En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime:
«Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».
Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:
«Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».
Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo:
«Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».
El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa,
Dios resplandece. R.
«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. R.
«Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria». R.
En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedo en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dice:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
El pasaje que acabamos de proclamar nos muestra a Moisés refiriendo al pueblo la voluntad de Dios expresada en sus leyes. Como ocurre en momentos de excitación, como es el que está viviendo el pueblo de Israel, surge una respuesta unánime; un impulso común que anima con entusiasmo a la multitud. De ahí sale una promesa clara y decidida. Sabemos de la fragilidad que hay en el corazón del hombre al contemplar cómo esa promesa tan explícita, se ve truncada con frecuencia por la infidelidad. Por eso Moisés requiere algo más que un asentimiento verbal.
Ante la fragilidad del hombre en su fidelidad a lo prometido, Moisés quiere ratificarlo con un rito externo, símbolo de la alianza con Dios. Asperja con la sangre de los sacrificios, tanto al altar como al pueblo. La aspersión de la sangre es la manifestación de la unión del pueblo con Dios. Ese gesto expresa la fidelidad de ambas partes, sancionada con la sangre de las mismas víctimas.
El pueblo, como respuesta, ha aceptado cumplir la voluntad de Dios. La alianza sellada con la sangre, manifiesta la pertenencia, que conlleva una relación amistosa y confiada con Dios. El afecto y la amistad expresan la sumisión gozosa a Aquel que es quien acompaña y dirige a su pueblo.
La respuesta del pueblo es generosa. Incluye la práctica, “haremos” y una actitud de reconocimiento a la autoridad de Dios: “obedeceremos”.
Dos actitudes que deben ser definitorias de nuestra fe que incluye la obediencia a Dios proyectada en una práctica fiel a lo que Él pide y espera de nosotros.
Los amigos de Jesús Lázaro, Marta y María, aparecen, con frecuencia, en el evangelio. Son los “amigos” de Jesús. Viven en Betania, aldea cercana a Jerusalén. Jesús los visitó en distintas ocasiones. Es lógico que, ante la muerte del amigo Lázaro, Jesús se acerque a ese pueblo, como lo hacen muchos judíos que van a acompañar a sus hermanas en ese trance doloroso, aunque no haya respondido de inmediato al aviso.
La fe de Marta en Jesús es absoluta, pero como nos sucede a todos en la vida, le hubiera gustado que la presencia de Jesús hubiera tenido lugar antes de esa hora y, así, haber evitado la muerte de su hermano. Ella cree que su hermano Lázaro resucitará, pero será en el último día, y eso no elimina el dolor de la muerte reciente. Pese a todo, ella confiesa su fe en Jesús como Mesías, el Hijo de Dios.
Jesús llora ante la muerte de su amigo. Y llora porque es hombre y es amigo de quien ha fallecido cuatro días antes; el sentimiento de tristeza le puede. Gesto hermoso por humano. Jesús se deja invadir del ambiente de tristeza que invade la casa de sus amigos y llora la muerte de Lázaro.
Ante la reacción desconsolada de Marta Jesús manifiesta su condición divina con estas palabras: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
Y pregunta a Marta si de verdad cree en ello. Su respuesta es contundente: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo."
Esta pregunta es la que Jesús sigue haciendo a toda persona. La respuesta positiva nos induce a aceptar su condición divina y vivir desde la convicción de que Él nos asegura una vida para siempre. Este es el aliciente que ha de orientar nuestra vida. La fe en la resurrección es la que ha de animar la esperanza de todo creyente, sabiendo que la victoria de Cristo sobre la muerte es también nuestra victoria.
Hoy es un buen día para reanimar nuestra confianza en ese Jesús, que llora ante la muerte de su amigo y a quien, en su condición divina, le devuelve la vida. Él es la seguridad de nuestra esperanza porque sabemos que su fidelidad no está condicionada por nuestros errores. Así lo recalca san Pablo en la 2ª carta a Timoteo: “Si morimos con Él, viviremos con Él…si somos infieles, Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo”.
Santa Marta

La Iglesia recuerda hoy en la liturgia a Santa Marta, aunque el martirologio extiende la conmemoración también a sus dos hermanos.Marta y María, las amigas de Jesús, son un canto a la amistad. Marta y María se han convertido en figuras de cualquier ser humano que sufre el dolor de la enfermedad y la muerte. Son modelo de esperanza a pesar del dolor
La Iglesia recuerda hoy en la liturgia a Santa Marta, aunque el martirologio extiende la conmemoración también a sus dos hermanos. Su nombre procede del arameo y significa dama, señora. Marta aparece en dos Evangelios. Juan y Lucas hablan de ella y la presentan siempre junto a sus hermanos María y Lázaro, que fue resucitado por Jesús. Los tres viven en Betania, aldea cercana a Jerusalén, por la que el Señor solía pasar con frecuencia para descansar en casa de sus amigos.
Del Evangelio de Lucas se deduce que Marta era la mayor de los tres hermanos porque recibió a Jesús «en su casa» y porque se afanaba por los quehaceres del hogar (cf. Lc 10, 38-41). De todos modos, sea cual fuere el orden, la relación de los tres hermanos con Jesús es muy particular y no parece que uno sea más que otro. A los tres los quiere el Maestro y a los tres busca en los momentos en que necesita un descanso sereno y pacificador.
Marta y María reciben a Jesús en su casa (Jn 10, 38-41) y juegan un papel muy importante en la resurrección de su hermano. María unge los pies a Jesús en Betania, seis días antes de la Pascua, mientras que Marta sirve la cena a los comensales.
Vernos a Marta y a María en el Evangelio de Lucas. Jesús entró en una aldea y una mujer de nombre Marta lo recibió en su casa» (Lc 10, 38). Seguramente que la visita no fue improvisada. Marta sabía que el Maestro se hospedaría en su casa y „andaba inquieta y nerviosa». Seguramente lo había preparado todo para recibir a Jesús y se afanaba en tenerlo todo a punto para su esperado huésped.
María, su hermana, se había desentendido de las faenas de la casa y estaba dedicada exclusivamente al Maestro. Muchas veces se nos ha presentado a Marta en oposición a María. Una elige la acción y otra la contemplación. Dos estilos de vida que se comparan para elegir uno como más perfecto que el otro.
Pero no debió de ser así. Una mezcla de sentimientos se apoderaría del corazón de Marta. Ella también querría estar sentada a los pies de Jesús, escuchándole y haciéndole preguntas. Sin embargo. había que preparar la comida y el alojamiento. De una manera indirecta, estaba dedicada totalmente a Jesús. Por él y para él trajinaba. Pero nadie se daba cuenta. Ese «andaba inquieta y nerviosa», que nos dice Lucas. podría tener múltiples causas: el afán por ofrecerle a Jesús lo mejor, el no entender por qué su hermana no la ayudaba, el querer terminar pronto lo que estaba haciendo para estar con su huésped… Todo, menos preferir las tareas de la casa a estar con Jesús.
Juan dedica el capítulo 11 y parte del 12 a hablar de los amigos de ,Jesús: Lázaro, Marta y María, que vivían en Betania. Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro» Un 11, 5). No sabemos cuál de los tres fue el primero en conocer a Jesús. Pero sí queda claro que se relacionan y se ayudan.
El capítulo 11 nos cuenta la resurrección de Lázaro. Juan sitúa este milagro en Betania, la aldea donde vivían los amigos. Entre la fiesta de la Dedicación, que se celebraba en invierno (10, 22) y la fiesta de la Pascua, propia de la primavera (11, 55). Según este evangelista parece que la furia de los judios que buscan matar a Jesús está provocada por este hecho milagroso: Lázaro, que estaba muerto, ha vuelto a la vida. […]
La enfermedad del amigo servirá para honrar al Hijo de Dios. El sueño-muerte del amigo pondrá de manifiesto el poder de la vida y la resurrección. La muerte y resurrección de Lázaro serán causa de la muerte y glorificación de Jesús.
[…] Leyendo detenidamente el capítulo 11 de San Juan, advertirnos que en el fondo del relato, Marta, María y Jesús hablan de muerte y vida, de tinieblas y de luz. Jesús lleva la vida y la resurrección. Él es la luz de este mundo, Marta y María están envueltas en el dolor y la oscuridad, Hablando con Jesús vislumbran algo de su resplandor y creen que es posible la vida, aun estando muertos. Pero se empeñan en llevarle a la oscuridad del sepulcro. Es la mezcla de la fe y la impotencia ante la pérdida de un ser querido. Creemos que resucitará, pero lo cierto es que sólo tenemos su cuerpo enterrado en una tumba.
Jesús, Marta, María y los judíos que estaban con ellas fueron al sepulcro. Y ocurrió el «signo»» de la vida. Ninguna de las hermanas había pedido a Jesús que resucitara a su hermano. No se atrevieron a tanto. Sin embargo, era necesario aquello para que muchos creyeran y para que se manifestara el poder de Dios.
Muchos judíos que presenciaron lo que había hecho jesús, creyeron en él» (11, 45). Otros fueron a contárselo a los fariseos. He aquí el signo de contradicción: Ven la gloria de Dios y se preguntan ¿qué hacemos?» (11, 47-48). Y desde aquel día estuvieron decididos a matarlo» (11, 53-54).
El evangelista no nos cuenta cuál fue la reacción de las hermanas de Lázaro, pero sabemos que volvieron a encontrarse otra vez los cuatro en Betania.
Marta y María, las amigas de Jesús, son un canto a la amistad. Marta y María se han convertido en figuras de cualquier ser humano que sufre el dolor de la enfermedad y la muerte. Son el símbolo de la impotencia a pesar de la fe. Son modelo de esperanza a pesar del dolor.
Marta y María han metido a Jesús en su casa y le han hecho partícipe de sus vidas. Cuentan con él. Acuden a él. Le acogen en todo momento. […]
Julia Villa García
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.