Querido hermano:
Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar un vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto.
Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos: este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol – digo la verdad, no miento -, maestro de los naciones en la fe y en la verdad.
Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira ni divisiones.
Escucha mi voz suplicante
cuando te pido auxilio,
cuando alzo las manos
hacia tu santuario. R.
El Señor es mi fuerza y mi escudo:
en él confía mi corazón;
me socorrió, y mi corazón se alegra
y le canta agradecido.
El Señor es fuerza para su pueblo,
apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad,
sé su pastor y llévalos siempre. R.
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente:
«Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:
«Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
«Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
San Pablo pide a Timoteo y a sus comunidades que hagan oraciones por todos los hombres. Y la razón de ello es bien sencilla, porque “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
Le recuerda que Dios es uno y que el gran mediador entre Dios y los hombres es Cristo Jesús. Jesús es el gran regalo que Dios ha hecho a toda la humanidad, el que ha venido hasta nosotros para señalarnos el camino que nos lleva ya en esta tierra a vivir, en medio de nuestras limitaciones, una vida llena de vida y de sentido, y el que, después de nuestra muerte y resurrección, nos espera para recibirnos con los brazos abiertos y hacernos disfrutar de la felicidad total y para siempre: “Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Ciertamente Jesús es “el que se entregó en rescate por todos” y al que siempre predicó San Pablo, que dijo “para mí la vida es Cristo” y quería que lo fuese para todos los hombres.
Varios son los protagonistas de este evangelio: Jesús, un centurión romano, uno de sus criados “enfermo a punto de morir” y “unos ancianos de los judíos”.
La actitud de Jesús no nos choca, es la de siempre, atiende a los que acuden a él, curando en esta ocasión al siervo del centurión. Es la actitud continua de Jesús. Ha venido para ayudarnos a los hombres y su ayuda se extiende a la curación de los enfermos que le presentan.
Más chocante, de manera positiva, nos resulta la actitud del centurión con sus varios matices. Destaca, en primer lugar, el aprecio que tiene a su siervo, deseando lograr su salud. Vemos que no se atreve a ir directamente a Jesús a presentarle su súplica. Pero busca el medio de llegar hasta él, a través de “unos ancianos de los judíos”, que saben del afecto que el centurión tiene a su pueblo como lo demuestra que les ha construido la sinagoga. Pero lo que más destaca en él es su fe total en Jesús, en su poder, por eso tiene la seguridad de que su súplica va a ser atendida. Algo que se manifiesta en que no hace falta que Jesús llegue a su casa y cure allí al enfermo. Sabe que basta con que pronuncie una palabra a distancia y su siervo se va a curar. “Dilo de palabra y mi criado quedará sano”. Parece que también Jesús quedó sorprendido de la confianza y de la fe que ese centurión depositaba en él. “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.
Ante esa escena evangélica, nos brota espontáneamente pedirle a Jesús que aumente nuestra confianza y nuestra fe en él…para seguir siempre el camino que nos indica.
San Juan Macías

Fraile dominico que vivió en el convento de la Magdalena en Lima. Se encargó de las labores más humildes, como portero del convento, y se dedicó por entero a la caridad, atendiendo las necesidades de pobres y enfermos
San Juan Macías nace en Ribera de Fresno (Badajoz) el año 1585. Huérfano a los cuatro años, desde muy niño fue dedicado al oficio de pastor. Su vida esta marcada por una primera educación familia de especial devoción a la Virgen María, particularmente mediante el rezo del Rosario. Las largas horas cuidando ovejas le permiten adquirir hábitos contemplativos. Piensa mucho en el texto del Apocalipsis: “vi un cielo nuevo y una tierra nueva” y lo identifica con las Américas, hacía poco descubiertas. Emigra a América del Sur. En una nave mercante llega a Cartagena de Indias (Colombia) y más tarde a Lima. Allí pide el hábito de hermano cooperador, en el convento de Santa María Magdalena, en 1622, cuando contaba treinta y siete años. Su vida se distingue por una gran pobreza, humildad y caridad, es una persona sencilla y siempre abierta al cambio de vida. Aprende de los acontecimientos y de la lectura de la Palabra de Dios. Su oración es muy profunda: en ella la Virgen María y San Juan Evangelista le ayudan a encontrarse permanentemente con Cristo. Es un hermano muy respetuoso de los consensos comunitarios e incansable trabajador.
Fue portero del convento durante veinticinco años. Desde ese puesto ejercita una increíble obra de beneficencia material y espiritual con limosnas y con el rosario ofrecido por los pecados propios por los demás y en sufragio por las almas del purgatorio. Tuvo también mucho influjo en la ciudad con sus consejos. Aquella portería de la Magdalena se convierte en lugar de comunión y participación de pobres y enfermos. Allí Juan Macías ora con ellos, les imparte catequesis y les ayuda en sus necesidades. Su acción va más allá del recito conventual. Es capaz de amaestrar un borriquillo que con él pide limosna. Más de una vez, sin guía alguna, se dirige a las casas de los necesitados llevándoles alimento. Contemporáneo de San Martín de Porres y Rosa de Lima, es también evangelio viviente del Señor Jesús. También como San Martín, sufre con valentía injurias y calumnias por su caridad heroica con los necesitados.
San Juan Macías murió en Lima el 15 de septiembre de 1645. Su cuerpo se venera en la basílica del Rosario. Fue beatificado por Gregorio XVI en 1813 y canonizado por Pablo VI el 28 de septiembre de 1975.
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