Sabéis muy bien, hermanos, que nuestra visita no fue inútil.
A pesar de los sufrimientos e injurias padecidos en Filipos, que ya conocéis, tuvimos valor -apoyados en nuestro Dios- para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición. Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños, sino que Dios nos ha aprobado y nos ha confiado el Evangelio, y así lo predicamos, no para contentar a los hombres, sino a Dios, que aprueba nuestras intenciones.
Como bien sabéis, nunca hemos tenido palabras de adulación ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los hombres, ni de vosotros, ni de los demás, aunque, como apóstoles de Cristo, podíamos haberos hablado autoritariamente; por el contrario, os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos.
Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.
Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R.
No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco. R.
En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo doy».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?»
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan, el Bautista».
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.
Hoy celebramos junto con toda la Iglesia el martirio de san Juan Bautista, “el mayor de los nacidos de mujer”, así lo definió el mismo Cristo.
Como auténtico profeta, Juan anunció a Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; dio testimonio de la verdad predicando la conversión, sin componendas; y con una gran humildad, muy consciente de que él no era la luz, sino testigo de la luz.
Dios elige a sus profetas. Dios es quien los llama ya desde el seno materno (salmo del día). También nosotros desde nuestro bautismo hemos sido elegidos, consagrados y enviados por Dios.
Hemos sido llamados a la vida, a la fe, a vivir la fe como una hermosa historia de amor con el Señor. A ver la presencia salvadora de Dios cada día, a gustar y ver qué bueno es el Señor. Todo es don, todo es gracia, todo es vocación: llamada y respuesta.
Juan fue recio en su testimonio. Su palabra era incómoda y fue mártir de la verdad que proclamaba. Un profeta como Juan no podía morir en una tranquila ancianidad.
La muerte de Juan Bautista fue tan provocativa para los poderosos endiosados y adulados como su vida. Encarcelado por denunciar la corrupción moral de Herodes, por arrebatar la mujer a su hermano, era, sin embargo, temido por el propio rey.
Siempre los poderosos han tenido un temor reverencial ante los profetas que denuncian sus excesos y los han procurado silenciar o atraerlos con privilegios y prebendas. Una danza fue suficiente para que la cabeza del Bautista fuese entregada a la reina adúltera, por mediación de Salomé. Herodes es el paradigma del poderoso que con tal de conservar el poder sacrifica fidelidades y lealtades para entregarlas a sus aduladores y bufones en refinadas bandejas mediáticas.
Juan creyó en su misión; cree tú en la tuya. No se buscó a sí mismo y nada hizo por dejar su soledad y deslizarse en el séquito privilegiado de Jesús. Amigo del Esposo como era, se regocijó del júbilo del Esposo, contentándose con el terrible aislamiento de las mazmorras de Maqueronte, de donde no salió más que para el cara a cara de la eternidad.
Juan no era la luz, sino testigo de la luz. Juan era la voz, Cristo era la Palabra. Nosotros, llamados por nuestro bautismo a ser profetas y testigos, no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo: Él tiene que crecer y nosotros tenemos que menguar. Hemos de superar nuestros deseos de protagonismos humanos, para dejar que brille la luz de Cristo. No podemos pretender robarle a Dios la gloria.
Sabemos que el término mártir viene del griego y significa "testigo", lo mismo que "martirio" significa "testimonio". Por lo tanto, los mártires son los testigos de la fe y eso debemos ser nosotros.
Mártir, por lo tanto, no es sólo el que derrama su sangre, sino que lo es también aquel que, día a día, da su vida por sus hermanos en el servicio del Evangelio.
Que la celebración de hoy nos ayuda a meditar sobre nuestra identidad como cristianos y como testigos del Evangelio.
Martirio de San Juan Bautista

Flavio Josefo, historiador judío, nos dice que Juan Bautista enardecía a mucha gente con su predicación. Al enterarse Herodes, temió que pudiera organizarse alguna revuelta y le destronasen a él. Anticipándose, mandó detenerlo y después matarlo.
Como resaltaba ya San Agustín de Hipona, San Juan Bautista es el único santo que es festejado no sólo en su muerte sino también en su nacimiento, al igual que Jesús y su Madre, María. Más aún, esta tradición duplicada se ha mantenido incluso en las últimas reformas conciliares en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI. En concreto el martirio se celebraba ya desde el siglo IV de nuestra era.
De Juan Bautista dice San Beda el venerable: «El santo precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró, en el momento de la lucha suprema, una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad…
»No debemos poner en duda que San Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo. […]
La historia de Israel tenía la experiencia de que todo profeta, que hablaba en nombre de Dios y denunciaba el pecado y la injusticia del pueblo y a sus dirigente, ponía en peligro la propia vida y acababa sellando la palabra con la sangre.
Juan Bautista, voz profética, llegó a tener una gran autoridad ante sus oyentes y muchos en su pueblo se convertían. Les llegaba muy hondo el mensaje del nuevo profeta: justicia para con los hombres y devoción para con Dios. El programa de Juan era religioso y sin fines políticos, sin embargo, Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, lo encarcela y lo mata; ¿por qué?
Flavio Josefo, historiador judío, nos dice que Juan Bautista enardecía a mucha gente con su predicación y su estilo personal. Al enterarse Herodes, temió que pudiera organizarse alguna revuelta, como las que surgían entonces de vez en cuando, y le destronasen a él. Por eso, anticipándose y curándose en salud, mandó detener a Juan, posiblemente en la región de Perea, lo encarceló en Maqueronte, fortaleza situada al Este del mar Muerto, y después lo mandó matar.
Más tarde fue derrotado por Aretas IV, rey de Petra, que así vengó a su hija abandonada por Herodes para casarse con Herodías. Los judíos interpretaron dicha derrota como castigo de Dios por haber matado a Juan Bautista (cf. Antigüedades judías, 18).
Lucas tiene una cierta coincidencia con Flavio Josefo, pues dice que la gente le preguntaba a Juan: ¿Qué tenemos que hacer? Y su respuesta implicaba obligaciones de solidaridad y justicia con los demás; no bastaba ir al templo a orar y ofrecer sacrificios.
Pero además llegaban a hacerle esa misma pregunta otros colectivos muy representativos de la sociedad, como eran los recaudadores de impuestos y los soldados. Ya el hecho de que acudieran al profeta judío y le pidiesen consejo podía preocupar a Herodes; si, además, recibían órdenes de él y le obedecían, la cosa era más alarmante (cf. Le 3, 10-15). […]
El Evangelio de Marcos, que leemos en la fiesta de hoy, nos aporta un motivo más directo y personal de la muerte de Juan, que puede completar el de Flavio Josefo. Juan, como buen profeta, en su predicación no sólo hace análisis de una sociedad injusta, sino que sus denuncias también afectan a los gobernantes. «No te es lícito tener la mujer de tu hermana,, Hay que tener valentía y ser muy libre para gritar la verdad cruda e hiriente al poderoso.
Aunque Herodes lo respetaba e incluso temía al pueblo, que tenía a Juan por profeta, su esposa Herodías le odiaba y esperaba la ocasión propicia para eliminarlo. El drama está servido en molde veterotestamentario: recuerda al rey Ajab y a su esposa Jezabel, que odiaba a Elías y estaba dispuesta a matarlo (cf. 1R 18-19).
La ocasión se la ofreció «en bandeja», nunca mejor dicho, su propia hija, al bailar en la fiesta y obtener el juramento de Herodes para que le pidiese hasta la mitad de su reino (cf. Est 5, 3,6; 7, 2). El gesto ha quedado inmortalizado por los artistas que reproducen tantas veces la bandeja con la cabeza del Bautista.
Los discípulos recogieron el cadáver y lo enterraron…
Muchos discípulos de Juan se hicieron después discípulos de Jesús, pero otros muchos siguieron con su bautismo y afirmaban que el enviado de Dios y verdadero profeta, si no el Mesías, era Juan Bautista.
Por eso, se impuso el realizar en las comunidades cristianas una revisión de Juan, su mensaje y su movimiento. Había que poner a Juan en su sitio como «precursor», y a Jesús y al bautismo cristiano como continuación y perfeccionamiento de la obra de Juan (cf. Hch 1, 4 ss,; 2, 38; 11, 16). Juan ha sido superado (cf. Lc 1-2; 7, 28) y es el «amigo» y »testigo» de Jesús (Cf. Jn 3, 29; 15, 15; 1, 15.33).
Enterrado en Samaria, hacia el 362 los paganos profanaron el sepulcro de San Juan Bautista y quemaron sus restos, Unos monjes salvaron parte de los mismos y los remitieron a San Atanasio de Alejandría y aparecen en una iglesia entre las ruinas de Serapeum. Hoy día se guardan sus restos en Mira (Turquía), en una mezquita, venerados recientemente por el papa Juan Pablo II. Sus reliquias, muy apreciadas por los monjes, se expandieron por todas partes, lo mismo que su devoción; llegando a multiplicarse las cabezas, manos, dedos y hasta se conserva sangre en ampollas. También cultivaron su devoción los militares de los primeros siglos, que lo veneraban como defensor de la ortodoxia. Se encontró una cabeza del santo en Constantinopla, en la capilla familiar de Teodosio.
Incluso hoy existen innumerables iglesias nuevas en África que se amparan bajo su patrocinio.
Juan Bautista Lobato Fernández
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.