Señora elegida:
Me alegré mucho al enterarme de que tus hijos caminan en la verdad, según el mandamiento que el Padre nos dio.
Ahora tengo algo que pedirte, Señora —y no es que os escriba un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio—: que nos amemos unos a otros. Y en esto consiste el amor: en que caminemos según sus mandamientos. Y este es su mandamiento, según oísteis desde el principio, para que caminéis según él.
Pues han salido en el mundo muchos embusteros, que no reconocen que Jesucristo vino en carne. El que diga eso es el embustero y el anticristo.
Estad en guardia, para que no perdáis vuestro trabajo y recibáis el pleno salario. Todo el que se propasa y no se mantiene en la doctrina de Cristo, no posee a Dios; quien permanece en la doctrina, este posee al Padre y al Hijo.
Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor. R/.
Dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.
Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos. R/.
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. R/.
Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras. R/.
Ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.
Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.
Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre.
Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás.
Acordaos de la mujer de Lot.
El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde, Señor?».
Él les dijo:
«Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres».
La liturgia de la Palabra nos invita hoy a continuar mirando la propia vida en perspectiva de coherencia evangélica. La fe es una opción personal que compromete la vida. Hoy nuestra mirada es desde la perspectiva de la responsabilidad y la verdad. Ambas son elementos constitutivos de una vida de fe, de amor y discipulado.
Así destaca Juan la vida coherente de los destinatarios de la Carta: “Me alegré mucho al enterarme de que tus hijos caminan en la verdad, según el mandamiento que el Padre nos dio”. E insiste en la verdad del Evangelio y alerta de la existencia de falsos maestros.
Alegría, verdad y amor. Estos tres puntos se encuentran confrontados con algunas realidades que tanto han sido de ayer como son de hoy.
El mandamiento del Padre es el mismo de siempre: el amor, que nos amemos unos a otros. Sin embargo, el autor de la carta hace una llamada muy fuerte a estar atentos ante el engaño y la mentira. Y no se queda ahí, sino que insiste que “han salido en el mundo muchos embusteros”. Se trata de estar atentos y tener cuidado con todo lo que debilita la vida de la comunidad de fe. Vivir el amor no significa vivir en la ingenuidad de que todo es bonito y maravilloso. Vivir el amor exige vivir en discernimiento. Juan quiere ofrecer pistas de cómo reaccionar cuando algunas personas, en nombre de la fe, contradicen la Palabra de Dios y seducen a los miembros de la comunidad, alejándolos del Evangelio.
La vida de fe, bien personalmente como comunitariamente, nos compromete en la búsqueda asidua de la verdad de Dios y a la coherencia evangélica.
Probablemente tanto ayer como hoy la distinción entre la verdad y la mentira es inmensamente desafiante. San Juan insiste en sus escritos la necesidad e importancia de la verdad, de discernir dónde estar, de no dejarse embaucar y mucho menos facilitar la difusión de la mentira.
Esta carta resuena en nosotros con una gran fuerza, pues hacemos parte de una sociedad donde las falsas difusiones, la facilidad con la que se comparten informaciones sobre lo que no tenemos certezas, el radical posicionamiento ante situaciones de las cuales desconocemos las diversas perspectivas, hacen parte de las relaciones cotidianas.
La radicalización y la polarización provocan división. Lo que realmente une e integra es el amor y la verdad… y cuantas veces no se sabe donde realmente está la verdad. Por eso, una actitud atenta y la búsqueda de discernimiento son instrumentos para acercarnos unos y otros. El amor sabe de integrar y de confiar, sabe que la verdad vive muchas veces escondida. Por eso hacemos nuestras las palabras del salmo: “Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe”, porque es muy fácil encaminarse por sendas ajenas al discipulado…
El texto de hoy se encuentra al final del capítulo 17 del evangelio de Lucas. Es necesario retomar los temas abordados anteriormente para comprender este pasaje. Primero Jesús alerta “que es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay! de quien los provoca” (17,1) y después hace una llamada a la corrección fraterna y al perdón, tantas veces como sea necesario (17, 3-4). Claro que los apóstoles, como también nosotros, ante esta propuesta de vida proclamamos: “aumenta nuestra fe” (17, 5). Jesús es inmensamente realista, conoce el corazón humano y nos ayuda a percibir que la vida está cimentada sobre el compromiso y la responsabilidad de lo pequeño de cada día con la conciencia de que “hemos hecho lo que debíamos hacer” (17, 10). El texto nos continúa narrando con qué naturalidad Jesús hace el bien, aunque generalmente no sea ni tan siquiera reconocido y/o agradecido (17, 12-19). Jesús siempre responde a nuestras inquietudes y preguntas, respuestas verdaderas que alertan a no aferrarnos a ideas ni a buscar a Dios en lo grandilocuente, sino a percibir la presencia de Dios y su reino dentro de nosotros (17, 20-24). Jesús es realista y sincero, no engaña a nadie: “antes es preciso que sufra mucho…” (17, 25). Y sólo después de este largo recorrido, vienen los versículos del Evangelio de hoy.
Una vez más Jesús nos resitúa en la vida de cada día: como sucedió ayer, así sucederá… Y lo que pase con cada uno de nosotros no es premio o castigo de Dios, sino fruto de las opciones, de la autenticidad de la vida de fe, de la verdad vivida, proclamada y promovida. Lo que sucederá sabe de sencillez por hacer lo que hay que hacer, sabe de poco reconocimiento y agradecimiento, sabe de naturalidad y del amor que se fortalece en el proceso del perdón, sabe de recomenzar, de acoger e integrar, sabe de discernir el querer de Dios desde la realidad y sinceridad, sabe que “quien pierda su vida, la ganará” no ante las muchedumbres y sí ante el Padre.
San Alberto Magno

Fue obispo de Ratisbona con el fin de organizar y pacificar aquella iglesia. Después renunció al episcopado y regresó a su convento para servir en el estudio, la docencia, la escritura y la predicación. Fue un impenitente buscador de la verdad y maestro de Santo Tomás de Aquino.
Todo hombre es creado por un acto de amor personal de Dios con un destino plenamente diseñado. Para llevarlo a cabo el Creador dota a cada uno de todos los dones de naturaleza y de gracia necesarios. San Alberto realizó plenamente el suyo, hasta el punto de ser considerado como uno de los grandes genios de Occidente, y un santo de gran utilidad a la Iglesia y a la humanidad. De ahí el apelativo de Magno (Grande), que tan sólo él ha merecido en el campo del conocimiento.
Nació Alberto en la pequeña ciudad de Lauingen, junto al Danubio, diócesis de Augsburgo. Fue su padre un caballero al servicio del emperador Federico II. De su infancia y adolescencia sabernos muy poco. Su padre, conocedor de Italia por sus viajes acompañando al emperador, le envía a estudiar a la Universidad de Padua. En 1222 entró en contacto con el Beato Jordán de Sajonia, el sucesor de Domingo de Guzmán como maestro general de la orden dominicana. En Padua escuchaba las encendidas predicaciones que fray Jordán dirigía a los estudiantes. Habiendo caído enfermo de gravedad, hizo voto de entrar en dicha orden, si recobraba la salud. […] Entró en la orden en 1223».
Terminado el noviciado [en Bolonia], fue enviado un año a Colonia y tres a París, para hacer los estudios eclesiásticos. En esta etapa, Alberto, al tiempo que desarrolló su portentosa inteligencia, templó su voluntad con la virtud. […] En 1228 se ordenó de sacerdote.
Inmediatamente, fray Alberto fue dedicado a la enseñanza, que prácticamente no abandonará hasta poco antes de morir. Seguramente inició su labor docente en el convento de Colonia. Posteriormente enseñó sucesivamente en París, Hildesheim, Friburgo de Brisgovia, Ratisbona, Estrasburgo, y de nuevo en Colonia, en donde hacia 1244 tiene como discípulo aventajado a Santo Tomás de Aquino.
Llegado a la edad requerida de 35 años y con la experiencia docente necesaria, la orden trata de promoverlo a la magistratura en Teología. Para ello le envían de nuevo a París, donde habrá de explicar las Sentencias de Pedro Lombardo en condición de bachiller. El éxito de sus lecciones fue tal que no había aula con capacidad suficiente para acoger a sus alumnos, venidos de todas las partes de Europa. Por ello se dice que tuvo que dar sus clases en una plaza. En recuerdo y honor del famoso profesor se le dio a aquel lugar el nombre de plaza Maubert. Fue en 1246 cuando obtuvo el título de maestro, que constituía la cúspide de la vida intelectual, y quien lo detentaba estaba facultado para enseñar en todas partes. Alberto siguió tres años más en París, regentando una de las dos cátedras que allí poseía la orden. Tras estos años es trasladado de nuevo a Colonia para hacer de su convento un Estudio General, una especie de facultad teológica privada, y regentarlo.
A la par de su dilatada docencia, desplegó San Alberto una ingente labor de escritor. Desde la mineralogía hasta las más encumbradas cuestiones místicas, pasando por todas las áreas del conocimiento hasta entonces cultivadas, recibieron la impronta de su genio investigador. Su labor fue tan fecunda que la última edición de sus Obras completas (en latín) que publica el Albertus-Magnus Institut era de 40 volúmenes.
Uno de los rasgos de los grandes genios del pensamiento es la persuasión de que todas las verdades se interconexionan y mutuamente se iluminan. Por eso no se puede ser un gran teólogo con ignorancia de gran parte de las restantes áreas del saber, y muy particularmente de la filosofía. San Alberto reivindicó la autoridad de la razón humana en el ámbito de las realidades mundanas, frente a un peligroso fideísmo. A causa de ello es considerado por el gran historiador del pensamiento medieval, E, Gilson, como uno de los fundadores de la filosofía moderna. Para él, propio del filósofo es decir lo que dice razonadamente. Y en esa tarea apenas encontró apoyaturas precedentes dentro de la cultura cristiana. Por eso bebió en todos los filósofos anteriores: paganos, musulmanes y, por supuesto, en los cristianos, en la medida en que reflexionaron filosóficamente.
Fue muy importante, como se ha señalado, la aportación filosófica de Alberto Magno, pero todavía más conocida es su aportación científica. No hay historia de la ciencia, por muy reducida que sea, en que no figure el sabio dominico, destacado en el dominio de casi todas las ciencias. Su primera aportación en este terreno fue establecer la observación y experimentación como el método propio de las ciencias naturales. Autores como H. Stadler, editor de su tratado De los animales, afirma: «Si hubiera continuado el desarrollo de las ciencias de la naturaleza por el camino emprendido por San Alberto, le hubiera ahorrado a dicha ciencia un rodeo de tres siglos».
Si bien en el estudio de la naturaleza, el santo doctor sigue la ruta trazada por Aristóteles, ello no quiere decir que le secunde ciegamente. En numerosos casos le corrige abiertamente. Para E. Wasmann, uno de sus principales méritos es haber dado paso a una investigación autónoma, que no se fía de la autoridad, por muy ilustre que ésta fuere. Usando el método de observación por él preconizado para las ciencias de la naturaleza, hallamos con frecuencia frases como ésta: «Yo he experimentado», «yo he visto», «yo he hecho el experimento», etc.
Miembro de una familia religiosa, sus hermanos descubrieron sus dotes de gobierno. Por ello el capítulo provincial, celebrado en Worms en 1254, le eligió provincial de la extensa provincia de Alemania. Consciente de su responsabilidad, recorrió a pie el territorio de su demarcación, corrigiendo abusos, promoviendo la observancia y animando a los frailes a llevar a cabo la misión evangelizadora desde la base de una rigurosa pobreza. Y lo hace más con el ejemplo que con la palabra.
Viendo el pontífice las cualidades intelectuales y morales de Alberto y el estado desastroso de la diócesis de Ratisbona, le nombra su obispo en 1260. A pesar de su tenaz resistencia y la del general de la orden, Humberto de Romans, Alejandro IV se mantiene inflexible en su decisión, y le exige la aceptación bajo precepto formal.
Su actividad pastoral fue de tal eficacia que en muy poco tiempo la situación religiosa cambió por completo. Se estableció un ambiente de paz entre los nobles, el clero brilló de una manera generalizada por su vida espiritual y su celo pastoral. Luego, deseoso de dedicarse a servir al Reino de Dios con su labor docente e investigadora, suplicó al papa Urbano IV que le exonerase de las tareas episcopales, con tales razones que éste se avino a ello. Vuelve a Colonia donde reasume el cargo de regente, y al mismo tiempo lleva a cabo una gran labor de pacificador, restableciendo unas relaciones normales entre el conde de Zuliers y el arzobispo de Colonia, a quien el conde había encarcelado. Alberto, con su santidad y tesón, consiguió, no sin grandes dificultades, la reconciliación y la paz.
En calidad de obispo y de excepcional maestro en Ciencias Sagradas, participa en el Concilio Ecuménico de Lyon, en que se logró, momentáneamente al menos, la unión con los griegos. Acabado el concilio, vuelve a Colonia, donde continúa su labor de profesor, escritor y gran consejero del arzobispo, entregado además a largas horas de oración.
Al genio intelectual de Alberto Magno no se le podía escapar la consideración de los temas de la mística. En palabras de San Alberto, «la perfección más sublime del hombre en esta vida, es de tal manera unirse a Dios, que toda el alma, con todas sus potencias y todas sus fuerzas, se recoja en el Señor, su Dios, para hacerse un espíritu con él, y nada recuerde sino a Dios, nada sienta ni entienda sino a Dios, y todos sus afectos, unidos en el gozo del amor, descansen suavemente en la sola fruición del Hacedor».
Lleno de méritos, muere el 15 de noviembre de 1280. Su cuerpo descansa en un hermoso sepulcro en la entrada de la monumental iglesia dominicana de San Andrés de Colonia. Gregorio XV le beatificó en 1622; en 1931, Pío XI lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia, y diez años después Pío XII lo nombró patrono de cuantos cultivan las ciencias naturales.
Vicente Cudeiro, O.P.
Más información sobre San Alberto Magno
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.