Hermanos:
Que vuestra caridad no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno.
Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo; en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor.
Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración; compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.
Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis.
Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran.
Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde.
«Él es mi Señor y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R/.
«Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso». R/.
Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. R/.
En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y levantando la voz, exclamo:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu Vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia – como lo había prometido a nuestros padres – en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.
El texto de la primera lectura pertenece a la carta a los Romanos, escrita por Pablo en Corinto, en el invierno del 57-58, culmen teológico de la teología paulina. Nuestro texto pertenece a la segunda parte, llamada parenética, en la que se muestra el sacrificio existencial del cristiano; para agradar a Dios ya no hay que presentar ofrendas y holocaustos, como se hacía en el AT, sino que ahora se ha de ofrecer la propia vida: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual (Rm 12,1).
Una de las dimensiones de esta ofrenda de la existencia es el amor, tanto con aquellos que forman parte de la comunidad, como con los que están fuera de ella. El amor en la comunidad ha de ser “sin fingimiento”, detestando el mal y adhiriéndose al bien. El amor ha de estar apoyado en la humildad que estima a los demás y no se enorgullece de la propia sabiduría. El amor se concreta en el compartir las necesidades de los hermanos y en la práctica de la hospitalidad, tema importante en el cristianismo primitivo (Rm 15,26;2 Co 8,4;1 Pe 4,9; Hb 13,12). Los vv 11-13 nos recomiendan una serie de actitudes que han de caracterizar al cristiano en relación a los “santos”, los hermanos de la comunidad: el celo sin negligencia, el espíritu fervoroso, el servicio del Señor, la alegría de la esperanza, la constancia en la tribulación y la perseverancia en la oración. Siempre en clave de empatía, alegrándose con los que se alegran y llorando con los que lloran.
La carta de Pablo también nos presenta cómo vivir el amor con personas que no forman parte de la comunidad y pueden crearnos problemas con sus actitudes hostiles. Así se invita a bendecir a los enemigos y no maldecirlos. Tarea poco espontánea y nada fácil. Bendecir a los que no nos hacen bien sólo puede ser fruto del amor gratuito experimentado en la comunión con Cristo y el Padre. “Dad gratis lo que habéis recibido gratis” (Mt 10, 8).
El texto lucano de hoy nos presenta la escena siguiente a la proclamación del Fiat de María, al recibir el anuncio del proyecto de Dios para con ella. Los anuncios de Dios siempre pro-vocan y con-vocan. Pro-vocan porque suscitan, inducen a recorrer nuevos caminos y con-vocan porque llaman junto con otros, dinamizan encuentros nuevos. Por ello, María sale de su ámbito y se pone en camino a casa de su prima Isabel, desde Galilea hasta Judea.
En cuanto Isabel oye el saludo de María, la novedad de la Buena Noticia que abraza, se hace presente en la criatura de su vientre y en ella misma: el niño salta de alegría ante la portadora de la nueva alianza como danzaba David en el traslado del arca (cf. 2 Sam 6,2-16); y a Isabel la invade el Espíritu Santo, que María transmite y contagia al haber quedado plenificada por Él (cf. 1,35).
Ante tanto júbilo, los labios de Isabel se abren proclamando palabras de bendición y bienaventuranza. Así bendice a la madre recién llegada y la proclama dichosa, feliz porque ha sido capaz de creer que la palabra de Dios se cumpliría en ella, porque ha sido capaz de confiar su vida entera al proyecto del Señor.
Si antes Juan Bautista había saltado de gozo y los labios de Isabel había proclamado bendición y dicha, ahora el regocijo de María estalla en un canto de júbilo ante la experiencia salvífica de Dios que no puede silenciarse, como lo hicieran otras mujeres en la primera alianza: Miriam (Ex 15); Débora (Jc 5); Ana (1 Sm 2 (Jdt 16).
El Magnificat que proclama María porque Dios está haciendo cosas grandes en ella y en su pueblo, es un canto que podríamos llamar del “mundo al revés” como aquella canción de Paco Ibañez. Allí “había lobitos buenos, brujas hermosas y piratas honrados”. Ahora el Señor es el que da la vuelta a todo: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.
En el día de hoy, unidos a María de Nazaret, la creyente por excelencia, podemos interrogarnos: ¿Que caminos nuevos “pro-voca” en mí el encuentro con la Buena Noticia del Reino? ¿Con quién me “con-voca”? ¿Con que música canto la alegría que brota del encuentro con el Señor? ¿En qué medida colaboro con el proyecto de Dios de “su mundo al revés”?
Visitación de la Virgen María

La Visitación recuerda el momento en que la Virgen María visitó a su prima Isabel. Se trata de un acontecimiento histórico que nos invita a fijar la mirada del corazón en el misterio que encierra y que tiene como protagonista a María, peregrina de la fe.
La liturgia celebra al concluir el mes de mayo, todo él dedicado a la Virgen, el recuerdo de su visita a Santa Isabel, escena de encantadora sencillez que relata San Lucas con múltiples detalles en su Evangelio.
Desde el nacimiento de la Iglesia, este misterio era venerado por los fieles. En el siglo XIII varias comunidades religiosas lo conmemoraban con gran devoción, en especial los franciscanos, que introdujeron en la liturgia romana esta fiesta ya muy antigua en Oriente. Los papas Urbano VI y Bonifacio IX la extendieron a toda la Iglesia en el siglo XIV para obtener de la Virgen el final del cisma de Occidente. El Concilio de Basilea renovó su institución con el fin de pedir a Dios la paz de la Iglesia.
Pero todavía en el siglo XVII, San Francisco de Sales consideraba que la Visitación no se celebraba con la solemnidad de las otras fiestas de la Virgen, y fundó en 1610, junto a Santa Juana Francisca de Chantal, una nueva familia religiosa a la que bautizó con el nombre de «Visitación de Santa María», porque «era un misterio oculto y…, encontraba en él mil peculiaridades que le daban una luz especial sobre el espíritu que deseaba establecer en su instituto». En él quería que se celebrara la fiesta con todo esplendor en la liturgia y que cada visitandina se convirtiera en un «Magníficat» viviente.
Hasta la reforma del calendario, después del Concilio Vaticano II, la Visitación se celebraba el 2 de julio, pero luego la Iglesia la ha trasladado al 31 de mayo, entre la Anunciación y el nacimiento del Bautista, que parece ajustarse mejor a los tiempos de la visita cíe María a Isabel.
Aunque no han llegado hasta nosotros más que algunos apuntes de dos sermones sobre la Visitación, predicados por San Francisco de Sales en 1618 y 1621, son innumerables las citas a lo largo de los veintiséis tomos de sus obras en las que hace alusión a esas «mil peculiaridades», que son válidas, sino para todos los cristianos. He aquí algunas de sus ideas fundamentales.
«La historia de este evangelio es muy hermosa —dice San Francisco de Sales— y me parece que se escucha con agrado. Refiere, pues, el evangelista que la Virgen se levantó con presteza y se dirigió a la montaña de Judea, para enseñarnos la prontitud con que se ha de corresponder a las inspiraciones divinas; porque es propio del Espíritu Santo, cuando toca un corazón, apartar de él toda pereza y tibieza; ama la diligencia y prontitud, es enemigo de las dilaciones cuando se trata de la ejecución de la voluntad divina…». […]
[…] María no podía guardarse su tesoro sólo para ella. El ángel le había dicho que su pariente Isabel esperaba un hijo y no vaciló en ir a prestarle su ayuda. Dejó la soledad de Nazaret y emprendió el viaje hacia Ain Karem, el pueblo donde sitúa la tradición la morada de Zacarías.
«Llevaba a Dios en su entraña, como una preeucaristía. ¡Ah, qué procesión del Corpus la que se inició aquel día», canta bellamente la liturgia. Sí, era la primera «procesión del Corpus», y ella, María, la primera custodia, la más rica, la más bella, que jamás haya existido en la tierra, Arca de la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres.
Si San Juan de la Cruz escribe «mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura», ¿no quedarían ahora aquellos campos, aquellos montes, embriagados de la suave presencia del Verbo oculto en el seno de una niña?
¿Y cómo sería este camino de cerca de 130 kilómetros desde Nazaret a Ain Karem? ¿Qué iría pensando María con el Verbo encarnado en sus entrañas? ¿Qué coloquios serían los suyos…? ¡Lástima que San Lucas no nos haya transmitido este misterio inefable que sólo en el silencio de la contemplación alcanzaremos a entrever…!
Años después, Jesús, el rabí de Nazaret, recorrería esos mismos senderos predicando la Buena Noticia, «haciendo el bien» a todos. Ahora también predicaba, pero en silencio y a través de su Madre. La Virgen estaba llena del amor y ese amor le rezumaba por todo su ser. También nosotros somos portadores de Dios, y si él habita en nuestro interior debemos dejar, como María, una estela de su presencia a nuestro paso.
Hoy, dos basílicas mantienen vivo el recuerdo de esta visita de la Virgen a Ain Karem, a unos 8 kilómetros al Oeste de Jerusalén. Es un lugar delicioso en la cuenca de unos montes pelados, y rico en olivos, viñedos y cipreses, sin que falten las higueras clásicas y las típicas piteras de Palestina. Aquí todo es remanso de paz. Entre la carretera y el santuario de la Visitación corre una fuente fresquísima, la «Fuente de la Virgen», que, según la leyenda, brotó cuando ella entonó el magnificat. […]
Entonces María, como cítara del Espíritu Santo, en expresión de San Epifanio, «entonó este cántico hermoso y admirable del Magnificat que excede a todos aquellos que nos refiere la Sagrada Escritura».
Y es «que el alma enamorada de Dios tiene un insaciable deseo de alabarlo y quisiera poder cantarle con alabanzas infinitas en reconocimiento de sus infinitas perfecciones y en gratitud de cuanto de él ha recibido y espera recibir’.
El Magnificat ha sido llamado «éxtasis del corazón», «éxtasis de la humildad», «éxtasis del amor y de la alegría». Y «éxtasis», según San Francisco de Sales, es salir de sí. María sale, pues, de sí misma en profundo conocimiento de su pequeñez y, en un desbordamiento de su amor a Dios, prorrumpe en su alabanza:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación. Él hace proezas con su brazo;
dispersa a los soberbios de corazón. derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo,
acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
El Magnificat es el canto más «dulce, el más elevado y el más contemplativo que se ha escrito». Salido hace más de dos mil años «de la fe profunda de María en la Visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos y en todas las lenguas, como los mosaicos de la iglesia de la Visitación en Ain Karem.
Juan Pablo II considera las palabras pronunciadas por María en el umbral de la casa de Isabel como «una inspirada profesión de su fe, en la que la respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la elevación espiritual y poética de todo su ser hacia Dios-.
Y citando a San Ambrosio, Pablo VI dijo que todo cristiano debe cantar el Magnificat como la máxima alabanza que haya jamás brotado del alma humana, porque es del Espíritu Santo del que María y la Iglesia se hacen sus más fieles intérpretes.
HH. Salesas del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.