Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.
«—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas». R/.
He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios,
Señor, tú lo sabes. R/.
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan, a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos».
Este texto nos habla del pecado original. Hoy en día hay mucha gente que no saben lo que es el pecado, es una palabra que está desapareciendo de nuestra sociedad, fuera del ámbito de la Iglesia. La palabra “pecado” a muchos le suena a chino y lo que desconocen es que la raíz y la causa de todas sus amarguras, tristezas e insatisfacciones les viene de su pecado. Muchas personas hoy en día se cuestionan por qué existe el mal en el mundo, precisamente el pecado es la causa, la mayoría de las veces. Es el ser humano el causante de las injusticias, del mal y de la muerte y no Dios, como algunos piensan. Dios nos creó para vivir bien y ser felices, pero nosotros echamos por tierra el plan de Dios, como vemos en esta lectura en la persona de Adán. Todos, en nuestra libertad, podemos dar la espalda a Dios y destruir su proyecto de amor para con cada uno de nosotros.
Dios nos da la posibilidad de vivir y ser felices, siguiendo su plan de salvación. El gran error de muchos hoy en día es pensar que podemos darnos a nosotros mismos la felicidad plena, la vida eterna, la salvación. Y no es así, es Dios quien nos da la vida eterna a través de su Hijo Jesucristo, a nosotros nos toca mantenerla escuchando su Palabra, haciendo su voluntad, orando, etc…
Los cristianos estamos llamados a anunciar a todos la salvación, la vida nueva que nos trae Cristo, el amor que Dios nos ha tenido, enviando a su Hijo Único a dar su vida por todos sin excepción alguna. Ésta es la gran misión de la Iglesia: evangelizar, anunciar que la muerte ha sido vencida, ha sido destruida en la Cruz, que ya no tiene ningún poder sobre nosotros. Si un día entró la muerte en el mundo por la desobediencia de Adán, ésta ha sido destruida por la obediencia y fidelidad de Cristo a la voluntad de su Padre, como dice el Apóstol: “La fidelidad de Cristo es salvación y fuente de vida”
No olvidemos que Cristo venció al pecado y a la muerte con su adhesión a la voluntad de Dios, de igual modo nuestra relación de obediencia a Dios tiene que desprender salvación y gracia para los demás.
Señor, concédenos ser testigos fieles de tu gracia y Resurrección para gloria tuya y salvación de todos tus hijos.
Este evangelio contiene una advertencia, una bienaventuranza y una promesa. La advertencia tiene que ver con la vigilancia, Cristo nos invita a estar expectantes, con la actitud de quien tiene las lámparas encendidas esperando la venida de alguien. También vemos la bienaventuranza al criado que a la vuelta del amo está vigilante, pues no sabemos a qué hora volverá el amo; si esto se cumple, Cristo hace la gran promesa a quien es fiel, nos lo expresa el evangelista diciendo: “Os aseguro que se ceñirá la cintura, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos” Imagen que nos recuerda a la Última Cena.
Nosotros debemos estar igual que el criado que siempre está preparado para la llegada de su señor. Somos ciudadanos del Cielo y hemos de estar preparados para el encuentro con Cristo, no sabemos ni el día ni ha hora en que nuestro Señor Jesucristo volverá. Tal vez deberíamos preguntarnos: “Si viniera Cristo ahora, ¿estaríamos preparados? ¿Nos encontraría con las lámparas encendidas o en otros asuntos? Cristo nos invita a no dejar que nos invada la tibieza, la cual nos deja el corazón vacío de Dios y corremos el peligro de llenarlo de otras cosas que no son de Dios. Estamos llamados más bien a mantenernos fieles y obedientes a lo que el Señor dice hasta que Él llegue. En definitiva, Cristo nos invita a ser siervos fieles porque, aunque no sabemos ni el día ni la hora en que volverá, sí que sabemos cuál es su voluntad.
Señor, no permitas que, por falta de vigilancia, otras cosas ocupen el lugar que sólo tú debes llenar. Enséñanos a mantener el alma libre para ti y el corazón dispuesto para cuando llegues. Amén.
San Antonio Mª. Claret

Obispo, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Gran predicador y misionero. Fue confesor de Isabel I y participó en el Concilio Vaticano I siendo uno de los principales defensores de la infalibilidad del Papa
Nacido el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Cataluña). [Estudia y trabaja en Barcelona hasta que decide ingresar en el seminario de Vic, tras descubrir que su primera vocación como cartujo era equivocada. Una vez ordenado se le asigna una parroquia. Después de un periodo de labor pastoral y al ser consciente de las necesidades espirituales de la época, decide fundar una nueva Congregación].
El 16 de julio de 1849, fiesta de la Santa Cruz y de la Virgen del Carmen, en una habitación austera del seminario de Vic se reunen con el padre Claret otros cinco sacerdotes catalanes jóvenes y entusiastas. Después de santiguarse reflexivamente, inicia su plática diciendo: «Hoy comenzamos una gran obra». Aquel día comenzaba, humilde y calladamente su andadura la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María (claretianos).
Antonio María Claret es un profeta fascinado y polarizado por la misión. Vive la experiencia de los profetas. -Había muchos pasajes (proféticos) que me hacían tan fuerte impresión, que me parecía que oía una voz que me decía a mí lo mismo que leía» (Aut. n. 114). Como los profetas se siente escogido desde el seno materno, llamado (Ga 1, 15). Se siente en todo momento mediación del Espíritu.
De esta conciencia profética nace su espiritualidad, menos preocupada por la perfección personal que por la fidelidad a la misión. Su relación personal con el Señor, con María, sus experiencias eucarísticas, la virtudes que pretende, todo viene determinado por la misión evangelizadora. El vigoroso ejercicio de su misión profética provoca sucesivas persecuciones contra él que rozan lo novelesco. Es difícil encontrar en la historia de la Iglesia un profeta que supere, ni siquiera que iguale, a Claret en la virulencia de las persecuciones sufridas.
Antonio María Claret es un hombre de la Palabra; es el discípulo de la Palabra, acogida, asumida, contemplada, orada y proclamada. Es el hombre centrado en la misión, pero es que entiende que su misión es precisamente el anuncio de la Palabra. «De un modo muy particular me hizo Dios nuestro Señor entender aquellas palabras: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18)» (Aut. n. 118). La suya es una espiritualidad marcadamente bíblica. Se convierte en un gran difusor de la Biblia. Claret derrocha la palabra. Parece como si sufriera una especie de obsesión por predicar, por escribir. Confiesa que no puede callar. Es incansable en el ministerio de la palabra escrita. Escribió más de doscientos libros; escribe para todos los públicos, difunde en cantidad asombrosa para su tiempo. y encauza hacia este destino una buena parte de sus ahorros.
Se siente especialmente enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres (Aut. n. 118). »Dios me ha dado una especial ternura hacia los pobres; y ellos se dan cuenta de lo mucho que les quiero». ‘Hay que ahorrar más, hermano José, para poder dar más a los pobres —le reprocha al hermano coadjutor misionero que convive con él y que persiste en ponerle vino en la comida por la delicadeza de su salud—. En Madrid se convierte en el gran limosnero. La visita a los enfermos, a los presos y a los establecimientos de caridad formaba parte de su vida cotidiana.
La evangelización que realiza está llena de lucidez y realismo, sirviéndose de los medios modernos. -Mérito característico suyo —dice Pío XI— es haber unido en un solo haz la predicación evangélica, el apostolado de la caridad, la organización misionera y la entrega a la pastoral de medios de comunicación, con el empleo más amplio, más moderno, más vivaz, más genial y popular del libro, del folleto, de la hoja volante». Cuando emprende el ministerio itinerante organiza equipos de misioneros que se reparten el trabajo y sirven a distintos sectores del pueblo de Dios. Es flexible en el uso de los medios; lo único que le importa es que el mensaje del Evangelio llegue al hombre y le libere. Incita a los Misioneros de su congregación a nuevas fronteras, tanto geográficas como pastorales. Les aconseja que «se valgan de todos los medios». Su apostolado es un apostolado organizado, colectivo y eclesial. Una nota característica de sus fundaciones es la corresponsabilidad en la que se articulan la acción de los sacerdotes, seglares y religiosos.
La fantasía que derrochó con los nuevos modelos textiles se convierte en fuente de inspiración de sus múltiples y novedosas actividades apostólicas. Es un hombre que crea, porque es un hombre que cree de verdad. Su creatividad apostólica es asombrosa; va dando respuesta a los nuevos desafíos. Se adelanta a los tiempos modernos y al Vaticano II en el movimiento bíblico; en tiempos de total pasividad laical promueve decididamente el apostolado seglar. Funda organizaciones apostólicas como las bibliotecas populares y parroquiales, la academia de San Miguel y la archicofradía del Corazón de María, organizaciones en las que el protagonismo corresponde a los seglares. Promueve la recuperación del ministerio de las diaconisas. Funda las religiosas en sus casas (hoy Filiación Cordimariana), una forma moderna de vida religiosa precursora de los modernos institutos seculares. Crea la granja modelo, las cajas rurales, instituciones promocionales en favor de los niños desamparados y de los campesinos pobres. Se adelanta a los modernos institutos seculares de sacerdotes promoviendo la comunidad de pastores. Funda también la librería religiosa para promover la buena prensa.
A Claret le corresponde vivir en tiempos caóticos y revolucionarios, tiempos de cambio que requieren mucho equilibrio. Claret tiene los pies en el suelo; evangeliza desde las posibilidades que hay a su alcance. Desde el comienzo de su ministerio se ha propuesto encarnar la vida profética de Jesús y sus apóstoles, lo que él llama, forma de vida apostólica»: ir siempre a pie de pueblo en pueblo, acercarse a la gente humilde y sencilla, ejercer gratuitamente el ministerio, vivir de limosna y en total pobreza; no tiene nunca casa propia, en las comidas es de una austeridad franciscana. Sus grandes aspiraciones son «morir en un hospital como pobre o en un cadalso como mártir», y muere en el destierro, expoliado incluso de su fama. Todo cuando ahorra lo dedica para ayudar a los pobres, a la difusión de la buena prensa y a las necesidades de la Iglesia.
Nuestro santo es un místico «de» la acción. No simplemente un místico «en» la acción. La acción no es para él un viento peligroso que apaga la llama débil de su vitalidad interior, sino un viento benéfico que aviva el fuego de su hoguera. La acción es para él lugar sagrado de encuentro con el Señor, lugar donde experimenta su presencia. Se propone «ser al mismo tiempo (y lo consigue) Marta y María. El mismo Pío XII, en su canonización, destaca este rasgo identificador: «Siempre en la presencia del Señor, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior».
En una mirada superficial a la personalidad de Claret resalta su dimensión ascética: es un hombre ordenado y metódico, todo tiene su tiempo prefijado; elabora un detallado plan de vida según el cual no queda tiempo para la improvisación. Sin embargo, es un místico con rostro de asceta. Llega a tener experiencia de todos los fenómenos sobrenaturales, resaltando de un modo especial, en los últimos años de su vida, la permanencia continua de las especies sacramentales en su pecho. A la apariencia predominantemente ascética de Claret contribuye su gran reserva, su pudor y también su torpeza para expresar su interioridad e interpretar los fenómenos místicos.
Junto al rasgo eucarístico de su espiritualidad, hay que resaltar su dimensión mariana. La Madre de Jesús es locura para Claret. Cuando habla de ella exulta y se exalta místicamente. Vive su fe en Jesús cíe Nazaret inseparablemente de María, gracias a la educación familiar y gracias también a la experiencia sobrenatural de su presencia en la hora de la opción radical y vocacional cuando fue tentado. Se siente acompañado y fortalecido en el ministerio profético y apostólico por María. Su pasión mariana no tiene nada de intimista ni sensiblera, sino que es dinamizadora apostólicamente. Ella es para él «la Reina de los apóstoles», que sigue alentándole, acompañándole, implorando para él y sus Misioneros el Espíritu de Jesús que les alienta, ilumina y fortalece en la evangelización. Su Corazón es fragua de apóstoles».
Murió el 24 de octubre de 1870 a la edad de 62 años. El 25 de febrero de 1934 es beatificado por Pío XI, y el 7 de mayo de 1950 canonizado por Pío XII. Sus restos son venerados en el santuario-sepulcro de Vic (Barcelona), levantado en el solar que ocupó la casa-madre de los Misioneros. Su fiesta litúrgica se celebra el 24 de octubre.
Aquilino Bocos Merino, C.M.F.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.