Queridos hermanos:
A los presbíteros entre vosotros, yo, presbítero con ellos, testigo de la pasión de Cristo y participe de la gloria que va a revelar, os exhorto: pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.
Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona inmarcesible de la gloría.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara, mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada terno,
porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R/.
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
El texto de la Carta de San Pedro pone en boca del apóstol unas recomendaciones a los presbíteros sobre su misión pastoral que no es otra que el servicio al Pueblo de Dios con entrega generosa y teniendo como modelo a Cristo, pastor supremo.
Leyendo de nuevo esta exhortación tengo muy en la memoria las continuas llamadas del papa Francisco a evitar el clericalismo, es decir, convertir la acción pastoral de los sacerdotes ordenados en una especie de reducto o minoría de poder que ejerce la jerarquía de la Iglesia de manera autoritaria.
El modelo del sacerdote y obispo es el del Buen Pastor, Cristo Nuestro Señor, que da la vida por sus ovejas, unas ovejas que conoce bien y que guía con amor, prudencia y servicio. El Pueblo de Dios necesita buenos y santos sacerdotes que le sirvan y no se sirvan de su ministerio, que celebren con dignidad los oficios sagrados y sean referencia de vida cristiana aun sabiéndose pecadores.
El texto del Evangelio es la principal referencia bíblica, según la Iglesia Católica, del ministerio petrino, es decir, de la autoridad suprema del Papa sobre toda la Iglesia.
Jesús, ante la confesión de fe de Pedro, lo constituye como “piedra” de la nueva comunidad que ha fundado Jesús, es decir, le otorga su confianza para que, en su nombre, “ate y desate”, es decir, promueva la fe y la unidad y trate de buscar los modos y maneras de acabar con determinación prudente, caritativa pero pronta y decidida con todo lo que todavía supone un impedimento para la construcción del Reino.
Uno de los títulos que tiene el Papa es el “servus servorum Dei”, es decir, siervo de los siervos de Dios que, aunque se ha considerado durante siglos como timbre de honor y majestad de su figura, sin embargo, recuerda su verdadera vocación de servicio a toda la comunidad encomendada, con todo lo que ello significa.
El modelo del “Buen Pastor” que es Cristo ha de empeñarle no solo en guiar con prudencia y prontitud a los fieles encomendados, sino también conocerlos y, para ello, acercarse a ellos para que le conozcan, compartir sus inquietudes y problemas, buscar y rescatar a las “ovejas perdidas”…
Ser el Vicario de Cristo implica también dar testimonio a tiempo y destiempo de la Fe y el Evangelio no solo en la Iglesia sino también en el mundo, un mundo tan necesitado de amor y paz.
Las palabras del papa Juan Pablo II al comienzo de su ministerio siguen siendo proféticas “No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo” que nos recuerdan la confesión valiente de Pedro inspirado por el Espíritu Santo.
La fiesta litúrgica de la Cátedra de San Pedro que celebramos hoy es una buena oportunidad para encomendar al Papa y a los obispos en nuestras oraciones para que sean fieles testigos de la misión que les ha encomendado Cristo Buen Pastor.
Cátedra de San Pedro

La Cátedra de San Pedro es una de las celebraciones más antiguas del cristianismo. Aunque no se trate de una sede o silla física, sino de la misión de fortalecer a los hermanos en la fe, que Pedro recibió de Jesús, se cree que esa silla o cátedra de Pedro se veneraba ya en los primeros siglos.
Hasta la reforma del calendario litúrgico de la Iglesia católica establecido por Pablo VI el 14 de febrero de 1969, había dos fechas para la celebración de la Cátedra de San Pedro: la de hoy era la Cátedra de San Pedro en Antioquía. Y el 18 de enero, la Cátedra de San Pedro en Roma. El nuevo calendario unifica las dos en este día. Se trata de la celebración del Primado de Pedro sobre la Iglesia Universal, que Cristo le prometió -Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia- en Cesarea de Filipo, cuando la «confesión» de Pedro (Mt 16, 13-19), y le confirió, ya resucitado, junto al lago de Tiberíades: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas (Jn 21, 15-19).
Cuando se visita Antioquía, la primera gran capital del cristianismo, uno de los poquísimos vestigios del glorioso pasado cristiano que muestran es la iglesia de San Pedro, a las afueras de la actual ciudad. No hay culto alguno en esa iglesia, como no lo hay en la iglesia de las iglesias, Santa Sofía de Constantinopla-Estambul: son lugares de turismo, más explotados que cuidados. Y causa cierta tristeza esa casi total ausencia de presencia cristiana en Antioquía, donde Pedro inició su pontificado; donde se inventó el nombre cristiano para designar a los discípulos de Jesús; donde se encontraron simultáneamente cristianismo, judaísmo y paganismo; desde donde partieron todas las misiones apostólicas para la evangelización del Imperio Romano…
Más fortuna ha tenido Roma, durante tantos siglos centro visible de la cristiandad. Aunque no se trate de una sede o silla física, sino de la misión de fortalecer a los hermanos en la fe, que Pedro recibió de Jesús (Cf. Lc 22, 32), no está de más recordar que el pueblo romano veneraba ya en el siglo IV una silla o cátedra de madera de encina, en la que, según una tradición, se había sentado el apóstol Pedro: el único apóstol que la iconografía representa sentado. Y esta silla se ha conservado en Roma hasta nuestros días, con algunos adornos, pero sustancialmente la misma: una silla-cátedra de madera, de casi 90 centímetros de anchura y 78 de altura hasta el asiento, con un dosel que termina con un tímpano triangular.
Se cree que esa silla o cátedra de Pedro se veneraba ya en los primeros siglos en la iglesia de Santa Prisca, en el Aventino, donde una tradición asegura que fue la residencia de San Pedro. En el siglo IV, el papa español San Dámaso la trasladó al baptisterio del Vaticano, junto a lá tumba de Pedro. Durante toda la Edad Media, la sede o cátedra de Pedro estuvo muy al alcance de los peregrinos, algunos de los cuales procuraban cortar clandestinamente algunas astillas que se llevaban como reliquia. Hasta que Bernini, en el siglo XVI, le dedicó el famosísimo altar barroco en el ábside de la actual basílica vaticana, con la colosal cátedra de bronce, que es el relicario de la preciada reliquia. «En el espléndido monumento berniniano de la Cátedra colocada en el ábside de la basílica vaticana, el 17 de enero de 1666, por deseo del papa Alejandro VII, se ocultó una alhaja que durante los siglos había sido objeto de veneración por parte de los fieles y peregrinos que llegaban a Roma: la cátedra de madera de San Pedro, que, sin embargo, al haberse ocultado a los ojos de los devotos, perdió su popularidad y culto.
En 1968 se procedió a su análisis. Trasladada a la sala adjunta a la sacristía de los canónigos, el 30 de diciembre de 1968 se procedió al examen estructural de la madera. También se realizaron dos tipos de análisis para intentar fecharla: el primero fue de carácter dendrocronológico, el segundo con el carbono 14. En el primer caso se realizó sólo sobre una tabla que formaba parte del tímpano y, presuponiendo que fuera encina de hojas caducas, probablemente roble o encina blanca, aún fresca, se llegó a fijar su edad entre el 870 y el 880 d. C.; en el segundo análisis, algunos tipos de maderas (las del apoyo de las placas, una de las cuales se quitó el 30 de octubre de 1969 para realizar el análisis) resultaron ser algunos siglos más antiguos, y los que se consideraban que formaban parte de la estructura original de la silla, sin embargo, de una edad más tardía que la del supuesto trono carolingio. El intervalo de tiempo, de todos modos, es dema siado amplio para establecer una crolonogía concorde y correcta».
La Cátedra de San Pedro es una de las celebraciones más antiguas del cristianismo: hay ya un primer testimonio en lo que puede considerarse como incipiente calendario cristiano, la Depositio martyrum del año 336, pocos años después de alcanzar el cristianismo lo que se ha denominado la paz constantiniana. El día 22 de febrero de este incipiente calendario, con sólo una treintena escasa de fiestas de santos, está dedicado al Natale Petri de Cathedra, que equivale a la fiesta de la Cátedra de San Pedro, o, lo que es lo mismo, a la misión de Pedro como maestro de la Iglesia de Jesucristo. Cada apóstol, y sus sucesores los obispos, es el maestro de la fe en su Iglesia particular, y Pedro, y sus sucesores en la sede de Roma, lo son de la Iglesia universal. El obispo de Roma, como los obispos de toda la Iglesia, tienen su cátedra (griego), su sede (latín), que dan nombre a la Iglesia capital de las diócesis: catedral, seo. Pero sólo a Pedro se le representa sentado en su cátedra, y los peregrinos que llegan de todo el mundo a la basílica vaticana besan el pie de la colosal escultura de San Pedro en su cátedra, a la derecha del altar de la Confesión.
En la rica liturgia de la consagración y toma de posesión de las diócesis, hay un momento de suma importancia: cuando el nuevo obispo es entronizado en su sede, lugar sagrado y principal desde el que impartirá su magisterio espiritual. Pero sólo a la sede de Pedro, a la sede del papa, se da nombre de cátedra. Y así ha venido sucediéndose de generación en generación.
El texto evangélico de la promesa del Primado, que Cristo hizo a Simón en Cesarea de Filipo, cambiándole el nombre por el de Kefas-Petros-Pedro, es definitiva para la doctrina del Primado: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará destado en el cielo. El relato de Mateo 16, 13-19, que la liturgia pone en la celebración de esta fiesta, es admitido desde los primeros tiempos del cristianismo como algo tan firme como la roca, la piedra, con la que Cristo identifica el nombre y la misión de Pedro, aplicado a la «Santa Sede», al obispo de Roma, sucesor de Pedro. Es el símbolo y el fundamento visible de la unidad de la Iglesia, según la célebre sentencia de San Cipriano, inspirada en San Pablo (Ef 4, 5): Se otorga a Pedro el primado para que quede patente que la Iglesia de Cristo es una, como una es la cátedra… Uno es Dios, uno Cristo, una la Iglesia y una la cátedra fundada sobre Pedro según la palabra del Señor (Carta 43, 5). La Cátedra de Pedro es la cátedra de la unidad de la doctrina de la Iglesia.
Aunque los primeros concilios ecuménicos se celebraran en Oriente (actual Turquía), no faltaban los legados del obispo de Roma y los mensajes del papa, que hacían presente a Pedro: Pedro nos ha hablado por la voz de León (Mansi 6, 971), declaraba el Concilio de Calcedonia (año 451) cuando se leyó solemnemente una carta que enviaba al Concilio el papa León Magno.
La vivencia de la fe cristiana en Occidente ha asumido desde los primeros tiempos de la Iglesia la aceptación del primado de Pedro y el primado de Roma como parte integrante de esa fe, que la fiesta de hoy ha querido celebrar y potenciar. A principios del siglo V, San Agustín (-v 28 de agosto) miraba hacia atrás y exclamaba un 22 de febrero: La institución de la solemnidad de este día recibió de nuestros antepasados el nombre de cátedra, porque se cuenta que el príncipe de los apóstoles recibió en un día como hoy la cátedra del episcopado. Es razonable que la Iglesia celebre esta sede, recibida por el apóstol para la salvación de las Iglesias (Sermón 190, 1. PL 39, 2100). Y en otro lugar: Bendito sea Dios, que ordenó ensalzar al apóstol Pedro sobre la Iglesia. Digno es honrar esta roca, mediante la que nos es posible escalar el cielo (Sermón 15 sobre los Santos).
Fr. José A. Martínez Puche
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.