Hermanos:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que que los muertos no resucitan.
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R/.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. R/.
Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R/.
En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
El capítulo 15 de la primera carta a los Corintios lo dedica Pablo al tema de la Resurrección. La comunidad reunida en asamblea litúrgica era el lugar idóneo para hablar de la resurrección de Cristo y tratar de comprenderla. Aunque el camino para comprender esta realidad fue indudablemente largo para la primitiva comunidad cristiana, como nos lo dicen múltiples tradiciones, parece que en esta carta no plantea gran dificultad.
Lo que les resultaba difícil a los corintios era comprender la resurrección de los cristianos. Algunos debieron infravalorar el tema de la resurrección creyendo que se había realizado ya en esta vida, por el contrario, otros la negaban por completo, puesto que en la cultura helenista la resurrección de los cuerpos era impensable. Pablo reacciona enérgicamente y se remite al evangelio.
El evangelio anunciado por el apóstol y que los corintios han acogido tiene precisamente por objeto la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (cf l Cor 15,1-11). La resurrección de Cristo no se puede pensar de forma aislada. Si se niega la resurrección de los cristianos, se niega también la de Cristo, con todas las consecuencias que de ello se derivan (15,12-19).
Pablo va a mostrar el absurdo de tal posición en dos pasos sucesivos. En el primero se establece que, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado, y en el segundo se concluye que si Cristo no ha resucitado vana es la predicación y la fe. Pablo quiere mostrar la inconsecuencia que existe en admitir una y rechazar la otra. Porque además si Cristo no ha resucitado, esa misma experiencia de fe es vana, ilusoria, no tiene fundamento alguno.
Toda esperanza se proyecta siempre hacia un futuro, si en el futuro no se cumple, nuestra esperanza es falsa y nos convierte en los más desgraciados de todos los seres humanos. Pero la nueva humanidad ha comenzado en Cristo resucitado, Pablo nos lo recuerda para alentar la fe de los corintios y la nuestra.
La lectura del evangelio de hoy nos pone en sintonía con el grupo de discípulos de Jesús integrado por los Doce y por algunas mujeres que él había sanado. No es la primera vez que vemos a Jesús en compañía o en relación con las mujeres, algo que es su tiempo era impensable para cualquier varón judío. Las innumerables normas que marcaban las relaciones entre el hombre y la mujer relegaba a esta última al ámbito de lo privado, de la casa, la intimidad o los hijos.
Sin embargo, Jesús cambia la mentalidad de su época para abrirles a la nueva realidad del Reino que incluye a todo ser humano, sobre todo a los último, a los que no cuentan, a los excluidos. En el evangelio de Lucas las mujeres son protagonistas de los diferentes acontecimientos que Jesús realiza: son receptoras de la buena noticia del Reino, el Señor las cura, las sana, pone su condición como ejemplo del Reino y las llama a su seguimiento.
No deja de sorprendernos que al igual que el evangelista nos da el nombre de los Doce, aquí también llama a algunas de las seguidoras de Jesús por su nombre propio. María la Magdalena, discípula de Jesús y testigo de su muerte, sepultura y resurrección en los cuatro evangelios. Juana, mujer de un intendente de Herodes, bastante conocido y que acompaña a María Magdalena en los momentos más significativos de la vida de Jesús. Susana y otras mujeres que le ayudaban con sus bienes, que para Lucas tiene un significado más amplio: compartir los bienes trae consigo compartir la vida, la comunión, formar parte de esa comunidad del Reino en esta tierra.
Ser discípula, al igual que discípulo, es entrar en la dinámica de Jesús de Nazaret, adherirse a su persona, ser consecuente con su proyecto hasta la muerte. Ser predicadora de buenas noticias, de una palabra fecunda, que genera vida y vida nueva.
Que las mujeres fuesen discípulas de Jesús en un mundo y en un tiempo donde la mujer no tenía ningún valor, nos habla mucho de la transformación que puede sufrir nuestro mundo, nuestra historia, nuestra mentalidad si realmente nos abrimos a ese Reino de Dios que siempre gesta vida y vida en abundancia.
Así nos lo recuerdan también los mártires que celebramos hoy con la entrega de una vida totalmente resucitada.
Santos Andrés Kim, Pablo Chong y cc.mm.

Se celebran los 103 mártires que murieron en las persecuciones del siglo XIX. El cristianismo llegó y se expandió en Corea gracias a la labor de evangelizacion de laicos coreanos que se vio reforzada por el envío de sacerdotes misioneros que murieron también en la persecución
El primer contacto serio entre el catolicismo y un grupo de coreanos se dio en el último tercio del siglo XVIII, cuando unos diplomáticos coreanos conocieron en Pekín a los jesuitas. Éstos los recibieron amablemente en su casa, les enseñaron las iglesias que mantenían abiertas en la ciudad y les dejaron libros, entre ellos el catecismo. Vueltos a Corea, estos libros fueron leídos con interés por el grupo y por sus amigos, todos ellos personas de buena preparación cultural, y el interés se convirtió en algo práctico cuando decidieron enviar a Pekín a uno de ellos, Piek-i, a fin de que conociera el cristianismo con mayor profundidad. Pero Piek-i le pasó la tarea al joven Ri-Sheung-hu-i, el cual en 1783 fue a la capital china y aquí entró en contacto con el obispo monseñor Gouvea. Estos contactos dan pie a que el joven se instruya formalmente en orden al bautismo y efectivamente lo bautice el misionero francés Louis de Granmont, imponiéndole el nombre de Pedro. Vuelve a Corea cargado de libros y objetos religiosos y con el entusiasmo de un neófito se dedica a hacer propaganda del cristianismo entre sus amistades. Y sin pararse en barras, comienza a bautizar a sus amigos que se deciden por el cristianismo y forma una comunidad católica —la primera— de Corea. Comenzaron a tener reuniones los domingos en casa de Kim-bom-u, hasta que las autoridades civiles cayeron en la cuenta de la creación de este nuevo grupo religioso y decidieron prohibirlo en marzo de 1785, arrestando y torturando a Kim-bom-u, y enviándolo al destierro, donde al poco murió.
Pero en 1787, Ri-Seung-hu-i decidió reorganizar la comunidad y, creyendo que podía proceder por su cuenta, designó a cuatro de los cristianos como presbíteros y se permitieron decir misa sin haber precedido una regular ordenación y administrar los demás sacramentos. Además conservaron la costumbre de la veneración a los espíritus de los antepasados pero como no estaban del todo seguros de su proceder, enviaron a uno de ellos a consultar con monseñor Gouvea y a pedirle que les mandara sacerdotes. Monseñor Gouvea naturalmente se llenó de extrañeza de tal proceder y les envió a un sacerdote chino, pero éste tardó mucho en llegar a Corea.
Mientras tanto se produjo una formal persecución del cristianismo, toda vez que en 1791 los cristianos fueron denunciados al rey y algunos de ellos murieron a causa de su fe.
Se produjeron así los primeros martirios. Pero ello no fue todavía sino un comienzo de lo que vendría en 1801, cuando la reina regente Chong-su prohibió formalmente el cristianismo como algo ajeno a la tradición y al alma de Corea y mandó a la muerte a trescientos cristianos, entre ellos al sacerdote chino que estaba por fin en Corea desde 1794. En 1812 los cristianos se dirigieron al papa Pío VII pidiéndole misioneros y diciéndole que ellos eran diez mil, cifra que algunos quieren considerar como abultada adrede para conmover al papa. La misiva no dio resultado y fue repetida ante el papa León XII en 1827, y continuamente insistían ante el obispo de Pekín en su necesidad de sacerdotes. Por fin se nombró un vicario apostólico en 1831, pero éste murió sin haber llegado a su destino. Era monseñor Bartolomé Brugiére y pertenecía a la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, a la que la misión coreana se encomendaba. Murió en Mongolia en 1835.
Entonces la Santa Sede nombró a San Lorenzo Imbert, que con los presbíteros San Pedro F. Mauban y San Jaime H. Casta, serian los primeros misioneros occidentales en llegar a Corea.
Ellos encontraron una comunidad realmente existente, en donde la fe era viva y en donde el ejemplo dado por los mártires de los años anteriores era un estímulo de perseverancia en la fe. Los cristianos se sintieron muy alentados por las virtudes de los misioneros que por fin tenían entre ellos. Su ejemplo de pobreza, humildad, dedicación y entrega los animó muchísimo, y aceptaron de buena gana las nuevas estructuras que le dieron a la comunidad, una comunidad que hay que llamarla bien unida y compacta, y que dio numerosas pruebas de estrecha solidaridad mutua. Con clara conciencia de qué era lo principal, ya en 1837 enviaron a tres candidatos al sacerdocio a Macao para su formación, completamente seguros de que el futuro de la Iglesia coreana pasaba por la pronta formación de un clero nativo. Uno de estos tres jóvenes será San Andrés Kim, el que encabeza en la canonización la lista de los mártires.
Los cristianos de Corea pertenecían a todas las clases sociales, incluyendo las altas y las más bajas, personas de la ciudad y personas del campo. Ya había vírgenes consagradas, aunque naturalmente no había conventos, y había eficientes catequistas. Se ayudaban los cristianos entre sí y se protegieron mutuamente en la persecución. Acogían con amor a los misioneros y los llevaban de una casa a otra para protegerlos, y corrían con generosidad los riesgos que ello comportaba. La caridad con los cristianos necesitados recordaba la comunión de bienes de la Iglesia primitiva.
En esta comunidad comenzará a cebarse la nueva persecución que tuvo lugar en el corazón del siglo XIX y a la que pertenecen los santos que Juan Pablo II canonizó en Seúl el 6 de mayo de 1984, siendo el primero de ellos de 1838 y el último de 1867, treinta años de prueba que la comunidad católica soportó con entereza y con entrega plena a la voluntad de Dios. Bien ha merecido esta comunidad cristiana que la Santa Sede reconozca su epopeya martirial con la canonización simultánea de esos 103 mártires que habían sido beatificados en varias cerernonias sucesivas, no conjuntamente. Entre ellos, pues, no están los del siglo XVIII ni los de la persecución de 1801 y siguientes, cuyo estudio está pendiente todavía.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.