Querido hermano:
Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, : te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.
A él honor e imperio eterno. Amén.
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R/.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre. R/.
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.» R/.
En aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra buena y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo:
«A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas,” para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes y riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».
El relato del evangelio de hoy puede integrarse en una unidad literaria – y, por tanto, de sentido – mayor, a saber, incluyendo los relatos de la lámpara y el candelero y el de la verdadera familia de Jesús. Comenzaría esta unidad de parábolas con la indicación de la audiencia: “en una ocasión se reunió mucha gente venida de las ciudades” y concluiría con la conocida sentencia de que “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
Esta sentencia final nos ayuda a penetrar en el sentido del relato de esta parábola de hoy. La lectura de la misma nos induce a plantearnos la cuestión de qué es más importante, si el mensaje en sí – su contenido – o la actitud del receptor del mensaje. El tenor del relato nos daría a entender – así lo suelen interpretar los biblistas – que la clave es precisamente esta actitud del que escucha. En la misma línea se situaría la continuación de la parábola cuando se advierte en Lc 8,18 “prestad atención a cómo escucháis: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener”.
Pero si esto es así, siempre nos puede quedar la inquietud de que el mensaje en sí, el contenido del mismo, es secundario o relativo, y por tanto, indiferente para la vida. Aquí nos hace falta introducir una clave de interpretación de estos relatos: la compresión de que del reino de Dios se tenga, o lo que es lo mismo, la idea de salvación que implica la interpretación de esta categoría del reino. Tanto la actitud ante el mensaje como el contenido del mismo son relativos y subordinados a esta idea del reino, esto es, a lo que se entienda por salvación.
Entendido de forma global – esto es, en una lectura de conjunto de los textos neotestamentarios y su interpretación canónica posterior – Jesús mismo es el reino; Jesús mismo es la salvación, y por tanto el contenido del mensaje se cifra en Jesús mismo, y la actitud del receptor ante el mensaje es la actitud del receptor ante la persona de Jesús.
En consecuencia, la exhortación de hoy no es distinta a la del conjunto evangélico: la clave está en creer o no en Jesús. Creer es la actitud necesaria del que escucha y el que escucha no sólo cumple, sino que vive el mensaje, y lo hace práctica en su vida.
Los frutos de esa práctica vital son los que 1Tim 6, 11-12 (la primera lectura de ayer) concretan para la vida del creyente, y a cuya fidelidad vital exhorta con fuerza el subsecuente texto de 1Tim que hoy leemos.
San Pío de Pietrelcina

Fraile capuchino italiano que ya en vida gozó de una gran veneración popular, con fama de taumaturgo, de confesor y director espiritual. Es conocido por los estigmas que aparecieron en sus manos, pies y costado. Fue canonizado por Juan Pablo II en 2002
Francisco Forgione de Nunzio, hijo de Grazio María y de María ,Josefa, nació en Pietrelcina, provincia de Benevento (Italia), el 25 de mayo de 1887; fue bautizado al día siguiente en la iglesia arciprestal de Santa María de los Ángeles; y en 1899 recibió la primera comunión a la edad de 11 años, y el 27 de septiembre, a los 12, el sacramento de la confirmación. A la edad de 5 años prometió «fidelidad» a San Francisco de Asís (..4 de octubre) y comenzaron para él los primeros fenómenos místicos: éxtasis, visiones del Señor, de la Virgen María, de San Francisco, del Ángel Custodio…, que no comunicó a nadie hasta el año 1915, porque «creía que eran cosas ordinarias que sucedían a todas las almas».
El 22 de enero de 1903 vistió el habito capuchino en Morcone y recibió su nuevo nombre: fray Pío de Pietrelcina. Emitió los votos religiosos temporales en esa localidad el 23 de enero de 1904, y los perpetuos, en San Ella en Pianisi el 27 de enero de 1907. Cursó los estudios de filosofía y teología en los centros de formación que los capuchinos de la provincia de Foggía tenían en San Ella en Pianisi, San Marco la Cátola, Serracapriola y Montefusco; y, en su camino hacia el sacerdocio, recibió las órdenes menores en Benevento el 19 de diciembre de 1908, el subdiaconado dos días después, el 21 de diciembre, en la misma ciudad, el diaconado en Morcone el 18 de julio de 1909, y la ordenación sacerdotal en Benevento el 10 de agosto de 1910.
Una enfermedad misteriosa —para los médicos y para él mismo: «Yo ignoro la causa de todo esto. Y en silencio adoro y beso la mano de aquel que me hiere, escribió a su director espiritual en carta del 26 de mayo de 1910— le obligó a dejar el convento y buscar el clima y los aires de su Pietrelcina natal desde los primeros meses del año 1909 hasta el 17 de febrero de 1916, fecha en que se incorporó a la fraternidad capuchina de Santa Ana de Foggia.
En estos años, sus penitencias, sus largas horas de oración, su lucha denodada contra los ataques, más violentos si cabe que en etapas anteriores, de Satanás, los fenómenos místicos antes citados que se repetían y a los que hay que añadir la «coronación de espinas», la «flagelación, las «llagase en su cuerpo desde el mes de septiembre de 1910, que, ante sus ruegos insistentes al Señor, permanecieron por unos años invisibles…, le prepararon para cumplir su «grandísima misión: misión que ya se le reveló en el año del noviciado y a la que hará alusión en una carta de noviembre de 1922 a su hija espiritual Nina Campanile: «Pero tú, que me mantenías oculto a los ojos de todos, tenías confiada a tu hijo una grandísima misión que sólo se nos ha dado a conocer a ti, Dios mío, y a mí».
En los años 1915-1917, durante la Primera Guerra Mundial, con prolongadas ausencias por motivos de salud, sirvió como soldado a la nación, en Benevento, Nápoles y Foggia.
El 28 de julio de 1916, con la intención de tomar durante unos días el aire puro de la montaña, subió por primera vez a la fraternidad de capuchinos de San Giovanni Rotondo. Regresó de nuevo a este pequeño pueblo del monte Gárgano el 4 de septiembre, y en este convento, silencioso y solitario al principio y bullicioso y concurridísimo después, lo quiso el Señor durante los 52 últimos años de vida, hasta el 23 de septiembre de 1968, y para siempre después de la muerte.
El 18 de septiembre de 1918 recibió las «llagas» en manos, pies y costado. Este y otros carismas extraordinarios le obtuvieron muy pronto una fama mundial, pero le acarrearon también un sinfín de problemas. Graves calumnias, también de algunos que tendrían que buscar y defender con más celo la verdad, motivaron, en los años 1922 y 1923, las primeras disposiciones del Santo Oficio, que además de declarar que no constaba la sobrenaturalidad de los hechos, imponía serias restricciones al ministerio pastoral del padre Pío.
Estas restricciones fueron absolutas desde el 11 de junio de 1931 hasta el 16 de julio de 1933, de forma que no se le permitía ni salir del convento ni recibir visitas ni mantener correspondencia con el exterior…; podía sólo celebrar la santa misa en privado, en la capilla interior del convento. Por motivos muy turbios y, sin duda, como afirmó Juan Pablo II en la homilía de la beatificación, «por una permisión especial de Dios, tuvo que sufrir de nuevo, en los años 1960-1964, durante el pontificado de Juan XXIII, sacrílegos espionajes y dolorosas incomprensiones calumnias y limitaciones en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.
Pero, en los muchos años en que pudo ejercer sin trabas su ministerio, el padre Pío realizó una intensa y sorprendente labor sacerdotal centrada en el altar y en el confesonario, que impulsó a muchos miles de hombres y mujeres de todo el mundo hacia la santidad, ayudó a otros a recobrar la fe o a encontrar a Dios, y enriqueció además a la Iglesia con obras tan importantes y beneficiosas como la «Casa Alivio de Sufrimiento» y los «Grupos de Oración».
El padre Pío murió, casi de forma inesperada, a las 2:30 del día 23 de septiembre de 1968; la «hermana muerte» borró de su cuerpo todo rastro o cicatriz de las «llagas»; y sus restos mortales, enterrados allí, a las 10 de la noche del 26 de septiembre, después de recibir durante 4 días las manifestaciones de afecto y las súplicas de miles de devotos, de desfilar durante 3 horas por las calles de San Giovanni Rotondo y de una concurridísima misa de funeral al aire libre, al atardecer de ese día 26, son venerados cada día por miles de peregrinos en la cripta que se preparó, unos meses antes, con esta finalidad, exactamente debajo del altar mayor del santuario de Nuestra Señora de las Gracias, y —son llamativas las coincidencias— que fue bendecida a las 11 de la mañana del día 22 de septiembre, víspera de su muerte, al mismo tiempo que la primera piedra del monumental Vía Crucis que recorre varios cientos de metros por las estribaciones del monte Gárgano, obra del conocido escultor Francisco Messina.
El 20 de marzo de 1983, después de un trabajo minucioso de 15 años para buscar y organizar la documentación pertinente, se abrió la causa de canonización del padre Pío, que, en el proceso diocesano, en Manfredonia, duró hasta el 21 de enero de 1990. Desde esta fecha hasta el 15 de diciembre de 1996, se preparó la Positio, con el duro trabajo de resumir el contenido de los 104 volúmenes del proceso diocesano en cuatro volúmenes, con un total aproximado de 7.000 páginas.
Los nueve consultores teólogos, el día 13 de junio de 1997, y la congregación de cardenales y obispos, el 21 de octubre del mismo año, expresaron por unanimidad su opinión favorable a la heroicidad de las virtudes del padre Pío. El 30 de abril de 1998, la comisión médica dictaminó que la curación «repentina, completa y duradera de una señora de Salerno de 43 años (Consiglia de Martino), afectada por una rotura del conducto torácico, sin ninguna terapia ni intervención quirúrgica, se considera inexplicable a la luz de la medicina actual; y, el 20 de octubre de ese mismo año, la congregación de cardenales y obispos dio el voto favorable a que se atribuyera ese hecho milagroso a la intercesión del padre Pío.
El 21 de diciembre de 1998, Juan Pablo II, reunido con la Congregación de las Causas de los Santos, aprobó el decreto sobre la autenticidad del milagro; y ese mismo día se comunicó la fecha de la beatificación. El 2 de mayo de 1999, en una solemne y multitudinaria ceremonia que presidió Juan Pablo II en la plaza de San Pedro de Roma y que las emisoras de radio y de televisión transmitieron al mundo entero, la Iglesia reconoció la santidad del padre Pío de Pietrelcina y lo declaró beato. [El 16 de junio de 2002, Juan Pablo II canonizó a Pío de Pietrelcina en una celebración en la plaza de San Pedro de Roma].
En su proyecto por llevar el Evangelio y la voz del padre Pío a todo el mundo —deseo que había expresado en vida el fraile de Pietrelcina— los capuchinos de su provincia de Foggia pusieron en funcionamiento «Radio Tau-La Voz del Padre Pío», y consiguieron que su señal alcanzara a toda la región de los Abruzzos y a Bari. En el año 2000, esta emisora de radio adquirió, primero, un »canal audio» del satélite Eutelsat, en la frecuencia 12673, que le permite llegar a toda Europa y a los países bañados por el Mediterráneo, y, después, en el mes de septiembre, en internet, el portal, con el que sus emisiones pueden ser seguidas en todo el mundo. El 2 de mayo del año 2001, segundo aniversario de la beatificación del padre Pío, cambió de nombre, para llamarse en adelante «Tele Radio Padre Pío».
Así reza el prefacio II de los santos del Misal romano: «Porque mediante el testimonio admirable de tus santos fecundas sin cesar a tu Iglesia con vitalidad siempre nueva, dándonos así pruebas evidentes de tu amor. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión.
Somos muchos los que hacemos nuestras las palabras del papa Benedicto XV: «El padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que Dios manda de vez en cuando para convertir a los hombres». Son incontables los que hablan de la protección especial y de la «presencia viva del padre Pío en su vida». A los que querernos no sólo admirar su santidad, sino también imitar sus ejemplos, el padre Pío, «con su enseñanza y su ejemplo», nos hace, entre otras muchas, las cuatro invitaciones que nos recordó Juan Pablo II el día de la beatificación: «a la oración, a recurrir al sacramento de la penitencia, al amor fraterno, y a amar y venerar a la Virgen María.
Ellas Cabodevilia Garde, O.F.M.Cap.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.