Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:
«Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R/.
Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. R/.
Mi alma lo reconoce agradecida,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R/.
En aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegará Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía:”Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a vosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».
A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.
Nace el día con eco de promesa. Hay en el aire susurro de profecía tras el destino de un Siervo, elegido antes que la creación tuviese hálito de vida. Todo habla de un designio salvífico que va incluso más allá de las entrañas mismas. Compromiso de un Creador apostando sin tregua por lo "muy bueno" del Paraíso. Oportunidad que renace en medio de un Antiguo Testamento que sueña rumbos nuevos, pues la noche vislumbra claroscuros. Todo está engendrado en el pensamiento divino y hay una llamada al alba desde la ilustre cuna. Esta es la razón por la cual nuestro propio nacimiento tiene mucho de "privilegio".
La Natividad de Juan nos recuerda que también somos unos "bien nacidos". El anuncio mesiánico se hace realidad en la figura y la misión del Precursor. Profeta inconformista. Su palabra es revulsivo exhortando a la conversión de corazón y a la esperanza. Cumplió con fidelidad su misión, sin detenerse ante las dificultades y los tropiezos de quienes no pararon hasta hacer callar su voz con el martirio.
Supo recoger y poner a flor de piel toda la esperanza y anhelo de salvación que estaba en el corazón de su pueblo. Su palabra, atenta al tejido diario de su vida, llegaba al interior de las personas, suscitando provocación, inquietud y haciendo que los ojos se abrieran al futuro. Su palabra hacía tambalear seguridades y no se detenía en el momento de deshacer los montajes de una religiosidad domesticada y adormilada que actuaba, en definitiva de vacuna contra la auténtica fe. Su palabra fue "espada cortante" y "flecha bruñida".
Su misión es la de facilitar y hacer posible el encuentro. Va al núcleo de la cuestión: renovarse, convertirse, para poder descubrir, escuchar y seguir al Verbo de Dios. Toda su vida tiene la grandeza de la misión bien cumplida, realizada sin ostentación. Y en ella se deja la vida. Su anuncio del Reino que se acerca choca con la resistencia de quienes han construido su propio reino en este mundo. Juan con su propia sangre sellará su testimonio con valentía.
Sin ahorrarse sacrificio, sabiéndose retirar, no pretendiendo entender más de lo que le es dado, sabiendo morir para no traicionar su verdad repetida valerosamente ante los poderosos. No es un hombre que diga y no haga, sino que dice y hace. Y dice y hace con exigencia, con radicalidad. Es un auténtico profeta de Dios. Su vida austera, la soledad del desierto y la predicación descarnada son sus señas de identificación. Enseñaba a distinguir el oro del oropel, la verdad de la mentira, el tocino de la velocidad y, sobre todo, a Jesús "Maestro de Nazaret" de los que se proclamaban "maestros de Israel".
También cada uno de nosotros ha recibido una misión que no puede ser reemplazada por nadie. Quizás muchas veces estamos alejados de los demás y entonces nuestra palabra resulta fría e impersonal, incapaz de hallar eco alguno en quienes nos rodean, incapaz de hacer mella, como un cuchillo mal afilado. ¿Somos conscientes de que nuestra misión, como la de Juan, es la de facilitar a los demás el encuentro con Jesús o bien damos una impresión excesiva de predicarnos a nosotros mismos? ¿Somos capaces en estos momentos de mantener una actitud valiente, constante y decidida o nos echamos atrás dejándolo para otra ocasión más propicia y menos comprometida? Nuestra tentación es a menudo excusarnos para no decir ni hacer. O, quizás, para decir pero no hacer. ¡Profetas! Quiere decir que hemos de hablar y vivir sin miedos para abrir camino a Jesús. Hoy el mundo sigue necesitando precursores. Tenemos falta de profetas con el valor y la coherencia de Juan. Nuestro compromiso es allanar caminos, enderezar sendas, ser voz que clame en el desierto de nuestras ciudades tan ajetreadas. No nos basta con "saltar" de gozo en el seno de la Iglesia. Tenemos que salir. A extender nuestro dedo y "señalar los caminos" por los que pasa el Señor.
Natividad de San Juan Bautista

La fiesta del nacimiento de Juan el Bautista coincide, más o menos, con el solsticio de verano. Muchas tradiciones y muchos ritos anteriores al cristianismo parecen darse cita para celebrar en este día el gozo de la luz y la fuerza y exhuberancia de la vida. La fe cristiana ha sustituido esas celebraciones paganas con el recuerdo de aquel que anunc
Juan nace de un matrimonio anciano, que sin duda había anhelado siempre el don imposible de un hijo. Ésa es su familia. La esposa, descendiente de Aarón, se llama Isabel y se dedica a sus labores del hogar. Isabel es estéril, como tantas mujeres que habían dado vida a los grandes héroes de Israel. Su esterilidad subraya, como antaño, la presencia poderosa de Dios que cambia el rumbo de la historia cuando quiere. Así que Isabel vive la alegría de una maternidad inesperada. Y el nacimiento de un niño que es causa de sorpresa para todos. […]
El nacimiento del niño está rodeado por un halo de misterio. Su padre está un día en el templo, ejerciendo el servicio sacerdotal, tal como le correspondía por turno a su grupo. Entra en el santuario a ofrecer el incienso y se encuentra con el ángel del Señor. Entra a cumplir el rito y se encuentra con el mismísimo Dios de las promesas. El temor y el gozo se suceden en el breve diálogo inicial. El ángel del Señor anuncia el nacimiento de un hijo, al que el sacerdote habrá de poner el nombre de Juan.
El sorprendido sacerdote no puede creer lo que oye. Su edad y la de su esposa son un inconveniente aparentemente insuperable. El ángel le anuncia una mudez que es al mismo tiempo un signo de la veracidad de sus palabras, un castigo transitorio por la increencia de Zacarías y, sobre todo, una señal de que la promesa se habrá de cumplir a su tiempo (Lc. 1, 19-20). Y la promesa se cumple, en efecto. Pocos días después, los esposos se dan cuenta de que Isabel espera un hijo. Es más, esa nueva vida es también la señal para su pariente María, que en la distancia, recibe seis meses después el mensaje de su propia sorprendente maternidad.
María se pone en camino para visitar a su pariente Isabel. Recorre las montañas de Judea haciendo suyos los caminos por los que en otro tiempo había pasado el arca de la alianza del Señor. Al encuentro de aquellas dos madres, el hijo de Isabel salta de gozo en el seno de Isabel (Le 1, 44). Sin duda, el evangelista ha querido preanunciar la que ha de ser su misión. Él habrá de reconocer la presencia del Mesías que llega a su pueblo, trayendo la salvación, la paz y la alegría para todos.
Se cumplieron los tiempos y nació el niño anunciado por el ángel. El Evangelio subraya explícitamente que su nacimiento llena de alegría a sus padres y del temor de Dios a sus vecinos. Son las dos reacciones típicas ante la presencia del misterio en la vida de los hombres: el temblor y la fascinación.
Con motivo de la ceremonia de la circuncisión solía imponerse el nombre al recién nacido. En esta ocasión, surge una breve disputa sobre el nombre que se ha de imponer al niño. Las gentes pretenden que se llame Zacarías, corno su padre. Pero éste parece haber tenido tiempo y silencio suficientes para meditar sobre los proyectos de Dios. Zacarías es cribe en una tablilla: Juan es su nombre.’. Y en ese momento se desata su lengua dormida. […]
La lengua de Zacarías no se desata para explicar su mudez, ni para manifestar su alegría y la fortuna alcanzada por su casa, sino para proclamar las maravillas de Dios. Para ello proclama una «berakhá», una de aquellas bendiciones a Dios que caracterizaban la oración de Israel. Y lleno del Espritu Santo profetiza: -Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Nos ha suscitado una fuerza salvadora en la familia de David su siervo. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de los pecados» (Lc 1, 68-69.76-77).
Juan irá delante del Señor. La contraposición evoca una cuestión importante que nos remite a unos años posteriores. El evangelista conoce sin duda la existencia de un grupo de discípulos de Juan, que encontramos varias veces en los escritos del Nuevo Testamento (Hch 18, 24-19, 7). En algún momento ha debido de subsistir entre las primeras comunidades cristianas la duda sobre la legitimidad de las pretensiones mesiánicas de un maestro o el otro, de un profeta o el otro. El evangelista Lucas, ya desde este momento inicial, quiere dejar bien claras las diferencias. Juan no es el Mesías: es su precursor y mensajero. Nada más y nada menos. Así lo proclama su padre el día de la circuncisión.
De su infancia no se nos ofrece más que una pincelada más bien estereotipada, que, a la vez, resume los años de su crecimiento y nos asoma a la misión que habría de asumir: «El niño iba creciendo y se fortalecía en su interior. Y vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1, 80).
El desierto no sería sólo su escenario. Era el ambiente de su vida y el signo mismo de su misión. Allí había aparecido de pronto nadie sabía cómo ni de dónde. Se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Eso decían las gentes. Y ese detalle ha sido transmitido por los textos evangélicos. Era una forma de aludir al género de vida que había elegido.[…]
Juan era un hombre piadoso, coherente y sincero. Y muchos acudieron a él. Tanto los Evangelios como Flavio Josefo subrayan que era visto con respeto por los judíos. Muchos estaban insatisfechos de la situación social, política y religiosa de su pueblo y aguardaban la manifestación de Dios y de su Mesías. Esperaban una liberación de la que sólo Dios podía tener la iniciativa.
La liberación no consistía ahora en escapar del lugar de la esclavitud. Significaba, más bien, abandonar un estilo de vida. Era una «conversión», Un cambio de actitudes: dar los frutos que pedía la conversión, la «teshuvá», o retorno a Dios, que habían predicado siempre los profetas. Y eso es lo que pedía Juan.
La conversión venía motivada por la escucha de la palabra del profeta, se celebraba con el rito que la significaba y se manifestaba en el cambio de vida que la ratificaba. El rito, es decir, el bautismo en el Jordán, significaba que Dios estaba dispuesto a elegir un pueblo nuevo precisamente allí donde el pueblo de Israel había entrado en la tierra prometida. Y el cambio de vida era la exigencia lógica de aquella elección divina. Por tres veces se nos repite la pregunta típica de la conversión, puesta en labios de los oyentes de Juan: «Qué tenemos que hacer?» (Lc 3, 10.12.14). Una pregunta que, más tarde, dirigirán a Jesús un maestro cíe la Ley (Le 10, 25) y un hombre importante (Le 18, 18), que parece identificarse con el joven rico. Una pregunta que se repetirá tres veces en los Hechos de los Apóstoles, obteniendo una respuesta en la que siempre se incluye el bautismo (Hch 2, 37; 16, 30; 22, 10). […]
En el discurso de Juan se anticipan las exigencias de Jesús Y la respuesta de algunos seguidores paradigmáticos, como Zaqueo, que entregarán la mitad de sus bienes a los pobres (Le 19, 8). El discurso de Juan no trataba de cambiar el sistema. Al menos a corto plazo. Pero trataba de cambiar las conciencias. Seguramente este cambio habría de desembocar en el otro.
Así pues, Juan no era el Mesías. Era su precursor y su siervo. Los rabinos decían que un discípulo ha de hacer por su maestro todo lo que un esclavo hace por su dueño, excepto quitarle el calzado. Sería rebajarse demasiado, Pero Juan ni siquiera se considera digno de desatar las sandalias del que viene detrás de él (Jn 1, 19-27). Él anuncia al que ha de venir. Al que no bautiza con agua, sino con viento: es decir, con el Espíritu. El que ha de venir trae en su mano el horcón para aventar en la era las mieses ya trilladas. Él ha de separar la paja del grano. Él realizará el juicio sobre lo aceptable y 10 desechable. Él será el Señor y el Juez. […]
Un día llegó Jesús hasta la ribera del Jordán, parecía uno más entre la multitud. Es como si tratase de pasar inadvertido entre la multitud. Pero Juan, el predicador exaltado y peligroso que denunciaba la corrupción, lo vió llegar a las orillas del río. Lo reconoció entre las gentes del pueblo que olían a ajo, corno decían los fariseos. Y lo señaló a gritos para que todos se enteraran de que ya nada podría seguir siendo igual: «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo., (In 1, 29).
Aquella bajada al Jordán era todo un signo. Jesús se acercó al Jordán como se había acercado Josué, es decir, como el guía que conduce a su pueblo al país de la libertad. Jesús bajó al Jordán, como había bajado Elías, el defensor de la unicidad y el señorío de Dios en una época de crisis religiosa y de apostasía global. Jesús caminó hasta el Jordán, como había hecho Eliseo, al recibir el espíritu profético, para proclamar la verdad y practicar la misericordia. Jesús se sumergió en el Jordan, como se había sumergido Naamán, el leproso, para hacerse solidario de todos los dolores de la humanidad.
Juan lo reconoció como el «cordero de Dios» (Jn 1, 29). Era aquélla una expresión que resultaba rica de contenido y de evocación. Jesús recordaba la aventura de un pueblo nómada y pastoril que había guiado sus corderos por las cañadas del desierto. Jesús evocaba el cordero de la Pascua, signo de la piedad de su pueblo y del sacrificio que sellaba la alianza con su Dios. Él era la imagen más nítida de la liberación y de la fiesta. Jesús era sin duda el cordero llevado al matadero, como repetía el cuarto «Cántico del Siervo de Yahvé. Él era el que se ofrecía por la salvación de los suyos y aun de todo el mundo.
Pero Juan dijo todavía algo más. Aquel hombre, cordero y servidor, venía a quitar el pecado del mundo. Ése era el sueño y el ideal de todos los grandes profetas de antaño. El reino de Dios habría cíe ser un reino de santidad.
Un momento antes del bautismo de Jesús, el Evangelio de San Mateo transcribe un breve diálogo entre los dos. Juan parece resistirse: él es quien debía de ser bautizado por Jesús. Pero éste le dice, con una frase un tanto misteriosa, que ambos han de cumplir «toda justicia’ (cf. Mt 3, 13-15). Tanto Juan como Jesús hacen suya la voluntad de Dios. Por ellos pasa la historia de la salvación.
Juan era tan sólo una voz. Pero una voz que inquietaba y despertaba a los espíritus dormidos. Una voz profética que anunciaba y denunciaba.
Un profeta como Juan no podía morir en una tranquila ancianidad. Pronto habría de ser encarcelado por orden de Herodes. Pero ese episodio martirial lo celebramos en otro día de fiesta, que la Iglesia ha señalado para el 29 de agosto.
José Román Flecha Andrés
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.