Querido hermano:
Dimas me ha abandonado, enamorado de este mundo presente, y se marchó a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia; Lucas es el único que está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio. A Tíquico lo envié a Efeso.
El manto que dejé en Tróade, en casa de Carpo, tráelo cuando vengas, y también los libros, sobre todo los pergaminos.
Alejandro, el herrero, se ha portado muy mal conmigo; el Señor le dará el pago conforme a sus obras. Guárdate de él también tú, porque se opuso vehementemente a nuestras palabras.
En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. ¡No les sea tenido en cuenta!
Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.
Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”».
Es entrañable y duro el testimonio personal en los años finales de la vida de san Pablo. Las cartas a Timoteo y la carta a Tito son las denominadas cartas pastorales. Están dirigidas a personas concretas, en un tono cercano y afectuoso, pero son cartas destinadas a los responsables de las distintas comunidades de cristianos que se habían ido conformando, escritas probablemente a finales del siglo I e inicios del II.
El texto que recoge la liturgia de este martes expresa, de una forma tremendamente humana y entrañable, peticiones y recomendaciones muy personales de Pablo a Timoteo, y la situación que está viviendo. Hoy es la fiesta de san Lucas, y Pablo lo nombra expresamente: “Lucas es el único que está conmigo”. El apogeo de los viajes misioneros se ve ahora apagado por la marcha de unos, el envío de otros a diferentes lugares, y el abandono de Pablo a su suerte en el inicio del largo proceso penal que le llevaría a Roma y a la muerte.
Hay una frase que antecede y precede al texto de hoy: “Procura venir enseguida a mi lado”. Pienso que es importante tenerlo en cuenta para leer “entre líneas” esa súplica entre callada y doliente de Pablo como música de fondo de todo lo que expresa. Se siente abandonado y muy solo. Las personas nombradas dan realismo a ese sentimiento, las cosas que echa en falta, pero no le lleva a la amargura ni al desánimo. Expresa un sano realismo que se desprende de conocer a fondo la condición humana, de vivir el perdón y la confianza absoluta en el Señor, en el que siempre está ahí y es el centro y pilar de nuestra fe y entrega. Pablo sabe que no está solo, a pesar de todo, que el sostén que le da fuerza es el Señor, y valora y pide ayuda a aquellos en quienes confía y ama como hermanos. Pablo es testimonio vivo de que la promesa de Jesús se cumple:” siempre estaré con vosotros”.
El mismo Lucas que acompañaba a Pablo, según la epístola a Timoteo, en esa etapa final de su apostolado, es el que ahora nos centra en el Evangelio en el envío que Jesús hace a los discípulos. Si la carta de Pablo se considera pastoral, este texto es una declaración explícita de cómo ha de ser esa misión evangelizadora. El evangelio de Lucas es el Evangelio del camino, y este es el mandato de Jesús: “Poneos en camino”. Son varios los aspectos que van definiendo cómo debe ser la misión: en comunidad (de dos en dos), preparando el encuentro con Jesús (a los lugares donde pensaba ir él), como servidores humildes (como corderos en medio de lobos), sin posesiones ni poder (no llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias), propiciando el encuentro y la fraternidad (decid primero: “Paz a esta casa”), sin privilegios (comiendo y bebiendo de lo que tengan), haciendo el bien (curad a los enfermos) y anunciando la buena noticia del reino de Dios.
No sabemos bien cómo muchos de estos aspectos se han ido tergiversando, quizás motivados por criterios de poder, éxito o eficacia. Y la pureza de ese primer envío se ha ido tiñendo con las propias flaquezas y pecados de los enviados. Lo que sí sabemos es que siempre somos enviados nuevamente, y podemos volver a vivirlo con una pureza purificada, renovada en la confianza de que el Señor sigue diciéndonos: “¡poneos en camino!”.
Estamos todos llamados a dar testimonio de Aquel en quien creemos. Cuando nos entregamos y damos aquello que somos, por sencillo o pequeño que sea, un gesto de amor, una palabra de perdón, un servicio en la iglesia, en la comunidad, en la familia, una oportunidad de acogida, de diálogo y encuentro, una muestra de paz, un ministerio vivido con humildad…, estemos seguros que se multiplicarán como las semillas plantadas en suelo fértil, simplemente porque es don y todo don es bendecido por Dios.
San Lucas Evangelista

Discípulo de San Pablo, considerado tradicionalmente como autor del Evangelio según San Lucas y de los Hechos de los Apóstoles. Desde antiguo tuvo fama de artista y se le atribuyeron las primeras representaciones pictóricas de la Virgen María
San Lucas nació en Antioquía de Siria en el seno de una familia pagana a comienzos del siglo primero de nuestra era. En su juventud recibió una esmerada educación y más tarde se dedicó al ejercicio de la medicina. Después de su conversión al cristianismo, acompañó a San Pablo en sus dos últimos viajes, y le asistió durante su cautividad en Roma. Fue en esta época de su vida cuando conoció a otros apóstoles y discípulos que le hablaron de Jesús y de la extensión del cristianismo por Judea y Samaria. Gracias a esta información pudo componer una extensa obra en dos volúmenes, que conocemos actualmente como el Evangelio según San Lucas y el libro de los Hechos de los Apóstoles. A la muerte de San Pablo, San Lucas continuó su labor evangelizadora en Dalmacia, tierras yugoslavas, Galia, Italia y Macedonia. Después de llevar una vida célibe, murió, siendo ya anciano, en Beoda. Más tarde su cuerpo fue enterrado en Constantinopla, y posteriormente fue trasladado a Padua. Desde antiguo tuvo fama de artista y se le atribuyeron las primeras representaciones pictóricas de la Virgen María.
El dato más fiable de todos los que tenemos sobre San Lucas es que fue colaborador de San Pablo, pues en los saludos finales de la Carta a Filemón, escrita personalmente por el apóstol, se le menciona junto con Epafras, Marcos, Aristarco y Demás, que también fueron colaboradores suyos en la tarea del evangelio (Flm 23).
[Unos pasajes de los Hechos de los Apóstoles tienen un estilo literario del que se pueden extraer algunas conclusiones acerca de la relación entre Lucas y Pablo]. Estos pasajes, que se encuentran en Hch 16-28 (Hch 16, 10-17; 20, 5-15; 21, 1-8; 27, 1-28,16), se conocen con el nombre de «pasajes nosotros», y se caracterizan porque en ellos se pasa de forma inesperada de la tercera persona del singular (habla el narrador) a la primera persona del plural (habla un grupo que parece haber sido testigo ocular de lo que se narra). Con frecuencia se afirma que estos pasajes están escritos en primera persona porque reflejan la experiencia de San Lucas como compañero de San Pablo. Si Lucas, el colaborador de Pablo y el autor de estas secciones del libro de los Hechos son la misma persona, la relación entre ellos podría reconstruirse con bastante detalle. San Lucas se unió a San Pablo en Filipos, al comienzo de su misión en Grecia (Hch 16, 10-17), y le acompañó hasta su viaje a Jerusalén (Hch 20, 5-15; 21, 1-8). Estos viajes cubren un período de tiempo que va desde el año 51 hasta el 58. Durante el tiempo que duró el arresto de Pablo en Jerusalén primero, y en Cesarea después, San Lucas habría permanecido cerca de él, y habría tenido ocasión de conocer a las comunidades de Judea y Samaria, en las que pudo recabar información para la posterior composición de su obra en dos volúmenes. Dos años después de su llegada a .Jerusalén, San Lucas emprendió junto a San Pablo un accidentado viaje que le llevó a Roma (Hch 27, 1-28, 16). Allí permaneció acompañándole en su cautiverio hasta el año 66 (2Tm 4, 11).
Según esta reconstrucción de los hechos, San Lucas habría pasado junto a San Pablo los quince años más importantes de la vida de éste, aquellos en los que anunció el Evangelio en las comunidades de Grecia, y en los que escribió todas sus cartas. San Lucas pudo conocer no sólo los detalles de su personalidad y de su actividad como misionero, sino también su pensamiento.
Si San Lucas era originario de Antioquía, y además pasó dos años en las comunidades de Judea y Samaria durante el cautiverio de San Pablo en Jerusalén y en Cesarea, las afirmaciones sobre la composición del Evangelio según San Lucas y el Libro de los Hechos podrían tener un serio fundamento histórico. San Lucas habría tenido ocasión de informarse acerca de los hechos que no había presenciado personalmente, primero en Antioquía y luego durante su estancia en Judea y Samaria. Estas informaciones estarían recogidas en el Evangelio que lleva su nombre y en los quince primeros capítulos del libro de los Hechos. Sin embargo, desde el capítulo dieciséis hasta el final de Hechos habría recogido su propio testimonio y el de otros compañeros cíe San Pablo. Estos datos concuerdan con lo que el mismo autor del Evangelio, que lo es también de los Hechos (1, 1), nos dice en el prólogo de su primer libro acerca de las fuentes utilizadas en la composición de toda la obra (Lc 1, 1-4):
»Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la Palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada, ilustre Teófilo, para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido.»
La tradición cristiana es unánime en atribuir estos libros a Lucas, el compañero de Pablo. Se trata de una tradición antiquísima, que se encuentra ya en Ireneo, cincuenta o sesenta años después de la composición de la obra lucana. Y es además una tradición fiable, en el sentido de que no se atribuyeron estos escritos a un apóstol del Señor (como ocurrió con otros Evangelios), o a un personaje importante (como ocurrió con algunas de las cartas), sino a un personaje secundario y en cierto modo oscuro, cuyo único título consistía en haber sido compañero de San Pablo, un privilegio que, por lo demás, muchos otros podían aducir.
Las noticias que tenemos sobre los últimos años de la vida de San Lucas tienen un fundamento histórico menos sólido. La noticia tardía de Epifanio, según la cual San Lucas evangelizó Dalmacia, Galia, Italia y Macedonia, es legendaria. Legendaria es también la tradición de que, en los últimos años de su vida, pintó algunos retratos e iconos de la Virgen. Esta tradición podría tener su origen en una noticia transmitida tardíamente por Teodoro Lector (siglo VI d.C.), según la cual. la emperatriz Eudocia encontró en Jerusalén una pintura de la Madre de Dios y la envió a Constantinopla.
Es posible que las noticias sobre su muerte en Beocia y sobre su entierro en Constantinopla sean más fiables.
Santiago Guijarro Oporto, O.D.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.