Querido hermano:
Habla de lo que es conforme a la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, respetables, sensatos, sanos en la fe, en el amor y en la paciencia.
Las ancianas, igualmente, sean, en su comportamiento, como conviene a personas religiosas; no sean calumniadoras, ni se envicien con el vino; sean maestras del bien, que inspiren buenos principios a las jóvenes, enseñándoles a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser sensatas, puras, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea maldecida.
A los jóvenes exhórtalos también a que sean sensatos. Muéstrate en todo como un modelo de buena conducta; en la enseñanza sé íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo de nosotros.
Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, el cual se entregó por nosotros para rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras.
Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R/.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos. R/.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa.
Los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás. R/.
En aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo:
“Enseguida ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien:
“Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
Las lecturas en el día de hoy tratan de que reflexionemos en la importancia que tiene el seguimiento de Jesús, en clave de servicio, humildad, sinceridad, como un testimonio con el cual permite que otras personas sean capaces de descubrir el sentido profundo del ser cristiano injertado en Cristo.
Un testimonio de vida, en el que el verdadero discípulo de Cristo trata de vivir su fe en coherencia y fidelidad. Por ello, las obras van acompañadas de ejemplos de vida: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Por ello, san Pablo, da una serie de instrucciones a Tito para que así se las haga llegar al grupo de fieles, al cual, él está al cargo: ancianos, ancianas y jóvenes deben ser referente de ello. El conflicto entre la sana doctrina frente a los falsos maestros y la buena conducta como signo indiscutible del seguidor de Jesús.
Por tanto, son dos aspectos importantes que tocan el ser del cristiano. Y que en más de una ocasión no es tan fácil vivir desde Dios, coherentemente, buscando únicamente cumplir su voluntad sin desviarnos hacia otras cosas que no tienen nada que ver con el modo evangélico que nos muestra Jesús. Conocemos perfectamente los mandatos de la ley divina, pero hacerlos vida es otra cosa. En más de una ocasión queremos imponer nuestro criterio, nuestra forma de entender lo religioso, y dejamos de lado la vivencia del: «amar como yo os he amado». Horóscopos, tarot, técnicas de relajación, santería… Que vamos metiendo en el «saco» de la fe para tranquilizar la conciencia pero no para vivir conforme al proyecto de Jesús. O simplemente cumplir una serie de normas sin que estas te cambien la vida a ser más honesto, coherente, humano, fiel. El seguidor de Cristo debe de ser otro Cristo en la tierra, por ello, Pablo, hace la referencia a que con esas obras sale del interior la luz de amor que arrastra a otras personas a cuestionarse el seguimiento y el sentido pleno de la vida.
Jesús está hablándoles a sus discípulos a cerca de los temas relevantes en el seguimiento: la conducta inapropiada lleva al escándalo en los más débiles en la fe, las faltas de fe que se dan en el camino y lo central en el ser cristiano es el servicio. Con esta parábola Jesús trata de que el discipulado entienda la profundidad que tiene el ir configurándose en medio del camino con el «Siervo de Yavhé» que entrega la vida por amor. En la mente humana aparecen otra serie de aspiraciones que son contrarias al seguimiento, así, lo muestran los discípulos: «Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9,35); «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,37). Y, la respuesta de Jesús, es la de la humildad y el servicio.
Ante la dureza del trasfondo de la parábola: «¿tenéis que estar agradecidos por que ha hecho lo que tenía que hacer?», se nos muestra que se trata de normalizar el papel que tiene aquella persona que quiere vivir una vida de relación interpersonal con Dios. Seguimos a un Dios que ha tomado la decisión de subir a Jerusalén, por tanto, entregar la vida. Para que otros adquieran la Vida. El puesto que corresponde en el seguimiento es «donación», gratuidad, humanización de la vida de los demás, entendido desde la clave que tú quieras vivir como llamado a implantar el Reino de Dios aquí en esta realidad concreta.
Aparece así la conciencia de ser «siervo inútil» no como un desprecio sino como posicionarse ante la vida en clave de servicio. Hacer lo que tenía que hacer sin más. Si Jesús, que es mi Maestro, ha entregado la vida, yo quiero seguir el ejemplo a pesar de mi limitación humana. Cada vez que me mueve el amor a entregarme, a donarme, a dejar la piel en lo que hago desde la clave de configurarme con Cristo, me humanizo y humanizo la vida de los demás. Por tanto, no se entendería en clave negativa la vida del discipulado: «siervo» sino en una clave que lleva consigo todo un proceso de discernimiento y maduración en la fe, me hago amigo, alguien que se ha configurado con Cristo. Una exigencia de vida que opta por el amor en cada momento. Un centrarme en lo que es realmente importante: «nadie tiene amor más grande que el que da la vida». El seguimiento adquiere la profundidad de aquel que libremente te llama a seguirlo, y en ese servicio, aunque aparentemente, no se reciba la recompensa esperada, se realiza por el amor libre que se tributa a Dios y es lo que te mueve a entregar tu vida libremente en aras del Reino de Dios.
San Josafat

Nacido en Lituania en el siglo XV, perteneciente a la Iglesia greco-católica bielorrusa, ingresó como monje en el Monasterio de la Trinidad, iniciando una reforma que llevó al nacimiento de la Orden Basiliana de San Josafat. Fue nombrado obispo de Polatsk, asesinado por un grupo de cismáticos focianos
En Polonia se había conseguido aceptar el Concilio de Trento en 1564, que había terminado el 4 de diciembre de 1563, lo que sirvió de base para la restauración católica del país, que luego fue consolidándose a lo largo de los veinte años siguientes. Cuando en 1580 nacía en Vladimir (Polonia) Juan Kuncewicz, de padres fielmente ortodoxos, se fundaban en Polonia varios seminarios para las formación del clero, por iniciativa del primado Estanislao Karnkowski, que murió en 1603. Esta obra de renovación católica se completaba, gracias al rey Segismundo III (1587-1632), al que ayudaron en la tarea varios prelados y, sobre todo, los jesuitas, los dominicos y los basilianos reformados, con la unión de los orientales a la Iglesia de Roma en el sínodo de Brest en 1596, aprobados por el papa Clemente VIII. Los mtenos uniatas conservaron, después de la unión, su liturgia propia, su clero casado y sus costumbres orientales.
Poco después, Juan Kuncewicz se convirtió a la fe católica, adhiriéndose a la Iglesia rutena unida, después de abandonar el comercio en Vilna (Lituania), centro intelectual y religioso de los rutenos, que habían sido evangelizados por los griegos, los cuales, tras el cisma de Focio (siglo X), y Miguel Cerulario (1054), se habían separado de Roma para unirse a Bizancio.
Comprendió Juan que sólo los monjes, como ascetas y cultivadores de la liturgia, podían convertir a los hermanos rutenos, por lo que Juan ingresó en 1604 en el monasterio de la Santísima Trinidad que la Orden de San Basilio tenía en Vilna, tomando el nombre de Josafat. Ordenado sacerdote, con su amigo Rutski (metropolitano más tarde), emprendió la reforma de los basilianos. Además se dedicó a la predicación para convertir a los hermanos separados y publicó un libro apologético que recogía sólo textos eslavos en defensa de la unidad de la Iglesia (1617).
Fue ordenado obispo coadjutor del arzobispo de Pólotsk, a quien sucedió en dicha sede en 1617. En un país muy cercano a Moscovia, donde había muchos cismáticos, Josafat sintió que su vocación era la de difundir la fe católica entre los rutenos, por lo que trabajó infatigablemente por la unidad de la Iglesia. Buscó toda clase de argumentos que pudieran contribuir y confirmar esta unidad, sobre todo, estudiando atentamente los libros litúrgicos que usaban los mismos orientales separados. Celebró sínodos, en los que defendió con gran celo la ortodoxia católica y los derechos de los rutenos, unidos a Roma. Formó al clero, generalmente ignorante y sancionaba a los clérigos que se casaban en segundas y terceras nupcias. Restauró monasterios, y multiplicó sus catequesis al pueblo, para el que escribió un Catecismo elemental. Tenía tal capacidad de convicción y arrastre que llegaron a llamarle «raptor de almas» por las conversiones que conseguía con su palabra y con su vida. Él estaba convencido de que la fuerza de la unión estaba en los dones comunes de los cristianos como el bautismo, la Sagrada Escritura, la vida de la gracia, la fe y la caridad y una tierna devoción a la Virgen María. Sin embargo, todo ello le llevó a suscitar violentas reacciones en la nobleza mena, a la que privó de los beneficios eclesiásticos; en la burguesía, apegada al rito nacional, que temía la introducción de ritos latinos y también en el pueblo, indiferente a las cuestiones de jurisdicción teórica, pero refractario a la modificación litúrgica romana, considerada corno una traición.
Estas resistencias partían del patriarca bizantino de Jerusalén, Teófanes III, que estaba de viaje hacia Ucrania en 1621, quien había hecho consagrar a un metropolitano y a algunos obispos cismáticos para todas las diócesis menas. Teófanes encontró en el gran canciller de Lituania, León Sapieha, un aliado contra Josafat, acusado de comprometer la paz social en un momento en que también Polonia, amenazada por los turcos y por Suecia, necesitaba la ayuda de sus grandes vecinos ortodoxos. Sin embargo, Josafat nunca quiso latinizar a los uniatas, pues él mismo no sabía latín ni quiso jamás renunciar a las costumbres eslavo-bizantinas ni a la religiosidad oriental. Él tenía muy claro que católico y latino no se identifican, aunque sus enemigos prefirieron no entenderle.
Josafat trató de disipar dicha acusación, defendiendo a los uniatas, pero perseguido a muerte por sus enemigos, los cismáticos fanáticos, que se habían impuesto en Vitebsk mediante una revuelta, fue bárbaramente asesinado en dicha ciudad por un grupo de sicarios, instigados por nobles y por disidentes griegos, cuando, después de celebrar los maitines en la catedral, volvió a su casa. En ella, defendió a sus familiares amenazados por los verdugos, y antes de morir les dijo: «Vosotros me odiáis a muerte, y yo os llevo en mi corazón y me alegraría mucho morir por vosotros». Era el 12 de noviembre de 1623, Su cuerpo fue arrojado al río Dvina, con un saco de piedras atado al cuello. Así rubricaba Josafat una de las páginas más dramáticas del ecumenismo. Ahora su cuerpo se puede venerar en la basílica vaticana bajo el altar dedicado a San Basilio, pero antes, rescatado del río, había sido sepultado en la catedral de Pólotsk; más tarde, en 1764 fueron inhumados en la iglesia local de los basilianos. Durante la Primera Guerra Mundial fueron trasladados a la iglesia greco-ortodoxa de Santa Bárbara en Viena y, finalmente, en 1949 fueron llevados al Vaticano.
Rafael Del Olmo Veros, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.