Esto dice el Señor:
«Esta fue la orden que di a mi pueblo:
“Escuchad mi voz, Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien”.
Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara.
Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres.
Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca”».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.
En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».
Hoy, el profeta Jeremías, nos regala un precioso texto para la meditación en esta tercera semana de Cuaresma. Su lectura, me ha hecho recordar palabras que escuché a Juan Pablo II con motivo de la publicación de su Carta Encíclica Evangelium Vitae. Las reproduzco con libertad en la confianza de no distorsionar su mensaje: el drama de nuestra existencia es, tan grande o tan pequeño, como lo es nuestra resistencia a la paciente y amorosa labor de Cristo sobre cada uno de nosotros. Nuestro drama es nuestra resistencia al bien, medida de nuestra desconfianza, una desconfianza peligrosa por ser contagiosa y crecer en nosotros en progresión geométrica. Y fueron peores que sus padres, nos dice el profeta, al manifestarse incapaces de pronunciar palabras sinceras, manteniendo argumentos falaces con los que justificar sus malas acciones.
La meditación que nos propone Jeremías nos anima a buscar, hasta encontrar, cuáles son esas acciones que, realizadas a espaldas de Dios, tratamos de esconder utilizando distintas estratagemas. Algunas tan ingenuas como la de culpabilizar al que tenemos al lado, inmadurez propia de los niños que defienden torpemente su inocencia ante la figura de autoridad del padre, que pide explicaciones, y que tanto nos recuerda a la historia contada en el Génesis. Otras, más peligrosas, aunque con origen en las primeras, nos arrastran hasta la mentira. Quien se sostiene en ella, termina siendo su esclavo. Todos recordamos las palabras del capítulo octavo del Evangelio de Juan en las que escuchamos a Jesús hablar de Satanás como padre de la mentira. El Evangelio de hoy nos lleva a contemplar una escena en la que vemos las consecuencias del mal y el poder del bien para liberarnos de su atrapamiento y destrucción.
¡Ojalá escuchemos hoy su voz sin endurecer nuestro corazón!
Los milagros de Jesús nos indican la presencia activa del Reino tanto en cuanto todos podían ver sus beneficios. ¿Todos? No todos. Algunos presentaban resistencias. Viene a mí un recuerdo infantil con el que comenzaban las historias del pequeño guerrero galo, Astérix, cabecilla de un puñado de aldeanos que mantuvieron duras batallas frente a los invasores romanos, venciendo sistemáticamente a sus entrenadísimas legiones. Este recuerdo me hace sonreír, aunque el Evangelio nos sitúa en medio del gran drama humano.
Los milagros eran muy frecuentes en la época de Jesús y ahora no. Y yo me pregunto por qué y entiendo que hoy nos debe pasar algo parecido a lo que nos narra el evangelio de Lucas en el capítulo anterior, en el que vemos a Jesús contrariado en su visita a las ciudades situadas a orillas del lago de Galilea, en las que conjuró: ¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida!, porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido… Nuestra propia conversión sigue siendo una asignatura pendiente. En la escena de este nuevo capítulo de Lucas pasa algo parecido: los asistentes al exorcismo se muestran escépticos ante lo que ven sus ojos.
La presencia y la expansión del Reino también tiene como resultado la expulsión del mal. Cuando el Reino se expande, el mal es desplazado hasta su precipitación al vacío, como cuenta Marcos en el capítulo quinto de su Evangelio. La expulsión del mal, que es en lo que consiste el exorcismo, no se realiza ‘a palos’ en ninguna batalla cruenta como las que hemos visto en malas películas, sino ante la sola presencia del bien, del Reino y del poder de Dios manifestado en su amor. Esta poderosa presencia en Jesús hace que el mudo recobre el habla, liberándolo de su esclavitud: la del silenciamiento de la verdad y su sustitución por los falaces argumentos de la mentira, como los argumentos acusadores escuchados en la escena evangélica.
Jesús curaba a los enfermos y expulsaba el mal, compadecido del sufrimiento humano, de su desfigurada apariencia. En uno y otro caso, la actitud de la persona sanada o liberada, no era la misma. El enfermo pedía su curación, el esclavizado no podía hacerlo: el mal hablaba con ofuscación por él, transformándolo en alguien irreconocible. De ahí las conductas enajenadas mostradas por los endemoniados del Evangelio. Hoy, su efecto, silenció la réplica del mudo liberado por Jesús y solo escuchamos al acusador, que es otro de los términos con el que se reconoce a Satanás en la escritura. El mal arma mucho ruido, ruido que nos impide escuchar al que ha recobrado el habla en el Evangelio: ¡Ojalá pudiéramos escuchar su voz!
El Reino está en medio de nosotros y está en todos nosotros, enviados a la predicación. Acciones como las que hemos leído en el Evangelio, son las que acompañan a la predicación y son ellas mismas predicación. Jesús nos dice que vayamos tranquilos, confiados en el poder del bien.
Santas Perpetua y Felicidad

El martirio de las Santas Perpetua y Felicidad, que tuvo lugar en Cartago en las nonas de marzo del año 203, estuvo acompañado por el de otros cuatro compañeros. A todos daba culto la Iglesia africana, aunque la memoria martirial se concretó en las dos mujeres, madres de niños pequeños, por lo que representaban en lo relativo a la fe y fortaleza m
(siglo II – Cartago (África), 7-marzo-203)
El martirio de estas dos mujeres, madres ambas de hijos pequeños que absolutamente necesitaban de sus cuidados, pero de los que ellas se arrancan para seguir al Señor, según la advertencia evangélica (Lc 14, 26), tuvo lugar en la persecución de Septimio Severo, el día 7 de marzo del año 203.
Este martirio se enmarca en los objetivos de aquella concreta persecución: la de frenar el crecimiento del cristianismo prohibiendo las conversiones a la religión cristiana y tratando por ello de disuadir de su futuro bautismo a todos los catecúmenos. Ya estaba prohibido, desde el llamado estatuto neroniano, ser cristiano; ahora la prohibición recaía más expresamente en el hacerse cristiano, queriendo frenar la labor evangelizadora que la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, seguía haciendo con denuedo.
Precedido y seguido de medianías o desastres, Septimio Severo fue un gran emperador, que quería salvar la persistencia y la unidad del Imperio a base de medidas feroces, que traerían consigo el derramamiento inicial de mucha sangre que —entendía él— daría paso a la paz. Como numerosos tiranos posteriores creía que el terror puede engendrar una posterior calma y concordia, y por ello no retrocedía ante medidas sangrientas que consideraba útiles al bien común. Sus ideas y sus tácticas ni eran nuevas, ni se agotaron con él, pero entonces significaron para la Iglesia una forma nueva de persecución. Pues, pese a la prohibición de que hubiera cristianos, la verdad es que a lo largo de todo el siglo II la comunidad cristiana no había hecho más que expandirse hasta el punto de poder decir Tertuliano que el cristianismo estaba a finales de ese siglo introducido en todas partes, menos naturalmente en los templos de los dioses. El expansionismo cristiano era evidente. Juzgándolo enemigo del Imperio, Septimio Severo, que se proponía fortalecer y cohesionar el Imperio, quiso frenar el avance cristiano.
Aterrorizar a los aspirantes al cristianismo, en los que no cabía suponer todavía una convicción tan fuerte como para preferir aquella religión a su propia vida: ése fue el método de la nueva persecución.
Por ello los catecúmenos debieron salir a la palestra a luchar por la causa del Reino de Dios, y junto a ellos lo lógico era que sus catequistas fueran igualmente objeto del odio del tirano, ya que sin catequistas no era posible el avance del cristianismo.
El martirio de las Santas Perpetua y Felicidad, que tuvo lugar en las nonas de marzo del dicho año 203, estuvo acompañado por el martirio de otros cuatro compañeros, a todos los cuales daba culto la Iglesia africana, aunque la memoria martirial se concretó en las dos santas mujeres por el especial caso que ambas, madres de niños pequeños, representaban en lo relativo a fortaleza moral y amor apasionado a la fe cristiana.
La basílica en donde estuvieron enterrados los mártires y donde recibieron culto hasta el siglo VII ha sido localizada al Norte de la antigua ciudad de Cartago e incluso se ha podido reconstruir la lápida que señalaba el sepulcro de los santos en el centro de la iglesia. La memoria de estos mártires era muy célebre y desde el siglo IV se expande por toda la Iglesia, gracias sobre todo a sus actas, cuya redacción en latín y en griego facilitaba su difusión, lo mismo por Oriente que por Occidente.
El nombre de Perpetua figura en el Canon romano de la misa y en las letanías de los Santos. Se discute si la Felicidad que acompaña a Perpetua es en realidad la mártir cartaginesa o la homónima romana, convertida con el correr de los tiempos en la compañera de martirio de Perpetua.
Su memoria se celebra el día 7 de marzo, día de su martirio, a partir de la reforma de Pablo VI. Anteriormente se había colocado el día 6 de marzo, al estar entonces ocupado el día 7 por la memoria de Santo Tomás de Aquino.
Los mártires eran de una población cercana a Cartago, llamada Thuburbo minus. Allí había una comunidad cristiana, cuyo obispo era Optato, y en el seno de ella había ciertas disensiones entre el obispo Optato y el presbítero Aspasio. Cinco catecúmenos se preparaban en ella para el bautismo, instruidos por el catequista Sáturo.
Los catecúmenos estaban reunidos cuando lo que podemos llamar una redada policial los localiza y arresta, sin que su catequista estuviera con ellos en la citada reunión. Los arrestados fueron: Revocato, de condición servil, igual que Felicidad, una joven esclava que estaba además encinta en los últimos tiempos de su embarazo, pero no todavía a punto de dar a luz; Saturnino y Secúndulo, dos varones cuya condición social no se expresa, y Perpetua, una joven matrona, de noble familia y buena posición social, que tenía un niño de pecho, y de la que sabemos que era una persona culta y prestigiosa, cuya muerte martirial tuvo por ello repercusiones sociales más hondas. A ellos se uniría luego espontáneamente su catequista Sáturo.
Las actas están escritas por tres manos: un compilador que pone el prólogo y la conclusión de la narración, la propia Perpetua que escribe sus experiencias religiosas durante el martirio, y Sáturo el catequista que narra el martirio hasta que él mismo perece. Estas actas, llamadas Passio, son consideradas auténticas, aunque siempre quede sitio a las precisiones de la crítica histórica. […]
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.