Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo, regidores del mundo.
Si, cautivados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el mismo autor de la belleza.
Y si los asombró su poder y energía, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo, pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su creador.
Con todo, estos merecen un reproche menor, pues a lo mejor andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar.
Dan vueltas a sus obras, las investigan y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven.
Pero ni siquiera estos son excusables, porque, si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor?
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los limites del orbe su lenguaje. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.
Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.
Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre. Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás.
Acordaos de la mujer de Lot.
El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde, Señor?».
Él les dijo:
«Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres».
Parece que este fragmento de Sb 13, 1-9 esté escrito para estos días que nos ha tocado vivir. Ciertamente contemplar la belleza de las cosas creadas puede ser una excelente forma de descubrir al Dios Creador, pero también es posible, como leemos en el fragmento, que nos dejemos cegar por la belleza de las formas creadas y las deifiquemos, olvidando que solamente son unas sombras incompletas del Creador.
Oímos hablar del Big Bang como el origen del universo y miramos asombrados a las mentes, ciertamente brillantes, que han construido la teoría del origen y existencia de todo como producto de una gran explosión inicial. Bien. Es una buena teoría, creo que plenamente aceptable, a la que las mentes ignorantes, poco científicas, podemos oponer alguna pregunta, como, por ejemplo: Aceptemos una gran explosión en origen, pero ¿qué fue lo que explotó?, porque si fue una porción de materia que se acumuló, concentrando una tremenda energía que llevó a la explosión, ¿Quién puso ahí la materia para que pudiera acumular energía y explotar? ¿Quién puso en marcha el reloj universal? Son preguntas muy simples, demasiado simples, pero que, a mí, me permiten ver el dedo de Dios iniciando el proceso.
Miremos el firmamento y tratemos de ver en su orden y belleza, la belleza suprema del Creador. Miremos nuestro cuerpo y tratemos de entender su complejidad, las leyes que rigen nuestro paso por la vida, y, si podemos explicarlo todo, puede que tengamos que expulsar a Dios de nuestras vidas, pero, de momento seguiremos necesitándolo, porque si él me falta, yo diría que me falta la creación entera. Aunque puede que sea un pobre necio que prefiere ignorar a Dios.
Y ahora sigamos leyendo el Evangelio de Lucas: Parece que Jesús nos está dando las señales de una escatología final. El final de los tiempos llegará algún día, no sabemos cómo, no sabemos cuándo, pero como todo lo creado, el universo conocido acabará en algún momento, tal vez en otro gran big bang que de paso a una nueva creación.
La analogía del diluvio en tiempos de Noé o de Lot en Sodoma, parecen avisarnos de que una gran catástrofe puede dar fin a nuestra civilización, y vemos con temor esos dedos de los poderosos apoyados amenazadoramente en el botón nuclear. Pero, fijándonos en los ejemplos que nos muestra San Lucas, podremos encontrar una esperanza cierta: Con Noé la civilización corrompida perece, pero hay un resto que sobrevive y da paso a una nueva sociedad, una nueva civilización. Una situación similar se da en Sodoma. Es una sociedad corrompida y malvada la que es condenada al exterminio, pero queda un resto, la familia de Lot, que continúa viviendo.
Igual pasará cuando se revele el Hijo del Hombre: a uno se llevarán, a otro lo dejarán; dos estarán moliendo y se llevarán a una dejando a la otra. Parece dar una esperanza cierta de que la humanidad como tal sobrevivirá a la hecatombe.
Y nos deja una interesante sentencia final: donde esté el cadáver, se reunirán los buitres. Puede que tengamos que pensar en los cadáveres cuyo hedor nos hace agruparnos alrededor. Tenemos tendencia a reunirnos alrededor del poderoso; las riquezas son también poderosos imanes. Los placeres nos ciegan y atraen. Son muchos los cadáveres que nos rodean y que desgraciadamente nos reúnen alrededor de ellos. Pero solo los buitres acuden a la carroña; los seres buenos pueden despreciar el aroma atrayente de lo placentero y seguir caminando por los senderos de la paz, la justicia y el amor. Y puede que alguno de estos seres buenos vuelva la vista atrás y pierda la vida, como la mujer de Lot, pero la gran mayoría seguirá adelante, con caídas, casi inevitables dada la fragilidad humana, pero sin volver atrás, porque Dios está delante, abriendo camino y siempre inclinado a la ayuda y el perdón, porque no olvidemos que la belleza del Creador es muy superior a la de todo lo creado.
¿Estaremos aterrados temiendo una hecatombe futura o caminaremos tranquilos y alegres porque sabemos que Dios, nuestro Padre, nos está esperando?
Santa Isabel de Hungría

Hija del rey Andrés II de Hungría, tuvo hijos y enviudó joven. Fue muy cercana a los franciscanos y su vida fue austera, de caridad y de renuncia, en contraste con el fasto de la corte. Se dedicó asiduamente a la oración y a las obras de caridad, abrazó voluntariamente la pobreza, y fundó un hospital en el que servía personalmente a los enfermos.
Hija del rey Andrés II de Hungría y de Gertrudis de Merano, nació el 1207, en Bratislava. A los 14 años se desposó con Luis IV, Landgrave de Turingia, con quien tuvo tres hijos. Vivió de forma eminente los ideales evangélicos que promovían las recientemente fundadas órdenes mendicantes. Acogió a los primeros franciscanos en su llegada a Turingia (1225), y si no hay documentos de su pertenencia a la Orden Tercera, sí los hay de sus relaciones con los hijos de San Francisco y de su vida según los ideales evangélico-franciscanos. Su vida austera, de caridad y de renuncia, contrastó con el fasto de la corte. Se dedicó asiduamente a la oración y a las obras de caridad, sin que su marido se opusiera a ello. Muerto su esposo en la sexta Cruzada (1227), víctima de la epidemia, antes de llegar a Tierra Santa, parece que las dificultades con sus cuñados la obligaron a dejar la corte de Wartbug, dirigiéndose a Marburgo, donde, sin hacer caso a los ruegos de su familia para que regresara a Hungría, a la corte de sus padres, abrazó voluntariamente la pobreza, y fundó un hospital, dedicado a San Francisco, en el que servía personalmente a los enfermos más desgraciados. Murió en Marburgo el 17 de noviembre de 1231 a los 24 años de edad.
Su tumba se convirtió pronto en meta de peregrinaciones y lugar de milagrosas curaciones. Conrado de Marburgo, principal predicador de las cruzadas en Alemania, en su lucha contra los valdenses propuso el ejemplo de Isabel como modelo de la nueva espiritualidad, resultando de este modo ser el principal promotor de su causa de canonización (1235); escribió, además, como director espiritual suyo la primera biografía de la futura santa, en la que nos ha dejado estos datos y rasgos de su personalidad: «Pronto comenzó a destacar por sus virtudes, consolando y remediando a los hambrientos. Mandó construir un hospital y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos…; llegó a agotar todas las rengas provenientes de los cuatro principados de su marido, .., se vio obligada a vender a favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos… Por la mañana y por la tarde visitaba a todos sus enfermos y curaba a los más repugnantes… Su esposo no veía mal estas cosas. Muerto su esposo, quiso mendigar de puerta en puerta… Un Viernes Santo hizo renuncia de todas sus cosas… Fue a Marburgo, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados… A esta gran actividad unió el don de la contemplación, de modo que, cuando volvía de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol… Recibidos los santos sacramentos, expiró como quien se duerme plácidamente.
Su culto fue promovido por numerosos monarcas y dinastías principescas de Europa. Se la considera como esposa devota, dotada de carismas espirituales que empleó a favor de pobres, enfermos y necesitados; como viuda ejemplar, que se desprende de todos sus haberes para darlos a los pobres. Muchos escritores de renombre se han ocupado de la vida de Santa Isabel.
Luis Pérez Simón, O.F.M.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.