La senda del justo es recta. Tú allanas el sendero del justo; en la senda de tus juicios, Señor, te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo.
Mi alma te ansia de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra, y aprenden la justicia los habitantes del orbe.
Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. Señor, en la angustia acudieron a ti, susurraban plegarias cuando los castigaste.
Como la embarazada cuando le llega el parto se retuerce y grita de dolor, así estábamos en tu presencia, Señor: concebimos, nos retorcimos, dimos a luz… viento; nada hicimos por salvar el país, ni nacieron habitantes en el mundo.
¡Revivirán tus muertos, resurgirán nuestros cadáveres, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!
Pues rocío de luz es tu rocío, que harás caer sobre la tierra de las sombras.
Tú permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas. R/.
Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
La senda del justo es recta porque el justo sigue el deseo limpio de su corazón: Mi alma te ansía de noche y mi espíritu en mi interior madruga por ti. El justo no duda porque sabe que su meta es Dios y ni lo sinuoso del camino ni los escollos encontrados en él, le harán perder la pista pues todo se allana conforme avanza.
En el camino de la salvación del que nos habla el profeta Isaías nadie puede detenerse: si no avanzamos, retrocedemos. Aunque los obstáculos nos parezcan insalvables, aunque nos veamos sin fuerzas frente a ellos, el justo confía y sigue su camino. No tenemos que disponer de mapas de ruta ni alcanzar la forma física de los que están entrenados en la marcha porque nuestra garantía no es ni nuestro conocimiento ni nuestro esfuerzo: Del polvo resurgirá la vida y en la tierra de las sombras brillará la luz.
No puede ser más bonito este canto de confianza de Isaías. El señor actúa cuando menos lo esperamos, su delicadeza no es aprehensible por nuestros sentidos, por eso dice el salmista que recibimos el don dormidos, casi sin enterarnos, sin tan siquiera pedirlo. Dios nos desborda en dones y gracia cuando cuidamos nuestra vida espiritual, cuando tenemos presente al Señor que, desde el cielo, se ha fijado en la tierra, en todos y en cada uno de nosotros.
La mansedumbre y la humildad no son virtudes muy apreciadas. Hoy abundan los mensajes en las redes que nos animan a destacar para no pasar desapercibidos. Nos animan a sacar brillo a nuestro discreto potencial hasta que cause admiración en otros. Nos animan a ser reactivos, a responder incluso con grosera violencia, a no callar. Nadie se sentiría hoy atraído por la imagen de aquel borreguito que anunciaba el jabón para ropa delicada; sí por la del tiburón de la famosa película de terror.
En la carta a los Gálatas, encontramos la mansedumbre como uno de los frutos del Espíritu Santo (5:22-23) cuyo símbolo es una paloma. En la escritura encontramos la misma virtud referida a Jesucristo, descrito como cordero llevado al matadero por el profeta (Is. 53:7) y como Cordero de Dios por el Bautista (Jn. 1: 29) En el evangelio de san Mateo que hoy leemos, es Jesús el que se muestra a sí mismo y nos anima a aprender de su corazón, manso y humilde, en el que podemos descansar.
Nada tenemos que demostrar. La confianza nos sitúa correctamente frente a nuestro esfuerzo, lo pone en su sitio, apartándonos de la compulsiva actividad que arrolla a los hermanos. También nos aparta de los agobios, de todas nuestras incertidumbres y de nuestros miedos. No es necesario madrugar ni trabajar hasta muy tarde (Sal. 127:2) pues nos basta con vivir la fraternidad de los hijos de Dios, amigos y hermanos en Cristo Jesús.
La mansedumbre de Jesús frenó el avance de la violencia y de la injusticia, y el pecado dejó de campar a sus anchas. Jesús confió y no fue abandonado. Descansó en los brazos del Padre como nos pide hoy descansar en su pacífico corazón a todos nosotros. También a todos que, como él, han sido golpeados con dureza, abandonados por sus amigos, maltratados, calumniados con falsos testimonios o injustamente perseguidos. Todas las víctimas pueden confiar y lo que es más admirable: también los verdugos, esos ladrones arrepentidos de todos los tiempos a los que se refería el trapense Christian de Chergé en su testamento, ladrones conmovidos por el dolor y por la injusta muerte del Cordero inocente.
¿Alguna vez hemos considerado que la mansedumbre contrarresta la violencia y detiene su macabro progreso?
¿Nos hemos atrevido a guardar silencio ante el humillante insulto?
¿Hemos renunciado a resarcir nuestra estima frente al menosprecio?
San Bartolomé de los Mártires

Fraile dominico, arzobispo de Braga. Participó en el Concilio de Trento y al volver a su país organizó el clero diocesano buscando siempre la formación del clero. Fue un gran intelectual y ejemplar en su labor como obispo. Influyó notablemente en la Iglesia y la sociedad portuguesa de su tiempo.
San Bartolomé de los Mártires nació en la parroquia de Nuestra Señora de los Mártires, de Lisboa, el 3 de mayo de 1514. Era el hijo de Domingos Fernandes Correia y María y usaba el apellido del Valle, que era de un abuelo.
Sus padres eran profundamente cristianos y le dieron una cuidadosa educación cristiana y digna en todos los aspectos.
Él vino a abrazar la vocación dominicana en el convento de S. Domingos de Lisboa, profesando el 20 de noviembre de 1529. Al nombre que usaba añadió el apellido de “mártires” en memoria de la iglesia en la que fue bautizado.
Se graduó en filosofía y teología, ciencias que enseñó con notable éxito durante más de 20 años en Évora, donde tuvo por alumno a D. Antonio Prior de Crato, en Batalha, en Salamanca y en S. Domingos de Benfica, donde se encontraba cuando fue elegido obispo de Braga, entrando solemnemente en la archidiócesis en octubre de 1559. Dejó escrita una extensa obra de teología y espiritualidad.
Aceptando la dignidad de arzobispo de Braga por obediencia, participó como Primado de las Españas, en las etapas finales del Concilio de Trento (1562-1563), a donde partió en 1561. Estuvo acompañado sólo por un teólogo, su secretario, un capellán y el mínimo de familiares. En el Concilio se distinguió por su saber y por su celo por la renovación de la Iglesia, y edificó a todos por su santidad. La correspondencia del Concilio lo llamó “docto y religiosísimo Prelado’, ‘hombre de gran santidad y de religión” y S. Carlos Borromeo, dijo que él que lo tomó como ejemplo a imitar.
En los intervalos de las sesiones Conciliares, fue a Roma, donde estuvo 17 días, visitando al Papa, en una visita “ad limina”. Volvió a Trento para ver la conclusión de los trabajos conciliares. Se alegró con la feliz conclusión del Concilio y, en una carta de despedida a S. Carlos dijo que “sólo falta comprometernos con todas las fuerzas para aplicarlo”.
Visitó más de una vez su arquidiócesis, que se extendía gran ampliación de la Bragança y el cinto de la espada de Ceniza. En enero de 1560 recorrió como pastor a las tierras de Barroso, Tras-os-Montes y Alto Minho, regresando al comienzo de la Cuaresma. Encontró muchas parroquias en estado lamentable, por la falta de cultura de los clérigos y la ignorancia religiosa del pueblo, mandó traducir para uso de los sacerdotes, la Suma dos casos, del cardenal Cayetano, y compuso él mismo, para los fieles, el Catecismo de la Doctrina Cristiana, y un libro de Prácticas Espirituales.
Fundó el convento de S. Domingo, en Viana do Castelo, destinado a promover los estudios eclesiásticos en ese vasto territorio de la Arquidiócesis.
En el gobierno de la archidiócesis, fray Bartolomé de los Mártires se mostró, como ya se ha insinuado, como un pastor verdaderamente extraordinario de la Iglesia por su amor y caridad a los pobres que ayudó durante la peste de 1570.
Cansado y enfermo, Fray Bartolomé pidió a Felipe II, la renuncia al Arzobispado, que fue aceptada. Estaba en Viana cuando le anunciaron que el Papa había designado nuevo Arzobispo para la sede de Braga. Fray Bartolomé de los Mártires se recogió inmediatamente al convento de S. Domingos de Viana, envejecido y cansado. Allí murió, como apóstol y santo, el 16 de julio de 1590. En el momento de la muerte los bracarenses pretendieron llevarse a Braga su cuerpo, pero los vianenses se opusieron incluso con las armas.
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