Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia.
Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros. R/.
Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes. R/.
La trampa se rompió,
y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. R/.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos.
Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».
Es nuestra vida y nuestra frágil humanidad: no podemos pretender permanecer sin pecado en toda nuestra vida. Dios nos ha creado contingentes y propensos a caer en el pecado. Somos débiles y, si pretendemos decir que no hemos caído en ningún pecado, ciertamente mentimos. Es así nuestra condición humana. Una condición que deberemos asumir y aceptar para mantenernos en la constante lucha por el bien.
Creo que cometemos un error si nos centramos en pensar la forma de evitar el pecado a toda costa. Creo que nuestro actuar tiene que ir dirigido a hacer el bien. Es el bien el que procede de Dios, y es el bien el que puede alejarnos del pecado.
Somos nosotros quienes tenemos que caminar hacia el bien porque es la única forma de llegar a Dios o, al menos, irnos acercando a él. No porque huyamos del pecado, sino porque caminamos en sentido opuesto. Trata de hacer el bien y descubrirás que Dios te ha puesto dentro capacidades suficientes para rechazar el mal. Y, como somos débiles criaturas, caeremos, sin duda; pero ahí tenemos a Cristo, abogado defensor donde los haya, que estará defendiendo e iluminando nuestro camino. Ten una fe firme en la bondad de Dios y él estará siempre contigo. Puede que, a veces, nos alejemos de él, pero sí estamos seguros de que él no se separa nunca de nosotros; sabemos que Jesús es nuestro defensor, y que nunca tendremos problemas para regresar a la casa paterna. Siempre deberemos estar seguros, como nos dice el Salmo 123, porque el auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra, incluyendo en su obra creadora, al hombre. No lo olvidemos.
Y llegamos a uno de los fragmentos del evangelio más complicados de comentar. Apenas ha nacido, Jesús, ya empieza a tener problemas con el poder establecido y tiene que salir huyendo de su tierra, porque Herodes cree en peligro su reinado, pues los magos le anunciaron que había nacido un rey, un competidor, en Belén, y eso no puede permitirlo.
Faltan muchos años para que seamos capaces de descubrir las características del reinado de Cristo. Entonces no se pudo entender un reino y un rey servidor. Puede que nosotros, en nuestro tiempo actual, tengamos también dudas sobre un Rey servidor. Nos gustaría tener al frente un rey poderoso, capaz de hacer y deshacer solo por su voluntad. Un rey cercano a los planes de Herodes, pero muy alejado de los planes de Dios.
Confieso que este suceso me hace estremecer: ¿Cómo puede Dios permitir la muerte violenta de muchos niños y, simultáneamente, salvar a Jesús? ¿Acaso no tenía otros medios para parar a Herodes? Son dos preguntas que no tienen respuesta desde mi entender humano.
Pero también este episodio que nos cuenta San Mateo tiene un evidente paralelismo con la situación que vivió Israel en sus últimos tiempos en Egipto. El Faraón, su rey, ordena que todos los varones israelitas sean eliminados al nacer y Moisés, el elegido por Dios para liberar al pueblo, es salvado de la muerte. Tal vez esta sea la enseñanza que debemos sacar de este texto: Jesús es salvado de Herodes para que en el futuro sea el Salvador de la humanidad entera. Y sabemos que esto lo hizo bien, aunque a veces lo dudemos.
Debemos, también, contemplar en este fragmento, la importancia de la Sagrada Familia en la vida de Jesús y en la nuestra. José y María no tienen dudas sobre el aviso de Dios y se exilian de inmediato, siguiendo las orientaciones del mensajero Divino. Padre y madre se ponen al servicio de Jesús sin dudar ni un instante. Sufren, pero obedecen con la sola idea de salvar al Niño. ¿Estamos nosotros dispuestos a servir a Cristo con la misma devoción que lo hicieron María y José?
Santos Inocentes

La Iglesia venera a los Santos Inocentes como los primeros mártires que tuvieron que derramar su sangre a causa de Cristo. Dice San Agustín que con razón pueden considerarse como las primicias de los mártires. Su celebración litúrgica estuvo unida en el siglo IV con la fiesta del nacimiento de Cristo.
Mateo (2, 16-18), dentro del evangelio de la infancia de Jesús y con el estilo midrásico que caracteriza a los dos primeros capítulos de este Evangelio, refiere la muerte de los niños inocentes de Belén. Fue una consecuencia de la actitud de los magos de Oriente que, avisados en sueños, regresaron a su patria sin volver a Jerusalén conforme a la indicación que les había hecho Herodes. Éste, al verse defraudado, con la intención de hacer morir al nacido «Rey de los judíos», da orden de matar a todos los niños inferiores a dos años en Belén y su comarca.
No tenemos constancia de este episodio en las fuentes históricas extrabíblicas, que sólo refiere, entre los evangelistas, San Mateo. Pero sí de los numerosos y horrendos crímenes llevados a cabo por Herodes, ante los cuales sería de menor relevancia la muerte de los niños de Belén. Según el testimonio del historiador judío Flavio Josefo, hizo matar a las siguientes personas: a su yerno José; a Salomé; a Hircano II, sumo sacerdote; a Mariamme, asmonea, su mujer, a quien amaba extraordinariamente; a Aristóbulo, hermano de ésta; a Alejandra, hermana de éstos; a sus propios hijos, Alejandro, Aristóbulo y Antípatro (a éste, cinco días antes de su muerte); a Kostobaro, noble idumeo; a otra mujer llamada Salomé; a Bagoas y a todos los siervos que habían concebido esperanzas mesiánicas. Hizo encerrar en el anfiteatro de Jericó a todos los personajes importantes de la ciudad, dando orden de que fuesen muertos a flechazos el día de su muerte (lo que no se cumplió) (cf. Antq. XVII, 1, 1; 2, 4; 3, 3. De bello jud., 28, 6; 29, 1).
Macrobio (siglo V) recuerda las palabras de Augusto al saber que Herodes había mandado matar a su propio hijo: «Vale más ser el cerdo (hys) de Herodes que su hijo (huión)» (advierte que los judíos no comían carne de cerdo). J. Klausner, judío, profesor de la Universidad hebrea de Jerusalén, caracteriza la historia de Herodes como una historia de «matanzas, confiscación de propiedades, duros tributos y desprecio de la Ley… Gota a gota Herodes drenó la sangre de los judíos durante los treinta y tres años de su gobierno. Raramente pasaba un día sin que alguien fuese ajusticiado» (Jesús de Nazaret. Su vida, tiempos y enseñanza. Buenos Aires, Edic. Paidós, p. 144). Podemos concluir que «Herodes es el prototipo de todos los opresores que asesinan sólo por miedo a perder un ápice de poder. En los inocentes de Belén vemos una realidad que siglo tras siglo, década tras década, empaña la historia de la humanidad y se torna en rostros concretos, independientes de las razas o religiones… Los santos inocentes están vivos hoy y siguen mostrándonos sus rostros perseguidos» (P. I. Fraile Yécora).
La Iglesia venera a los Santos Inocentes como los primeros mártires que tuvieron que derramar su sangre a causa de Cristo. Dice San Agustín que con razón pueden considerarse como las primicias de los mártires los que, como tiernos brotes, se helaron al primer soplo de la «persecución», ya que perdieron su vida no sólo por Cristo, sino en lugar de Cristo (cf. De Sanctis. Sermo CCXX. PL 39. 2i52). Los santos padres celebran su martirio con grandes alabanzas.
Su celebración litúrgica estuvo unida en el siglo IV con la fiesta del nacimiento de Cristo. En Occidente en el siglo V se asocia también a la de la Epifanía del Señor. Parece fue en ese siglo cuando se instituyó una conmemoración propia de los santos inocentes. En Roma y África se fijó como fecha de tal celebración el 28 de diciembre y en la liturgia morárabe el día 6 de enero.
Gabriel Pérez Rodríguez
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.