Hermanos:
Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.
Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».
Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.
Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.
Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.
En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo:
«¿A qué compararé el reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
En la carta a los Efesios Pablo nos exhorta a vivir en clave del amor que Cristo nos dio al entregar si vida en la cruz. En el desarrollo de la carta el apóstol nos ayudará a hacer vida ese amor en nuestras relaciones: en el ámbito personal, doméstico y social. El pasaje que comenzamos a leer hoy nos hace poner nuestra atención en el ámbito doméstico poniendo nuestra mirada en amor de pareja. En el Antiguo Testamento el amor esponsal era la imagen privilegiada para expresar de forma plástica cómo es el amor de Dios. Se habla de Alianza (berit, en hebreo) que corresponde a la idea de pacto de Dios con su pueblo. Esa imagen servirá para expresar la relación de Dios con su pueblo. Pablo da un paso mas y nos habla de ese amor referido a la relación de Cristo con la Iglesia. Nuestra tarea es amar como Cristo nos amó, entregando la vida. El Padre Mamerto Menapace, monje benedictino, decía: «Cuando tenemos claro el para que, o el para quien, son posibles los comos.»
Jesús nunca define el Reino de Dios, pero nos brinda a través de las parábolas una serie de imágenes que nos ayudan a profundizar en el dinamismo que este actuar divino impregna en la realidad. Las imágenes, que se utilizan en el pasaje al que hacemos referencia hoy, nos remiten a como el Reino tiene la capacidad de crecer en extensión, como el grano de mostaza, y en intensidad, como la levadura. La semilla y la levadura permiten, por la acción del Espíritu, que la realidad se transforme. En la pequeñes de lo cotidiano Dios actúa. Cuantas cosas en nuestra vida son posible gracias a lo pequeño que nos impulsa a obrar; En cada gesto, palabra, opciones y acciones se va generando la utopía del Reino. Esta potencialidad la expresaba poéticamente don Alfredo Zitarrosa, canta autor uruguayo: «Crecen los mejores amores. Crecen desde el pie. Para sus colores, las flores. Crecen desde el pie.»
Nuestra vida cristiana está llamada a ser fermento en la masa. Por eso transformar toda la masa, convirtiéndola en un espacio propicio para que todos los seres humanos tengan una vida digna, siempre es nuestro compromiso.
San Joaquín Royo

Fraile dominico que se embarcó a Filipinas como misionero y después fue enviado a China donde permaneción durante treinta años, con una vida errante y clandestina, acompañando a los cristianos chinos hasta que fue descubierto por las autoridades y martirizado
El día 3 de octubre de 1691, los esposos Joaquín Royo y Mariana Pérez llevaban a bautizar a su hijo recién nacido, al que le impusieron el nombre del padre. La iglesia parroquial de Hinojosa de Jarque (Teruel) fue escenario de la entrada de Joaquín Royo Pérez en la Iglesia de Jesucristo, a quien dedicó toda su vida y por quien daría hasta su última gota de sangre.
A los dieciocho años dio una respuesta clara a lo que desde niño sentía como una llamada de Dios: ser religioso, sacerdote, misionero. En 1709 se dirigió al convento de los dominicos de Nuestra Señora del Pilar en Valencia, en el que pocos meses después tomaría el hábito de la Orden de Predicadores. En el corto tiempo que estuvo en su convento, noviciado y primeros estudios eclesiásticos, dio muestras de una vida llena de Dios, que se manifestaba en la oración, en la vida común y en sus crecientes deseos de ser enviado a tierras de misión en el Extremo Oriente.
El día 17 de septiembre de 1712 zarpaba rumbo a Filipinas, en compañía de San Pedro Mártir Sans, que sería obispo y compartiría la palma del martirio, y otros profesos dominicos que continuaron su formación eclesiástica durante la larga travesía marítima y la terminaron en Manila.
Después de su ordenación sacerdotal, fray Joaquín Royo fue destinado a las misiones de China, hacia donde partió en junio de 1715. Tras una breve estancia en Macao, llegaba a su misión: Fogan. No lejos de Amoi, la populosa ciudad de Chuen-Cheu, fue el primer destino del joven misionero. Allí pudo comprobar lo abundante que era la mies, y lo escaso de sus fuerzas. Y buscó en la oración la fuerza sobrenatural sin la cual nada podía. El ejemplo de su virtud, la entrega incondicional a hacer el bien a todos y su celo apostólico hicieron lo demás: conversiones de miles de paganos que daban la espalda a los ídolos y comenzaban una nueva vida de cara al único Dios y a su enviado, Jesucristo.
Las provincias de Kiang-Si y Che-Kiang estaban desatendidas desde la expulsión de los misioneros. Y allí fue enviado fray Joaquín Royo en 1717. Los viejos cristianos, que tanto deseaban la asistencia espiritual del misionero, celebraron con entusiasmo la llegada del padre Royo, y le animaron a conquistar para Cristo a muchos de sus paisanos. Allí permaneció hasta 1722, año en que fue nombrado vicario provincial de Fukien, cuando la persecución de todo lo que llevara el nombre de cristiano estaba llegando a entremos preocupantes.
Desde su llegada a la misión de Ki-Tung, fray Joaquín Royo tuvo que llevar una vida errante, en continuo peligro, escondiéndose como un malhechor. Siguiendo el consejo de los cristianos de Ki-Tung, el vicario provincial se escondía en desvanes, en alacenas, incluso en sepulcros vacíos del cementerio, de donde salía por la noche para ejercer el ministerio clandestinamente. Para las fiestas de Navidad de 1745, disfrazado de campesino chino, volvió a la misión y se alojó en casa de dos terciarias dominicas, Rosa y Juliana. Desde allí, con toda precaución, podía administrar lo sacramentos, catequizar, animar a los cristianos abatidos, informarse del estado de los misioneros, de los que era responsable, como vicario provincial. En una pesquisa que los soldados llevaron a cabo en la casa de Rosa y Juliana estuvo a punto de ser descubierto, pero logró escapar y esconderse entre dos tabiques. Allí fue descubierto por los soldados que derribaron toda la casa.
Atado con una soga al cuello, lo condujeron al capitán, a quien, respondiendo a sus preguntas, le dijo con toda serenidad que tenía cincuenta y cuatro años, de los que treinta y uno había estado en China, a donde había ido a predicar la ley de Dios.
Fue llevado a la cárcel. La oración, que había sido durante toda su vida la fuerza de su existencia, lo fue con mayor razón en la dura prisión, en la que sufrió en propia carne los famosos martirios chinos, hasta su muerte.
El día 28 de octubre de 1748, terminó su peregrinación por este mundo de la manera más cruel. Estando echado en el suelo, le taparon la cara con una pasta compuesta de papel, huevos y aguardiente, que le taponaba completamente la boca y la nariz. Un testigo relata el final: “Tiramos sobre su cara un saco de cal, nos pusimos de pie sobre su cuerpo, y sólo pudo dar seis palpitaciones. Así expiró”. Su cuerpo fue quemado el día 29 de octubre, y los restos, arrojados al osario de los malhechores. Cuando fue posible, cristianos valerosos se hicieron con las venerables reliquias del mártir aragonés.
La beatificación solemne de Joaquín Royo y otros mártires dominicos la presidió León XIII el 14 de mayo de 1893. Y Juan Pablo II, en una de las más emotivas celebraciones -no exenta de polémica- del Jubileo del Año 2000, el 1 de octubre canonizaba a ciento veinte mártires de China, entre quienes estaba San Joaquín Royo, el protomártir de China, San Francisco Fernández de Capillas y otros misioneros y cristianos chinos.
Fr. José A. Mártinez Puche O.P.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.