Hermanos:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.
Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.
En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
Las lecturas en el día de hoy tratan de que reflexionemos en la importancia que tiene el Espíritu Santo para nuestra vida como creyentes. La secuencia de Pentecostés puede ayudarnos a poner el marco de referencia para profundizar en la esencia que marcan los textos sobre la acción vivificante del Espíritu Santo: «Luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos».
San Pablo está inmerso en su tarea evangelizadora, tratando de mostrar las bases de la fe. Rápidamente hay respuesta en un pueblo que tiene sed de Dios. Si embargo, el apóstol se va a topar enseguida con la limitación humana y la fragilidad de la fe. No es tan sencilla la tarea evangelizadora, se necesita que arraigue en el corazón de quien recibe el anuncio si queremos obtener frutos. Algo así, como la imagen que Jesús trata de presentar en la parábola del sembrador: El sembrador es Dios, la semilla es la Palabra de Dios, y el terreno somos nosotros, si somos capaces de acoger. «Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó» (Mt 13,5-6). Sí acogemos la Palabra de Dios, pero nos topamos con la miseria humana, la poca profundidad de la fe que hace que el terreno no de el fruto del mandato nuevo, y, por tanto, la fe no sea recia.
San Pablo escribe a la comunidad de Éfeso, debido a que están apareciendo en medio de la comunidad, divisiones, las envidias que hacen que se recelen de los hermanos y aparezcan las rivalidades, problemas de incesto. Así como grandes interrogantes a cerca de la fe, como es la resurrección, por ello, lo que viene a centrar el mensaje de la carta es la presencia del Espíritu Santo, para que sea la luz vivificadora del Espíritu Santo, la que nos lleve a comprender y a vivir desde Cristo. Solo la gracia que viene de Dios puede tocar el corazón de piedra para que cambie al de carne.
El marco de referencia que aparece hoy en el evangelio de Lucas nos lleva a la sinagoga de Cafarnaúm. De este modo, se nos muestra, un lugar sagrado en el que está la presencia de Dios, e íntimamente unido a este contexto, aparece la misión del Hijo de Dios: la enseñanza. La predicación del Reino de Dios como liberación total de la persona humana.
Rápidamente entra en escena otro elemento que es imposible de separar de Dios, de Cristo: la vida misma del ser humano y la fragilidad de la fe. Y, en ella, las batallas campales que se dan internamente entre el bien y el mal. La figura de ese hombre poseído por el mal, nos lleva a caer en la cuenta de esa guerra que supone el mantenerse fiel, coherente, honesto, para atajar el mal de tu vida. Sabemos lo que es el bien y lo que es el mal, sin embargo, andamos en ese dilema que tenía san Pablo, cuando revisaba su vida a la luz de la Palabra de Dios: «Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rom 7,19-25). ¿Qué hay en el interior de nuestro corazón que nos paraliza para obrar el bien? ¿Qué es lo que frena internamente tu vida para que no sigas fielmente el camino del bien?
Parece como si plásticamente Lucas nos mostrase el misterio que conlleva el mal. Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la vida se plantea como un reto en el que se nos invita a nadar contracorriente en más de una ocasión. Pisar siempre el terreno del bien, no es nada fácil. Por ello, la pregunta del que está poseído: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? Nos lleva al interior de nuestro ser, para que en actitud contemplativa y a la luz del Espíritu Santo, seamos capaces de descubrir la pobreza de mi vida, las faltas de coherencia, las faltas de fidelidad, la falta de fe y de confianza en tantas ocasiones, la resistencia interna que pongo a mirar hacia lo divino y volar más alto de lo que la miseria humana me dicta. De este modo, podré ir venciendo ese mal que trata de sacarme del camino del bien, vencer las resistencias que hay en mí y dejar que sea el Espíritu Santo el que habite en mí, me de luz para reconocer a Cristo como el tesoro de mi vida.
San Gregorio Magno

Trabajó en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana. El canto eclesiástico se llama gregoriano por él.
La fecha de su nacimiento suele fijarse hacia el año 540. Sus padres Gordiano y Silvia, también fueron venerados como santos. Los dos pertenecían al patriciado romano y se distinguían por su amor al cristianismo y a la Sede Apostólica, a la que prestaron numerosos servicios. El lugar de la casa paterna se coloca en el llamado Clivus Scauri, donde San Gregorio pasó la adolescencia y la juventud, donde adquirió una óptima formación. Entró en la carrera de funcionario del gobierno bizantino de Roma, y alcanzó, en los años 572-573, la suprema magistratura civil, es decir, la prefectura de la ciudad. Todo esto hacía ver a no pocos el gran porvenir que se presentaba a San Gregorio en el mundo de la política y de la alta sociedad romana.
Pero esas prebendas no le dominaron el alma. Él mismo anotó más adelante que la vida mundana no le atraía. Su alma deseaba la soledad monástica. Posiblemente durante su mandato como prefecto de la ciudad de Roma había muerto su padre y esto le allanó el camino para realizar sus deseos de mayor perfección cristiana como monje.
Esto lo hizo en los años 574-575. Se retiró a sus posesiones del Clivus Scauri, conocido hoy como el monte Celio, y transformó su casa solariega en monasterio con el nombre de San Andrés, que todavía existe y lo rigen los monjes camaldulenses. Siguió los pasos de sus dos tías, Tarsila y Emiliana, que hicieron vida ascética en el mismo lugar.
El paso realizado por San Gregorio, sin duda generoso y heroico, no era en aquella época algo nuevo y raro. La vida monástica tuvo en el siglo VI un desarrollo muy considerable en Roma y cercanías, no sólo entre las personas populares, sino entre las más nobles de las familias romanas. El mismo San Gregorio lo narrará más tarde en sus famosos “Diálogos”.
Además del monasterio de San Andrés, San Gregorio fundó en Sicilia otros seis, dotándolos generosamente con sus grandes posesiones. Para mayor humildad, San Gregorio no quiso ser el superior del monasterio por él fundado, sino que puso como abad al monje Valenzión, que había sido superior en la provincia Valeria, de donde hubo de huir por la invasión de los longobardos.
Se ha discutido mucho sobre la regla que en el Monte Celio profesó San Gregorio. En la tradición benedictina se ha mantenido siempre que fue la regla de San Benito. No cabe duda de que su ideal y su práctica monástica encuadran perfectamente en la regla de San Benito que él conocía a la perfección, como lo muestra en el libro II de sus “Diálogos”, todo él dedicado a San Benito, que es el único caso de los otros tres libros en los que trata de monjes insignes, pero no con el amor y cariño que muestra tener para con San Benito en el libro U.
No se explica tampoco la importancia de la regla benedictina en Inglaterra con San Agustín de Canterbury y los monjes del monasterio de San Andrés del Monte Celio mandados por el mismo San Gregorio a misionar aquellas islas, ni tampoco la relación de las fuentes que emplea, esto es, cuatro discípulos de San Benito, que el mismo San Gregorio indica: «Constantino, varón venerabilísimo, que le sucedió en el gobierno del monasterio de Letrán; Simplicio, el tercero que después de él rigió su comunidad, y Honorato, que todavía gobierna el cenobio donde había él vivido primeramente», es decir, Subiaco.
San Gregorio llevó una vida austera en el monasterio, tanto que llegó a enfermar y, según parece, su propia madre, Santa Silvia, le hacía llegar unas viandas mejor cocinadas. A los ejercicios ascéticos y piadosos, unía la «Lectio divina», tan característica en los monasterios benedictinos, esto es, la lectura de las Sagradas Escrituras y los comentarios de los mejores expositores. No conocía el hebreo ni el griego. Sus autores preferidos fueron San Jerónimo y San Agustín.
El papa Pelagio II lo promovió al diaconado. La finalidad de Pelagio II (579-590) no fue confiarle alguna región romana, sino mandarlo como aprocrisario a Constantinopla, hoy diríamos nuncio apostólico, o legado. A Constantinopla fue el año 579 y allí permaneció hasta fines del año 585 o comienzos del año 586, pero se llevó consigo un grupo de monjes del monasterio de San Andrés, incluido su propio abad, el sacerdote Maximiano, con el fin de poder continuar con su vida monástica. En Constantinopla conoció a San Leandro y luego le dedicó sus comentarios al libro de Job (Moralia in Job).
Entre fines del año 585 y comienzos del año 586, el papa llamó a San Gregorio para que le ayudase en el régimen de la Iglesia como su propio secretario y lo hizo con gran pericia, sobre todo en la cuestión de los Tres Capítulos.
El papa Pelagio II murió el 5 de febrero del año 590 y muy pronto fue elegido como sucesor el diácono San Gregorio con gran pesar suyo, pues añoraba la vida monástica, Fue consagrado el 3 de septiembre del año 590 y comenzó con gran éxito y fruto espiritual el ministerio de la predicación. Predicaba en la alisa y, con preferencia, el evangelio del día. Nos queda sólo una pequeña parte cíe sus sermones, sobre todo en los dos primeros años de su pontificado como son las cuarenta homilías sobre los Evangelios y las veintidós sobre el profeta Ezequiel. Aún se leen estas homilías con gran provecho espiritual.
Procuró con toda su alma la renovación especial del pueblo a él encomendado, sobre todo el clero. Intervino en la renovación de muchos monasterios a los que llevó a un grado de gran perfección espiritual, como se conoce por su epistolario.
Pero no se contentó únicamente con la ciudad de Roma. Intervino en muchos acontecimientos de la Italia de su tiempo, amenazada constantemente con la invasión de los longobardos. Lo mismo hay que decir de la Iglesia en África y en otros reinos de Occidente, como en la España visigótica y en su conversión al catolicismo, en la que tuvo una parte importante su amigo San Leandro, que le informaba constantemente de todos esos acontecimientos.
También en las Galias y ya hemos aludido a la misión en Inglaterra por el monje San Agustín y sus compañeros, que tuvo un grandísimo éxito apostólico y estableció la jerarquía eclesiástica. Éstas son sus palabras: “Gloria a Dios en el cielo; por su muerte vivimos, su debilidad nos conforta, su pasión nos libera de la nuestra, su amor nos hace buscar en las islas Británicas hermanos a quienes no conocemos y su don nos hace encontrar a quienes buscábamos sin conocerlos.
¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esa gente que ha querido hacerse suya…” (Libro 9, 36, MGH, Epist. 2, 305-306).
En una de sus homilías sobre el profeta Ezequiel manifiesta así su gran humildad: “Me siento culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos” (Libro I, 4-6, CCL 142, 170-172). Pero confía en el Señor que tendrá misericordia de él, “ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono”.
Tuvo también grandes relaciones con las Iglesias orientales, que él conocía bien desde que fue aprocrisario o legado en Constantinopla. Y las Iglesias orientales lo estiman en gran valor. Lo llaman Gregorio el de los Diálogos, por la influencia que esos cuatro libros ejercieron y ejercen allí.
Murió lleno de grandes méritos, ya con gran fama de santidad, el 12 de marzo del año 604. Ejerció una acción considerable en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana.
El canto eclesiástico se llama gregoriano por él y un Sacramentario lleva también su nombre. Su obra teológica es reflejo de la tradición patrística y fue muy utilizada en la Edad Media. Ofrece gran interés sobre todo en teología espiritual y pastoral. Una de sus obras fue precisamente Liber regulae pastoralis.
Su sepulcro se conserva en la basílica de San Pedro del Vaticano, junto a la sacristía. Muy pronto su nombre se insertó en el Martirologio. Algunos sinaxarios y menologios bizantinos lo recuerdan el 12 de marzo. En el calendario romano actual, su fiesta ha pasado al 3 de septiembre, fecha de su consagración episcopal.
Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.