Hermanos:
Está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; pero el hijo de la esclava nació según la carne y el de la libre en virtud de una promesa.
Estas cosas son una alegoría: aquellas representan dos alianzas.
Una, la del monte Sinaí, engendra para la esclavitud, y es Agar.
En cambio, la Jerusalén de arriba es libre; y esa es nuestra madre.
Pues está escrito:
«Alégrate, estéril, la que no dabas a luz, rompe a gritar de júbilo, la que no tenías dolores de parto, porque serán muchos los hijos de la abandonada; más que los de la que tiene marido».
Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud.
Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R/.
De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. R/.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre. R/.
En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».
Acabo de leer un breve ensayo del moralista del siglo XIX John Stuart Mill titulado “Sobre la utilidad de la religión”. En su desarrollo, mantiene Mill la tesis de dos cristianismos, a saber, el de los evangelios y el que él llama “paulinismo” (esto es, el de las epístolas paulinas que componen la mitad del Nuevo Testamento). En su ideario, el primero (a sus ojos el verdaderamente valioso desde el punto de vista de la moral que propone) habría quedado postergado por el “paulinismo” que habría preponderado en los estadios de formación de la Iglesia y que sería de una calidad moral inferior.
En un punto efectivamente acierta Mill, el que el influjo de Pablo fue decisivo en la conformación de la teología eclesiástica hasta el punto de que puede afirmarse confiadamente que el paulismo es la teología que dio forma al cristianismo que habría de perdurar hasta hoy. No obstante, Mill se equivocaría parcialmente al distanciar demasiado la teología (y la consiguiente propuesta moral) de los evangelios de la visión paulina; ciertamente esto no se da en absoluto en el evangelio de Juan, que, siendo el más tardío, explicita un contenido teológico más desarrollado, teología que no es sino la paulina. ¿Cuál seria, frente a esta teología paulina, la alternativa a considerar? La previa a Pablo, esto es, la teología heredada del Antiguo Testamento, la cual ciertamente, se encuentra más presente en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, aunque entreverada dentro de una matriz teológica paulina.
Obviamente no vamos a entrar en este espacio a delimitar los caracteres de ambas teologías, pues no es mi pretensión, pero notemos que en la liturgia de hoy tenemos precisamente una representación de ambas teologías en las dos lecturas. En la primera, Gálatas, queda patente la clave del planteamiento teológico de Pablo: la libertad. La libertad, ¿con respecto a qué? Con respecto a la Ley antigua, la Ley del Antiguo Testamento, la cual determina una imagen de Dios, el Dios del Antiguo Testamento, frente al cual, el Jesucristo de Pablo define una imagen nueva de la divinidad y, lo que es más relevante para un moralista como Mill: define una actitud moral nueva marcada por esa libertad respecto a la Ley antigua (o lo que es lo mismo respecto a una idea veterotestamentaria de Dios)
Por su parte, el pasaje extraído hoy del evangelio de Lucas, expone rasgos de la teología heredada del Antiguo Testamento (la Ley y los Profetas), en la que se enraíza la tradición de la nueva religión.
Dicho lo cual, si hacemos la prueba de leer sin gran detenimiento ambas lecturas seguidamente y hacemos una encuesta a continuación pidiendo escoger de forma espontánea una de ellas, sería muy probable que la mayoría de los lectores escogieran sin mayor deliberación la carta paulina. No es necesario hacer muchas cábalas para explicar el porqué de esta estadística: simplemente nos suena mejor, nos resulta más grato. Se trata de la diferencia entre la positividad del lenguaje (y del contenido que este expresa) de la carta de Pablo (la mera idea de libertad, sin más explicación atrae nuestra simpatía) versus la negatividad contenida en el pasaje del evangelio, tanto en su tono, como en la materialidad del mensaje que manifiesta. Retomando la explicación anterior, es fácil advertir que ambos textos están poniendo delante de nosotros dos teologías, esto es, dos ideas de Dios que no se concilian fácilmente y entre las que nos sentimos impulsados a escoger.
Pablo hizo lo propio: escogió, y en su escoger, realizó una propuesta arriesgada; a su entender, el cristianismo naciente había de elegir entre mantener la idea de Dios heredada del Antiguo Testamento y contenida en la Ley (una imagen ambigua de misericordia-venganza) o separarse radicalmente de esta imagen y configurar desde Cristo una imagen rotundamente nueva, con un lenguaje nuevo, una compresión nueva y, especialmente, una vida nueva para el creyente en tal concepción de Dios, vida que Pablo caracteriza como la vida del hombre que se sabe poseedor de una conciencia libre y sin temor.
Podríamos ahora encararnos con Mill y preguntarle si sigue pensando que la propuesta moral paulina es en sí inferior a la de los evangelios. También podríamos preguntarle si entiende ahora por qué fue la teología paulina la que se impuso en la construcción de la Iglesia; para nosotros la respuesta es clara: porque supieron elegir.
Beata Marie Poussepin

Siendo laica dominica, funda la Congregación de las Hermanas de la Caridad, “Dominicas de la Presentación” para el anuncio de Jesucristo y el servicio de la caridad. Dedicó toda su vida a las obras de caridad, atendiendo a los más desfavorecidos, especialmente los niños y los enfermos
Nacida en una familia cristiana, dedicada a la confección artesanal de medias de seda es iniciada, desde muy niña, en la práctica de la caridad acompañando a su madre a visitar a los pobres enfermos. A la muerte de su padre, se responsabiliza de la empresa familiar, dando trabajo y sueldo a muchas personas. Más tarde cede los derechos de la empresa a su hermano y comienza una nueva etapa en su vida, centrada, por completo en sus obligaciones con la Cofradía de la Caridad, acogiendo en su casa a una mujer pobre y enferma, a la que sirve hasta que muere.
Hacia 1692, el P. Mespolié, dominico, visita Dourdan. Así conoce la orden dominicana y halla en ella una respuesta a sus deseos de una vida espiritual más intensa. Comprende que es el camino que Dios le señala y decide formar parte de la Tercera Orden de Santo Domingo. Este hecho marcará luego a la Congregación. En 1696 se instala en Sainville, un pueblecito muy pobre y necesitado. Desea dedicar toda su atención a los más desfavorecidos, especialmente los niños y los enfermos.
Funda la Congregación de las Hermanas de la Caridad, “Dominicas de la Presentación” para el anuncio de Jesucristo y el servicio de la caridad, siendo las hermanas profetas del Reino y testigos vivos del amor de Dios en las fronteras y campos de incultura, la pobreza y la marginación. En su último testamento, recomienda a las hermanas tener un vivo celo por la instrucción de la juventud, el cuidado de los pobres enfermos, el espíritu de pobreza y el amor al trabajo.