Hermanos:
Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.
Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros.
En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a se justicia de Dios en él.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo. R.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que le dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Ayer conmemorábamos el Sagrado Corazón de Jesús. Hoy recordamos y conmemoramos el Corazón de su Madre. Siempre que se habla del corazón surge en todos, la realidad compleja y rica de los sentimientos. Hoy recordamos ese Corazón maternal donde están los mejores sentimientos de María hacia nosotros, sus hijos.
El texto de Pablo que nos presenta hoy la liturgia, es una invitación a caer en la cuenta de que la muerte de Cristo, – “uno por todos”-, nos ha reconciliado con Dios y ha traído a nuestra vida un perfil propio de personas rescatadas para Dios con la sangre de su Hijo.
Para todo creyente este texto nos invita sacar consecuencias de este hecho. El primero es la necesidad de seguir el ejemplo de quien dio la vida por nosotros. Su modo de obrar nos ha de incitar a seguir sus “mismos pasos, no viviendo ya para nosotros, sino para Aquel que dio la vida por nosotros”. Somos criaturas nuevas que hemos de reflejar un nuevo modo de estar sobre esta tierra, un estilo de vida, que remite al ejemplo de Cristo.
Dios nos ha reconciliado en Cristo y en esta reconciliación no tuvo en cuenta nuestro pecado. La Iglesia es la comunidad donde se realiza la manifestación de la reconciliación a través de Cristo y, al mismo tiempo, de servicio en esa reconciliación.
De todo ello surge un nuevo modo de mirar a los demás, “no con criterios humanos”, propios de las categorías del mundo. Para el creyente toda persona es beneficiaria de la Sangre derramada por Cristo y en ella se ha de percibir a esa criatura nueva que subyace más allá de las apariencias.
La frase que define toda esta nueva realidad es que: “lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo”. Ese mundo nuevo nos sitúa en la reconciliación alcanzado por Cristo. De ahí surge nuestro compromiso de anunciarlo con nuestra vida. Al ser reconciliados con Dios, nos corresponde animar a otros para vivir conscientemente esa reconciliación. Somos nuevas criaturas. Nos convertimos así en embajadores de Cristo en esa responsabilidad de hacer partícipes a todos de nuestra condición.
Sorprendente pregunta de Jesús. Sus padres “angustiados” y, al encontrarlo, le escuchan esa pregunta, hecha desde la serenidad y la seguridad de haber realizado lo que era su deber. Para Jesús está claro su cometido: “ocuparse de las cosas de su Padre”. Sus padres tendrían que ir asimilando entre sorpresas y desconciertos que ese Hijo, no seguía la pauta de los demás; tenía su propia pauta. Tenía muy claro su objetivo y cumpliría con su misión desde su adolescencia. El evangelio, pese a lo que todos desearíamos saber, no nos cuenta casi nada de sus años “ocultos”. Lo llena su vida “pública”, con sus parábolas, sus milagros, su predicación por Palestina. A todos nos hubiera gustado saber cuál era el tema que discutían Jesús y los doctores de la ley. No lo sabemos, pero el evangelio deja una nota muy significativa: “Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas”.
Volviendo a la pregunta de Jesús, podemos cuestionarnos cómo irían asimilando sus padres ese ir descubriendo la realidad profunda de su Hijo. Debió ser un proceso lento, desde el cual ellos irían descubriendo la presencia de Dios hecho hombre y entrarían en una nueva dinámica. Era un joven como los demás y, sin embargo, iba orientando su vida por caminos sorprendentes, sinuosos quizá para sus padres, que tenían que ver muy poco como lo que era común a los otros muchachos.
Toda la historia de María puede resumirse en estas pocas palabras. Lo que estaba viviendo no era contemplado pasivamente, no resbalaba por su vida. La iba marcando, a veces con dolor, otras con alegría, otras con incertidumbre. Por eso todo lo iba guardando con mimo dentro de sí misma. La riqueza de ese Corazón procedía de su condición de Madre de Dios experimentando el poder de la gracia en ella misma.
Es bueno recordar que el corazón, como lugar al que asociamos sentimientos, nos indica que vivir en cristiano no se puede reducir a un mero sometimiento a una ley o asentir a una doctrina o cumplir un ritual con el que deseamos honrar a Dios. Seguir a Jesús es mantener con Él una relación de amistad, de confianza, de fidelidad que marca la vida, impregnada de ese Jesús, Dios hecho hombre. Y eso tiene una relación muy directa con nuestros sentimientos.
El mejor modelo para todos es, sin duda, su Madre. Para el cristiano saber que esa Madre de Jesús es también Madre nuestra, es vivir desde la seguridad de que ese Corazón nos acompaña y, si somos fieles, nos ayudará a modelar el nuestro con sus mismos sentimientos que, al final, serán los que nos unan más a Jesús.
Tengamos hoy un recuerdo para los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos) que hoy celebran con especial relevancia a María bajo esta advocación.
Inmaculado Corazón de María

El corazón de María nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor. María es asimismo la creyente que guarda y medita en su corazón los momentos de la manifestación de Jesús; el corazón de María aparece entonces como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo.
La liturgia propone esta memoria al día siguiente de la gran fiesta del Corazón de Jesús. Así, tras la solemnidad en que se celebra el corazón abierto del Salvador, hacemos un recuerdo más discreto del corazón de la madre, la toda-santa, la obra primorosa del Espíritu.
El símbolo «corazón de María» nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor: ella conoce la alegría desbordante (cf. Lc 1, 28.47), pero también la turbación (cf. Lc 1, 29), el desgarro (cf. Lc 2, 35), las zozobras y angustias (cf. Lc 22, 48). María es asimismo la creyente que «guarda y medita en su corazón» los momentos de la manifestación de Jesús, ya en el nacimiento (Lc 2, 19), o más tarde en la primera Pascua del niño (2, 51); el corazón de María aparece entonces como «la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo» O. Mª Alonso). María es, además, modelo del verdadero discípulo, que escucha la Palabra, la conserva en el corazón y da fruto con perseverancia (Cf. Lc 8, 11-15.19-21 y 11, 27-28). María es, en fin, la mujer nueva que vive sin reservas ni cálculos el don y los afanes del amor: «el corazón de María es su amor»; «su corazón es el centro de su amor a Dios y a los hombres» (Antonio Mª Claret).
Vamos a desarrollar este último punto, comenzando por el amor a Dios. Si a María le hubieran abierto alguna vez las venas, quizá le habría sucedido, y con más razón, lo que se cuenta de un místico: le abrieron las venas, y la sangre, al caer, en vez de formar un charco, trazaba unas letras, que iban componiendo un nombre, el nombre de Dios. Hasta ese punto lo llevaba metido en su propia sangre. Tan «perdidamente» enamorado de él estaba.
María, bajo el título de su Corazón, nos muestra que la vida cristiana no estriba ante todo en someterse a una ley, asentir a un sistema doctrinal, cumplir un ritual en que se honra a Dios con los labios. Ser cristianos es vivir una relación de acogida, confianza y entrega al Dios vivo; es una adhesión personal a Cristo, Desde ahí se vivirá la obediencia a la voluntad de Dios, se acogerá la enseñanza del Evangelio, se adorará a Dios en espíritu y verdad.
Sobre el amor de María a los hombres nos habla el Papa Juan Pablo II. Jesús —decía el Papa en la encíclica Dives in misericordia, n. 9— manifestó su amor «misericordioso» ante todo en el contacto con el mal moral y físico. En ese amor «participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado… En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre».
Pero el papa invita en otro lugar a destacar sobre todo el amor preferencial por los pobres: «La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redempioris Mater, n. 37).
El corazón de María se muestra así como un corazón dilatado y poblado de nombres, en especial de los nombres de los últimos. Por eso la presentarán algunos como la mujer toda corazón.
Lo Santos Padres habían reflexionado ya sobre el corazón de la Madre del Salvador, pero será más tarde cuando aparezca la devoción cordimariana. Los primeros testimonios proceden del siglo VIII. […]
San Juan Eudes (1601-1680) será el gran promotor de la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María. Sobre el objeto de la devoción a este último escribía: «Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la Santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco sólo su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda santidad».
Hacia 1643 empezó a celebrar la fiesta del Corazón de María, que años después aprobaron numerosos obispos, a pesar de la oposición de los jansenistas, y en 1668 confirmó el cardenal legado para Francia. En Roma se denegó la solicitud de que se estableciera la fiesta, por presentar ciertas dificultades doctrinales. En 1805 se concedió la celebración a todos los que lo solicitasen expresamente de Roma. En 1855 la Congregación de Ritos aprobó nuevos textos, pero con la misma restricción.
El 31 de octubre de 1942, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al inmaculado corazón de María. […] El 4 de mayo de 1944, el papa extendió a toda la Iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, fijando la fecha para el 22 de agosto, octava de la Asunción.
Ya antes del Concilio Vaticano II se registraron notables cambios en la imagen de María: se reduce cierta retórica de las grandezas y los privilegios y se contempla la María de Nazaret inserta en la larga historia del Pueblo de Dios. Se destaca más su condición de sierva que su regio esplendor de soberana, más su ejemplaridad que su poder. Se atisba que también ella vivió la fe pasando por el desconcierto, la oscuridad, incluso la noche (cf. Lc 2, 50); que su amor a Dios conoció la sequedad, la prueba, quizá parecido abandono al de su Hijo; que hubo de mantener su esperanza a pesar de aparentes mentís de la experiencia. María vivió de este modo, desde dentro, desde el corazón, la peregrinación de la fe, los caminos arduos del amor, los combates de la esperanza.
Por su lado, las prácticas señaladas conocerán una fuerte crisis. Acaso se explique por distintos factores: la renovación litúrgica y la celebración eucarística vespertina propiciaban el eclipse o la desaparición de las devociones. El lenguaje sobrecargado de epítetos, teológicamente flojo, quizá incluso dulzón en exceso, no prendía ya en las nuevas generaciones. Una tendencia iconoclasta rechazaba todo lo «preconciliar» y sus acentos «triunfalistas». Una nueva estima por la palabra de Dios desplazaba el anterior interés por los mensajes de las apariciones. La secularización de la sociedad, la búsqueda de una nueva forma de presencia cristiana en el mundo y quizá también cierto complejo vergonzante llevó a la supresión de manifestaciones religiosas masivas en la calle. Una nueva conciencia eclesial tendrá como repercusión el abandono de devociones características de los institutos religiosos, vistas como formas de capillismo.
Sin embargo, nuevas experiencias y reflexiones parecen estar contribuyendo a un renacer. Señalamos, entre otras, la recuperación de la riqueza teológica bíblica apuntada más arriba y la renovada consideración del misterio de María: el gozoso mensaje que su corazón nos transmite sobre las profundidades a que llega la obra del Espíritu, la rica interioridad de ese corazón sabio que guarda y medita la historia de Jesús y compara esta obra nueva de Dios con su acción en el pasado de Israel, la fuerza profética de su canto (el Magnificat), la llamada con que ese corazón de madre invita al cultivo de un elemento materno en los evangelizadores.
Pablo Largo Domínguez, c.m.f.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.