Esto dice el Señor:
«Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad.
Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra.
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios».
Oh Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
De este pasaje de la Profecía de Ezequiel podemos extraer muchas enseñanzas, pero yo quiero destacar lo que dice el Señor a su pueblo: “Os daré un corazón nuevo… y os infundiré mi Espíritu” Creo que es clave para nuestra vida dejarnos llevar por Dios, ponernos en sus manos y abrir nuestro corazón para que lo transforme, dejar entrar en él al Espíritu Santo.
Por lo que leemos al principio del texto el pueblo elegido, mezclado con los gentiles, ha profanado el Nombre del Señor y merece ser castigado, pero el Padre no cierra la puerta al bien, al contrario: les anuncia que les llevará a la Tierra Prometida, a su Reino, y les ayudará en la tarea de su conversión. Dios es paternal, podrá corregirnos, pero siempre tendrá su mano tendida para que nos agarremos a ella. Siempre hay esperanza, siempre nos deja abierta la puerta de su casa para que vayamos a su encuentro como el hijo pródigo que fue abrazado y acogido con la alegría que solo un padre puede sentir al recuperar lo que creía perdido para siempre.
Somos parte del Pueblo de Dios, somos a los que Él escogió, pero debemos estar dispuestos a dejarnos ayudar. Debemos permitir que el Espíritu obre en nosotros para que nuestro corazón sea instrumento transformador del mundo. Somos hijos de Dios y colaboradores de su Reino.
“Y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos” Todos estamos llamados al banquete, todos. Iremos o no, ahí radica la libertad del hombre, pero la invitación la tenemos. Nos espera el Rey, nos aguarda un banquete de bodas, algo grande, fuera de lo corriente. Y podremos aceptar, decir que no sin más o tomar la actitud beligerante de los que llegan a asesinar a los mensajeros. Incluso podemos aceptar sin estar preparados, sin querer seguir las pautas que marca el Anfitrión y ser expulsados. La parábola del banquete nos muestra las distintas actitudes que podemos adoptar ante la llamada de Dios.
Podría parecer de necios recibir una invitación para algo bueno y rechazarla, pero esa es la condición humana: las circunstancias del momento, la oportunidad, los apegos que tenemos en nuestra vida, el no querer romper nuestra rutina, no salir de nuestra zona de confort (como se dice ahora)… y dejamos pasar la oportunidad de vivir a los grande, de gozar de la presencia de Dios en nuestro día a día, de desprendernos de lo que nos ata a lo más mundano. Por eso debemos tener el corazón abierto y los sentidos atentos porque en cualquier momento podemos recibir la invitación que cambiará nuestras vidas.
Dios nos está llamando siempre, es más: nos está esperando siempre. Nosotros somos libres de escuchar o no, de acudir o no a su llamada. Como decía San Juan Pablo II “la Fe se propone, no se impone” y el Señor nos propone sentarnos con Él a su mesa, compartir su banquete, con libertad, la misma libertad que Él nos ha dado, pero si no acudimos a su invitación deberemos asumir las consecuencias. Cristo nos lo explica muy claro en esta parábola, con palabras que entendemos y nos muestra todas las opciones. Teniendo toda la información ya depende de nosotros elegir entre vivir en la Luz o caer en las tinieblas.
Santa María Reina

Fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XII en 1954 al coronar a la Virgen en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia), el 11 de Octubre de 1954
Dios te salve, Reina y Madre… Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los que viven su fe, Reina de los que se conservan castos, Reina de todos los santos, Reina concebida sin pecado original, Reina elevada al cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz…
María quiso ser Virgen. Y Dios aceptó su deseo y la enriqueció con la maternidad divina, sin perder la virginidad. María nunca pensó en ser Reina. Pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales, y los hombres de todos los siglos la aclaman como «Reina y Madre» en la «Salve». Y en la letanía lauretana, el título de Reina es la más reiterada proclamación.
Las letanías de la Virgen dejan de ser invocaciones suplicantes para hacerse en el cielo clamores de triunfo. Madre del Salvador, Virgen Poderosa, Espejo de justicia, Rosa mística… Resuena el Avemaría. ¡Dios te salve, llena de gracia…! El final se ha suprimido para siempre, porque en la gloria ya no hay «pecadores, y «la hora de la muerte» pasó ya.
Dios Padre recibe a su hija. Dios Espíritu Santo acoge a su esposa. Dios Hijo dice: «Ven Madre mía. Niño era, y me alimentabas y vestías… Tuve hambre y me diste de comer. Sed, y la apagaste. Después vinieron treinta años de vida oculta en Nazaret, la vida pública, la Cruz… Para ti, como para mí, no faltaron penalidades para así entrar en la gloria del Padre». […]
Ahora se entreabre el cielo… Los desterrados de la tierra perciben a lo lejos la sinfonía suavísima de un rumor que se hace imponente. Enajenada de amor y gratitud a María, la Iglesia peregrina y crucificada se agrega jubilosa al coro de la gloria. Llena de ilusión y esperanza, exclama: «Los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, en ti confiamos… Muéstranos a Jesús después de este destierro… Ruega por nosotros,..
Cesan los cánticos y la Virgen tararea rebosando gratitud estrofas de su himno predilecto: «Glorifica mi alma al Señor y salta de gozo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso». Es el éxtasis de la humildad en la apoteosis del triunfo.
Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, María es elevada a la gloria en su Asunción. Nosotros entraremos también el día de nuestro triunfo. Pensamos muy poco en esta recompensa eterna. El Evangelio para algunos es un quitalegrías. Acervo de múltiples prohibiciones que hipotecan la libertad.
Muchos más bríos sentiríamos al pensar en la felicidad futura para conformarnos con la voluntad de Dios Padre… Miremos no sólo el camino, sino la meta final. La ruta es pedregosa y empinada, pero el fin es esplendoroso. «Poco durará la batalla, pero el fin es eterno… Allí todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nonada en comparación de lo que se goza» (Santa Teresa).
»Canta y camina» (San Agustín). En el cielo está preparado tu trono. La palma está a punto. Un poco de paciencia todavía… Llegaremos al tránsito definitivo como hemos llegado al fin de tal año, que nos parecía tan largo. Salvaremos la última etapa como tantas otras dejadas atrás…
Pasará la gran tribulación de la tierra (cf. Ap 7, 14), Este mundo de dolores y muerte dará paso a un universo nuevo. «Nuevos cielos, nueva tierra» (2P 3, 13), en que Dios «será Todo en todos» (cf. 1Co 15, 28).
Canta mientras caminas, mirando a María… ‘Hoy, la Virgen Inmaculada, limpia de todo afecto de tierra, llena de pensamientos de cielo, no volvió a la tierra. Siendo ya un cielo animado aquí, es llevada a los celestiales tabernáculos… ¿Cómo iba a morir aquélla de la que nació la Vida para todos? ¿Cómo iba a corromperse el cuerpo que albergó la Vida? Cristo, Verdad y Vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará mi servidor. Luego, con mayor razón, la Virgen tenía que estar donde él estuviese” (San ,luan Damasceno).
La fiesta de María Reina fue instituida por el papa Pío XII. La reforma del Calendario Romano de Pablo VI decidió que se celebrara, con rango de memoria obligatoria, el 22 de agosto, octava de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.
Tomás Morales, S. J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.