Hermanos:
Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable.
Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R/.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Parece que San Pablo está en medio de la lucha entre circuncisión o no circuncisión, y nos deja bastante claro que lo importante no es una señal en la carne, de la que él se siente orgulloso, sino el seguimiento de Cristo.
La fe en el Señor, el hacer de Cristo, el arranque, el movimiento y la meta de nuestras vidas es realmente lo importante. Poco importa ser circuncisos o no, lo importante es el seguimiento del Señor.
Pablo nos señala su vida dentro del judaísmo más ortodoxo como una pérdida comparada con la excelencia que supone el seguimiento de Cristo.
¿Cómo es para nosotros el seguimiento de Cristo? ¿Lo consideramos una ganancia frente a todo lo que nos rodea? Creo que debemos pensar por dónde vamos en nuestra vida cristiana, y seguir a Cristo, cueste lo que cueste.
Es posiblemente este un fragmento de San Lucas donde podemos encontrar los signos más evidentes de la misericordia divina.
Ante la maledicencia de los “perfectos”, Jesús nos da una verdadera lección de misericordia, de caridad fraterna, de amor al prójimo. Y puede que nosotros no estemos tan lejos de aquellos fariseos tan puros, tan religiosos, tan cumplidores de la ley. ¿Cuántas veces hemos predicado que una manzana podrida puede estropear todo el cesto y conviene apartarla?
Esto, que yo confieso haber practicado en mi vida de catequista, pesa como una losa sobre mi conciencia. ¿Qué derecho tenía yo para juzgar a aquel muchacho revoltoso, desesperante, y apartarlo sin más del grupo? ¿Se parece algo mi acción a la que lleva a cabo el dueño de las ovejas? Es evidente que no y solo espero que aquella acción equivocada, realizada porque así me habían enseñado que había que hacer, no haya producido un daño irreparable a alguna oveja del rebaño del Señor.
No veamos en la actitud de los fariseos una acción malvada. Termina siendo mala, pero la intención es preservar la pureza de la Ley. Una Ley de la que está ausente la misericordia. Jesús es para ellos el enemigo de la Ley y por eso lo acusan. Jesús quiere dar una lección de la verdad de Dios. Un Dios que se entrega a la búsqueda de la oveja descarriada o de la moneda perdida, celebrando cuando las encuentra. Si seguimos leyendo este capítulo de San Lucas, nos vamos a encontrar con la parábola, que mal llamamos, “del Hijo Pródigo” cuando su nombre real debería ser la parábola “del Padre misericordioso”.
Saquemos conclusiones y llegaremos fácilmente a descubrir que Dios está siempre buscándonos, porque somos con frecuencia las ovejas que se descarrían, los hijos que se alejan del hogar, y siempre estamos necesitados de la misericordia y el abrazo del Padre. Pero, ¿estamos nosotros listos para recibir el regalo del amor que se nos ofrece gratuitamente?
Todos los Santos de la Orden de Predicadores

En esta festividad se recuerda con amor “a los miembros de la Familia Dominicana que nos han precedido, dándonos ejemplo con su vida, compañía con su amistad y ayuda con su intercesión” para que “nos sintamos animados a imitarlos y se afirme el espíritu de nuestra vocación
En la fiesta de hoy, instituida por el papa Clemente X en 1647, recordamos con amor “a los miembros de la Familia Dominicana que nos han precedido, dándonos ejemplo con su vida, compañía con su amistad y ayuda con su intercesión” para que “nos sintamos animados a imitarlos y se afirme el espíritu de nuestra vocación (LCO 16; 67; LCM 16; 92).
Os ofrecemos una de las lecturas del Oficio de la Orden de Predicadores:
(Roma, 10 de marzo de 1304: BOP 11, Romae 1730, pp. 93.94)
Los sarmientos de Cristo iluminan a todos con los testimonios evangélicos
La inefable providencia del Creador para exaltar la gloria de su nombre y procurar la salvación de los fieles en los últimos tiempos hizo brotar en el jardín delicioso de la Iglesia entre sus hermosas y fecundas plantas la preclara Orden de los Predicadores como árbol de vida que, regado con la bendición de la lluvia celestial, desde sus primeros momentos ha crecido maravillosamente. Por obra de la gracia divina este árbol se ha elevado hacia lo alto y se ha extendido a lo largo y ancho de tal modo que con su altura llegó hasta los cielos y con sus ramas llegó hasta los confines del orbe terrestre.
Como excelentes sarmientos unidos a la vid que es Cristo, son aquellos frailes de la Orden de santo Domingo, que libres de las superfluidades terrenas y prendidos del peso de las riquezas, se negaron saludablemente a sí mismos y abrazados a la pobreza y profesando la vida regular, llevaron hermosas flores de honor y vida santa y frutos copiosos al banquete del Rey celestial.
Estos son de modo tan excelente ministros elegidos de Cristo, resplandecientes por su ejemplar vida religiosa y esclarecidos por su santidad de vida, que se debe reconocer fueron puestos por la sabiduría divina como luz de las naciones y como astros en el firmamento de la Iglesia, o como lámparas encendidas en la casa de Dios, que iluminan a todos con las enseñanzas evangélicas e indican con sus rayos a los hombres el camino de la vida.
Estos son insignes guerreros que luchando con el escudo de la fe, con la espada del espíritu y con las armas de la justicia, (Ef 6, 17) se han esforzado en conseguir que se acrecienten las virtudes en todos los católicos, se manifieste el camino de la salvación a los pecadores y sea destruida la locura de la deformidad herética.
Considerad por tanto, carísimos, y recapacitad atentamente sobre estos solidísimos fundamentos de nuestra Orden, en estos guías insignes, valerosos soldados e infatigables luchadores, de modo especial en muchos de ellos que están en la patria celestial y que han sido ya incluidos solemnemente en el número de los santos y son ya comensales de la mesa celeste y ciudadanos seguros de la patria eterna. Por ello, como hijos suyos auténticos, debéis ser sus fieles imitadores y caminar tras las seguras huellas que os han dejado tan ilustres y tan firmes ejemplos de una vida ordenada y religiosa. Debéis también conservar inmaculada esta Orden, que tiene en si misma el ornato de una perfecta belleza, pues por la generosidad de Dios y de la Sede Apostólica ha sido enriquecida de tantas gracias, ensalzada con tantos dones y reafirmada con tantos privilegios.
Pero dado que las tendencias del hombre son propensas al mal, procurad con todo empeño fomentar en vosotros el fervor de la religión, el celo por la justicia y la rectitud del juicio para que se mantenga vigorosa la disciplina de la corrección que desarraigue los vicios.
Procurad que en vuestras costumbres resplandezca la humildad hermosa, aumente la devoción piadosa, agrade la obediencia santa y persevere paciencia verdadera. Sed unánimes en el obrar concordes en la caridad, tranquilos en la paz, y haced con gran orden todo lo que exige la vida regular, estando en orden con Dios y con los hombres, de modo que estéis a salvo de todo mal espiritual y defendidos del astuto enemigo que ataca especialmente en la inactividad del ocio. Estad dedicados siempre al estudio de la sagrada doctrina, por la que conseguís tan gran mérito y honor; atended a la predicación frecuente y a oír confesiones y ya que habéis sido destinados especialmente a esa misión, dedicaos a ella con diligencia y gran solicitud. Así pues, ocupad vuestra vida en todo lo dicho y en otras cosas honestas o lícitas para que lo ilícito no pueda tener lugar en vosotros; vivid anclados totalmente en el autor de vuestra salvación, (Hb 2, 10) de vuestra esperanza y de vuestro consuelo. En fin, mostrad a los prelados de vuestras iglesias tan grande reverencia y honor que podáis obtener con razón su favor y benevolencia.
De esta forma podréis ser de provecho para vosotros mismos mediante los méritos de vuestra vida y para los demás mediante el ejemplo. Así, esparciendo con trabajo vuestra semilla, llevaréis con alegría densas gavillas a la era celestial; de este modo conseguiréis para vosotros y para los demás el premio debido a la santidad, la gloria de la claridad eterna.
Liturgia de la Horas. Propio O.P., Roma 1988, pp. 1133-1135.