Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.
Siempre seréis ricos para toda largueza, la cual, por medio de nosotros, suscitará acción de gracias a Dios.
Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R/.
En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad dura por siempre.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R/.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».
Los versículos de la 2ª carta a los Corintios que leemos en la eucaristía de hoy se sitúan en el contexto de una “colecta” que Pablo ha puesto en marcha para poder atender a la comunidad cristiana de Jerusalén inmersa en una situación de gran necesidad.
Leyendo toda la reflexión de Pablo respecto a esta colecta, se percibe que no habla de una recogida de dinero sin más, para una situación puntual. Mi impresión es que Pablo está apuntando a dos cuestiones esenciales respecto a las “consecuencias” que nuestra fe tiene en la vida.
Jesús aprovecha la referencia a la limosna, la oración y el ayuno, prácticas habituales en todas las tradiciones religiosas, para ponernos en guardia. Y parece que el objetivo de sus palabras no es tanto la invitación a que hagamos limosna, oración o ayuno. Se trata, más bien de que estemos atentos a nuestra actitud, nuestra disposición, nuestras expectativas, nuestros deseos… cuando hacemos algo que “objetivamente” es bueno, o está bien.
Es propio de nuestra naturaleza humana la necesidad de “ser”, y a veces podemos equivocar el camino e identificar el “ser” con el reconocimiento, la admiración, la alabanza… que provienen de fuera. Nos gusta que nos reconozcan las cosas que hacemos bien. Y seguramente no es malo, siempre que no tratemos de edificar nuestro “ser” sobre el reflejo que recibimos de los otros.
Si profundizamos un poco en lo que significa ese vivir dependiendo de la aprobación, la aceptación, la admiración… quizá comprendamos que nos estamos convirtiendo a nosotros mismos en el “centro”, con lo que ya no lo ocupan ni Jesús ni su Reino. Triste recompensa que nos desvía de lo que queríamos.
La única recompensa plena y deseable es la de sentirnos amados por Dios, presente en nuestra vida, que nos da la capacidad para amar y entregarnos. Todo es don, y todo fluye en nosotros desde ese don. No necesitamos atribuirnos méritos ni exigir reconocimientos. La relación con el Señor es la que genera la sana disposición para hacer el “bien”, no como obligación sino como consecuencia natural de ese Amor en el que “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
Buena clave de discernimiento para cuando estemos tentados de buscar reconocimientos, ¡o incluso de “gustarnos” a nosotros mismos porque hemos sido “capaces” de no buscarlos!
San Luis Gonzaga

Jesuita italiano, hijo mayor de una familia noble, abandonó sus títulos para entrar en la compañía de Jesús donde se dedicó a cuidar a enfermos de peste, muriendo a causa de esa enfermedad con 23 años. Es considerado el patrono de la juventud católica.
Los Gonzaga formaban una constelación en torno a la casa de Mantua, que era el tronco común y cuyo jefe era considerado como cabeza suprema de la familia. […] En este reparto familiar, a Luis Alejandro, abuelo de Luis, le tocó Castiglione delle Stiviere, que pasó a su hijo don Ferrante. La madre de Luis era una noble del ducado de Saboya. Del castillo de los Gonzaga en Castiglione delle Stiviere hoy sólo quedan unas cuantas piedras. En 1565 era un complejo informe y altanero de torreones, murallas y baluartes. […] Aquí vino al mundo Luis. […] La trayectoria de Luis Gonzaga fue muy diversa, tan diversa como su mundo. Además de no faltarle nunca nada, se vio rodeado de atenciones —mimado, sería la palabra— desde el primer momento y por mucha gente. […]
Siguió, a partir de noviembre de 1577, una estancia de dos años y medio en Florencia por razón de estudios. También fue en este mismo período florentino cuando sintió la necesidad de confesarse más a menudo; para elegir confesor pidió consejo a su preceptor y éste le dirigió al padre De la Torre, jesuita y rector del colegio. Luis se le presentó con tanta reverencia, vergüenza y confusión como si fuera el mayor pecador del mundo ¿Qué pasaba en aquella alma? Una confesión general le trajo una profunda paz y marcó el comienzo de una vida más estrecha y exacta. Se propuso dominar la cólera característica de los Gonzaga. Advirtió que en las conversaciones se le escapaban alusiones críticas a la conducta ajena y, para no volver a acusarse de aquella falta en sus confesiones, se retiró del trato aun con los de casa.
Un día, en la penumbra de la gran iglesia, hace voto de perpetua virginidad. Luis sabe lo que hace. También es de este período la visita de San Carlos Borromeo, cardenal arzobispo de Milán, que tiene una larga charla con él, le aconseja hacer la primera comunión y él mismo se la administra el 22 de julio de 1580.
Precisamente cuando Luis ha resuelto volver las espaldas al gran mundo de su tiempo, se ve rodeado de la nobleza más alta de Europa; forma parte de la comitiva que acompaña a la emperatriz María, hija de Carlos V y esposa de Maximiliano II en su viaje a Madrid. Los Gonzaga la alcanzan en Vicenza, por septiembre de 1581. Es el famoso viaje durante el cual Luis no miró ni una vez a la cara de la emperatriz.
El cortejo llegó a Madrid el 7 de marzo de 1582. […] [Allí] Luis comienza a buscar la voluntad de Dios respecto de la vida religiosa que quiere abrazar. Se inclina por la Compañía de Jesús, pero quiere una confirmación espiritual y la busca con ahínco en la oración. La luz que buscaba sobre su futuro la encontró el día de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto de 1583, en la iglesia del Colegio Imperial. Primero fue a misa y comulgó; luego se detuvo a orar ante la estatua de Nuestra Señora del Buen Consejo y «oyó una voz clara que le dijo que entrase en la Compañía de Jesús».
Aquel mismo día acudió a su confesor, padre Paternó, y le pidió que mediara con los superiores para ser admitido cuanto antes. El confesor se ancló en dos conclusiones igualmente claras: la certeza de la vocación y la necesidad del consentimiento paterno.
Aquel mismo día Luis se lo reveló todo a su madre. Doña Marta habló con don Ferrante y éste se puso furioso; que su heredero, que prometía ser sabio gobernante del principado, lo dejase todo para hacerse jesuita, sin siquiera la posibilidad de una dignidad eclesiástica, ¡nunca!
[…] Luis recurrió a los hechos consumados. Se fue a un colegio de la Compañía y mandó que se lo dijeran a su padre. Ducho en tales lances, don Ferrante ganó fácilmente esta partida. Habló con un abogado de su confianza, éste habló con Luis y le hizo volver a casa.
[…] Don Ferrante sufría atrozmente de gota, y aquellos días su mal se recrudeció. Postrado en cama, pensaba en los problemas de su principado. Su afición al juego le había llevado al borde de la bancarrota y los apuros económicos se hacían ya sentir. Sólo Luis podría pilotar su hacienda sabiamente. ¡No podía irse! Le llamó y le preguntó hasta qué extremo quería llevar sus intenciones adelante; Luis le respondió con libertad y llaneza que pensaba lo que antes, servir a Dios en la religión que había dicho. Don Ferrante montó de nuevo en cólera y con palabras ásperas le mandó salir de la habitación.
Luis recurrió a la oración y la penitencia. Un día, movido de un impulso interno que lo empujaba, se dirigió al marqués, que se hallaba en cama con su dolencia crónica, y con profunda humildad, pero con tono claro, le dijo:
— Padre y señor mío, yo me pongo totalmente en manos de V. E. para que disponga de mí a su gusto; pero le aseguro que Dios me llama a la Compañía y que en resistir a esto resiste a la voluntad de Dios. [El padre no tuvo otro remedio que aceptar la voluntad de su hijo]
Su renuncia al principado tuvo lugar en Mantua y asistieron todos los miembros de la casa Gonzaga con derecho al feudo en el caso de faltar sucesión directa, El momento de firmar fue emocionante. Luis se sentía por fin libre para comenzar la vida a que Dios le llamaba.
El 19 ó 20 llegaron a Roma y Luis se hospedó de momento en casa del cardenal Escipión Gonzaga, patriarca de Jerusalén. Pero muy pronto fue al Gesú para presentarse al padre general, Claudio Acquaviva. Se le echó a los pies, y no le podían hacer levantar del suelo. Le presentó una carta de su padre, fechada el 3 de noviembre de 1585, que decía entre otras cosas: «Al entregarle a mi hijo Luis, pongo en sus manos lo que es para mí de más estima en este mundo y al que era el principal fundamento de mis esperanzas para el sostén y mantenimiento de mi casa.» Era su último sollozo.
De los dos años de noviciado pasó dos meses en el Gesú, ocupado en oficios humildes, y tres en Nápoles, estudiando metafísica; el 25 de noviembre de 1587 hizo los votos del bienio, que recibió el rector del Colegio Romano, padre Vincenzo Bruno.
Inserto en aquel gran colegio, hace todo lo posible para pasar desapercibido, pero sus 200 compañeros no le pierden de vista y observan todos sus actos.
A finales de 1590 y principios de 1591 brotaron y se multiplicaron los casos de peste. Los hospitales se llenaron rápidamente y se recurrió a soluciones mprovisadas. Un día el padre Acquaviva se encontró no lejos de la casa profesa a dos apestados que yacían en la calle. Mandó recogerlos y cuidarlos y él mismo los curó. El hecho se repitió y se montó un pequeño hospital adosado a la curia del general, Los padres de la casa generalicia asistían a aquellos infelices, cuyo número llegó pronto a 56. La emergencia movilizó asimismo a los jóvenes del Colegio Romano; acababa de llegar de China el padre Michele Ruggieri, compañero de Mateo Ricci, y contaba cosas maravillosas, pero los apestados monopolizaban su interés.
Luis Gonzaga se entregó con ardor a su servicio reservándose los casos más repugnantes y peligrosos; acudió a todos los hospitales y escribió a su madre y su hermano Rodolfo pidiendo ayuda. Por el mes de febrero el número de muertos llegaba a los 60.000, cifra enorme para una ciudad que en tiempos normales no pasaba de 130.000 habitantes.
A Luis le asignaron, como campo de su apostolado de caridad, el hospital de la Consolación. Un día asistía a un enfermo que sangraba podredumbre. Su compañero le vio palidecer, como si no pudiera continuar; pero se repuso y reanudó la cura de aquel infeliz.
El 3 de marzo dio con un apestado que yacía inconsciente en medio de la calle. Se lo hechó encima, lo llevó al hospital, y le hizo las primeras curas. Cuando regresó al Colegio Romano, se sintió mal y tuvo que acostarse. La temperatura subía alarmantemente; el enfermo presintió que aquélla era una enfermedad mortal y se entregó con gozo a la esperanza de vida eterna.
— Padre, ¿puede haber exceso en estas aspiraciones mías?, preguntó a su confesor Roberto Belarrnino.
— No, hijo mío, no hay exceso en el deseo de morir para unirse con Dios, con tal de que sea con la debida resignación.
Al sépitmo día se confesó, recibió el viático y la unción de los enfermos, y se dispuso a morir. Entonces le bajó la fiebre y, pasado el primer ímpetu del mal, le sobrevino la calentura lenta de la tuberculosis que iba a consumir su vida aquella primavera. Como buen hijo, escribió una carta a su madre: «Desde hace un mes estoy para recibir de Dios nuestro Señor el más grande favor que es posible recibir. Pero él ha querido diferirlo y prepararme con una fiebre lenta que aún me queda, y así paso alegre los días con la esperanza de ser llamado dentro de pocos meses de la tierra de ]os muertos a la de los vivientes, de la visión de estas cosas terrenales y caducas a la contemplación de Dios, que es todo bien».
Trataba con más frecuencia que nunca con el padre Belarmino. Después de una de estas conversaciones tuvo una especie de rapto en el que supo que iba a morir a los ocho días.
Así fue. Aún pudo dictar una carta para su madre. En el pequeño aposento se agolpaban las visitas y todos salían con la impresión de que algo extraordinario sucedía en aquella vida que se apagaba. Forzado ya por la debilidad a un silencio casi absoluto, permaneció profundamente recogido, abrazado al crucifijo. De vez en cuando movía los labios, y sus pa-labras preferidas eran:
— Deseo ser desatado de este cuerpo y estar con Cristo. Este momento le llegó doblada la medianoche del 20 al 21 de junio de 1591.
Ignacio Echániz S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.