«Esto dice el Señor del universo:
Vendrán igualmente pueblos y habitantes de grandes de ciudades.
E irán los habitantes de una y dirán a los de la otra: "Subamos a aplacar al Señor; yo también iré a contemplar al Señor del universo.
Y vendrán pueblos numerosos, llegarán poderosas naciones buscando al Señor del universo en Jerusalén y queriendo aplacar al Señor».
«Esto dice el Señor del universo: En aquellos días, diez hombres de lenguas distintas de entre las naciones se agarrarán al manto de un judío diciendo: “ Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros”».
Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios! R/.
«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí».
Se dirá de Sión: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». R/.
El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Éste ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti». R/.
Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tornó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él.
De camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.
El libro del profeta Zacarías se desarrolla después del regreso a Jerusalén de los exiliados a Babilonia. El profeta instaba al pueblo para la reconstrucción del Templo y para que fueran fieles en el cumplimiento de los mandatos de Dios y así gozar de la bendición del Señor y de las promesas mesiánicas. Este libro consta de dos partes. El texto que hoy se nos presenta es el final de la primera parte y tiene como título: “Perspectiva de salvación mesiánica”. En cuatro versículos el profeta nos narra cómo, una vez reconstruido el Templo y que el pueblo vuelve a ser fiel al Señor, Dios está con ellos y todos los pueblos se sienten atraídos por la bendición y felicidad del pueblo de Israel.
También hoy el Señor nos apremia, a través de este profeta, a reconstruir nuestras vidas, nuevos templos en los que Él quiere habitar, cimentándola en Jesucristo, pues no podemos poner otro cimiento (1 Cor 3,11). Con unos buenos pilares: la participación en los Sacramentos, la escucha y lectura meditada de su Palabra, la oración y la comunión con los hermanos y hermanas. Y una estructura sólida con una vida según la voluntad y los mandatos de nuestro Señor. Así, nosotros que formamos su Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, atraeremos a otros que dirán: Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros.
Jesús ha venido a hacer la voluntad del Padre (Jn 6,38; Hb 10,7) y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día (Jn 6,39). Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4) y Jesús está dispuesto a dar su vida por ello, de ahí que, como se completaron los días, o dicho al modo de San Juan: como iba llegando su hora, la de ser glorificado con su pasión, muerte y resurrección, asume esa voluntad con determinación y decididamente sube a Jerusalén para culminar su obra.
Esta determinación es algo que a los discípulos les supera y no logran entender, de ahí sus reacciones cada vez que Jesús les habla de lo que tiene que suceder. Y no podemos extrañarnos porque a nosotros nos pasaría y nos pasa igual. Seguir a Cristo cuando todo es fácil, cuando todos nos aplauden, nos acogen… eso es bien sencillo. El problema es cuando Jesús nos dice: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quién quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 16, 24-26). El problema es cuando, seguir a Jesús, supone dar la vida como la dio Él por nosotros, sin escatimar esfuerzo.
Hay un texto adicional, que no aparece en el evangelio pero que es clave para entenderlo: “No sabéis de que espíritus sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos”. Este añadido es muy significativo en este texto, primero porque nos muestra que la salvación es para todos, sin excepción. Y segundo, porque nos recuerda que hemos sido bautizados en el Espíritu; Espíritu de consejo y fortaleza, de ciencia y temor del Señor. Un Espíritu que no juzga por apariencias, ni sentencia de oídas (Is 11, 2-10). El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,5). No podemos olvidarnos de esto. Por eso, vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.
Oración
Padre Santo, gracias por tu amor y tu misericordia. Gracias por hacerme partícipe de tu Espíritu. Ayúdame a ser consciente de que soy tu hija amada, tu hijo amado, y que eso me hace hermana y hermano de todos los hombres sin excepción. Hazme obediente a tu plan de salvación. Dame esa “determinada determinación” para vivir según tu voluntad, como vivió tu Hijo, el Amado, sin miedo a la muerte.
Beato Domingo Spadafora

Fraile dominico, maestro de teología, asistente del Maestro de la orden y predicador incansable en Sicilia y en Las Marcas. Era un gran contemplativo de la pasión del Señor y excelso por su humildad, caridad y celo por la conversión de los pecadores.
Domingo nació en en 1450 en Randazzo (Sicilia) de la noble familia Spadafora y entró en la Orden en el convento de Santa Zita de Palermo. Fue maestro en teología, asistente del Maestro de la Orden (1487) y predicador incansable en Sicilia y más tarde fundador del convento de Santa María de las Gracias en Monte Cerignone, cerca de Pésaro (Las Marcas), en cuya región predicó durante treinta años. Era un gran contemplativo de la pasión del Señor y excelso por su humildad, caridad y celo por la conversión de los pecadores. Murió en Monte Cerignone el 21 de diciembre de 1521. Su cuerpo se venera desde el 3 de octubre de 1677 en la iglesia de Santa María de Reclauso de la misma ciudad. Su culto fue confirmado en 1921.
Del Común de pastores o de religiosos.
Oración colecta
Oh Dios, que diste al beato Domingo
una extraordinaria eficacia en la oración
y en la observancia regular;
concédenos benigno, por su intercesión,
que, siguiendo su camino,
merezcamos recibir
abundantes frutos de salvación.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.