Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino, como está escrito:
«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos. R/.
Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra;
no me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R/.
¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
Considero tus mandatos,
y odio el camino de la mentira. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos».
Estamos en un tiempo litúrgico precioso, Tiempo Pascual, en él todos los textos están impregnados de la alegría profunda del encuentro con el Resucitado y de la búsqueda fundamental de la fe. ¡Aleluya!
En la 1ª lectura, Pablo se refiere a su segundo viaje misionero cuando funda la comunidad cristiana en la ciudad de Corinto. La temática de la carta aborda la problemática interna que estaba viviendo esta iglesia de Corinto, Pablo lo aborda y desea entregarles lo fundamental de su fe.
Por otros textos sabemos que Pablo era un expositor brillante, elocuente y convincente, quizás por estas cualidades que se le conocían, hace esa larga y repetitiva exposición sobre su persona y su predicación. “Me presenté a vosotros débil, y temblando de miedo, mi palabra y predicación no fue con persuasiva sabiduría humana…”(v 3-4). Quiere que sus oyentes no se lleven a equívocos o engaños, ni busquen escusas, quiere para ellos, -y en ellos para todos nosotros- que se dé el verdadero encuentren con el Cristo crucificado, éste es el centro de su mensaje: “enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (v 7).
Pablo hubiera podido cautivarles con argumentos intelectuales, “ganarles para Dios”, que siguieran a su propia persona y que más tarde descubrieran a Dios, pero no, prefirió anunciar el mensaje sencillo y exigente del evangelio de Jesucristo, dejando que el Espíritu Santo guiara sus palabras y que ese mismo Espíritu fuera actuando en el corazón de sus oyentes. ¡Qué humildad y que coherencia la de Pablo en su misión! ¡Qué lección para nosotros hoy! Ojalá sepamos dejar espacio en nosotros al Espíritu de Dios.
Contemplémonos y quizás podamos responder a la afirmación que Pablo hace a los cristianos de Corinto: ¿En qué y en quién se apoya hoy tu fe?
El evangelio de hoy transcurre inmediatamente después de las bienaventuranzas, Jesús contemplando a sus discípulos les dice: “Vosotros sois la sal de la tierra” “Vosotros sois la luz del mundo” (v 12-13) Al escuchar esta presentación que Jesús manifiesta ante sus discípulos, suscita en mí, en nosotros, diferentes emociones: ¡Qué dicha la nuestra, la mía…!, el Maestro me considera a mí, ser sal de la tierra y luz del mundo. Tomo aliento y enseguida pienso: ¡Cuánta responsabilidad deposita en mi vida, en nuestra vida…!, porque Jesús no dice “tienen que ser”, sino “son”. Y lo somos porque hemos entrado por nuestro bautismo a formar parte de su reino y, desde ese momento, nuestra vida se ha de asociar con la de Él. Esta es mi identidad cristiana.
Vuelvo sobre la imagen que nos presenta Mt y me pregunto maravillada: ¿Quiénes son los que Jesús tiene delante? ¿Quiénes son esos discípulos? Sí es verdad que Él les ha llamado, los conoce, pero son simples pescadores, gente sencilla, sin estudios… Pero, Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Vivirlas, es decir, ser pobres de espíritu, ser mansos, ser misericordiosos…entonces sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Así de sencillo, así de exigente.
Tenemos un rol vital, una vocación que desempeñar “Vosotros sois la sal de la tierra” “Vosotros sois la luz del mundo” No recibimos este tesoro para guárdale en un cofre y que no se deteriore o para emplearlo sólo en beneficio propio. Jesús al expresarse así está añadiendo un plus a nuestro ser cristiano acentuando para quienes somos, es como si nos dijese: os envío para toda la tierra y para todo el mundo, necesito personas que encarnen mi mensaje de amor, sean amplios de miras, salgan a la luz y no se escondan.
En esta misión no caben medias tintas para trabajar en la construcción del Reino de Dios. Nuestra vida ha de ser como la sal, dar sabor al mundo, y como la luz, que alumbra a otros. Voy a terminar con unas palabras del Papa Francisco: “No se dejen impresionar por sus límites ni por su pobreza. Mediante su Espíritu, que habita en ustedes, Cristo les da el ser sal de la tierra. Dirijan su mirada hacia él para recibir lo que les pide.” (Francisco, 29/12/2014).
¿Con mi presencia, con mis palabras, con mi actuar… estoy siendo sal y luz para los demás?
San Isidoro

Fue un hombre de Iglesia y a la vez de Estado dedicado al estudio y a la composición de numerosos escritos y reconocido como el restaurador de la vida eclesiástica de España. Se entregó a un intenso trabajo pastoral dirigido al clero diocesano, y gracias a la difusión de sus escritos, al de toda España.
El varón más docto de su tiempo. Hermano menor de San Leandro de Sevilla, a quien sucedería en la sede (600), Isidoro nació el año 560 en el seno de una familia romana de Cartagena (actualmente, en la Región de Murcia, España), ciudad entonces controlada por los bizantinos de Justiniano, que hubo de emigrar a Sevilla. Allí vio la luz y, con toda probabilidad, recibió la formación de su mismo hermano Leandro, a quien, junto con su hermana mayor Florentina, fue confiado por los padres, fallecidos cuando él era todavía un niño. Alcanzó en poco tiempo incomparable erudición y dominio completo de las tres lenguas entonces sagradas, a saber: el hebreo, el griego y el latín, así como de cuanta literatura, ya clásica, ya patrística, se había salvado hasta entonces. Isidoro es el último de cuatro hijos que llegaron a ser, andando el tiempo, o monjes o clérigos: su hermana Florentina fue monja de clausura, y sus hermanos Leandro y Fulgencio, obispos, respectivamente, de Sevilla y de Écija, en la Bética, la más romanizada de las provincias de España.
Una antigua y discutida tradición lo hace monje. Tal vez completase su formación en un monasterio, aunque sin llegar a ser monje, o quién sabe si a la sombra de su hermano Leandro en la escuela episcopal sevillana. Hay quien sostiene que, a los 30 años Isidoro habría asumido la dirección de aquel monasterio sevillano. Lo que de cierto sabemos es que, ya obispo, se entregó a un intenso trabajo pastoral dirigido al clero diocesano y, más tarde, gracias sin duda a la difusión que sus escritos alcanzaron, al de toda España. Hombre de Iglesia y a la vez de Estado, Isidoro de Sevilla disfrutó de un gobierno pastoral pacífico, y la estrecha relación con los reyes visigodos le permitió colaborar activamente con Sisebuto, Sisenando y Suintila en la estabilidad del reino.
Presidió el II Concilio de Sevilla (619) y fue asimismo presidente y animador del IV de Toledo (diciembre del año 633), básico en la renovación de la Iglesia hispana: sus actas son una suerte de carta ideal de la Iglesia visigoda y de sus relaciones con la monarquía. Dedicado al estudio y a la composición de numerosos escritos, amigo íntimo de San Braulio de Zaragoza, que siempre estuvo pronto a profesarle extraordinaria veneración, gozó de excelente salud mental hasta el fin de sus días. No así de la física, pues acabó casi paralítico. Isidoro de Sevilla, el más grande escritor de su tiempo, murió el 23 de abril del año 636, fecha tope de la patrística latina. Era entonces reconocido como el varón más docto del siglo, el restaurador de la vida eclesiástica de España, el organizador de más prestigio en todo el Occidente de su tiempo.
El VIII Concilio de Toledo (653) le rindió subidas alabanzas reconociendo públicamente su talla moral y cultural: egregio doctor de nuestro siglo, novísimo y doctfsimo adorno de la Iglesia católica son, entre otras, algunas de esas perlas conciliares. El cristianismo lo venera como a Padre y Doctor de la Iglesia. Sus restos fueron trasladados el año 1063 a León, en cuya iglesia homónima recibe hoy culto. La Iglesia universal incluyó expresamente su nombre en la lista oficial de los padres doctores latinos el año 1722. Aún se conserva la inscripción rítmica del sepulcro común de Leandro, Florentina e Isidoro.
Pedro Langa O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.