El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para que se cumpliera la palabra del Señor por boca de Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que proclamara de palabra y por escrito en todo su reino:
«Esto dice Ciro, rey de Persia:
El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le edifique un templo en Jerusalén de Judá. El que de vosotros pertenezca a su pueblo, que su Dios sea con él, que suba a Jerusalén de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén. Y a todos los que hayan quedado, en el lugar donde vivan, que las personas del lugar en donde estén les ayuden con plata, oro, bienes y ganado, además de las ofrendas voluntarias para el templo del Dios que está en Jerusalén».
Entonces, los cabezas de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y los levitas, y todos aquellos a quienes Dios había despertado el espíritu, se pusieron en marcha hacía Jerusalén para reconstruir el templo del Señor.
Todos los vecinos les ayudaron con toda clase de plata, oro, bienes, ganado y objetos preciosos, además de las ofrendas voluntarias.
Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.
Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.
Recoge, Señor, a nuestros cautivos,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.
Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
Mirad, pues, cómo oís. Pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
En este inicio del Libro de Esdras, se relata la reconstrucción del Templo de Jerusalén a la vuelta del destierro de Babilonia. Se pide ayuda material “a todos los judíos supervivientes, donde quieran que residan”. Bien está esta reedificación de este Templo tan importante para el pueblo judío, como nos lo demuestra una de las acusaciones contra Jesús ante el Sanedrín para condenarle a muerte: “Nosotros le hemos oído decir: yo destruiré este santuario hecho por mano de hombre, y en tres días levantaré otro que no será hecho por manos humanas”. También Jesús se acercó con frecuencia al Templo para predicar: “enseñaba durante el día en el templo” (Lc 21,27). Bien está que nosotros, los cristianos, edifiquemos templos materiales para acercarnos a Dios, adorarle, darle culto, escucharle, hablarle, participar en la eucaristía… Pero sabemos, en primer lugar, que el verdadero Templo de Dios es Jesús, en quien “habita la plenitud de la divinidad”, a quien siempre tenemos a mano, estemos donde estemos. En segundo lugar, todo en el cristianismo, incluida la acción litúrgica en nuestros templos, busca la edificación de los templos vivos, los templos del Espíritu Santo, que somos cada cristiano, y también la edificación de la comunidad de seguidores de Cristo, que es la iglesia. Hay que darle lo suyo a cada uno de estos tres templos.
Jesús emplea cosas de sentido común para aplicarlas después a “lo suyo”, a la proclamación del evangelio. Es de sentido común que nadie enciende un candil para ponerlo debajo de la cama, porque el candil, el portador de luz, está para alumbrar a los que entran en la casa. Pues eso mismo tenemos que hacer con la luz que es el evangelio. No la debemos guardar escondida, sino que la debemos hacer llegar a cuanta más gente mejor, para que no ande en tinieblas. Lo debemos hacer por dos caminos. Con nuestras palabras y con nuestras obras: “Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos”. Jesús nos regala su luz para que nosotros con ella iluminemos a nuestros hermanos. Siempre mejor la luz que la oscuridad.
Beato Lorenzo de Ripafratta

Prior, maestro de novicios y maestro de teología. Sobresalió como director espiritual y predicador. Impulsor de la reforma de la Orden, destacó por su vida de oración, ayuno, penitencia y devoción. El pueblo de Pistoia le apreciaba como hombre sabio (le llamaban Arca de la Ciencia) y por su labor caritativa, auxiliando a enfermos.
Lorenzo nació en el castillo de Ripafratta, cerca de Pisa (Toscana, Italia). Entró, siendo ya diácono, en la Orden por la predicación del beato Juan Domínici. Fue durante sesenta años observante perfecto de la vida regular y encarnación de la reforma, lleno de paciencia en las adversidades, fecundo y eficaz en la predicación e infatigable en la administración del sacramento de la penitencia. Murió en Pistoya (Toscana) el 27 de septiembre de 1456 y su cuerpo se venera en la iglesia de Santo Domingo. Su culto fue confirmado en 1851.
Del Común de pastores o de religiosos.
Oración colecta
Oh Dios, que colmaste al beato Lorenzo
del amor a la observancia regular
y del ardor de la caridad;
concédenos, por su intercesión,
que, haciendo siempre lo más perfecto,
lleguemos a los gozos eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Misal Orden de Predicadores