origen de su patronazgo de la música sacra). […]
Avanzada la noche de bodas, la joven Cecilia le dijo a Valeriano: «Ninguna mano profana puede tocarme, porque un ángel me protege. Si me respetas, él te amará como me ama a mí». Al contrariado esposo no le quedó más remedio que aceptar el consejo de Cecilia, se hizo instruir en la fe cristiana y se hizo bautizar por el papa Urbano y así pudo compartir el ideal de pureza de su esposa, recibiendo en recompensa su misma gloriosa suerte: la palma del martirio en el que participó incluso un hermano de Valeriano, llamado Tiburcio, que desde su conversión se dedicaron a la piadosa labor de enterrar a los muertos cristianos. Pronto fueron arrestados, procesados y condenados a morir decapitados. […]
El papa Pascual I (817-824) trasladó sus reliquias desde el cementerio de Calixto a la basílica de la que Cecilia era titular en el Trastévere, y en la que un mosaico recordaba su noche de bodas con Valerio.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.