En aquellos días, Salomón se puso en pie ante el altar del Señor frente a toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo:
«Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra, tú que guardas la alianza y la fidelidad a tus siervos que caminan ante ti de todo corazón.
¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!
Inclínate a la plegaria y a la súplica de tu siervo, Señor, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu siervo entona hoy en tu presencia. Que día y noche tus ojos se hallen abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que declaraste: “Allí estará mi Nombre”. Atiende la plegaría que tu servidor entona en este lugar. Escucha la súplica que tu siervo y tu pueblo Israel entonen en este lugar. Escucha tú, desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona».
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo. R/.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío. R/.
Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Fíjate, oh, Dios, escudo nuestro,
mira el rostro de tu Ungido. R/.
Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados. R/.
En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
Y los fariseos y los escribas le preguntaron:
«¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
Él les contestó:
«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos". Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Y añadió:
«Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son ‘corbán’, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».
La lectura del primer Libro de los Reyes nos abre el horizonte de lo que va a marcar el sentido de la Palabra de Dios hoy. Hace referencia a Dios en la experiencia de cada que ha experimentado el pueblo elegido. Así lo manifiesta la profundidad de la oración que el rey Salomón hace ante el altar de Dios y ante el pueblo en esa consagración del Templo.
La oración se hace expresión de vida y fundamento del ser cristiano. El Señor ha acompañado cada momento que ha atravesado el pueblo. Ha estado presente desde los inicios. Se ha hecho oído ante las quejas en el cautiverio de Egipto. Su brazo poderoso le ha dado la victoria en tantas batallas. Ha sido alimento, Maná, en medio de una tierra inhóspita.
Dios se ha revelado como un agua que sacia y calma la sed existencial. El Señor se ha hecho presencia en el duro camino de la vida. Se ha hecho antorcha en la oscuridad y banco de nube para que el Pueblo de Israel no perdiera nunca la esperanza.
Luchas, batallas, guerras, que han llevado a perder un elemento esencial del pueblo: El Templo. Como el lugar de la presencia de Dios en medio de ellos y la relación de intimidad. Deportaciones en las que la lectura era clara, le hemos dado la espalda a Dios, y tenemos lo que nosotros mismos nos hemos buscado.
Profunda y sabia oración la de Salomón, con la que deja claro, que Dios no se manipula, ni se puede encorsetar en el planteamiento humano, tratando de hacer de lo divino una especie de marioneta, que haga lo que queremos en cada momento, dándole la receta mágica de como debe de actuar para salvar el genero humano y el mundo. El planteamiento cristiano es distinto: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Dios se manifiesta vivo, real, presente, en cada historia humana si te dejas hacer su «Templo» y le das cabida en tu corazón.
El pasaje del Evangelio que nos presenta la liturgia en el día de hoy es actual. Nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad como cristianos y a revisar honestamente nuestra vida ante un precepto fundamental: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Por tanto, la escena nos introduce de lleno en la profundidad de lo que significa el ser discípulos del Nazareno, guardando los mandatos que vienen de parte de Dios.
Con la figura de los fariseos y con esa controversia con Jesús, se pone de relieve el planteamiento erróneo al que pueden llegar las actitudes y criterios humanos: Un «culto vacío», dicho de otro modo: La «religión a la carta» que nos lleva a calmar la conciencia pero que no nos compromete en una vida de coherencia, fidelidad y entrega con el proyecto del Reino de Dios.
Los fariseos, «profesionales de la religión judía», en lo referente a la Tradición y a la Ley, no siguen al Mesías de Dios y los mandatos que éste viene a dar al pueblo. Los enfrentamientos que aparecen en los evangelios, nos relatan temas como el descanso sabático, no reconocer a Jesús como el Mesías… Y el que aparece hoy la purificación de los utensilios según la ley. Pone de manifiesto que la vivencia de la religión se puede quedar en una serie de rituales, preceptos humanos, que no van de la mano con el plan de Dios.
De este modo, Jesús, utiliza su pedagogía, para despertar los corazones de aquellos que no entienden de lo que van los mandamientos de Dios. Así, aparece el ejemplo, del cuarto mandamiento de la ley de Dios, que aparece en el decálogo.
La alianza que Dios hace con el pueblo de Israel, en la representación de las tablas de la ley dadas a Moisés: «Honrarás a tu padre y a tu madre». De este modo, se marca el camino de santidad, con el que se encierran el conjunto de los mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo, que hace posible que la vida se impregne de un amor que deja huella y no está hueco.
Por ello, no se antepone nada a una vida que tiene como fundamento el mandato en el amor a Dios o a tu prójimo. Así lo expresa Jesús. No es solo a tus padres. Es no cometer ninguna acción en contra de tus hermanos con los que compartes la vida. Es decir, que si ha anidado el mandato de ese amor de Dios en tu corazón, no tienes necesidad de hacer acciones deshonestas en el día a día. Vivirás en la coherencia de vida, en la fidelidad, en la fraternidad, en la paz que conlleva el sentirse hermano el uno del otro.
Esos son los criterios y principios evangélicos que nos hablan del Reino. Por ello, no quiero robar, no quiero blasfemar, no quiero difamar, ni mentir, ni codiciar, ni tener pensamientos o deseos impuros. Porque eso sí ensucia la «taza de plata» que es mi corazón. Y eso es lo que debo de limpiar, el interior de mi ser para que no habite en él el veneno que deshumaniza.
El mandato de Dios es realmente exigente. Es la asignatura que tenemos pendiente todos los cristianos: ¿Cómo hacer vida el amor en nuestra propia historia personal? Esto se une de una forma estrecha a la pregunta que se hace el rey Salomón: ¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Habita cuando se hace palpable la alianza que Dios marca con su pueblo de vivir en el amor, se hace visible, evidente, clara, cuando los cristianos nos entregamos a sembrar el Reino de Dios.
De lo contrario, nos quedamos en las apariencias, en los sepulcros blanqueados realmente hermosos, sin embargo, dentro de ellos habita la podredumbre, el culto es vacío, seco, yerto. El amor por el contrario es siempre germen de vida, luz, belleza, bien. ¿Qué mandato estás viviendo tú?
San Pablo Miki y cc.mm

El 5 de febrero de 1597 en Nagasaki fueron martirizados 26 cristianos franciscanos, jesuitas y laicos. Fueron detenidos y crucificados. Los testigos afirmaron que desde la cruz alababan a Dios con alegría
San Pablo Miki: 1564 / 5-febrero-1597
Los 26 mártires: 14-septiembre-1627
A final del siglo XVI surgieron en Japón grandes turbulencias políticas. Hideyoshi, jefe supremo del Gobierno, logró consolidar un fuerte poder militar, derrotando a todos los señores feudales que mantenían dividido al país. En 1587 publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, por el que quedaban expulsados de Japón todos los misioneros extranjeros. Así pretendía alejar el peligro de una posible invasión de Japón por los gobiernos extranjeros. Aunque no hizo cumplir aquella orden de un modo muy estricto, la libertad religiosa se había acabado. Un signo dramático de la nueva era fue la crucifixión de 26 cristianos el 5 de febrero de 1597 en Nagasaki: este grupo incluía a extranjeros y japoneses, que eran franciscanos, jesuitas y laicos.
Hideyoshi había firmado la sentencia en el castillo de Osaka. En Nagasaki se encargó de ejecutarla Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de Nagasaki. Los mártires habían caminado desde Kyoto a Nagasaki en medio de los rigores del invierno. A las 10 de la mañana del 5 de febrero estaban ya preparadas las cruces donde iban a ser ejecutados. Terazawa, encargado de llevar a cabo la orden de Hideyoshi, era amigo de Pablo Miki, un jesuita que se encontraba en el grupo de los mártires. Esto hizo que Terazawa permitiera a dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a todos antes de la ejecución. Poco después comenzaron a llegar al lugar del martirio los soldados de la escolta y los mártires, divididos en tres grupos, cada uno encabezado por dos franciscanos. Todos rezaban el rosario. Tenían las manos atadas, y sus pies descalzos iban dejando manchas de sangre por el camino. El «vía crucis» había durado un mes. Llevaban cortada la oreja izquierda, señal de su condena a muerte.
Apenas llegaron todos, los soldados empezaron a fijar los cuerpos en los maderos con unas anillas de hierro en las manos, pies y cuello de las víctimas; una cuerda a la cintura bien atada los dejaba fijos a los maderos. Cuando estaban todos listos, los soldados levantaron las cruces y las dejaron caer en los hoyos que ya estaban preparados. La colina parecía sembrada cíe cruces.
Delante de todos los mártires aparecía la tabla en que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron cle su ley…» Los extranjeros que estaban entre los mártires habían llegado en el galeón San Felipe, que había encallado cerca de las costas japonesas, en su viaje de Filipinas a Nueva España. Estos religiosos españoles habían sido declarados enemigos de Japón, por considerar que querían conquistar aquellas islas para la Corona de España. Ésta fue la chispa que desató el fuego de una persecución que ya estaba en ebullición hacía tiempo.
Los mártires cantaban salmos, alababan a Dios con sus oraciones y amonestaban a la muchedumbre que se había ido reuniendo para que fuesen fieles a la fe por la que ellos morían. Entre ellos había tres niños que habían querido unirse al grupo de los mártires. Con una alegría contagiosa, cantaban los salmos que habían aprendido en la catequesis: «Alabad, niños, al Señor, alabad su santo nombre. Desde donde sale el sol hasta el ocaso, sea alabado el nombre del Señor. Los padres Pasio y Rodríguez iban de una cruz a otra para atender a los mártires y confortarlos con sus palabras. Juan de Gota, uno de los tres jesuitas que había en el grupo, había hecho los votos religiosos en la Compañía poco antes de salir para el martirio. Los otros dos eran Pablo Miki y Diego Kisai.
La cruz de fray Felipe de Jesús, franciscano mexicano, no quedaba ajustada a su cuerpo; el sedile quedaba muy bajo, y todo el cuerpo colgaba de la anilla del cuello; esto le hacía ahogarse por momentos. Lo vio Terazawa y mandó que los verdugos alancearan el cuerpo, con dos lanzas cruzadas a la manera japonesa. Éste fue el comienzo de las inmolaciones. Eran cuatro los verdugos que empezaron a clavar sus lanzas en el pecho de los 26 mártires, empezando por los dos extremos de la fila de las cruces. A medida que los verdugos avanzaban hacia el centro, disminuían las voces de los mártires y aumentaba el clamor de la muchedumbre. Monseñor Martínez, el primer obispo jesuita de Japón, escribía: «Oí un gran grito de la gente cuando los alancearon». El último en morir fue fray Pedro Bautista; al ver a los verdugos que están ya delante de su cruz para clavarle las lanzas, exclama: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu».
La Iglesia beatificó muy pronto a estos 26 mártires en 1627, sólo 30 años después del martirio. Más tarde, en 1862, fueron canonizados estos 26 testigos de la fe y el amor de Cristo por el beato Pio IX.
Fernando García Gutiérrez, S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.